Trekking, de Los Andes al Pacífico
Del aeropuerto de Bariloche tomamos el colectivo hasta el centro y, después de rebotar en un par de hostels que no tenían camas disponibles, nos alojamos en el hotel Miranieve, ubicado en un edificio que indudablemente había pasado hacía rato sus épocas de esplendor. La habitación tenía una interesante vista al Nahuel Huapí, pero el lugar no dejaba de ser algo triste. En definitiva, sólo era por una noche. El dueño, un tipo con cara de pocos amigos, nos tomó los datos, nos advirtió que nos cobraría un adicional si queríamos dejar nuestras mochilas en el depósito al día siguiente, se quejó durante un rato por tener que seguir trabajando a su edad en lugar de cobrar una jugosa jubilación, y se presentó cuando salía del cuarto: “Mi nombre es Juan, y mi apellido… lo vieron, ¿no? Está en la entrada del hotel”. Dos segundos más tarde, volvió a ingresar a la habitación y él mismo develó el misterio: “Simunovic. Soy croata.”
* * *
Recorrimos la ciudad durante la tarde. Esquivamos vendedores de chocolate, nos aprovisionamos en el supermercado y nos tiramos un rato en el pasto a mirar el Nahuel Huapi, frente al Centro Cívico, con sus Sambernardos listos para la foto y su monumento a Roca lleno de pintadas rojas y verdes (las primeras recuerdan la condición de genocida del homenajeado; las segundas representan hojitas de una planta que desconozco).
Bariloche sigue siendo una linda ciudad. Pero no vinimos para estar en una ciudad.
* * *
Tomamos el micro en dirección a El Bolsón y nos bajamos a mitad de camino, en General Villegas. Ahí nos encontramos con Pit Braun y el resto del grupo. Parecían buena gente, pero uno nunca sabe. Cargamos las mochilas y nos acomodamos (es un decir) en una vieja F100. En la caja, con el equipaje, íbamos nosotros tres junto a Lautaro, un chico de Lobos, y Alfredo y Mabel, una pareja de triperos de La Plata. Adelante, al lado del conductor, iban un poco más cómodos Pedro e Irina.
Después de unos 40 kilómetros de ripio llegamos a un camping a orillas del Río Manso. Armamos nuestra carpa y bajamos a la playita, donde pudimos empezar a apreciar algo de la belleza natural que habíamos ido a buscar. Al rato empezó a oscurecer, así que a las corridas llegamos a darnos una ducha (lujo que no volveríamos a tener en el resto del viaje) antes de enfilar para el quincho, donde cenamos escuchando la lluvia, que golpeaba fuerte sobre el techo de chapa.
* * *
A la mañana siguiente otra camioneta nos llevó hasta el paso fronterizo Río Manso, donde un gendarme, entre bostezos, gestionó nuestra salida. Con las papeletas selladas, caminamos unos cientos de metros hasta El León (tal el nombre del paso del lado chileno), donde un carabinero que también se estaba desperezando nos gestionó la entrada al país vecino. Marcelo, un paisano de por ahí (que en ese momento todavía nos parecía buen pibe) nos alquiló un par de caballos “pilcheros” que cargaron seis de nuestras ocho mochilas. Las otras dos las fuimos llevando nosotros en turnos rotativos, lo cual resultó un buen entrenamiento para los días siguientes, en los que deberíamos hacernos cargo nosotros solitos de nuestro equipaje. A partir de ese momento, abandonamos todo vestigio de civilización y comenzamos la caminata, bordeando el Manso. Durante gran parte del trayecto nos acompañó la lluvia, que de a ratos se transformaba en una garúa finita y de a ratos en chaparrón, y que poco a poco fue embarrando la cancha. El camino fue duro, pero las vistas que teníamos ameritaban el esfuerzo.
En vista de que el clima no resultaba del todo amigable, Marcelo nos ofreció (¿gentilmente?) las llaves de un refugio, para que no tuviéramos que armar campamento.
Llegamos allá después de unas seis horas en las que casi no nos cruzamos con nadie más que un par de pobladores. El lugar, cercano a la confluencia de los ríos Torrentoso y Manso, se veía totalmente solitario en el medio de una pradera. No ofrecía ningún lujo, pero ciertamente las comodidades que teníamos ahí eran muchas más que las que hubiéramos tenido en las carpas: paredes, techo y suelo de madera, un ambiente más con una cocina económica y una mesa con bancos, un baño inhabilitado (“baño malo”, rezaba un cartel en la puerta) y ventanas hacia los cuatro lados, con vistas espectaculares. Nuestra ropa contaba con un alto grado de humedad, así que encendimos unos cuantos leños en la cocina, alrededor de la cual improvisamos un tendedero artesanal, y colgamos ahí todo tipo de vestimentas y calzados, aromatizando de paso todo el ambiente.
* * *
Pensábamos pasar ahí una sola noche y retomar la caminata por la mañana, pero el clima no mejoró ni un poquito y, después de un rato de deliberaciones, decidimos esperar hasta el día siguiente para continuar. Pasamos unas cuantas horas metidos en el refugio, comiendo, leyendo, filosofando o jugando a los dados. Cada tanto, cuando la lluvia amainaba por unos minutos, aprovechábamos para tomar aire afuera o, al menos, para una rápida visita a los bosques sanitarios.
* * *
La pradera en la que estábamos no tenía más construcciones que el refugio. Cuenta Marcelo que un par de veces al año se celebran ahí carreras cortas de caballos. Corren de a dos en una recta de unos trescientos metros, y se van eliminando. Los pobladores llegan desde lejos con sus animales, se improvisa un bar en el refugio y los tipos se compran unos tragos ahí, mientras hacen sus apuestas. Poca plata, nunca más de un par de pesos. Si se apostara más fuerte, dice Marcelo, más de uno le pondría un freno a su caballo a cambio de algún estímulo. Él corrió el año pasado, y no le fue bien. Pero peor le fue al que perdió la final. Parece ser que el paisano, mal perdedor y entrado en copas, se metió al refugio montado en su caballo subcampeón, armó un tole tole ahí adentro, y no había cristo que lo convenciera de abandonar el recinto. Recuerda Marcelo que después de un rato largo tuvieron que llamar a los carabineros, que vinieron a sacar al desacatado, se lo llevaron por un rato al bosque y le dieron una “aconsejada”. El tipo entró en razones, se comenta.
* * *
Después de dos noches decidimos abandonar el refugio. Pasamos por la casa de Marcelo a saldar deudas, las cuales resultaron bastante más abultadas de lo que había acordado previamente nuestro guía espiritual. El buen Pit dijo recordar que el arreglo había sido distinto. Ese es problema tuyo, retrucó Marcelo secamente. Como Pit ya superó su etapa de punk ultraviolento y ahora se inclina más bien por el pacifismo budista, no ofreció mayor resistencia y pagó lo que se le pedía, mientras el otro inescrupuloso se retiraba ofendido. Acto seguido, la madre del bribón apareció para cobrarnos el hospedaje en el refugio. Pit adujo que en ningún refugio se cobraba a los viajeros. No te creo ni llorando, respondió ella. Fieles a nuestra filosofía mochilera de paz y amor, dejamos el billete solicitado y reemprendimos la caminata.
* * *
A partir de este tramo, nos olvidamos de los caballos pilcheros y cada uno cargó con su mochila. En esa zona la comodidad cotiza muy alto y, en definitiva, un mochilero sin mochila es como un vegetariano que come pescado. La lluvia de los días anteriores había embarrado mucho más el sendero, y cada paso que dábamos dejaba una huella más profunda que la anterior. Después de unas cinco horas de caminata por bosques y praderas, llegamos al extremo sur del lago Vidal Gormáz.
Debo admitir que Pit no había exagerado cuando nos intentó convencer de hacer el trekking. Si el refugio del Torrentoso ya estaba en una pradera hermosa, este lugar era sencillamente un paraíso terrenal. El paisaje de ahí resultaba bastante similar al que podíamos ver en los dibujitos de Heidi. Praderas extensísimas, un lago cristalino desde el que fluía un pequeño arroyo, una casa de madera rodeada por algunos corrales con unas cuantas ovejas, algunas vacas pastando por ahí, y unos pocos perros mezclados entre caballos, pavos y gallinas. Ahí, en el medio de la nada, viven los Soto. Y a unos cien metros de la casa, sobre una pequeña loma cerca de la orilla del lago, acampamos nosotros.
* * *
Una vez que hubimos armado campamento, subimos a la casa de los Soto. Además de Don Pancho y Amelia, estaban ahí dos de sus hijos, que vivían en Puerto Mont pero habían ido de visita por unos días. Nos acomodamos todos alrededor de la cocina económica, y empezó a circular el mate, acompañado de esas tortas fritas que dan ganas de comer hasta que se acaben. Gas no hay, así que ahí todo se calienta en la cocina económica, a leña. Luz tampoco, pero un motor a nafta permite tener un poquito de electricidad un par de horas al día. Eso es suficiente para escuchar la radio por un rato y, cuando hay invitados, prender una lamparita tenue en el comedor. Pero más común es cenar a la luz de las velas.
Tampoco hay teléfono, ni señal de celular. Un handy les permite comunicarse con otras casas a pocos kilómetros y, si funciona bien la cadena, pueden enviar o recibir mensajes incluso hasta los puestos de frontera. Es cierto que esto no ocurre instantáneamente, pero los Soto no parecen tener apuro.
Agua sí hay, de sobra. Las canillas están siempre abiertas, el agua circulando para evitar la excesiva presión en las cañerías, porque al lado de la casa el arroyo sigue corriendo por más que uno cierre la canilla, entonces las cañerías son simplemente un desvío del arroyo, y al arroyo vuelve el agua que pasa por la casa.
Las paredes de la cocina y el comedor –los únicos ambientes que conocimos– presentan una decoración variada: muchas fotos familiares, otras de militares chilenos, otras de ambos (un sobrino de los Soto, camarero, que tuvo el dudoso honor de servir en una cena de camaradería, aparece sosteniendo una bandeja por detrás de Pinochet y Balza), banderas, medallas, almanaques de gomería, una foto ilustrada de Pancho y Amelia en sus años mozos, alguna virgencita, una ristra de ajos. Y por la ventana, la imponente vista del lago.
* * *
Don Francisco Soto, o Panchito, si hay confianza, tiene noventa y cuatro años. Vive en esa casa desde hace casi sesenta, cuando volvió a su Chile natal desde Comodoro Rivadavia y se compró este campito de algo más de cien hectáreas. En ese entonces, la finca la cuidaba un casero cuya hija adolescente, Amelia, llamó poderosamente la atención de Don Soto. El buen hombre ocupó su flamante morada y además desposó a la muchacha que hoy, a sus setenta y cinco años, lo sigue acompañando.
A primera vista Don Pancho aparenta unos cuantos años menos de los que tiene. Se mueve sin dificultad, cosecha lo que necesita de la huerta que tiene a unos metros de la casa, corre a traer una silla si detecta que alguno de sus huéspedes está parado, controla cada movimiento de su mujer y sus hijos, está siempre atento a que todo esté en orden. A pesar del paso del tiempo, mantiene intacto su patriarcado.
Otra característica notable de este buen hombre es su tendencia a repetir historias. Don Pancho es simpático y verborrágico, pero además está gagá. Cuenta varias veces al día cada uno de sus recuerdos, casi sin variar una palabra. “Yo estudié mecánica con dos ingenieros europeos”, afirma orgulloso. Y cuando dice la palabra “europeos” agita su dedo índice y levanta la voz. “Uno alemán y uno suizo –aclara–. Soy dibujante mecánico internacional”, y con esta última palabra vuelve a revolear su dedo índice. “Puedo dibujar un plano como cualquier ingeniero”. Y repite: “Como cualquier ingeniero”. Acto seguido se levanta, camina rápidamente a su habitación y vuelve con un plano dibujado por él en 1942. Ese plano es su tesoro. Está hecho con estilógrafo sobre un papel ya amarillento, prolijo, sin una línea fuera de lugar. Y cada vez que nos cuenta este pasaje de su vida, Panchito trae de su cuarto la prueba material. Si no es el plano, es una escuadrita de hierro que tuvo que limar a mano para que los ingenieros europeos le den el título. “Un ángulo recto perfecto, todo hecho a mano –recuerda–. ¡Qué estrictos eran, qué exigencia!”.
Pero entre todos los recuerdos que nos trae de su baúl, el que sale más veces a escena es su vieja cámara de fotos Agfa. Una reliquia de la década del ’40. “¿Ya le mostré mi cámara?”, le pregunta, una vez más, a alguno de nosotros. “No”, mentimos. Y entonces se para, corre a buscarla, la abre, la manipula, la exhibe orgulloso. “Tecnología alemana –dice–. Lo más moderno en ese momento”.
Don Soto tuvo también su costado artístico, parece. “Yo soy profesor de bailes sociales”, afirma, mientras Amelia sigue entregando mates, con cara de haber escuchado este cuento hasta el hartazgo, pero sin interrumpir jamás. Y él sigue: “Hice el curso por correspondencia. Soy profesor de tango, de foxtrot, de ranchera… Es linda la ranchera”. Le preguntamos si baila con su esposa, si nos puede regalar alguna exhibición. “Nooo, ella no tiene vocación, no aprendió y nunca va a aprender. Para bailar bien, hay que soñar bailando, hay que ponerle interés al estudio”. Amelia se ríe en voz baja y confiesa: “Antes que bailar conmigo prefiere bailar con la escoba”.
Y el otro sigue contando hazañas del pasado. Tampoco al deporte le hizo asco. “Cuando yo vivía en Comodoro me gustaba mucho jugar al fútbol. Me levantaba bien temprano todos los días, antes de ir a trabajar, y a las cinco de la mañana ya estaba entrenando. Corría alrededor de una canchita que había ahí, pero nadie me acompañaba. Yo hacía ejercicios solo”. Según nos cuenta, en sus años mozos fue realmente habilidoso: “Yo pateaba desde el córner, la pelota hacía un efecto y entraba en el ángulo. Yo era especialista –y al decir esta palabra también eleva la voz y agita el dedo índice– en goles olímpicos”.
El invitado al que le toque en suerte sentarse junto a Panchito, será el interlocutor preferido. Por eso vamos rotando las posiciones. El hombre puede estar en silencio un rato largo, pero súbitamente se inclina hacia el que tiene al lado y le pregunta bajito, por enésima vez: “Usté es de Buenos Aires, ¿no?”. Y ante la respuesta afirmativa, vuelve a contar: “Yo conozco todo Buenos Aires, ¡todo! Estuve por allá hace sesenta años, y me tomé el tranvía desde Chacarita hasta la casa de Perón. Ahí me dibujé un plano de la ciudad, para no perderme”. Recuerda que también estuvo por el zoológico porteño, pero no todo fue color de rosa: “Me asustó un poco la jirafa”.
Don Pancho ya no oye bien. Si uno no le habla a los gritos, él se inclina, gira levemente la cabeza, se señala una oreja y explica: “Soy algo pesado de oídos. Dicen que es por los años… tengo noventa y dos abriles”. Amelia escucha y corrige: “Noventa y cuatro, papá”. Él piensa un par de segundos y ahí recuerda: “Ahhh, noventa y cuatro”.
* * *
Los Soto tienen diez hijos. Ocho hombres, dos mujeres. Casi todos con estudios, cuenta Don Pancho orgulloso. Algunos los visitan seguido, todos los veranos, y se quedan unos cuantos días con ellos. Otros no se dejan ver hace muchos años. Los Soto tienen además varios nietos, pero no saben exactamente cuántos, y no los conocen a todos.
Sin embargo, se los ve muy felices con la vida que eligieron, aislados del resto del mundo. Para alimentarse, no necesitan mucho más que lo que tienen ahí. La vaca les da lo necesario para cualquier lácteo. El queso casero y la manteca que nos preparó Amelia estaban para chuparse los dedos. Ni hablar de la leche recién ordeñada, o de las truchas pescadas en el lago, o de la pobre oveja que durante la tarde se paseaba por la pradera y a la noche estaba en una cacerola, en un guiso lleno de papas y zanahorias recién cosechadas en la huerta.
Algunas cosas tienen que comprar, por supuesto. Harina, café, fideos, alguna que otra lata. Todo esto se lo traen de vez en cuando, a caballo. Unas cinco horas de cabalgata son necesarias para llegar hasta la frontera, al camino más cercano al que puede acceder un vehículo.
* * *
Este lugar es un paraíso, pero un paraíso estival. Cuando hace frío la cosa se pone bastante dura para Don Francisco y Doña Amelia, así que apenas arranca el otoño, se mudan a su casita en Cochamó para pasar ahí los meses más frescos. Esta rutina se repite desde hace tres años, porque hasta los noventa el hombre pasaba ahí los años enteros y toleraba el frío tan bien como aceptaba la oscuridad de la noche. Ahora, como los Soto ya son prácticamente ciudadanos ilustres de la zona, los carabineros los trasladan en helicóptero dos veces al año. Salvo alguna que otra vez, que les han fallado, y ahí no les quedó otra que recorrer el camino a caballo.
“Espero que este año vengan –dice Panchito–, porque a mi edad tantas horas de cabalgata me cansan un poco”.
* * *
En rigor de verdad, los Soto no son los únicos habitantes de la zona. Son los dueños del campo, pero en una casita que está a unos cientos de metros de la de ellos, vive La Vecina, Doña Luisa. Ella fue hace unos años la esposa del hermano de Amelia, hasta que, dicen las malas lenguas, lo mató de un disgusto y se ganó por herencia el derecho a permanecer allá. Amelia no la quiere demasiado. Sólo dos mujeres en más de cien hectáreas, y ya alcanza para un culebrón.
Cuenta nuestro guía Pit que en algún viaje anterior, un amigo suyo pasó a tomar unos mates por lo de Luisa y ésta, que ya andaba transitando su viudez hacía rato, le dijo sin pelos en la lengua: “Estoy buscando un hombre que me case”. Aparentemente el muchacho huyó más rápido que ligero así que el episodio no pasó a mayores, pero poco tiempo después Luisa consiguió su objetivo: fue “casada” por uno de los hijos de los Soto, a la sazón su sobrino, y a quien había cuidado de niño. Amelia todavía no logró digerir el mal trago. Ahora su vecina es, además de ex cuñada, su nuera.
* * *
En nuestra última tarde ahí, y ante la insistencia de Doña Luisa, pasamos a merendar por su casa. Mientras nos pasábamos los mates y las porciones de bizcochuelo, ella nos contaba sobre las comodidades de su hogar, por si en un próximo viaje se nos daba por probar otro hospedaje. Toda la situación era bastante similar a esos desayunos en los que intentan venderle a uno un tiempo compartido. Cuando se hubo terminado la torta y ya no tuvimos tema de conversación, intercambiamos algunas falsas promesas y emprendimos el camino de regreso.
* * *
En nuestra última cena faltó Panchito. El hombre se había acostado a descansar y a Amelia le daba pena despertarlo, así que arrancamos sin él. Pero hete aquí que en determinado momento el susodicho se apersonó en el comedor, harto enojado con su mujer. Le recriminaba no haberlo despertado para el desayuno. Después de unos minutos, Amelia logró hacerle entender que no estaba por amanecer, sino que estaba anocheciendo, y que la escena que estaba teniendo lugar no correspondía a un desayuno sino a una cena. Entonces Panchito se tranquilizó, se tomó una sopita y se volvió a la cama.
* * *
A la mañana siguiente levantamos campamento. El clima era ideal, a pesar del pronóstico de tormenta que había anticipado Marcelo (si yo fuera mal pensado, diría que lo hizo para que le alquilemos sus caballos; y lo soy). Nos despedimos de los Soto, le prometimos a Don Pancho que intentaríamos conseguir un rollo para su vieja Agfa, y continuamos nuestro camino. Pero con un soldado caído. Aparentemente las rodillas de Bruno no estaban diseñadas para este tipo de senderos, así que también a él le dijimos hasta luego. Nuestro amigo se volvió a caballo por donde habíamos venido, acompañado de la vecina Luisa. Cuando nos volvimos a encontrar con él, unos días más tarde, juró que la señora sólo había sido su guía, y que no habían intimado en ningún momento.
* * *
Por su parte, Molar se encargó de custodiar las mochilas durante el cruce en lancha del lago Vidal. No es que fuéramos a caminar livianos todo el día, pero las primeras tres o cuatro horas se hicieron más llevaderas. Durante ese lapso fuimos bordeando el lago hacia el norte, disfrutando de unas vistas maravillosas y de un camino relativamente sencillo. Así y todo, el exceso de barro que había en el suelo liquidó la suela de una de mis botas, las cuales debieron ser jubiladas un par de horas más tarde, cuando nos encontramos con nuestros petates. Almorzamos tirados en el pasto, nos despedimos del lago, cargamos nuevamente las mochilas y comenzamos a subir por uno de los tramos más duros del sendero. Después de cinco horas de caminata a través de frondosos bosques, de vadear ríos y de atravesar varios “túneles de la muerte” en los que nos embarrarnos hasta el caracú, llegamos agotados al punto más alto de nuestro recorrido: una pequeña laguna perdida a mil metros sobre el nivel del mar. En la orilla, sobre una diminuta playa paradisíaca, montamos nuestras carpas.
Armamos nuestro primer fogón agreste y nos deleitamos con una exquisita cena que incluyó una trucha ahumada pescada en lo de los Soto.
* * *
El camino hacia El Arco es mayormente en bajada, así que no resultó tan duro como el día anterior, aunque el barro –cuándo no– fue un obstáculo bastante molesto en este trayecto. De todas formas, teníamos el dato de que un grupo de boy-scouts se aproximaba, desde el otro extremo del camino, al mismo refugio al que queríamos llegar nosotros, así que apuramos el paso, tratamos de parar poco, y llegamos, exhaustos pero primeros.
Pocos minutos más tarde llegó el susodicho grupo, mucho más numeroso, ruidoso, y felizmente más lento que el nuestro, por lo que tuvieron que acampar a unos cientos de metros de ahí. Nosotros sólo tuvimos que compartir el refugio con tres chilenos de Las Condes, que estudiaban turismo “para explotar mucho más la Patagonia” y se quejaban de que los bolivianos les exigían la devolución de un pedazo de mar, siendo que eso “pasó hace harto tiempo”.
El refugio era similar al del Torrentoso –aquel en el que habíamos pasado las primeras noches–, pero sin cocina y sin “baño malo”. En realidad, no era más que cuatro paredes y un techo, con un desnivel en el centro en el que se podía hacer fogones. Nuevamente, el fuego sirvió tanto para cocinar nuestra cena como para secar nuestra ropa húmeda.
* * *
Apenas diez minutos después de salir del refugio hicimos el primer vadeo del día, justo al lado de El Arco, una formación rocosa bastante particular que se generó a través de los siglos por una cascada que fue erosionando la piedra hasta formar un agujero y dejar un puente natural de granito.
Con el correr de los días nuestro cansancio fue en aumento y, al mismo tiempo, aprendimos a disfrutar más la caminata y a tener menos apuro por llegar. La prueba de esto fue que tardamos siete horas para un trayecto que pensábamos hacer en cinco. Cada parada se extendió un rato largo y nos tomamos un tiempo más que prudencial para disfrutar el paisaje del valle del río Cochamó.
Finalmente llegamos a La Junta, una zona rodeada de paredes gigantes de granito. Y cuando digo gigantes, hablo de paredes de mil metros de altura. A este lugar le dicen el Yosemite sudamericano, y es un paraíso para los escaladores. Entre todas estas paredes hay un camping organizado, muy lindo, donde armamos nuestras carpas por última vez. Resultaba algo chocante encontrarnos de nuevo rodeados de gente, después de una semana completamente alejados de la civilización. Sin embargo el lugar es maravilloso, ideal para cerrar un trekking, y una transición perfecta antes de volver a la ciudad.
Disfrutamos ahí nuestra última cena, hicimos un fogón de despedida, nos pusimos a filosofar un rato y nos dijimos algunas cosas lindas, como para irnos con la autoestima bien alta.
* * *
Por la mañana levantamos campamento y empezamos a caminar ligerito. Molar y yo adelante, algo más apurados que el resto, porque debíamos llegar a la ruta antes de que pasara el único micro del día hacia Puerto Mont, para salir desde ahí a la mañana siguiente en otro micro a Bariloche, para desde ahí tomar el avión a Buenos Aires. Y si perdíamos ese avión las consecuencias no iban a ser nada gratas, así que nosotros dos pusimos el turbo, y en unas cuatro horas de caminata llegamos hasta un camino de ripio. Desde ahí teníamos ocho kilómetros más hasta la ruta de asfalto (donde está la parada del micro), pero una pareja de chilenos piadosos se ofreció a acercarnos en su camioneta. Cuando se dieron cuenta de que estábamos embarrados hasta las rodillas, ya era tarde para que se arrepintieran. Prometimos ensuciar lo menos posible, nos despedimos de nuestros bastones de caña y, después de varios días, volvimos a andar sobre ruedas.
Entre el apuro y el aventón, llegamos a la ruta demasiado temprano. A eso se sumó el retraso del micro, por lo que finalmente estuvimos unas tres horas al costado del camino. Aprovechamos el rato para tirar a la basura parte de nuestra ropa, que había quedado irrecuperable después de tanto barro. Acto seguido, sacamos el mazo de cartas y nos dedicamos a esperar.
Después de un rato largo llegó el resto del grupo. Venían a dedo, así que bajaron dos minutos para despedirse y siguieron rumbo a Cochamó. Un poco más tarde llegó nuestro micro. El viaje se hizo harto largo, básicamente por dos motivos: el primero fue que varios tramos de la ruta estaban en obras y eso generó un embotellamiento cortazariano; el segundo fue que en el asiento de atrás del mío había un niño que no paraba de asomarse para golpearme en la cabeza (amparado en la inacción de su madre que, tras mi respetuosa solicitud de intervención, le espetó a su pequeño demonio: “no molestes al señor, que parece ser un poquito delicado”).
A pesar de los pesares, la hermosa vista del lago Llanquihue, con el volcán Osorno al fondo, amenizó un poco el trayecto. Ya anocheciendo llegamos a Puerto Varas (por recomendación de otros viajeros chilenos, descartamos el pernocte en Puerto Mont), nos alojamos en un hostel y salimos a cenar. El salmón que comimos entró en el top ten de pescados de toda mi vida, de modo que la vuelta a la ciudad fue un poco menos dura.
* * *
Madrugamos bastante en nuestro último día y partimos en micro rumbo a Bariloche. En la estación nos encontramos con Bruno, al que no veíamos desde nuestra estancia en lo de los Soto. Hicimos un extenso intercambio de aventuras, y de ahí mismo partimos al aeropuerto. Tomamos el avión de regreso a Buenos Aires, con la promesa de siempre: volver a la tierra.
Egipto
Ser peatón en El Cairo
A cualquier editor de noticiero que alguna vez haya titulado “Caos de tránsito en Buenos Aires” habría que traerlo a la capital egipcia, donde podría tomar real conciencia del concepto de caos. Creo que nunca en mi vida vi algo así, y puedo afirmar que no hay una sola norma de tránsito que se respete en esta ciudad.
Existen muy pocos semáforos, y casi todos ellos son ignorados olímpicamente, en cualquier horario del día. Solamente en algunos cruces de avenidas muy importantes, y si además de semáforo hay algún policía dirigiendo el tránsito (deben darse todas estas condiciones), algunos automovilistas respetan la luz roja.
Cruzar la calle en El Cairo es realmente el mayor peligro al que se puede enfrentar un extranjero. Cuando se habla aquí de inseguridad, nadie se refiere a robos o asesinatos –delitos que aparentemente no son tan frecuentes– sino a la posibilidad, muy alta, de ser atropellado por un vehículo. No hay otra forma de cruzar que no sea corriendo y esquivando autos que vienen en un flujo constante. Un muy buen consejo para el viajero novato es ponerse al lado de un peatón local y utilizarlo como escudo humano; seguro él sabrá cuándo cruzar. Debo admitir, sin embargo, que las primeras veces que intenté hacer esto, el egipcio que supuestamente me cubriría lograba meterse entre los autos en un movimiento rápido antes de que yo lograra reaccionar. Después de un par de días, uno se da cuenta de que no hay más opción que jugarse la vida en cada cruce, si no se quiere morir de viejo en la vereda. Entonces se agudizan los reflejos y se aprenden algunos movimientos rápidos que permiten zigzaguear entre los vehículos cuyos conductores están, a su vez, muy bien entrenados para esquivar peatones sin bajar ni un ápice la velocidad. Para el peatón, los conceptos de cruzar y correr están tan ligados que el semáforo peatonal (cuyo sentido de existir es al menos dudoso) no muestra el típico símbolo del muñequito verde caminando, sino la animación de un tipito corriendo.
Tampoco en la vereda puede uno sentirse completamente seguro. En los constantes embotellamientos, es bastante común que algún motociclista que no encuentra en la calzada huecos suficientes decida subir el cordón y continuar por arriba a velocidad crucero, con la única precaución de quedarse pegado a la bocina. Si es de noche, puede que también prenda las luces.
El sonido de las bocinas es constante, prácticamente un zumbido ininterrumpido. Un bocinazo puede tener infinitos significados: Ojo que te piso, Mové esa carreta, Mamita te parto, Qué tal compadre, Apúrense que tengo que llegar para el rezo de las seis menos cuarto; o simplemente ser consecuencia de que hace varios segundos que el automovilista no toca la bocina y necesita hacer un poco de catarsis. Los insultos en árabe también son una constante, pero quedan completamente soslayados por los sonidos previamente descriptos.
Los transportes colectivos no contribuyen a calmar la cosa. Los tipos van colgados de la puerta, ocupando casi medio carril adicional. Cuando parece que no hay forma de que entre uno más, alguien llega corriendo y, aprovechando que el embotellamiento obliga al colectivero a bajar la velocidad, se trepa quién sabe cómo y hace su aporte a la montaña humana que cuelga de la única puerta, en la parte delantera de la combi. En los días en que estuve por ahí, no logré sacarme la duda acerca de cómo hace alguien que viaja en el fondo para bajarse antes de llegar a la terminal.
En fin, que con mucho menos en Buenos Aires uno vuelve a casa con un estrés de aquellos, pero estando de viaje esto no deja de ser un toque simpático que refleja muy bien la idiosincrasia cairota.
Sobre el antiguo Egipto
Cada piedra en Egipto tiene algo para decir. Cada templo guarda miles de historias sobre civilizaciones que vivieron por acá hace tres o cuatro mil años. Y realmente se puede ver que todas estas construcciones fueron diseñadas para eso, para perdurar a través de los siglos, para dejar un legado que resista el paso del tiempo, invasiones, destrucciones y terremotos.
Nuestro primer contacto con las pirámides fue en Saqqara, la necrópolis de la antigua ciudad de Menfis. Esta zona, plagada de pequeños monumentos y tumbas, tiene en su centro la pirámide escalonada de Zoser, la más antigua encontrada hasta ahora. Dicen que fue diseñada por Imhotep, el arquitecto del faraón, y que llegó a medir 60 metros de altura (ahora está algo más petisa, producto de la erosión de los años). Como su nombre lo indica, esta pirámide no tiene la forma clásica, sino que se asemeja más bien a una torta de casamiento gigante, con seis pisos.
Unos pocos kilómetros hacia el sur, en Dashur, están las pirámides Inclinada y Roja. La primera tiene una forma realmente llamativa: a la mitad de su altura el ángulo con respecto al suelo disminuye. Se comenta por ahí que en la mitad de la construcción notaron importantes problemas estructurales, y debieron hacerla más baja de lo que habían planificado en un principio (no envidio al arquitecto que, con media pirámide construida, tuvo que avisarle al faraón que había habido un pequeño error de cálculo). La pirámide Roja, la más antigua de forma realmente piramidal, tiene el mismo ángulo que la parte superior de la Inclinada, lo cual indica que los tipos aprendieron la lección después de haber construido esa primera forma extraña. A esta pirámide se puede entrar: se sube por unos empinados escalones hasta más o menos la mitad de la altura y se ingresa a través de un túnel descendente de 63 metros de largo, y menos de un metro y medio de alto. Entre el excesivo calor, la humedad, el esfuerzo por bajar agachados y la claustrofobia, uno llega al centro hecho sopa. Lo que hay ahí es nada menos que una cámara funeraria de dos ambientes y unos 15 metros de altura, también de forma piramidal. Para eso construían las pirámides: miles de tipos trabajando durante veinte o treinta años para hacerle la tumba al faraón. Y cuando pasaba a mejor a vida ahí lo metían, momificado, junto a sus joyas, sus petates, e incluso alguna desafortunada mascota. No pude averiguar qué sucedía si el tipo decidía partir al más allá con la pirámide sin terminar.
Las de Gizeh son las pirámides más famosas, las que salen en todas las fotos. La de Keops es la más alta de Egipto (llegó a medir 146 metros de altura hace 4500 años; ahora mide 137). La de Kefrén es casi tan alta como la anterior, y si a éstas le sumamos la de Micerinos y la gran Esfinge, queda un paisaje fantástico. Después de todo un día de recorrer pirámides, debo admitir que los detalles históricos de cada una de ellas pasaron a un segundo plano, pero la vista del atardecer en Gizeh es espectacular.
De todo lo que encontraron los arqueólogos en las pirámides y en las diferentes tumbas de sus alrededores, mucho está en el British Museum de Londres y en el Louvre de Paris. Pero algo dejaron también en el Museo Egipcio. Entre todas las estatuas, pedazos de columnas o diversos souvenirs que desenterraron por ahí, probablemente lo más impresionante sea el conjunto de tesoros que se encontró en la tumba de Tutankamón (en árabe se pronuncia Tutanjamón, lo cual me desconcentró varias veces durante la –de por sí bastante pobre– explicación del guía). Este faraón no fue tan importante históricamente hablando (de hecho, gobernó sólo desde los 9 años hasta los 18, cuando se convirtió en momia sin pena ni gloria), pero debe su fama a lo espectacular de su tumba, compuesta por tres habitaciones: una para sus joyas, otra para el resto de sus pertenencias (que no eran pocas) y otra para él mismo, momificado, cubierta su cara con la famosa máscara de oro y puesto dentro de un sarcófago, que a su vez se colocaba en otro sarcófago más grade, y éste en otro y éste otro en una caja tallada y llena de oro, la cual a su vez se metía en otra caja, que se metía en otra. Y así, la momia era sólo el centro de una especie de mamushka que tenía el tamaño de una gran habitación.
Más allá de lo maravilloso de las pirámides y sus alrededores, el trato con los egipcios estaba resultando un poco arduo en ciertos aspectos, así que decidimos invertir en comodidad y recorrer el resto del Antiguo Egipto más como turistas clásicos que como viajeros independientes. Nos subimos a un crucero y durante cuatro días navegamos el Nilo río arriba, hacia el sur, desde Luxor hasta Asuán, parando en unos cuantos templos y con algo de tiempo para recorrer estas ciudades.
Antes de que el barco comenzara a navegar, visitamos los templos de Luxor y Karnak, en la orilla oriental de la ciudad. No sólo son impresionantes desde lo arquitectónico por las dimensiones de sus muros, portales, columnas, estatuas y obelicos, sino también por las figuras y jeroglíficos grabados en cada una de ellas. Una de las antiguas salas del templo de Amón, en el complejo de templos de Karnak, es un impresionante “bosque” de 134 columnas gigantes, cada una de ellas con forma de papiro y distintas inscripciones. No hay dos iguales, sus grabados se ven con bastante claridad y algunas mantienen incluso sus pinturas originales. Entre Karnak y el templo de Luxor había en la antigüedad una avenida de tres kilómetros de largo, custodiada por pequeñas esfinges a ambos lados, cada pocos metros. Ahora quedan unas pocas, pero es impresionante pensar en cientos de esfinges diferentes al costado del camino.
En la orilla occidental del Nilo está el Valle de los Reyes, una necrópolis con más de 60 tumbas reales, de las cuales unas pocas se pueden visitar. Aparentemente, todos estos reyes no eran lo suficientemente importantes como para merecer una pirámide, pero de todas formas el trabajo que tenía la gran mayoría de estas tumbas generaría una profunda envidia en muchas familias de alcurnia que se creen gran cosa por tener un nicho en Recoleta.
Después de navegar una noche completa llegamos a Edfu, donde visitamos el templo de Horus, el dios halcón. Además de las diferentes salas de culto, con sus grabados de faraones adorando a sus dioses y aniquilando a sus enemigos, hay aquí un recinto que funcionó hace más de dos mil años como un laboratorio en el que se fabricaban perfumes. Hasta hoy se puede leer en las paredes las diferentes recetas para obtener esencias aromáticas. Me pregunto si las recetas actuales, guardadas en un pen drive o en un blog, se podrán conservar durante miles de años.
Tras unas horas más de navegar por el Nilo llegamos a Kom Ombo. Este espacio sagrado es en realidad un conjunto de dos templos unificados, dedicados a dos diferentes dioses: Sobek, el cocodrilo, y Haroeris (o Horus, el halcón viejo). Al igual que Edfu, este templo no es tan antiguo como Luxor y Karnak. Incluso algunas partes tienen un estilo romano o griego. Después de ver otros templos más espectaculares, éste no sorprendió tanto, pero el hecho de ser el primero que vimos de noche, muy bien iluminado, lo hizo bastante atractivo.
Ya desde Asuán, hicimos una visita al templo de Philae. Tampoco impresiona más que los anteriores, y algunas cuestiones históricas ya empezaban a resultar algo reiterativas, pero al estar en una isla en medio del lago Nasser (un lago artificial, unido al Nilo, generado a partir de la construcción de la represa de Asuán) pudimos disfrutar de un lindo paisaje.
En toda nuestra recorrida de templos, dejamos lo mejor para el final. Salimos del barco a las 3 de la mañana con destino a Abu Simbel, a sólo 40 kilómetros de la frontera con Sudán. El porqué del horario tiene que ver con que hay un viaje de 3 horas desde Asuán, y como se hace por una ruta a través del desierto, en la que uno no se cruza con absolutamente nadie, la única forma de hacer ese tramo es en lo que los egipcios llaman un “convoy policial”. Esto es, una larga fila de vehículos (autos, micros, minibuses) supuestamente escoltados por un par de patrulleros que nos cuidan de posibles accidentes en la ruta o de eventuales atentados terroristas (o sea, si usted es terrorista, sepa que no tendrá turistas desparramados por la ruta durante todo el día, sino que los tendrá todos concentrados en dos horitas de la madrugada. Tenga a bien entonces cometer su atentado en ese horario, si desea incrementar sus probabilidades de éxito). Amén de esta maravillosa estrategia de protección al turista, vale la pena el viaje. El templo de Abu Simbel tal vez no sea, en su interior, ni más ni menos espectacular que los anteriores. Pero la entrada, custodiada por cuatro gigantescas estatuas de Ramsés II (un tipo que, al parecer, no tenía grandes problemas de autoestima) es realmente impresionante. Al lado del gran templo de Ramses II está el de Hator, bastante más pequeño aunque también con imponentes estatuas del mismo faraón en la entrada (aunque, en un acto de humildad, el tipo mandó construir una estatua de su esposa preferida, Nefertiti, casi del mismo tamaño que las suyas). Todo este complejo no está en su ubicación original. Al construir la represa, en 1968, varias zonas se inundaron, entre ellas las que albergaban varios de los templos. Cuestión que unos tipos decidieron mover todo, piedra por piedra, a una zona más elevada, para preservar los templos en posiciones similares y con la misma orientación original, a orillas del Nilo. Así que por ahí estuvimos un par de horas, disfrutando el lugar durante un par de horas. Cerca del mediodía volvimos a Asuán para desalojar el barco.
Sobre pequeñas estafas
Desde el primer momento en que pisa este bendito país, todo occidental debe saber que los egipcios utilizarán cualquier estrategia para sacarle dinero. No hay forma de evitarlo, así que es altamente recomendable relajarse y tomarlo como parte de la cultura.
Baksheesh es casi la primera palabra árabe que uno aprende al llegar. El que la menciona suele acompañarla con un gesto que consiste en frotar el pulgar contra el resto de los dedos de la misma mano. La traducción podría ser “propina”, aunque se suele pedir incluso en situaciones que parecerían no ameritarlo.
La primera baksheesh me la pidió un empleado del aeropuerto por liberar mi mochila que había quedado enganchada en la cinta transportadora de equipaje. La segunda me la pidió otro empleado del aeropuerto encargado de decir a los recién llegados cuáles son los taxis oficiales y cuáles los peligrosos. La tercera me la pidió el chofer del taxi: Good driver?, pregunta el tipo al llegar, Yes, good driver, le miento yo, Baksheesh for the driver, concluye él. Al llegar al hotel, un maletero agarra nuestras dos mochilas, para nada pesadas. Resignado, lo dejo hacer. Al subir al ascensor, aparece un segundo maletero. El primero le entrega una de las dos mochilas. Llegamos a la habitación, las depositan allí, y se quedan ambos paraditos adentro, en posición de muñeco de torta. Un dólar per capita es la tarifa para que nos dejen solos.
En este sentido, lo único que mejoró a partir del segundo día fue que conseguimos cambio en libras egipcias. Teniendo en cuenta que un dólar equivale a casi seis libras y que una propina de una libra es bastante aceptable, decidimos no incluir el primer día en los libros contables, para evitar amarguras. Tener muchas monedas a mano resulta imprescindible en Egipto.
Una baksheesh puede ser solicitada por un taxista cuando ya se le ha pagado lo estipulado, por un policía que indica la ubicación de una calle, por un cuidador de museo que permite sacar fotos donde está prohibido sacarlas, por un portero de mezquita que te deja entrar, por un tipo que te agarra de la mano para subir una parte empinada del monte Sinai, o por un chofer de micros que, de no percibir la propina requerida, te puede avisar que llegaste a destino cuando todavía no llegaste.
A veces, el monto y la forma del engaño son tan pequeños que hasta resultan simpáticos. El primer día en El Cairo nos acercamos al comedor del hotel para comprar agua. Nueve libras, nos dicen. Pagamos y el encargado nos entrega, junto a la botella, una papeleta que podría hacer las veces de factura. Primer renglón: agua mineral, 7 libras. Segundo renglón: servicio, 12%, 0,84 libras. Habría que ver en qué consiste el “servicio”, pero ignoremos eso y pasemos al tercer renglón: impuesto, 5%, 0,78 libras. Acá podríamos ignorar también el hecho de que 0,78 no es el cinco por ciento, sino el diez. Pero aun así, el total daba 8,62. O sea, 9. A partir de ese momento, sólo compramos agua en los kioscos o almacenes de afuera, a 2 libras la botella.
El cuento del tío
En ciertas ocasiones, la metodología para obtener dinero del viajero pasa de un pedido de propina a una estafa lisa y llana. En nuestro segundo día en El Cairo, contratamos a Khaled, un simpático taxista que hablaba español y había sido recomendado por gente del hotel. Si bien sólo le encomendamos que nos llevara a las diferentes pirámides que hay en los alrededores de El Cairo, el hombre hizo un par de escalas en lugares de paso, a saber: una fábrica de papiros, una fábrica de perfumes y una fábrica de alabastro. En todos estos lugares el modus operandi es similar: el dueño de la tienda, en nombre de una vieja costumbre de hospitalidad egipcia, sirve al desprevenido visitante un té o un café. Regalo de la casa, dice, y la insistencia es tanta que resulta imposible negarse. Acto seguido, da una extensísima explicación en español acerca de los productos que vende y los procesos de fabricación de los mismos. Pueden pasar más de diez minutos sin que el tipo pare de hablar. Combre babiros, combre berfumes, combra lámbaras, buede bagar con visa, buen brecio. Todos explican que en la mayoría de los negocios uno puede ser fácilmente engañado, pero gracias a Alá y a Mahoma uno tiene la enorme dicha de estar justo en el lugar en que se fabrican los verdaderos papiros, las reales esencias (las que se exportan a Europa para rebajarlas con alcohol y convertirlas así en un Channel #5 o un Carolina Herrera) y las más finas piezas de alabastro. Acto seguido, ofrecen sus productos a la venta, el más barato de los cuales no baja de 50 dólares. Tras varios minutos más de regateo, uno, que había entrado sin la más mínima intención de desembolsar una moneda, termina comprando por ocho o diez dólares algo que seguramente vale dos. Lo que se paga es, simplemente, el derecho a salir de la tienda sin perder más tiempo.
Al llegar a las pirámides de Gizeh decidimos alquilar caballos para recorrer la zona, pero hicimos lo menos recomendable en esos casos: comenzamos una ardua negociación con un par de tipos de dudoso aspecto que nos abordaron en la calle, en lugar de dirigirnos a un establo dentro del predio de las pirámides. La cosa comenzó con un violento regateo en el que, incluso, nos quisieron dar camello por caballo (los primeros, más allá de lo exótico, son menos recomendables: por un lado, la altura excesiva de la montura impide bajarse hasta que el dueño del animal lo decida; por otro, dicha montura tiene lugar para dos personas, y es común que el guía encuentre una buena excusa para sentarse detrás de cualquier mujer occidental que se haya subido al bactriano). Una vez acordado el precio -que incluía el costo de las entradas- y, tras negarnos a pagar por adelantado (Ok, me pagan después, voy a confiar en vos, me dijo el descarado), el sujeto que regenteaba los equinos alegó haberse olvidado la credencial de guía y dejó a cargo a un chico de no más de doce años. Él sabe inglés y es tan buen guía como yo, aclaró. La engañifa no parecía tan grave, así que no protestamos demasiado. Al llegar a la entrada, accedimos a darle el dinero correspondiente a los tickets de ingreso. El ingreso al predio parecía cualquier cosa menos una entrada de acceso oficial, pero la presencia allí de la policía turística, que incluso nos revisó las mochilas, nos hizo desconfiar un poco menos. El chico nos mostró las entradas y se las guardó. Comenzamos a cabalgar mientras veíamos las pirámides algo más lejos de lo que yo esperaba. Ya nos acercaremos, pensaba, mientras nos cruzábamos con un par de turistas a caballo, y con unos pocos egipcios que intercambiaban con nuestro guía breves frases en árabe que, por alguna razón, me inquietaban un poco. Mientras tanto, el pequeño nos sugería posiciones ridículas para sacarnos fotos y chamuyaba como podía, Good guide, ah?, Yes, good guide, Are you happy?, Yes, very happy… Después de algo más de media hora pudimos ver por primera vez la esfinge, a unos doscientos metros. Imponente, como en las fotos. Y llena de turistas alrededor. Todos los turistas que no habíamos visto antes. El pequeño demonio sugirió una foto rápida y que siguiéramos camino. Le dije que quería ir más cerca. No hace falta, todos se sacan fotos desde acá, me decía mientras yo seguía viendo cientos de turistas desfilando a cinco metros de la esfinge. Quiero mis tickets, le dije. Para qué querés los tickets, preguntó el aprendiz de estafador. A esa altura no había que ser muy vivo para darse cuenta de que jamás habíamos entrado al predio de las pirámides, cuya entrada habíamos abonado puntualmente. El ladronzuelo nos persiguió unos metros en nuestro camino a la esfinge, mientras trataba de convencernos de que si nos acercábamos seríamos víctimas de una maldición milenaria. Cuando ya estábamos cruzando el cerco perimetral, al mismo tiempo que el delincuente en potencia se retiraba resignado, un tipo se nos acercó inquiriendo nuestras entradas. Antes de que termine de explicarle lo sucedido, ya nos estaba pidiendo plata para comprar “los verdaderos tickets”. Esta vez necesitamos pocos segundos para darnos cuenta de que estábamos en presencia de un nuevo cazabobos, tras lo cual decidimos mezclarnos entre los occidentales y en lo posible no volver a entablar diálogo con ningún egipcio.
Pero hete aquí que a la salida, incapaces de encontrar a nuestro chofer Khaled, fuimos abordados no sólo por decenas de taxistas con aire sospechoso (todos eran sospechosos a esa altura) sino que además nos encontramos con el malandra dueño de los caballos que nos exigía que le pagásemos el resto de la excursión. Entre todo ese tumulto elegimos al taxista que parecía menos indecente y, tras el regateo de rigor, nos subimos a su auto, mientras el delincuente de los caballos le gritaba que no nos llevase, que le debíamos plata (bueno, supongo que algo así le gritaba, pero mi nulo dominio del idioma árabe me impide asegurarlo). El camino hasta nuestro hotel nos resultaba completamente desconocido. No era el mismo que a la ida, y de los pocos carteles que había en la ruta no entendíamos ni los números. Quiso Alá que el taxista fuera un tipo de corazón lo suficientemente noble y, tras media hora de viaje, nos depositó sanos y salvos en nuestro hotel. Desde allí pudimos llamar a Khaled, quien todavía nos esperaba, bastante ofendido, en una esquina de Gizeh.
Sobre estafas oficiales
El museo egipcio resulta un complemento de las pirámides casi imprescindible. Sus inmensas y numerosas salas, sumadas al desorden imperante en todas ellas, hacen necesaria la ayuda de un guía. Contratamos uno por una hora, a un precio bastante elevado. A poco de comenzar el recorrido, nos llevó hacia la sala de las momias. El acceso a dicha sala, sin duda la más interesante del museo, no está incluida en la entrada general (de esto uno se entera adentro, lo cual demuestra que el Estado egipcio, que administra el museo, es el mayor partícipe de las estafas a turistas). Pero además, por razones que ignoro, los guías tienen prohibido el ingreso. De forma que, una vez adentro, uno no sabe si apurarse para aprovechar el tiempo del guía que está esperando afuera sin frenar el cronómetro, o admirar las momias con tiempo, para amortizar lo que se pagó al entrar al salón. Finalmente, estuvimos alrededor de media hora viendo momias, y media hora más escuchando al guía contarnos lo mismo que ya habíamos leído en la Lonely Planet. En resumidas cuentas, el museo es una visita obligada pero, teniendo en cuenta el precario estado de conservación del mismo y habiendo desembolsado unos 80 dólares, es complicado no sentirse estafado.
Gudbrais, mayfren
Al caminar por el centro de El Cairo, es imposible andar unos pocos metros sin ser acosado por infinidad de vendedores. En un par de días uno aprende que ya no puede confiar en nadie, y que probablemente ningún egipcio te dé una mano si no es para sacar rédito económico de ello. Uno aprende que siempre es mejor encontrar los sitios en un mapa, antes que preguntarle a alguien que, en vez de guiarnos hacia el lugar buscado, nos llevará a la tienda en la que cobra comisión (y que seguramente será una “tienda oficial del gobierno, libre de impuestos”). El discurso estándar carece totalmente de originalidad. Welcome to Egypt, my friend, come in, good brice. Entre las primeras frases en árabe que uno aprende, la más imprescindible es La, shukran. No, gracias. Eso es lo que se debe decir siempre, la respuesta universal.
El arte del regateo
El precio de cualquier producto o servicio debe regatearse en Egipto. Sean taxis, especias, comidas o papiros, jamás debe aceptarse el primer número. Hay varios tips a tener en cuenta. Apenas escucha el precio ofrecido, el viajero debe abrir bien los ojos, poner cara de trastornado y retirarse ofendido. Ahí nomás el otro preguntará, Ok, cuánto querés pagar. Nuestra oferta debe ser, como máximo, la mitad. En algunos casos mucho menos. En ese momento comenzará un diálogo que al turista desprevenido puede resultarle ajeno a la negociación. Pero atentos, todo es parte de lo mismo. El egipcio preguntará de dónde somos. Ahí es conveniente aclarar que somos argentinos (incluso el viajero europeo debería hacerse pasar por sudaca), que no tenemos euros y que nuestra moneda está devaluada. Probablemente la siguiente pregunta sea, cuánto hace que estamos en Egipto. No conviene responder lapsos menores a una semana, aunque se esté en el primer día de viaje. Si uno demuestra tener cierto entrenamiento en el trato con egipcios, se puede salir mejor parado. Si uno se muestra tierno y recién llegado, alpiste. En los mercados, siempre conviene hacer una larga recorrida por varios puestos antes de comprar. Caso contrario, uno se irá contento tras haber pagado cinco lo que pedían diez, y al poco rato se dará cuenta de que no valía más que dos. Khan el-Khalili, en el barrio islámico de El Cairo, es el mejor campo de entrenamiento para el regateo.
Usos y costumbres
La mayoría de las egipcias, a partir de la adolescencia, suele cubrir su pelo con un hiyab o chador. En El Cairo hay algunas que no lo usan, y entre quienes sí lo llevan, muchas han empezado a occidentalizar su vestimenta del cuello para abajo. Así, es muy común ver un interesante contraste de indumentaria en una misma persona, que tal vez está cubierta con el clásico pañuelo islámico, pero combinado con una remera y un jean ajustados. Incluso hay unas pocas que se atreven a los tacos altos, y unas cuantas que utilizan el hiyab para sostener el celular sin usar las manos.
En el interior del país, y sobre todo hacia el sur, es más difícil encontrar mujeres con la cabeza descubierta. La gran mayoría, además, visten abbayahs negras, un vestido bien suelto que les cubre el cuerpo entero, hasta los pies, escondiendo cualquier insinuación de curvas. Algunas, más religiosas, tienen un pañuelo que les tapa no sólo el pelo sino también la cara, dejando al descubierto solamente los ojos. Esas suelen llevar también guantes negros. Y en los casos más extremos de fanatismo, las señoras usan un tul negro por encima de sus hiyabs, de manera que no se les ven ni siquiera los ojos. Resulta algo impresionante cruzarse con esas imágenes fantasmales, siempre silenciosas, sin forma y sin edad.
Los hombres se visten más al estilo occidental, aunque por lo general con muy mal gusto. Entre los mayores y los más religiosos, algunos también usan las abbayahs. Pero más allá de las vestimentas, podría decirse que los egipcios son bastante fieles a los preceptos dictados por Mahoma. Casi todos se llaman Mohamed, o Mahmud, o en su defecto Ahmed, en honor al profeta. La mayoría reza cinco veces por día. Aquellos cuyo fanatismo por Alá es elevado, cumplen a rajatabla los horarios de rezo, estén donde estén. Sea en el trabajo, en un bar o en la calle, apenas escuchan la orden que proviene de los altoparlantes instalados en los minaretes (los imanes ya no se trepan a gritar, ahora la tecnología les permite hacerlo desde abajo), los tipos se quitan los zapatos, desenrollan una alfombrita, se arrodillan sobre ella mirando hacia La Meca, y arrancan a rezar, moviéndose arriba y abajo, y tocando el piso con la cabeza en cada descenso. El nivel de religiosidad de cada uno se puede ver en sus frentes: muchos de ellos tienen un oscuro moretón, una especie de callosidad, producto de los reiterados golpes contra el suelo.
Las mujeres, en cambio, no tienen permitido rezar en público. El acto de arrodillarse y bajar su cabeza las hace quedar en una posición que se considera poco decorosa, por lo que se sugiere que sólo recen en casa, y sin ser vistas por ningún hombre ajeno a la familia.
En lugares públicos, no todos los hombres se arrodillan para hablar con Alá. Tal vez porque no son tan religiosos, tal vez porque el espacio no es propicio para desplegar una alfombra, lo cierto es que muchos de ellos rezan también sentados, mientras leen el Corán. Algunos, devotos pero aggiornados, leen las plegarias de sus teléfonos celulares. Y en algunas mezquitas, las oraciones se muestran en una marquesina electrónica, mientras unos pocos fieles rezan en grupos y otros aprovechan la alfombra mullida para echarse una siesta. De ahí, probablemente se irán a algún bar, a relajarse entre el humo de los narguiles y a jugarse unos partidos de backgammon.
Highlights
- Caminatas por El Cairo. En cada cuadra uno se vuelve a sorprender. Para el que nunca salió de occidente, El Cairo parece una ciudad de otro planeta. Caminar durante horas y días, a través del caos y sin rumbo fijo, es una de las mejores formas de disfrutar este lugar.
- Las pirámides y las esfinge. Tal vez impactan menos que algunos templos, y se ven más interesantes de lejos que de cerca. Sin embargo, al estar ahí se tiene la sensación de estar viendo en un solo lugar miles de años de historia.
- Templo de Karnak, en Luxor. Fue el primero que vimos, y tal vez por eso haya resultado tan impactante. Pero ahora que el viaje terminó, veo las fotos y sigo pensando que de todos los templos que visitamos, éste es el más me impresionó.
- Atardecer en Asuán. Mientras navegamos por el Nilo pudimos disfrutar de una vista espectacular que cambiaba continuamente. Pero la puesta del sol en Asuán, vista desde el barco, es realmente maravillosa.
- Templo de Abu Simbel. El interior no es tan extraordinario como otros, pero la entrada, con las cuatro estatuas gigantes vigilando el Nilo, es una imagen difícil de olvidar.
- Espectáculo de danzas sufíes. En la Wikala de Al-Ghouri, en El Cairo islámico, el grupo de danzas sufíes Al-Tannoura ofrece todas las semanas un espectáculo gratuito de música y bailes autóctonos, de excelente calidad. Los músicos y los bailarines (entre los cuales hay uno que gira sin parar -un giro derviche- durante media hora) disfrutan y hacen disfrutar.
- Compra de especias en El Cairo. Los aromas y los colores de las especias dan ganas de traérselas todas. Eso habría sido imposible si las hubiéramos comprado a precio turístico, pero gracias a las bondades de un par de sudanesas (que se ocuparon de elegirnos los mejores sabores y de regatear el precio en árabe) pudimos traernos unos cuantos polvos mágicos.
- Noche en el Desierto Blanco. Pasar la noche en el medio de la nada, rodeados de inmensas y extrañas formaciones rocosas, es una de las mejores experiencias que vivimos. Llegamos allá después de una larga excursión, nos sentamos alrededor del fuego, cenamos una riquísima sopa con un poco de pollo a las brasas y, una vez apagada la fogata, el desierto quedó increíblemente iluminado por la luna llena. Nos dormimos mirando el cielo, en nuestra primera noche fresca, y nos despertamos justo a tiempo para ver salir el sol.
- Amanecer en el monte Sinaí. Comenzamos el ascenso alrededor de las 3 de la madrugada. Después de casi tres horas de intensa subida llegamos a la cima. No sólo es impresionante la vista desde allí, sino que resulta harto interesante ver las reacciones de la gente al llegar a la cumbre de esta montaña sagrada. Desde africanos tomados de la mano y llorando a los gritos, hasta japoneses rezando en grupo, leyendo las oraciones de sus iPhones.
- Buceo en Dahab. El Mar Rojo es uno de los mejores lugares del mundo para sumergirse. Es inevitable quedarse con ganas de más.
Bolivia
Llegamos a la terminal de micros de Potosí apenas amaneció y nos tomamos un par de Cafiaspirinas Plus para reemplazar a las ausentes Sorojchi Pills. Realmente, es difícil soportar la altura (4200 metros sobre el nivel del mar) sin alguna papusa. La simple tarea de subir un piso por escalera para salir a la calle me agitó como si hubiera corrido ocho vueltas al Parque Centenario (cosa que nunca hice).
Subimos al primer bondi que iba hacia el centro. Tras recorrer las intrincadas calles potosinas, subiendo y bajando en interminables pendientes, fuimos a parar a la plaza principal. Pelamos el mapa y empezamos a recorrer la zona en busca de alojamiento. En cada esquina teníamos que parar a tomar aire. Después de una docena de esquinas, encontramos una habitación decente en el Hostal de la Compañía de Jesús. Desayunamos rapidito y partimos en excursión hacia las minas del Cerro Rico, el lugar de donde los españoles sacaron la mayor parte del oro y la plata a partir de la conquista, y de donde actualmente las cooperativas mineras intentan rascar de entre las piedras lo poco que queda.
Nilsa, nuestra guía, nos contó algunas historias sobre la ciudad de Potosí y sobre las minas en particular. No es que no supiera del tema, pero tenía una forma de hablar bastante confusa. A eso debemos sumarle que, ante nuestras preguntas, solía responder cualquier otra cosa menos lo que se le preguntaba. Antes de entrar, pasamos por una especie de kiosquito en el que compramos unas bolsitas de hojas de coca y unas bebidas para regalarle a los mineros, quienes, según Nilsa, “están mucho más contentos y tratan mejor a los visitantes cuando reciben algún pequeño presente”.
Disfrazados de mineros (con trajes impermeables, botas de goma y casco con linterna) agachamos la cabeza y entramos al interior de la montaña. Apenas se ingresa, el calor y la humedad potencian la claustrofobia, pero después de caminar unos metros uno ya se va acostumbrando, y sólo es cuestión de cuidarse el bocho para no estrolarse contra el techo, casi siempre más bajo que uno. El piso está embarrado en casi todo el recorrido, pero así y todo, conviene enterrarse un poco en él antes que caminar sobre los rieles resbaladizos.
Cuenta la leyenda que hace unos cinco siglos, cuando los españoles les quisieron enseñar a los indígenas el concepto de “Dios”, estos, al no tener el alfabeto quechua la letra D, entendieron “Tío” (no se sabe qué pasó con la S final, pero así queda más simpático el cuentito), así que desde entonces empezaron a adorar al Tío, una mezcla de deidad española y aborigen. A unos 200 metros de la entrada de la mina nos encontramos con el Tío. El Tío está hecho de arcilla, del propio suelo de la mina. Es un ser casi antropomórfico, aunque con grandes orejas y un miembro viril envidiable. Un par de veces al mes, los mineros le tiran un poco de alcohol puro en las orejas, para que les permita escuchar a lo lejos los derrumbes en la mina; otro poco de alcohol en los ojos, para que les permita ver en la oscuridad; otro poco ahí, entre las piernas, para que su virilidad haga crecer más oro y plata en la montaña. El resto, lo que le sobra al Tío, se lo toman los mineros, y se agarran una mamúa de antología. Aun así, resulta difícil comprender cómo pueden pasar de 10 a 12 horas diarias ahí, siendo que nosotros nos adentramos unos pocos cientos de metros y, sin haber tenido que picar piedra, salimos más rápido que ligero.
Nilsa, descendiente de indígenas, no lo quiere a Evo. “Dice que es indio pero yo nunca lo escucho hablar en quechua ni en aymara, y tampoco habla bien castellano”, argumenta. “Pero las cosas están mejor en Bolivia, ¿no?”, retruca un cordobés que nos acompaña. “Sí, eso sí -admite Nilsa-, hay más trabajo, los pobres están mejor, hay más caminos… pero él es un bruto, y además tiene hijos perdidos por ahí. No es un buen ejemplo”.
Volvimos de las minas, almorzamos en un restaurante de slow food (modalidad muy difundida en Bolivia) y fuimos a visitar la Casa de la Moneda, un museo harto interesante en el centro de Potosí. Esta vez sí tuvimos una guía como la gente. Más tarde, recorrimos unos cuantos mercados callejeros, compramos algo de fruta, y terminamos el día en un barcito bastante cool, donde acompañamos unos tostados con mate de coca.
Al día siguiente tomamos un micro hasta Tarapaya, donde hicimos la subida hasta el Ojo del Inca, una pileta natural de aguas termales, de unos 100 metros de diámetro, formada en el cráter de un volcán extinguido. Según el mito, varios se ahogaron en el centro a causa de unos remolinos que aparecen cada tanto y se chupan a algún pobre cristo. Un lugareño nos dijo que es sólo eso, un mito. Pero ante la duda, no nos alejamos demasiado del borde. Nos sacrificamos ahí durante un par de horas y, cuando vimos que se venía la tormenta de cada día, bajamos a la ruta para tomarnos el micro de vuelta a Potosí.
A la mañana siguiente salimos para Sucre. El empleado del hotel nos sugirió, en lugar del incómodo micro, tomar un taxi “casi tan barato como el bus, sólo 40 bolivianos por persona”. La condición era el pago por adelantado. Aceptamos. A los 10 minutos, nos dice que “lamentablemente” el taxista le avisó que serían 45 bolivianos. “Es así -dice el pibe del hotel-, esta gente no tiene palabra”. Le pagamos el adicional. Llega el taxi. El empleado le entrega al taxista 80 bolivianos y partimos.
El taxista tampoco lo quiere a Evo. “Los pobres están mucho mejor, pero a ellos les da todo y a los demás nada”, dice. “¿Pero los caminos que usted recorre con el taxi, no están mucho mejor?”, pregunto. “Sí, eso sí”, admite. “¿Y no es más honesto que los anteriores?”. “¡Mucho más honesto! Los demás se robaron todo”. “¿Y entonces?”. “Y, tiene una forma de hablar, una política que no me gusta”.
A los 15 minutos de viaje, el taxi para en una zona extraña, bastante transitada pero poco amigable. Pregunto qué pasa. “Nada, nada, cinco minutos y regreso”. El tipo abre el baúl en el que descansaban nuestras mochilas, y se aleja unos cuantos metros. Me bajo del auto y me acerco a él. Le vuelvo a preguntar qué pasa. “Nada, nada, ya salimos”. Una mujer se acerca al taxista, le pregunta cuántos le faltan. Dos, le dice el tipo. Cómo dos, pregunto yo. La mujer se pone a gritar “¡Dos para Sucre, dos para Sucre!”. Aparece un tipo con una valija. La guardan en el baúl y él se sube adelante. Empiezo a comprender que estamos viajando en uno de los famosos “taxis compartidos”. Me molesta la estafa, pero al menos no pararon para robarnos, así que decidimos no discutir. Rogamos que el cuarto pasajero, que compartirá nuestro asiento, no suba comiendo pollo frito ni tomando caldo en bolsita. Finalmente aparece. Es una chola bastante fornida que no tiene comidas a la vista, pero sí una hija de unos tres años que llevará upa y que no cuenta como pasajero a los efectos de respetar el máximo de cuatro. Tanto la chola como la cholita resultan bastante simpáticas, pero al rato ambas se duermen y, a fuerza de curvas y contracurvas, de a poco van ganando terreno en el asiento.
Pero todo esto era lo menos preocupante. El taxista tenía apuro, evidentemente. Tenía, además, la costumbre de acelerar cuando veía que un peatón estaba por cruzar. Tocaba una fuerte bocina que podría traducirse como “ni se te ocurra bajar de la vereda”. Así, estuvo muy cerca de atropellar a una chola, un nene, un par de perros y unos cuantos rebaños de ovejas que pretendían cruzar en el momento equivocado. El taxista tenía también otra costumbre, que consistía en pasar a otros vehículos solamente en las curvas. Ahí, cuando no se veía quién venía de frente, el tipo aceleraba, metía un par de bocinazos y pasaba, mientras nosotros nos encomendábamos a la pachamama.
Después de tres horas de sufrimiento, llegamos enteros a Sucre. Decidimos alojarnos en un hotel cuatro estrellas para relajarnos un poco. Esas cosas acá se pagan 35 dólares la noche, así que nos dimos el gusto. Por supuesto, es un cuatro estrellas boliviano.
Sucre es una ciudad bonita. Muy blanca. Parece que hay alguna norma municipal que obliga a todos los propietarios a pintar sus casas de blanco, al menos en algunas zonas céntricas y algo paquetas. Hay pocos cholos en esta ciudad. Los sucrenses son en general poco adeptos al Evo, y consideran que Sucre es en realidad la capital boliviana. La ciudad es considerada por algunos “la más linda de Bolivia”. Esto, más allá de ciertas cuestiones subjetivas, no es mucho decir.
Recorrimos el centro durante la tarde (el típico conjunto catedral-plaza-municipalidad), subimos hasta el mirador de la Plaza de la Recoleta, que tiene una vista bastante linda de casi toda la ciudad, y cenamos en un lindo restó, aprovechando los precios bolivianos.
Al día siguiente decidimos hacer algo de relax, así que volvimos al mirador, esta vez con sol, y pasamos unas cuantas horas en el barcito de ahí, almorzando, leyendo y merendando. A última hora de la tarde bajamos al hotel, juntamos todo y partimos a la terminal de micros para zarpar hacia La Paz.
Teniendo en cuenta las incomodidades que acarrean los viajes largos en micros bolivianos, sacamos el pasaje más caro. Coche cama, asientos anchos, baño, calefacción. Arrancó el viaje según los planes. Los asientos eran cómodos, primera fila abajo, espacio para las piernas. A los cinco minutos de haber abandonado la terminal, el micro para. Suben dos cholas con tres párvulos, compran pasajes “en negro” y se instalan en el pasillo, pegados a nuestros asientos. Comen, beben, generan aromas no del todo agradables. Paciencia, nos decimos, y tratamos de dormir. Al rato, alguien se desgracia muy cerca de nosotros. Las ventanas no se abren, y la calefacción es excesiva. Tratamos de tomarlo con humor. Me aguanto durante un buen rato las ganas de ir al baño, en vista de que debo pasar por encima de toda la familia que descansa al lado nuestro, además de otro pasajero que decidió dormir en el pasillo. Tal vez me convenga esperar a una parada. Después de un par de horas, la parada no llega y mi vejiga pide piedad. Decido levantarme, saltear todos los obstáculos y llegar hasta el baño. Está cerrado. Vuelvo a atravesar todo el pasillo hasta llegar a mi asiento. Ya no puedo mantener el humor.
A las seis horas de haber partido (cerca de la una de la madrugada), se hizo la primera parada. Bajé desesperado en busca de un baño público. Me cobraron un boliviano para entrar. Las condiciones de ¿higiene? eran inenarrables, pero cumplí mi objetivo, y a partir de ese momento el viaje se tornó algo más tolerable. Algún mecanismo de defensa me permitió dormirme a poco de volver al micro y, afortunadamente, me desperté llegando a La Paz.
Poco antes de llegar a la capital boliviana se pasa por El Alto, ciudad que comparte con Villazón el honor de ser una de las más feas del mundo. Sin embargo, desde ahí hay una vista muy interesante de La Paz, que está construída en un valle, y que tiene más de mil metros de diferencia entre su parte más alta y la más baja. La Paz en sí misma tampoco es una linda ciudad. Definitivamente, mucho menos que Sucre y Potosí. Pero vinimos acá a ver al Evo, y a hacer base para visitar el Titicaca.
Desde la terminal caminamos hasta el Hostal Naira, donde teníamos reserva. Está ubicado a media cuadra de la Iglesia de San Francisco, sobre la calle Sagárnaga, que alberga innumerables puestos de artesanías. Es una zona linda para recorrer. Después de pasear un buen rato por ahí, nos metimos en el Museo de la Coca. Medio pelo. Tiene la buena intención de mostrar la historia de la hoja de coca y despegarla de la producción de cocaína, pero no es lo que se dice un museo sumamente interesante. Desde ahí caminamos hasta la calle Jaén, tan linda que parece de otra ciudad. Tiene sólo una cuadra, llena de edificios históricos y museos. Visitamos el Museo de Instrumentos Musicales, en el que hay una tremenda colección de instrumentos artesanales, uno más exótico que el otro. Muy entretenido, no sólo para mirar, sino también para tocar.
Si algo debemos reconocerle a La Paz (al menos a la zona turística en la que nos alojamos) es la buena calidad gastronómica. Cenamos en Luna’s Bar unos exquisitos spaghetti al pesto y nos fuimos a dormir temprano, para al otro día poder madrugar y llegar a tiempo a la ceremonia de Tiahuanacu.
* * *
El 21 de enero salimos temprano hacia Tiahuanacuen un micro turístico lleno de argentinos, uruguayos, chilenos y unos pocos europeos. Todos opinaban sobre el evento que se venía, sobre progresismo y sobre política latinoamericana en general. Se armaron lindos debates en los que cada uno intentaba demostrar cuánto sabía y cuánta militancia tenía. Yo mientras tanto leía un suplemento sobre Evo, a ver si lograba sacar algún dato que me permitiese aportar un comentario interesante. Finalmente me dediqué a mirar el paisaje por la ventanilla.
La gran cantidad de vehículos que llegaban al lugar impidió a nuestro micro acercarse a menos de un par de kilómetros de la entrada a Tiahuanacu, así que nos dejó al costado de la ruta, desde donde emprendimos la caminata. Miles de personas iban llegando, casi todos cholos de típicas ropas coloridas, caminando lento y agitando las wiphalas (banderas cuadriculadas de siete colores, símbolo de las etnias andinas). Habíamos también unos cuantos extranjeros, la mayoría de nosotros sueltos, y algunos otros encolumnados, como el centenar de militantes de la Organización Barrial Tupac Amaru (OBTA), de Jujuy. Durante algo más de una hora, mientras esperábamos el comienzo del acto, nos entretuvimos viendo algunos bailecitos típicos de los diferentes grupos que había entre el público. Arriba, mientras tanto, el Evo llegaba en helicóptero.
Debo decir que la ceremonia casi no la vimos. Hicimos esfuerzos sobrehumanos para meternos de a poco entre la gente hasta llegar casi adelante de todo, pero la distancia entre el alambrado que nos contenía y el lugar en el que los ancianos amautas estaban coronando a Evo era realmente mucha. Escuchábamos al locutor que iba describiendo todo lo que pasaba, la ropa que le iban poniendo al homenajeado, los movimientos que hacían (“Ahora se dirigen hacia la parte sur de las ruinas, el presidente lleva puesta una túnica blanca…”) y, entre las figuras diminutas que veíamos a lo lejos, tratábamos de adivinar quién era Evo. Una vez que terminó todo el ritual, el tipo fue declarado líder espiritual del nuevo Estado Plurinacional, dio un par de discursos breves en quechua y aymara, y otra versión más extendida en español. Evo habló desde el corazón, sin una buena oratoria, sin la estrategia de un buen discurso político. Bajo el sonido de las tarcas y los pututus, agradeció a la pachamama y dijo que la consigna de su gobierno está dictada por sus antepasados: ama sua, ama llulla, ama quella. No robar, no mentir, no ser flojo.
Al día siguiente fue la ceremonia oficial en Plaza Murillo, en La Paz. No sé si cabía en la plaza tanta gente como el día anterior en las ruinas, pero debo decir que estaba bien llenita. El discurso fue sólo en español, pero mucho más extenso. Desde el interior del edificio en el que funcionaba la Asamblea Plurinacional, y durante más de dos horas, Evo habló de todo y de todos, con la misma simpleza con que lo había hecho en Tiahuanacu. Al terminar, salió al balcón del Palacio de Gobierno, desde donde, acompañado de Rigoberta Menchú, Hugo Chávez, Fernando Lugo, Rafael Correa y Michelle Bachelet, estuvo mirando los desfiles militares que cerraron del acto.
Si bien no tenía tantas expectativas para este acto, debo admitir que resultó casi más interesante que el del día anterior. No sé si por el discurso más largo, porque a Evo pudimos verlo bien clarito (cosa que no puedo probar, ya que la batería de mi cámara se terminó en el preciso momento en que él salió al balcón) o por la gente que tuvimos alrededor.
* * *
A un par de cuadras de la Plaza Murillo, en la ciudad de La Paz, donde pocos minutos más tarde comenzaría el acto oficial de reasunción de Evo Morales, se escuchaba un murmullo que de a poco iba creciendo: “En el norte / en el norte hay una banda / una banda tupaquera / que te viene a saludar…”. La columna estaba compuesta por un centenar de militantes de la Organización Barrial Tupac Amaru (OBTA), que viajó en micro durante más de dos días para llegar desde San Salvador de Jujuy hasta La Paz. Al frente de todos los “tupaqueros” estaba Milagro Sala, arengando a la tropa y ordenando con voz firme cada movimiento del grupo.
La presencia del grupo en La Paz no fue consecuencia de una mera simpatía ideológica. Desde hace un par de años hay contactos entre la Tupac Amaru y el Movimiento al Socialismo (MAS), el partido al que pertenece el presidente boliviano. De hecho, a partir de la reforma constitucional de Bolivia, que permitió el empadronamiento de bolivianos expatriados (entre ellos, 90 mil residentes en la Argentina), la OBTA hizo campaña a favor del MAS en las provincias de Jujuy y Mendoza, y en la Ciudad de Buenos Aires, los tres distritos donde los bolivianos empadronados pudieron votar. La tarea proselitista dio sus frutos: casi el 90 por ciento de los votos en la Argentina fueron para Evo Morales.
Luis, uno de los tupaqueros, escuchaba emocionado el discurso de Evo. “Es la primera vez que vengo a Bolivia, nunca pensé que iba a salir de Jujuy –contaba-. Yo antes no hacía nada de mi vida, me drogaba, salía a robar. Pero La Flaca cambió mi vida, me mostró que hay mucho para hacer, y ahora puedo ayudar a otros chicos que están como estaba yo hace unos años”.
La Flaca es, obviamente, Milagro Sala. “Para nosotros, Evo no es solamente el presidente de Bolivia. Él representa a toda Latinoamérica. Gracias a él hemos podido recuperar nuestra historia, nuestra cultura, el respeto por los pueblos originarios”, afirmaba ella mientras decenas de argentinos se acercaban a saludarla.
La Tupac Amaru estuvo también el jueves en la ceremonia religiosa de Tiahuanacu, donde los ancianos amautas coronaron a Evo Morales como líder espiritual. Ayer, Milagro Sala contaba orgullosa que, antes de que empiece el ritual, se acercó al presidente boliviano y le regaló una pulsera de oro y plata con el logo de la OBTA. Y por si había algún incrédulo, mostró una foto en la que se ve claramente a Evo luciendo el adorno en su muñeca.
La reasunción del presidente boliviano se llevó a cabo en la Asamblea Legislativa Plurinacional, y fue transmitida en pantalla gigante para el público presente. Tras más de dos horas de discurso, Evo salió del edificio y en la plaza se produjeron varias corridas para verlo. Inmediatamente, varias manos tupaqueras alzaron a Milagro Sala para depositarla sobre la plataforma de un monumento, de forma que tuviera una vista privilegiada. Desde ahí arriba, ella siguió dirigiendo a todos: “Vos para acá, vos para allá, muevan esas banderas, no empujen a nadie, respetemos a todos…”.
Un par de horas más tarde, Evo terminó su discurso. Desde la Plaza Murillo, la Tupac Amaru comenzó su peregrinación hasta el estadio Hernando Siles, donde continuaría la fiesta. A medida que se alejaban, los bombos y el canto dedicado a Evo iban dejando su eco por las calles de La Paz: “Muchas gracias te decimos / muchas gracias por lo que hiciste / porque nunca bajaste los brazos / y luchaste por la dignidad”.
* * *
Después de un viaje de unas cuatro horas caímos en Copacabana, a orillas del lago Titicaca. La ciudad está bien, no es nada del otro mundo, pero la simple vista del lago justifica el viaje hasta allá. Nos alojamos en un hotel con aires señoriales, aunque algo venido a menos, que me hizo acordar bastante al clima de la película La Ciénaga. Nuestra habitación estaba en un tercer piso, lo cual tenía la ventaja de una excelente vista del lago y la desventaja de que, al tener que subir por escalera estando a más de 3800 metros, llegábamos arriba con ataques de asma.
Recorrimos un poco las pocas cuadras céntricas y paramos a almorzar en un restaurant que tenía bastante pinta desde afuera. Resultó estar atendido por un trío de oligofrénicos que se mataban de risa mientras miraban Babe, el chanchito valiente en la tele a todo volumen, y que a la hora de cocinar dejaban mucho que desear. Dejamos por la mitad los horribles fideos y el sándwich de ¿pollo? que habíamos pedido, y rumbeamos para la Basílica de Nuestra Señora de Copacabana, donde estaban bendiciendo algunos autos. La gente tiene costumbres extrañas en algunos lugares.
El procedimiento es el siguiente: los cholos hacen fila con sus vehículos hasta llegar a la puerta de la catedral. Hay autos, camionetas, camiones, de todo un poco. Mientras esperan, agitan botellas de cerveza, sidra o cualquier otra bebida alcohólica gaseosa con la que empapan todo el vehículo (un poquito en el techo, un poquito para el dueño, otro poquito en el parabrisas, otro poco para el dueño, y así durante toda la espera). Después le arrojan flores, plantitas, guirnaldas, con lo cual el auto llega a la basílica hecho un corso, y con una baranda a borracho que no desentona para nada en este ambiente. Ahí nomás está el cura que, con un poco de incienso humeante en una mano y con un crucifijo en la otra, procede a levantar el capot para bautizar el motor. Acto seguido da un par de vueltas al vehículo para bendecirlo en su totalidad. Toda la familia dueña del auto, que ha asistido a la ceremonia con sus mejores galas, le deja una propina al padrecito, se sacan una foto todos juntos, y que pase el que sigue…
Tras la contemplación de tan bizarro acto, comenzamos a subir hasta el mirador del Cerro Calvario, que tiene una vista muy linda del lago. A mitad de camino se largó la lluvia y debimos emprender una pronta retirada. Nos refugiamos en un barcito con bastante onda donde merendamos, jugamos a las cartas con Luis y Judith (dos argentinos que nos encontramos por ahí), cenamos y escuchamos algo de música en vivo. A pesar de haber pasado varias horas ahí, la lluvia no paró ni por un minuto. Cerca de medianoche nos resignamos y volvimos al hotel pasados por agua.
Para la mañana siguiente teníamos pasajes a la Isla del Sol. A la hora que debíamos salir, todavía caía agua como si fuese la última vez, por lo que decidimos postergar el plan. Al mediodía la cosa ya estaba más calma, así que nos subimos a la lancha y en dos horitas llegamo a la isla.
Realmente el lugar es maravilloso. Las diferentes vistas del Titicaca que aparecen a medida que se pasea por la isla son espectaculares. Además, toda la isla en sí misma es prácticamente una colina, por lo que desde cualquier punto hay vista panorámica. Nos alojamos en el lado sur, en una pieza muy básica, pero con una terraza desde la que se veía puro lago, y salimos a caminar hacia el extremo norte. Cada cinco minutos cambiaba el paisaje. Ninguno era igual que el anterior, y todos eran impresionantes. Distintas vistas del lago, siembras en terrazas escalonadas, casitas de adobe en el medio de la nada, pastores que arriaban rebaños de ovejas y llamas, picos nevados por encima de las nubes. Después de un par de horas de caminata, y sin lograr llegar hasta la otra punta de la isla, pegamos media vuelta para poder estar de regreso antes de que oscureciera. Volvimos a pasar por todos los paisajes que habíamos visto a la ida, pero bajo los reflejos del atardecer.
Poco antes de llegar pasamos por un restaurant (siendo generosos con el término) en el que cenamos bajo la clásica modalidad slow food. Una chola desganada y de pocas palabras atendía los pedidos sólo si los clientes se acercaban hasta la cocina. Ahí cocinaba lo que le pedían, de a un plato, lo llevaba a la mesa y tomaba el siguiente pedido. Mientras tanto, su marido tomaba cerveza con un amigo, en la cocina, y sus cholitos corrían y gritaban por todo el lugar. Tranquilamente podía pasar media hora desde que uno se sentaba, hasta que la chola se diera por enterada de este hecho. A las nueve de la noche cayó una pareja preguntando qué había de cenar, a lo que una segunda chola (probablemente la madre de la primera), limpiándose las lagañas producto de una reciente siesta, contestó: “No, tenían que haber venido más temprano”. “¿Pero ya cerró la cocina, no hay más comida?”, preguntaron los desafortunados turistas. “Sí hay, pero ya es tarde, ahora ya no cocinamos, estamos cansados”, concluyó la señora.
Nosotros, armados de paciencia, terminamos con nuestra cena y fuimos a dormir a nuestro cuchitril. A la mañana siguiente, bajo una persistente llovizna, volvimos en lancha hasta Copacabana, y desde ahí tomamos el micro de vuelta a La Paz. Matamos el tiempo durante un rato y fuimos a cenar a Sol y Luna, un restaurante que sí estaba bueno (y ni hablar si lo contrastábamos con el de la noche anterior), con músicos grossos en vivo y unos platos de pastas que te la voglio dire. Pernoctamos, una vez más, en el Hostal Naira.
* * *
Dejamos La Paz en un micro hacia Oruro, ciudad bastante fea que no tiene más atractivo que el carnaval. Pero, al no estar en época de carnaval, no teníamos ahí nada que hacer, más que subirnos al tren que nos llevaría a Uyuni. Comparado con los servicios de micros, el tren boliviano es un lujo. Sacamos el boleto más caro -Salón Ejecutivo- que no tiene muchas más comodidades que la línea Mitre, pero que fue suficiente para un confortable viaje de siete horas. Arrancó con puntualidad europea, mientras por el altoparlante una señorita de voz sensual nos decía: “Empresa Ferroviaria Andina te da la bienvenida. Disfruta el ronroneo de las vías. Haz el viaje de tu vida”. Y así, entre un poco de lectura, unos bonitos paisajes que se divisaban por la ventanilla y un par de películas, el trayecto resultó bastante llevadero. Con la misma puntualidad de la salida, llegamos por la noche a Uyuni. Nos alojamos en el primer hotelucho que nos ofrecieron, pobre pero digno, y salimos a cenar. Todavía no eran las once de la noche y ya estaban todos los restaurantes cerrados, lo cual resulta poco marketinero si se tiene en cuenta que el único tren del día llega a las diez y media, con cientos de turistas hambrientos que a la mañana siguiente se irán en un tour para nunca más volver a la ciudad. Evidentemente los bolivianos manejan otra escala de valores, en la que la conveniencia económica no es prioritaria: los tipos acostumbran cerrar a las diez para irse a dormir temprano, y no hay tren turístico ni ninguna regla capitalista que los haga cambiar de idea.
A falta de mejores opciones gastronómicas, caímos en un carrito callejero en el que nos engullimos, no sin cierto temor, un sandwich de salchicha frita, huevo frito, cebolla, tomate y lechuga. Realmente fue una acción suicida, pero la pachamama estaba de nuestro lado y no sufrimos consecuencias gástricas de ningún tipo.
Al día siguiente, elegimos aleatoriamente una de las tantas agencias que ofrecían el tour al salar. Nos subimos a la Land Cruiser piloteada por Edwin -también guía de la expedición- y acompañados por Roxana -la cocinera- y nuestros compañeros de viaje: Fede, Sole (argentinos), Oliver y Ellie (suizos). Al poco tiempo estábamos entrando al salar. El paisaje es sencillamente espectacular, blanco para donde se mire. En las zonas secas, el suelo agrietado con formas poligonales. En las partes mojadas -por los grandes espejos de agua, producto de las abundantes lluvias de enero- un reflejo perfecto del cielo y las nubes que casi impedía distinguir el horizonte. Después de una breve parada para caminar sobre la sal y sacar algunas fotos, seguimos nuestro camino. Durante un par de horas estuvimos andando sin ver alrededor nada más que este desierto blanco, alguna pequeña elevación cada tanto -como pequeñas islas en un mar de sal- y la figura diminuta de alguna otra camioneta a lo lejos.
Al mediodía paramos en la Isla del Pescado. Subimos al mirador, plagado de inmensos cactus, desde donde hay una maravillosa vista 360 del salar. Saboreamos nuestro primer almuerzo, compuesto de bife (el mejor que comí en Bolivia), ensalada, fideos y fruta. Las habilidades culinarias de Roxana realmente no admiten quejas. Después de un rato de digestión volvimos a la camioneta a continuar el recorrido, que duró un par de horas más.
Ya fuera del salar, nos alojamos en un hotel de sal. Las paredes, las camas, las mesas, las sillas… todo está construido con bloques de sal. Las habitaciones privadas que nos habían prometido resultaron ser “privadas para el grupo” y privadas de baño, pero realmente habíamos pegado buena onda entre los seis, así que, tras unas desganadas protestas de rutina, nos acomodamos todos ahí.
Al llegar, fuimos agasajados con una suculenta merienda, tras lo cual empezamos a matar el tiempo con unos partidos de truco. Cuando recién empezábamos con la digestión, Roxana amenazó con traernos la cena. Logramos postergarla un poco pero no tanto, así que finalmente comimos sin hambre, pero no por eso menos vorazmente. A las 10 de la noche cortaron la luz, por lo que nos vimos obligados a continuar los partidos de truco con linterna.
Al día siguiente nos levantamos a las 5 y arrancamos nuestro tour por el desierto. Al igual que en el salar, la sensación de soledad en el medio de una extensión enorme genera una gran tranquilidad. Los kilómetros van pasando y nada se mueve alrededor. Tal vez alguna otra camioneta a lo lejos, pero no mucho más. Pasamos por Laguna Hedionda (que debe su nombre a los olores que emana, producto de la presencia de varios minerales en el agua), donde me vi obligado a ponerle los puntos a un estafador que prentedía cobrarme por orinar en el medio del desierto. Volvimos a disfrutar de un sabroso almuerzo preparado por Roxana y seguimos viaje. Pasamos por unas extrañas formaciones rocosas -el árbol de piedra, entre ellas- y alrededor de las cuatro de la tarde llegamos al alojamiento donde nos quedaríamos, a unos cientos de metros de la Laguna Colorada. Caminamos un par de kilómetros hasta un mirador desde donde teníamos una linda vista de la laguna -efectivamente colorada, por la pigmentación de algas y minerales-, llena de flamencos en su interior y llamas en su orilla. Había ahí arriba un viento que Dios me libre y guarde, así que nuestra permanencia duró bastante poco. La vuelta hasta el albergue, con viento en contra -y teniendo en cuenta que estábamos a más de 4500 metros sobre el nivel del mar-, resultó durísima. Prometimos no hacer más locuras, y nos quedamos el resto del día comiendo y jugando a las cartas.
El último día del tour madrugamos más aún: a las 4 ya estábamos arriba, harto congelados. Todavía a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, nos subimos a la camioneta sin desayunar y partimos hacia los geisers. Realmente es impresionante la visión de esas columnas de vapor a presión saliendo del suelo. La imagen del cielo prendido fuego por el amanecer, mezclada con los humos blancos que flotaban en el aire y mi estado de somnoliencia, me hizo pensar por un momento que había llegado, finalmente, al infierno. Acto seguido, nos llevaron a unas aguas termales que miramos desde afuera, ya que hacía un frío de antología y salir del agua calentita en esas condiciones habría sido una tortura. Ahí mismo disfrutamos de un suculento desayuno y seguimos viaje hasta Laguna Verde, al pie del volcán Licancabur. Esa fue la última parada del tour, y desde ahí partimos hacia la frontera con Chile, donde nosotros cruzaríamos con rumbo a San Pedro de Atacama y los otros cuatro volverían a Uyuni.
Nos despedimos de toda la banda y, después de los trámites migratorios de rigor, nos subimos a una combi y emprendimos el camino por rutas chilenas. La casualidad hizo que nos sentáramos adelante y pudiéramos tener una oportuna charla con el conductor, al que le contamos nuestros planes de estar en Atacama por un día, para al día siguiente tomar el micro a Salta. “Ah, pero mañana no hay micros a Salta, tendrán que esperar hasta el domingo”, avisó el buen hombre. Hete aquí que el domingo a la noche salía nuestro avión desde Salta a Buenos Aires, y el micro llegaba después del horario de despeque. Cuando vio que entrábamos en pánico, el chofer comenzó a plantear alternativas: “Pueden volver mañana, pero a dedo. O si no, pueden rogar que el micro que va hoy a Salta, se haya atrasado en los controles, en cuyo caso tal vez nos lo crucemos en un rato”. Quiso la fortuna que a los pocos minutos el micro en cuestión apareciera de frente, ante lo cual hicimos frenar a la combi, pedimos disculpas al resto de los pasajeros, y nos paramos en el medio de la ruta mientras hacíamos señas desesperadas al micro que se venía. El tipo frena. ¿Van para Salta? Sí. ¿Tienen dos lugares? Tenemos, pero uno tiene que viajar acá con nosotros y otro abajo. Dando gracias a la Providencia por esta aparición, cruzamos hasta la combi, bajamos nuestras mochilas, agradecimos nuevamente al chofer por los datos suministrados, vimos la combi alejarse por la ruta desértica y corrimos a meter nuestras mochilas en la bodega del micro. Ahí noté que el vehículo no era de dos pisos, sino de uno. Comencé a preguntarme, algo inquieto, qué habría querido decir el chofer cuando aclaró que uno debía viajar “abajo”. La duda quedó despejada en pocos segundos, cuando el susodicho abrió la tapa de al lado del maletero y me invitó a pasar. Era un compartimento idéntico al que albergaba las mochilas, pero tenía un colchón adentro, y una diminuta ventanita en la puerta, como para que el ocupante tuviera un mínimo de aire y luz. Al ver mi gesto dubitativo, el chofer aclaró: Acá dormimos nosotros, no pasa nada. ¿Pero no podemos ir los dos arriba?. No. ¿Y los dos juntos abajo? No, uno con nosotros y otro acá. En vista de la falta de opciones y de nuestra solitaria ubicación en medio del desierto de Atacama, entré mansito al baúl, y ahí empezó la siguiente discusión: Son cincuenta dólares cada uno, eh. ¡Como cincuenta dólares, es una locura! Es lo que cuesta el pasaje. ¡Pero eso cuesta en un asiento, no viajando como un refugiado kurdo! Bueno, ¿quieren viajar o no? ¡Queremos, pero tenemos treinta dólares entre los dos, no nos puede decir esto cuando ya se fue la combi! Bueno, la gente está esperando para arrancar, no puedo seguir discutiendo… ¡Blum!
La puerta se cerró de un golpe, arrancó el micro y yo me sentí de repente como si me acabaran de secuestrar. Estaba viajando en un maletero cuya puerta sólo se podía abrir desde afuera, con una ventanita de 10 por 20 centímetros que se habría hasta la mitad, en medio del desierto chileno, sin tener la menor idea de cuántos kilómetros faltaban para la siguiente parada, y con mi chica viajando adelante con un par de forajidos estafadores. Intenté enviarle a ella un mensaje de texto pero, por supuesto, no había señal.
Después de un par de minutos mi cerebro comenzó a funcionar nuevamente y de a poco aparecieron algunas preguntas: sabía que el viaje a Salta podía durar entre 8 y 10 horas, pero ¿cuánto faltaría para la frontera? Sin duda ahí tendríamos que parar. ¿Y si quería ir al baño? Entre todos los objetos que había por ahí logré divisar una botellita de jugo. Ante una urgencia, no dudaría en tirar ese jugo y usar la botella de papagayo. ¿Y si mis necesidades fisiológicas fueran más complicadas? Bueno, tenía en mi poder la mochila con papel higiénico y varias bolsas. Y había una ventanilla, en definitiva. ¿Y si tenía hambre o sed? Volví a revisar la mochila: tenía algunas galletitas y bastante agua. ¿Y si me aburría? Por suerte llevaba también el libro que estaba leyendo. Lentamente me fui tranquilizando y acerqué la cabeza a la ventanilla, procurando divisar algún cartel que me indicase dónde estábamos y cuánto faltaba para la frontera. Pero hete aquí que, al ser la ventanilla tan pequeña y estar tan cerca del suelo, cualquier señalización que cruzábamos desaparecía tan rápido que yo no tenía posibilidad de verla. Después de un rato, y gracias a una gran curva cóncava en la montaña, pude ver a lo lejos un cartel verde. Haciendo un gran esfuerzo, pegué el lado derecho de mi cara contra el vidrio, calculé cuándo llegaría el cartel, y mi cerebro mandó una orden a los ojos para que retuvieran la información en el momento justo. En una fracción de segundo lo pude ver: “Argentina: 115 km”. No parecía demasiado, aunque era camino de montaña. Lo que sí podía a ver a la altura en que estaba, eran los mojones con el kilometraje de la ruta, con lo cual en pocos minutos calculé la velocidad del micro y el tiempo que faltaba hasta la frontera: quedaban dos horas. A partir de ahí logré relajarme un poco más, me recosté un rato en el colchón, leía, volvía a mirar por la diminuta ventanilla, volvía a hacer cuentas de minutos y kilómetros… y así fue pasando el tiempo, hasta que finalmente llegamos al Paso de Jama, la frontera entre Chile y Argentina.
El micro se detuvo, se acercó el chofer que yo todavía no conocía, y disimuladamente me susurró: “Yo ahora abro el maletero, vos bajás en un segundo y te sentás al lado mío, como si estuviéramos charlando”. Acto seguido abrió la puerta, yo bajé en tres décimas de segundo y me senté con cara de relajo. “Y, ¿viajaste cómodo?”, me preguntó. “Seee -contesté canchero-, no daban ganas de bajarse”. Charlando un poco con el tipo (que tenía buena onda: era el típico binomio policía bueno / policía malo) me enteré de que, antes de Salta, el micro pasaría por San Salvador de Jujuy. Siendo que el avión saldría dos días más tarde, para qué estar tanto tiempo en Salta, nos preguntamos, y decidimos que bajaríamos en la primera parada. Y mientras tanto, otra vez volvió a acompañarnos la fortuna, porque un pasajero se bajó ahí nomás, por lo que, cuando continuamos viaje, mi chica pasó a su asiento y yo pude subir a la cabina, para tener una vista panorámica por el resto del viaje. Y nuevamente, la charla con el chofer dio sus frutos: le comenté que de San Salvador seguramente nos iríamos a Tilcara o Purmamarca, a lo que el tipo respondió: “Ah, pero por Purmamarca pasamos antes…”. Conclusión, un par de horas más tarde, tras haber visto desde el micro unos paisajes espectaculares, le dejé a los tipos la módica suma de cuarenta dólares y nos bajamos en Purmamarca.
Así, lo que primero iba a ser un día en San Pedro de Atacama y luego un día metido en un maletero para pernoctar en Salta, se convirtió en un viaje espectacular hacia uno de los pueblos más lindos de Jujuy.
Nos alojamos en una pieza sencilla, en una callecita súper tranquila, y pasamos dos días harto relajados. Mucha lectura, rica comida norteña, cada noche una peña (la primera de ellas de bochornosa calidad, incluida la actuación de un ebrio que nos ofreció “unas coplitas desde el corazón”), una breve caminata por el camino de Los Colorados, distintas vistas del Cerro de los Siete Colores… En fin, bastante relax para terminar el viaje.
Y el último día, viajamos finalmente a Salta. Dejamos las mochilas en la terminal de micros y salimos a caminar por la ciudad. Almorzamos unas empanadas salteñas que pasarán a la historia por su exquisitez, caminamos un rato por el centro, pasé por un hotel cinco estrellas para que yo pudiera hacer uso de sus instalaciones sanitarias y partimos hacia el aeropuerto en el preciso momento en que me llamaban de LAN (me cago en todo su personal) para informarme de que “lamentablemente el vuelo se postergó cuatro horas y media por razones de fuerza mayor”. En vista de que, de todas maneras no había ya mejores planes, compramos el diario y pasamos unas cuantas horas en el bar del aeropuerto leyendo, comiendo y resistiendo el sueño. Cuando por fin subimos al avión, sentarme y dormirme fue prácticamente una única acción. Me desperté cuando comenzamos a aterrizar en Aeroparque, a las 2 y media de la mañana del lunes.
Ascensión al volcán Lanín
El viaje arrancó algo accidentado, producto de un piquete a la salida de Retiro. No sé de qué se quejaba esta gente, pero evidentemente no saben adaptarse al cambio de paradigmas que están proponiendo Cristina y Mauricio. En definitiva, el micro salió casi una hora tarde pero, si obviamos la breve lluvia con gotera exactamente sobre mi asiento, se podría decir que el viaje fue impecable. Las bandejas de comida vinieron una tras otra, y en vista de que pasaríamos los próximos días en modo mochilero, no rechazamos ni siquiera los horrendos bocaditos de hojaldre. El azafato, después de un par de torpezas, se desvivió por atendernos como nos merecíamos.
Llegamos a Junín, hicimos la pasada obligada por sanitarios y supermercado, le hicimos un par de preguntas a la chica de Parques Nacionales (“¿Nuestro guía está habilitado?, ¿Hay buen clima para subir al Lanín?”), y partimos en combi hacia los lagos. Durante el trayecto pudimos disfrutar de una vista maravillosa, sólo opacada por los comentarios de una señora -muy blanca, ella- que nos hostigó con un extenso discurso acerca de cómo el hombre blanco avasalla desde hace años los derechos de los pueblos nativos patagónicos. Así seguirá, combativa y solterona.
La combi nos dejó en Puerto Canoa, desde donde hicimos una caminata de cuatro kilómetros hasta el camping Piedra Mala, a orillas del lago Paimún. Allí armamos nuestro monoambiente de tela y comenzamos nuestra vida privada de todo lujo. Cenamos un exquisito Risotto alla Bernies, que compartimos con Lila & Cia, quienes se acercaron a nuestra carpa al percibir el aroma que emanaba nuestra cena. Tras una breve sobremesa, nos dirigimos a la playa, y nos posicionamos horizontalmente para disfrutar de un espectáculo de estrellas fugaces.
Volvimos a la carpa no muy tarde, dispuestos a semi-madrugar para poder hacer la caminata hasta la base de la cara sur del Lanín.
* * *
Como era de esperar madrugamos alrededor de las 11 de la mañana, con lo cual el horario para la caminata se vio considerablemente reducido. Llegamos a Puerto Canoa, donde el guardaparques nos dio permiso para hacer la excursión, a condición de que regresáramos antes de las seis de la tarde, y de que no me le hiciéramos “escenitas”. Nos adentramos en el bosque con la convicción de poder hacer el trayecto de cuatro horas en la mitad del tiempo, pero tras una hora de caminar por senderos no siempre correctos, llegamos a un cartel que decía “Puerto Canoa 1 hora – Lanín 3 horas”. Con el orgullo herido y los cálculos que no cerraban, decidimos relajarnos y tirarnos en los pastizales a disfrutar de un opíparo picnic, consistente en galletitas con paté y hormigas. Durante el almuerzo mantuvimos además una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo contra tábanos y demás insectos autóctonos.
Total, para qué queríamos gastar energía en ir a la base, si de todas formas pensábamos llegar a la cumbre…
En el camino de regreso, nos reservamos unos minutos para remojar los pies en el agua. Un ratito nomás, hasta que tomaran color azul. Finalmente llegamos a Puerto Canoa a las 17.45, con lo cual no hubo necesidad de que el gilipollas del guardaparques nos labrara acta alguna. Lo miramos con cierto desdén y pusimos cara de haber hecho la caminata completa en tiempo récord.
Volvimos al camping, hicimos sesión de duchas, picada de cerveza con maní, cena de deliciosos fideos con tuco, y nuevo avistaje de estrellas fugaces.
* * *
A la mañana siguiente desarmamos campamento, caminamos nuevamente hasta Puerto Canoa y de ahí tomamos la combi de regreso a Junín, dispuestos a encontrarnos con nuestro guía. Resulta que no sólo no lo encontramos, sino que además nos enteramos de que no tenía habilitación para comenzar el ascenso al día siguiente. Así que fuimos a Parques Nacionales, le hicimos un par de preguntas a la chica (“¿Quiénes son los guías habilitados? ¿Se puede llegar hasta la cumbre?”) y comenzamos un exhaustivo estudio de mercado tendiente a conseguir otro guía. Apalabramos a uno, dejamos nuestros bultos en el albergue Tromen, pasamos una vez más por Parques Nacionales para hacerle un par de preguntitas a la chica (“¿Dónde podemos conseguir un taxi? ¿Cuál es la mejor heladería de Junín?”), y nos dispusimos a jugar unos partiditos de truco en el verde césped de la plaza, juego que se vio interrumpido por la aparición del suspendido primer guía, quién tras un conmovedor, pero no por eso menos tedioso discurso, no logró convencernos de hacer el ascenso con él. Para cuando terminó su triste descargo, ya casi no quedaban lugares abiertos para cenar, así es que fuimos a parar al lugar más caro de la ciudad, en el cuál, según los habitantes de allí “los platos son carísimos, pero valen lo que cuestan”. Que son caros, no hay duda. Que son extremadamente ricos, qué sé yo… es todo tan relativo.
* * *
A pesar del cambio de guía, el ascenso ya se había atrasado un día, así que esa mañana nos tomamos un taxi hasta Bahía Cañicul, simpático camping con playa sobre el lago Huechulafquen. Nos quedamos ahí todo el día, y no hicimos nada más agitado que jugar a las cartas.
Por la noche volvimos a Junín, y cenamos en una fonda de dudosa calidad.
* * *
Al día siguiente, madrugamos en exceso para esperar a Víctor, nuestro simpático taxista personal. Manejando siempre por el carril a contramano nos trasladó los 30 kilómetros que nos separaban de la base del Lanín, en su cara norte, al lado del Paso Tromen, que conduce a Chile. Llegamos a las 8 de la mañana y nos encontramos ahí con Guillermo, nuestro guía. Después de repartir comida y equipos, de manera tal de lograr una mochila bastante pesadita, partimos de la base (a 1160 metros de altura) y comenzamos el ascenso por un sendero de bosque. Al principio el camino no tuvo demasiada dificultad. La pendiente era bastante leve y el terreno no era complicado. Cada tanto parábamos para cargar combustible, así que el ritmo de subida era tranquilo. Fuimos pasando por diversos paisajes; la “trompa de elefante” una formación boscosa que de lejos se asemeja, efectivamente, al hocico de dicho paquidermo; la “espina de pescado” un filo por el que caminamos un rato largo, en el cual resulta harto conveniente no tropezarse, ya que a ambos lados del mismo hay una pendiente bastante pronunciada; el “camino de mulas”, un sendero muy sinuoso, algo más marcado y sin demasiada dificultad. Después de cinco horas de paisajes zoomórficos, llegamos tranquilos al refugio militar nuevo, también conocido como RIM26, a 2315 metros. Cuando digo refugio, no se vayan a imaginar una casa alpina de madera, con techo a dos aguas. Más bien es como si fuera medio barril gigante, de chapa anaranjada, donde caben unas diez personas, entre las cuales siempre hay que contar un par de milicos. Ahí no había lugar para nosotros, así que continuamos subiendo hasta el refugio CAJA (el nombre no responde a la forma del parador, sino a las siglas del Club Andino Junín de los Andes) que está a 2600 metros. Este tramo entre refugios resultó bastante complicado, no sólo porque el suelo se empinaba cada vez más, sino porque empezó a soplar un viento que sacaba de las casillas al más guapo (de hecho, el más guapo de nosotros, de quien no daré el nombre para no sumirlo en una profunda humillación, fue derribado por una ráfaga impetuosa).
Este segundo refugio es similar al anterior en cuando a capacidad y prestaciones, y sólo difiere en forma y color. En lugar de ser cilíndrico y anaranjado, es amarillo y con forma de carpa canadiense, con techo a dos aguas. Ahí dejamos nuestros petates y nos dispusimos a saborear una soberbia picada hábilmente preparada por nuestro guía. Terminada la ingesta de la picada, se comenzó a preparar los ravioles para la cena, en vista de que el viento hacía prácticamente imposible salir del refugio y no había otra actividad más atractiva que la gastronomía. Las únicas salidas obligadas, tendientes a cumplir con ciertos trámites fisiológicos, se convirtieron en una odisea.
A eso de las 9, todavía con luz de día, nos acostamos, dispuestos a levantarnos a las 2.30 para atacar la cumbre. Pero hete aquí que cuando abrimos los ojos era nuevamente de día. Aparentemente a la hora de arrancar, al viento se había sumado una importante lluvia que hacía imposible continuar el ascenso, con lo cual el guía se volvió contento a la bolsa de dormir y nosotros ni nos enteramos.
Según las nuevas normas de Parques Nacionales, nadie puede permanecer en los refugios más de una noche, para permitir el recambio de gente. Es decir, nuestro guía, que debe haber subido más de cien veces a la cumbre y no estaba especialmente entusiasmado con subir una más, ya estaba preparando la vuelta a la base. Le pedimos que solicitara permiso por radio para quedarnos una noche más y poder subir al día siguiente. A pesar de aducir que eso no tenía sentido, que no nos dejarían, y de pronosticar diversas catástrofes climáticas en la cima, nuestra terca obstinación no le dejó más remedio que llamar a Parques Nacionales, donde le dijeron que no había problema, que sólo una persona más subiría ese día, que podíamos quedarnos otra noche en el refugio, y que el pronóstico meteorológico para el día siguiente era óptimo.
Así, pasamos el día entero a 2600 metros, tirados en las piedras sin hacer nada, disfrutando de la vista espectacular del lago Tromen, el volcán Villarrica y el Llaima asomando por encima de las nubes. Por un lado no había mucho más para hacer, y por otro tratamos de descansar y no gastar energías, ya que teníamos que racionar la comida para un día más. La cena de esa noche consistió en lo que quedaba de la picada, sumado a unas sopitas instantáneas. Tras un intercambio de lugares (Pipi aducía que en el extremo donde él había dormido la noche anterior hacía frío y llovía, así que, en vista de que yo tenía la bolsa de dormir más pulenta, me moví para ese lado) nos volvimos a acostar temprano, esperando, esta vez sí, levantarnos de madrugada.
Cuando sonó el despertador a las 3, yo llevaba ya dos horas despierto, producto de la ansiedad y la poca comodidad del suelo. Nos levantamos, armamos todo el equipaje, separando lo que llevaríamos arriba y lo que dejaríamos en el refugio, nos pusimos las linternas en la frente, desayunamos, y arrancamos a las 4.15, con las mochilas algo más livianas. A los pocos minutos llegamos al primer manchón de nieve, así que nos calzamos los grampones, y empezamos a caminar en zigzag por el suelo blanco, bajo miles de estrellas y sin luna. A los cinco minutos, murió la linterna de Ricky. A los diez minutos, la mía. Ergo, seguimos caminando mientras rezábamos -a pesar de nuestro ateísmo- para que no se apagase otra antes del amanecer. A los 3000 metros se acabó la nieve, así que hicimos una parada para sacarnos los grampones y comer algún tentempié. Tuve la mala idea de quitarme un guante por un par de minutos, y mi mano tardó casi media hora en recuperar su sensibilidad. Seguimos subiendo, esquivando la canaleta (por la cual se puede subir en otras épocas del año, cuando se llena de nieve), mientras a nuestra izquierda el cielo de a poco se iba tornando anaranjado y, a medida que iba amaneciendo, la sombra del Lanín se proyectaba hacia el oeste por muchísimos kilómetros, formando un triángulo perfecto. Alrededor de las 10.30 hicimos la última parada, comimos algo y dejamos las mochilas entre las rocas, para subir bien livianos el último tramo.
Media hora más tarde llegamos a la cumbre. Casi se me saltan las lágrimas. La vista desde arriba es imponente, hacia cualquier lado que uno mire. Hacia el sur, los lagos Huechulafquen, Paimún, los tres picos del Tronador. Hacia el oeste el volcán Osorno y otros picos chilenos. Hacia el norte, toda la vista que habíamos tenido desde el refugio, pero ahora más extensa.
La cima es la parte superior de un glaciar que se fue formando dentro del cráter, a lo largo de siglos en los que no hubo actividad volcánica. Tiene una superficie convexa bastante irregular, con pequeños picos que la hacen parecerse bastante a una torta de merengue. En las últimas semanas se abrieron algunas grietas que impiden recorrer la cumbre en su totalidad, pero que le agregan un pequeño toque estético al lugar. Estuvimos ahí arriba alrededor de veinte minutos, entre fotos y gritos eufóricos.
La bajada fue bastante más tortuosa de lo que suponíamos. La falta de nieve nos negó toda posibilidad de acortar tiempos vía culopatín, y las piernas pedían piedad. No sé qué esperan los de Parques Nacionales para poner una aerosilla, o al menos una tirolesa para bajar. Tardamos unas tres horas hasta llegar al refugio, donde paramos una horita más para comer, descansar un poco y cargar el resto del equipaje. De ahí a la base, con la mochila completa, el objetivo cumplido y el paisaje conocido de memoria, ya no había estímulos que nos hicieran disfrutar el camino. Empezaron a dolernos ciertos músculos cuya existencia desconocíamos hasta el momento, y la base del volcán parecía cada vez más lejos. Llegamos abajo casi a las 9 de la noche, en condiciones deplorables. Ahí nos esperaba nuestro taxista estrella, que nos devolvió, raudo y a contramano, a Junín de los Andes.
* * *
Llegamos de vuelta al albergue, nos dimos una ducha que nos devolviera nuestro aspecto medianamente civilizado, y salimos a cenar con las últimas fuerzas. Tras el brindis obligado, comimos en silencio y cabeceando. Después del día más largo de nuestras vidas, nos desmayamos en las cuchetas del Tromen.
En la mañana del último día, dimos una pequeña recorrida por el centro, pasamos por Parques Nacionales para hacerle un par de preguntitas a la chica (“¿Dónde podemos comprar ahumados? ¿Tenés planes para esta noche?”) y nos dirigimos a la terminal, donde abordamos el micro en el que, nuevamente, nos ofrecieron un servicio impecable mientras nos devolvían sanos y salvos a la ciudad de la furia.
NOA
Salta es una ciudad simpática para arrancar. Nos tocó lluvia el primer día, lo cual no fue un hecho demasiado grave, salvo por el olor a humedad que había en las habitaciones del hostel que habíamos reservado, bastante más feas que lo que se veía en la foto de la web. El centro tiene una plaza muy pintoresca, con una tremenda catedral y un Museo de Alta Montaña, en el que se exponen, entre otras chucherías y artesanías de los pueblos originarios, un par de momias de niñitos que morían dentro de un pozo, borrachos de chicha y listos para encontrarse con sus ancestros en el más allá. Ojo, cada cultura tiene sus creencias, uno no va a ir a decirles si tienen que sacrificar a sus críos o no…
En nuestra primera noche fuimos a caminar por la calle Balcarce, que viene a ser como el Palermo Soho de ahí, pero más chico y más autóctono. No tienen restós con cocina de autor, pero pudimos saborear unas deliciosas empanadas de llama, humitas y tamales.
* * *
En las afueras de Salta, a unos diez kilómetros, está la Quebrada de San Lorenzo. Linda, la quebrada. Se puede hacer un paseíto de más o menos una hora, por un bosque bastante agradable. Después de dar unas vueltas por ahí, hicimos una breve separata. Mientras las chicas hacían shopping regional, Bernies y yo comenzamos a recorrer la ruta a pata, en busca del televisor más cercano para ver el superclásico. Pateamos un par de kilómetros y encontramos una pizzería en la que no había lugar ni de parado, así que, tras un breve intento de mirar el partido en una tele de 20 pulgadas, a 20 metros, comenzamos a desandar el camino, hasta encontrarnos con las chicas en una parrilla en la que comimos como si fuera la última vez.
Por la tarde nos acercamos hasta el teleférico que sube al mirador del cerro San Bernardo. Podría decirse que la vista panorámica de Salta es bastante interesante hacia un lado del cerro y aburrida hacia el otro, así que nos entretuvimos mirando para un sólo lado, y tras cruzar el cartel que rezaba “habiendo escaleras, el gobierno de Salta no se responsabiliza por el uso del teleférico” bajamos los milnosécuántos escalones hasta volver a tierra firme.
Cenamos comida árabe, fea pero barata, y dimos unas cuantas vueltas en busca de un hostel más digno, o si no digno, al menos sin tanto olor a humedad. Tras fracasar en el intento, volvimos al Quara.
* * *
Antes de abandonar Salta, rentamos un autito y partimos hacia el norte. Nuestra primera parada fue en San Salvador de Jujuy, una ciudad a la que nadie debería dejar de faltar. A pesar de su privilegiada ubicación geográfica, es realmente fea, en vista de lo cual ni siquiera nos bajamos del auto para sacar una foto. Sí nos bajamos en La Caldera, un pueblo distante unos 20 kilómetros de la capital jujeña, no porque fuera especialmente lindo, sino para estirar un poco las patas. La atracción principal de este lugar es un Cristo de unos diez metros de alto, bastante falto de gracia. Nuestra estadía allí duró casi tres minutos, luego de los cuales continuamos viaje hacia Termas de Reyes, un hotel con maravillosa vista y mejores baños, los cuales merecieron una visita de todos nosotros, después de saborear unos exquisitos sánguches de pollo. De ahí seguimos hasta Purmamarca, un pueblito muy típico, pegado al Cerro de los Siete Colores. La vista del cerro es maravillosa, más allá de que no pudimos ponernos de acuerdo sobre la cantidad real de colores que tiene. El pueblo está formado por unas pocas manzanas de casas bajas, muchas de ellas de adobe, y calles de tierra. La plaza central está atiborrada de puestos de artesanías, así que ahí pelamos billeteras y revivimos la época de la plata dulce y el “deme dos”. Salvando las distancias.
Por la noche cenamos en una peña. Pedimos una cazuela de cabrito, tamales y queso de cabra con miel, mientras disfrutábamos de las delicias musicales de un dúo de lugareños, que al grito de “aro aro aro…” descargaban su más sutil poesía sobre la concurrencia femenina. Y para cerrar la velada, salió a tocar el dueño del lugar, “El Doctor”, que después de 25 años de dedicarse a la medicina, cambió el estetoscopio por la guitarra, para así destruir con versiones propias hermosos temas musicales.
Al día siguiente comenzamos una caminata alrededor del Cerro Colorado, con intención de apreciar las mejores vistas de la zona. Después de arduos minutos (tal vez cinco, o más) de andar bajo el sol, decidimos hacer la versión burguesa del trekking, es decir, con el coche y el aire acondicionado. Debo admitir que desde el auto se ve tan lindo como desde abajo, así que no veo la necesidad del ejercicio físico.
Terminada esta vueltita, hicimos una excursión a Salina Grande, que es una salina muy grande. Está a unos 65 kilómetros de Purmamarca, por una ruta bastante linda y poco transitada, que llega a más de 4000 metros sobre el nivel del mar. Hicimos un picnic por ahí, sentados sobre ladrillos de sal, visitamos unos piletones de agua salada que vaya a saber uno para qué sirven, sacamos unas fotos y regresamos al pueblo.
* * *
Retomamos la ruta 9 hacia el norte. Pasamos por la Posta de Hornillos, un museo bastante interesante por donde parece que pasaron unos cuantos próceres durante sus campañas militares (cuando todavía no era museo, valga la aclaración). El siguiente pueblito fue Maimará. Simpático, unas pocas casitas, una plaza y una iglesia. Y unos niñitos coyas que se acercaban al auto a cantar una copla, y no se callaban hasta recibir las monedas exigidas.
De ahí a Tilcara. Es un pueblo grande, o ciudad chica. Caminamos un rato, recorrimos la feria artesanal, visitamos algún museo, el pukará (reconstrucción de antiguo fuerte en las alturas, con muy linda vista de la ciudad) y un jardín botánico de altura con muchos cactus. Nos encontramos con Carlitos, bicicletero, amigo de Bernies y dueño de una bonita cabaña en Juella, un caserío a unos cinco kilómetros de ahí, donde nos alojamos. La verdad que la vida ahí no tiene nada de malo, sobre todo si uno tiene mate y un mazo de cartas.
Cerca de Tilcara está la Garganta del Diablo. No es como la de las Cataratas del Iguazú. De hecho, podría decirse que tiene menos atractivo que el Arroyo Maldonado. Lo que sí está bueno es el camino de cornisa hasta llegar ahí. A pesar del Reliverán que se tomaron las chicas para no enchastrar el auto, padecieron las curvas al punto de lloriquear y amenazar varias veces con bajarse.
La siguiente excursión fue al pukará de Juella. Costó llegar, pifiamos un par de veces el camino y castigamos bastante a nuestro carro, pero bueno, para algo es alquilado. De la construcción del fuerte no queda más que un par de piedras apiladas, pero la vista desde arriba es espectacular.
Por la tarde, las chicas se quedaron en el shopping artesanal de Tilcara, mientras Bernies y yo aprovechamos para pistear como campeones rumbo a Juella, donde continuamos nuestro campeonato de escoba de quince, a cara ‘e perro.
* * *
Dejamos Juella y seguimos para el norte. Pasamos por Uquía y Huacalero, dos pueblitos pintorescos con su típica plaza, su típica iglesia y sus típicos niñitos copleros. Humahuaca lo pasamos de largo y encaramos el sinuoso camino hacia Iruya, 55 kilómetros de ripio que nos tomaron como dos horas, pero pasando por paisajes espectaculares a más de 4000 metros de altura. Nosotros no nos apunamos, pero el auto flaqueó un par de veces.
Iruya es un pueblito que está puesto en la montaña casi como si fuera una maqueta, a 3000 metros de altura y lejos de cualquier otro vestigio de civilización. Tiene una iglesia de techo celeste que, vista desde lo alto del camino, muestra la foto que uno puede encontrar en cualquier agencia de turismo. Las calles son sumamente angostas, y con una pendiente que no ayuda en nada a su recorrido, pero que hacen al pueblo bastante particular. Otra particularidad de este pueblo es la poca belleza de sus perros. Son muy pero muy feos. Uno no pretende que tengan pedigrí pero sí que se pongan un poco las pilas (de ahí el famoso dicho: “más feo que perro de Iruya”).
Después de recorrer el pueblo y cenar en algo así como un comedero, pernoctamos en un hotel en construcción. A falta de gallo, a las siete de la mañana los obreros nos despertaban a martillazos.
Empezamos a desandar el camino y regresamos a Humahuaca. Prestándole un poco de atención, hasta podríamos decir que es una linda ciudad. Tiene un enorme monumento como principal atractivo turístico, unos cuantos puestos de artesanías, y unos restaurantes simpáticos donde uno puede comer un asado de cabrito, por ejemplo.
En un intento por conocer los alrededores, encaramos el camino a Coctaca, distante nueve kilómetros de la ciudad. Pifiamos el camino con tanta mala fortuna, que el primer coya al que le preguntamos si íbamos bien, se nos subió al auto acompañado de una considerable pestilencia. Parece ser que por el clima seco, se generó la creencia popular de que la gente no transpira, y por ende no es necesario bañarse con frecuencia. Cuestión que hubo que pisar el acelerador para llegar cuanto antes a donde nuestro acompañante se apeara. Ocurrido esto, dejamos orear el auto durante un buen rato, y finalmente llegamos a Coctaca, que resultó ser algo así como un pueblo fantasma. Retornados a Humahuaca, Bernies y yo fuimos a ver el partido de Argentina a un bar, en el que ingenuamente habíamos reservado mesa. Sólo nos acompañaba un mozo bastante ebrio, que pasaba tambaleándose con la bandeja mientras comentaba el partido. Parece ser que el lugar también estaba alquilado para un tierno cumpleaños infantil, así que al terminar el primer tiempo, hartos de los coyitas que gritaban y reventaban globos (lo cual generaba nuevos e insoportables grititos), salimos a la búsqueda de nuevos horizontes. Finalmente, y después de pasar por un par de antros con borrachos impresentables, caímos en el bar “Tejerina” para ver lo que quedaba del partido.
Salimos de ahí, nos encontramos con las chicas y encaramos las compras para la cena. Comimos riquísimos fideos con espejo de tuco, y los perros del vecino lavaron las ollas.
* * *
Seguimos bajando por la ruta 9. Pasamos por Purmamarca para cumplir con la etapa de shopping, seguimos para Salta, almorzamos un soberbio asado en “Lo de Andrés”, cerca de la Quebrada de San Lorenzo, pasamos por el dique Cabra Corral, y de ahí en adelante anduvimos por paisajes espectaculares, pasando por la Quebrada de las Conchas en los Valles Calchaquíes.
Llegamos a Cafayate de noche. Se comenta que el turismo anda pegando fuerte por esa zona. Costó bastante encontrar alojamiento digno (bah, alojamiento) pero lo logramos. Recorrimos por un rato el diminuto centro, paseamos un poco por la plaza principal, vimos una campaña peronista en pantalla gigante, y cenamos una picada incompleta (dicho adjetivo está documentado en la factura del establecimiento gastronómico).
A la mañana siguiente hicimos una visita a la bodega Vasija Secreta, donde una guía en piloto automático nos mostró lo poco que había para ver fuera de la temporada de producción. Tampoco los vinos eran los más ricos que probé en mi vida, así que abandonamos la bodega sin pena ni gloria.
Tomamos la ruta 40 rumbo a Cachi. Esta ruta une todo el país de norte a sur (o viceversa, claro está), aunque estimo que ningún vehículo sería capaz de transitarla entera sin desarmarse. Calculo que fue construida a pico y pala en la época de la colonia. Pasamos por Molinos, un pueblo muy chiquito y simpático, pero no por eso menos feo. Ahí paramos un rato en un antro medio extraño, donde almorzamos sopa de aceite con milanesas, las cuales pudimos encargar al término de un extenso ataque de tos por parte de la camarera, que se vio obligada a salir corriendo hacia la cocina en la mitad del pedido.
Después de unas cuantas curvas y contracurvas, llegamos a Cachi. Nos dio la bienvenida un indio borracho que pretendía que le diéramos un pequeño aventón de 50 km (por la mencionada ruta 40, valga la aclaración). El pueblito es realmente lindo y muy tranquilo. Lo recorrimos un poco, incluyendo una visita al cementerio que está en la parte más alta de la ciudad, y desde donde se puede apreciar una vista panorámica bastante interesante. Cenamos en Oliver, un bolichito lindo, muy tranquilo, jazz de fondo y “cocina de autor”, nada que envidiarle a cualquier restó de Palermo Soho.
A la mañana siguiente enfilamos con Bernies hacia la base del Pico Nevado, cerro que debe su nombre a una manchita blanca cercana a la cumbre, que pudimos divisar con bastante esfuerzo.
En el camino de vuelta hacia Salta, pasamos por la Cuesta del Obispo, una zona de los Valles Calchaquíes con una vista realmente impresionante. Llegamos finalmente al punto de partida, donde devolvimos el auto con otro color y algunos tornillos flojos. Caminamos unas horas más por la ciudad, con ritmo de final de viaje, compramos unos alfajores norteños para quedar bien con la parentela, y partimos hacia el aeropuerto.
Costa Rica
La entrada a Costa Rica no fue tan complicada como se preveía. Desde Bocas del Toro tomamos una lancha a Changuinola, realmente un paseo harto agradable por el Mar Caribe primero, y por el Río Changuinola después. De ahí fuimos en minibus hasta Sixaola, último pueblo fronterizo en Panamá. El control de migraciones es más o menos como un kiosco: uno se asoma desde la calle de tierra a una ventanita, le sellan el pasaporte, cruza caminando un puente que se cae a pedazos, y de repente está en Costa Rica, tiene que atrasar el reloj una hora, y la gente comienza a hablar con acento de gringo que recién aprendió español (pronuncian raro las erres, más o menos como los Illia Kuriaky en su período adolescente).
Desde la frontera, un bus nos llevó a Puerto Viejo, nuestro primer destino. Allí nos entregaron la 4×4 que alquilamos, un lujo para el mochilero acostumbrado a tanta miseria. A partir de ahí el agobiante calor no me importó más, y escuchar mi propia música fue un placer infinito, después de dos meses de cumbias y vallenatos.
Puerto Viejo tiene bastante onda. Es algo parecido a Gesell, con sus barcitos, sus bandas reggae tocando cada noche y sus puestos de artesanos, pero mucho más caro, lleno de gringos, y con playas más bonitas, caribeñas y llenas de palmeras. Nosotros nos alojamos en Punta Uva, más tranquilo, más agreste, en una cabaña medio selvática en la que convivimos con lagartijas, murciélagos y la cucaracha más grande que vi en mi vida, y donde se escuchaban unos rugidos aterradores, bastante parecidos a los que emitía el humo negro en Lost. Por las noches íbamos a cenar a Puerto Viejo, para lo cual recorríamos con el auto los seis kilómetros que nos separaban del pueblo, a través de una carretera que tiene fama de ser la peor de Costa Rica, lo cual no es poca cosa. Efectivamente, no sé si ahí cayó una lluvia de meteoritos o les bombardearon la ruta, pero créanme que pocas veces vi baches de tal magnitud.
* * *
En nuestro segundo día manejamos hasta Manzanillo, una bonita zona de playas en una punta del mapa costarricense, para hacer desde allá una caminata hacia Punta Mona. Ahí es posible pasar en pocos minutos de una playa a una selva tropical. En el trayecto nos cruzamos unas cuántas especies de aves, insectos, arañas, cangrejos y demás vegetales; en más de una ocasión nos vimos envueltos en gigantes telarañas de las que logramos huir pegoteados pero intactos, y finalmente suspendimos la travesía en una zona pantanosa impenetrable. Desandamos el camino, llegamos justo a tiempo para un último chapuzón en el Caribe, y regresamos sanos y salvos a nuestra cabaña en la jungla.
* * *
Nuestro siguiente destino fue el Parque Nacional Cahuita. Realmente el lugar es maravilloso. Caminamos por un sendero en el que nos cruzamos con gran cantidad de lagartijas, cangrejos, iguanas y monos, y anche un par de pequeñas viboritas. Después de la caminata, nos mandamos en una lanchita hasta algunas zonas en las que pudimos hacer snorkelling y ver unos corales harto coloridos. Al día siguiente repetimos la caminata y la hicimos más extensa. En el sendero descubrimos al monstruo de los rugidos aterradores, un monito bastante minúsculo al que de todas formas no le faltaría el respeto. Esta vez llegamos hasta Puerto Vargas, pasamos la tarde en un barcito con pileta, y volvimos a dedo hasta Cahuita.
* * *
El primer viaje largo en el auto fue con destino al volcán Poás. Dicen que es espectacular, pero no puedo dar fe porque cuando llegamos estaba completamente nublado y no se veía absolutamente nada. Decidimos pasar la noche en Lagunillas, cerca de ahí, para hacer un nuevo intento al día siguiente, así que nos quedamos en una cabaña a la que se llegaba por un camino de montaña realmente jodido, de ripio y con una pendiente bien pronunciada. No es que fuera necesario alojarse en ese lugar, pero ya que habíamos alquilado una 4×4, teníamos que ver si realmente se la bancaba. La cabaña que nos tocó era maravillosa. Solita en el medio de la montaña, con una vista espectacular de nubes que se movían continuamente por debajo de nosotros, mostrando y ocultando el pueblo de Poasito. Todo esto se podía ver incluso desde adentro, a través de los enormes ventanales, o sentado en una galería externa, en unos sillones tan cómodos que costaba levantarse. Ahí me puse a leer Carta al padre, de Kafka –como para compensar un poco el buen momento–, hasta que no hubo más luz y me vi obligado a disfrutar la vista aérea nocturna. Desde la galería de la cabaña se veían a lo lejos todas las luces de Poasito.
Al día siguiente madrugamos mucho para poder ver el volcán en el horario ideal; nos despabilamos con una ducha de agua fría (es menester aclarar que la temperatura en la montaña es considerablemente más baja que en el caribe) y emprendimos la dura subida hacia la ruta. Debo decir que el alquiler de la 4×4 quedó debidamente justificado. Metí la doble tracción y, amén de un par de resbalones, el auto le puso huevo y nos llevó a través de un camino que yo no podía haber subido ni caminando (de hecho, unos gringos que habían bajado en un auto normal, no lograron volver a subir hasta el cierre de esta edición; estimo que habrán vendido el vehículo a un desarmadero).
Intentamos nuevamente obtener una vista inolvidable del volcán, pero la empresa resultaría harto compleja. No sólo seguía nublado, sino que comenzó a garuar finito. En vista de que no íbamos a quedarnos otro día allí, decidimos entrar al complejo de todas formas. Nos metimos, compramos una remera, vimos un pequeño museo –bastante insulso, por cierto– y nos mojamos mucho en el mirador, desde donde pudimos apreciar una enorme nube, e imaginarnos el volcán que estaba detrás.
Sedientos de revancha, encaramos el viaje de tres horas hacia el volcán Arenal. Ahí también vimos una enorme nube que lo tapaba, pero al menos no tuvimos que pagar. Para ser justos, hubo un momento en que las nubes se corrieron un poco y nos dejaron ver la cima, pero esto pasó tan rápido que no llegamos siquiera a sacar una foto. Sin embargo, más allá de las vistas frustradas de estos volcanes, es menester aclarar que los caminos de montaña que recorrimos fueron impresionantes, y variaron un poco el eterno paisaje playero que veníamos teniendo hasta acá.
Continuamos camino hacia el oeste, alimentamos a unos mapaches en la ruta, y medio de casualidad pasamos por el hotel de unos suizos que se compraron 200 hectáreas en la montaña para armarse una “pequeña Helvecia” con vistas al volcán y al lago Arenal, iglesia propia, tambos, jardines helvéticamente prolijos, trencito propio para recorrer la finca, y en la cima, un bar giratorio, igualito al del cerro Otto de Bariloche. No sé cómo, terminamos alojados ahí, en una cabaña con un balconcito con vista al lago (si alguien encuentra mi noble espíritu mochilero, que me avise). Lo único que podría criticarle al hotel, es esa constante musiquita tirolesa que ponían en el comedor, y que indefectiblemente me generaba una imagen de señores gorditos y pecosos, con bermudas verdes, tiradores y medias altas, bailando ridículamente con un vaso de cerveza en la mano.
* * *
Volvimos a las rutas, rumbo al Pacífico. Paramos en Brasilito. La playa en sí no es maravillosa, pero en el pueblo hay buenos lugares para alojarse. Sencillos, nada de lujo esta vez, pero bien ubicados, cerca de otras playas más interesantes. Una de ellas es Playa Conchal, que, como su nombre lo indica, está llena de pequeños y simpáticos caracolitos, pero también tiene una zona arenosa y agradable para bañarse. Al día siguiente fuimos a Playa Flamingo, distante seis kilómetros de Brasilito. Pasamos todo el día ahí, salvo en el almuerzo, cuando enfilamos hacia un restaurante con pileta (acá son frecuentes estos lugares en los que se puede usar la piscina con sólo consumir algo del bar. Pensé en poner uno así en Palermo, pero supongo que se llenaría de lúmpenes que van a pretender estar seis horas adentro tomando sólo un cortado).
* * *
Nuestra última parada fue en Manuel Antonio, un parque nacional espectacular, con playa y bosques, que me hizo acordar bastante al parque Tayrona del norte colombiano. Realmente, nunca había estado en un lugar en el que el océano Pacífico estuviera tan calmo y calentito. Por otra parte, el parque nos ofreció una gran variedad de animales para ver muy de cerca. El más exótico es el perezoso (el protagonista de La era del hielo, para que lo ubiquen) que, a diferencia del de la película, se mueve realmente en cámara lenta. Baja de los árboles una o dos veces por semana para hacer sus necesidades básicas, para lo cual no se suelta del árbol, y vuelve a subir para continuar su vida agitada. Les diría que, salvo por la aparente constipación, lleva una existencia envidiable. Los que aparecieron en gran cantidad fueron los monos, y a diferencia de los que habíamos visto hasta ahora, los de acá no tienen ningún problema en acercarse bastante a la gente. De hecho, uno de ellos, en una notable muestra de prestidigitación, aprovechó una breve distracción nuestra para birlarnos media baguette de la mochila, lo cual fue causa de revuelo entre los turistas, que corrieron cámaras en mano a registrar el episodio, y también causa de revuelo entre los monos, que comenzaron a disputarse el trofeo en una emocionante persecución por las alturas. Y al parecer, se corrió la bola entre los animales, porque cuando ya estábamos saboreando nuestros sándwiches con el poco pan que había quedado, una enorme iguana se abalanzó sobre mi chica para quitarle el suyo, objetivo que no logró a pesar de la lucha encarnizada que protagonizaron entre gritos y rasguños de ambas.
Las últimas horas en Manuel Antonio las pasamos en el hotel, en modo relax. Unos tragos en la pileta y una cena tailandesa resultaron un buen cierre para la gira centroamericana.
* * *
Volvimos a San José, devolvimos el carro y enfilamos para el aeropuerto. Es una ciudad realmente fea, y si partieran vuelos internacionales desde otro lado, no habría ninguna razón para ir ahí. Pero en fin, el resto del país es harto bonito. Pura vida, dicen los ticos.
Panamá
Panamá Vieja, en el sur de Panama City, está conformada por algunas ruinas, una torre con una vista interesante y un poco de pasto alrededor. Aparentemente ahí fue que se fundó la ciudad por primera vez, y duró unos pocos años, hasta que llegó Morgan, un pirata inglés que saqueó todo y obtuvo tal rentabilidad, que convenció a las generaciones posteriores de que ese era el camino para lograr el progreso. Hasta ahora no se conocen métodos más eficientes.
De Panamá Vieja nos fuimos a Panamá Nueva, zona más conocida como Casco Antiguo, valga la paradoja. Ahí se volvió a fundar la ciudad después del saqueo de Morgan. Hoy es la parte histórica de la ciudad, el típico barrio antiguo que podemos encontrar en cualquier capital latinoamericana. O sea, un par de iglesias pintorescas, algunas plazas muy coquetas, la casa de gobierno, y si te salís un par de cuadras del circuito turístico, agarrate Catalina.
* * *
El famoso canal de Panamá es realmente una obra de ingeniería monstruosa. Para pasar de un océano a otro, los barcos atraviesan varias esclusas que varían el nivel del agua en los distintos tramos del canal, de manera que los enormes bichos suben hasta 25 metros por sobre el nivel del mar, para pasar por un lago y volver a bajar hacia el océano opuesto. Cada embarcación paga entre 50 y 200 mil dólares de peaje, pero lo cierto es que, o pagan, o se tienen que dar una vueltita por debajo de Tierra del Fuego y hacer unos 13 mil kilómetros más.
Con toda la tierra que sacaron para construir el canal, se hicieron una ruta que une tres pequeñas islas con el continente. Este tramo se conoce como la Calzada de Amador, y viene a ser como nuestro Puerto Madero, la zona más top, llena de gringos y restaurantes caros con vista al mar.
* * *
Nuestro primer día de playa fue en Taboga, una isla del Pacífico. Pensábamos ir en la lancha turística, pero cuando llegamos al puerto, la vimos irse. Como este verano pegó la onda “lancha antropológica”, nos tomamos un taxi hasta el muelle fiscal, que viene a ser el puerto de donde salen las embarcaciones no turísticas, y de ahí una “panga” (especie de lancha destartalada) que nos llevó a la isla. Para subir a dicha embarcación, que no tenía posibilidades de acercarse hasta el muelle, nos vimos en la obligación de montar a babucha del conductor, quién metió sus patas en el agua y evitó que nos mojáramos.
* * *
El último día en Panama City volvimos al Casco Antiguo y recorrimos algunas partes que nos habíamos salteado la vez anterior, incluyendo el Museo del Canal, muy interesante (parece que primero intentaron construirlo los franceses, les salió para la merde, y ahí lo agarraron los yanquis a medio hacer y se quedaron con todos los laureles).
* * *
Partimos hacia el archipiélago de San Blas en una avionetita apenas más grande que un Ford Falcon, con lugar para una docena de pasajeros y un par de ventiladores a los costados que lo mantenían más o menos a flote. Los pilotos miraron para atrás, preguntaron si estábamos todos y despegamos. El ruido de los motores dañó seriamente mis oídos, y los sacudones que daba la avioneta me mantuvieron los huevos en la garganta durante todo el vuelo, pero debo admitir que la aventura duró menos que un viaje en taxi desde Almagro hasta Belgrano, y que la vista aérea de las islas rodeadas por el mar turquesa era majestuosa.
El archipiélago de San Blas está en la comarca indígena de Kuna Yala, que en idioma kuna significa “territorio kuna”, valga la redundancia. Está compuesto de 365 islas, de las cuales sólo 48 están habitadas, porque las otras son demasiado pequeñas. Los kunas tienen leyes propias y poco contacto con la política federal panameña. Ninguna persona que no pertenezca a la comunidad puede tener propiedades en las islas. Un beso extramatrimonial se multa con 25 dólares, y en caso de que se encuentre a una pareja haciendo la porquería la multa asciende a 250 dólares, a no ser que se casen luego (lo cual termina siendo mucho más caro, todos lo sabemos). En general los dólares los usan para comerciar con los turistas, pero la moneda interna es el coco. Cada palmera del archipiélago tiene dueño, y los cocos que caen sirven como bienes de cambio.
Paramos en la Isla Nalunega, en una choza con paredes de caña y piso de arena. Hay electricidad un par de horas al día, cuando se enciende el generador a nafta. También hay duchas compartidas, por las que sale agua de mar. Por 40 dólares diarios nos dieron alojamiento, pensión completa y traslados a diferentes islas. La comida consiste en pescado, ensalada y arroz blanco, al mediodía y a la noche, aunque cada tres o cuatro comidas cambian el pescado por pollo. En la zona hay superabundancia de pescado, y es realmente muy rico. Cada día, Andrés y Antonio, dos gallegos muy majos y brutos que se fueron a Panamá por el mero placer de la pesca subacuática, nos traen la comida, y a cambio de eso no les cobran el alojamiento. La primera cena fue un crisol de nacionalidades: nosotros, una pareja de canadienses que sólo hablaban inglés, una pareja de franceses que sólo hablaban francés, y los gallegos que sólo hablaban español y galego. La canadiense nos decía que los gallegos hacían demasiado ruido a la mañana, nosotros les traducíamos, y Antonio explicaba que la cena de la noche anterior había sido demasiado abundante, y entonces por la mañana Andrés “se va por detrás, tío, y no puede controlar los ruidos”…
Las islas que visitamos en esos días (Isla Perro, Isla Aguja, Isla Diablo, con nombres en kuna imposibles de recordar) son paradisíacas, con arena blanca, rodeadas de mar caribeño de varios colores y llenas de palmeras. Se llega en lancha, en viajes habitualmente movidos de poco más de media hora. Por lo general las islas no son muy grandes: si uno va caminando, les da la vuelta en cinco o diez minutos, y desde cualquier lado se puede ver toda la orilla. Por lo general hay una o dos chozas habitadas por los indígenas que viven ahí. Los hombres kunas suelen dedicar un rato de la mañana a la pesca, otro rato a llevar turistas en lancha de una isla a otra, y el resto del día básicamente se rascan el higo. Las mujeres mantienen la casa y cosen molas todo el día (tapices, o vestidos hechos con diferentes dibujos en tela, típico producto kuna que uno puede ver en cualquier feria artesanal de Panamá).
En los días que pasamos ahí tuvo lugar una celebración típica kuna: la fiesta de la pubertad de una niña. O sea, una niña deja de serlo, se convierte en señorita, y se hacen tremendos festejos para toda la comunidad. Algo así como un bat-mitzvah, una fiesta de 15, o algo parecido… pero no tan parecido.
El ritual se lleva a cabo en el congreso de la isla, que no es otra cosa que una cabaña igual al resto, pero más grande. Para empezar la celebración alcanza con dos personas: el jefe de la ceremonia y otro que fuma una pipa larga y le echa el humo en la cara, durante horas. No tienen vestimentas típicas; de hecho, el que dirigía todo tenía puesta una gorra que decía “Panamá libre de humo”. Durante dos horas, es sólo eso. Uno fuma, le echa el humo en la cara al otro, cada no sé cuántas humaredas el otro fuma una pipa más corta, se hacen unos buches con un agua especial de una tinaja, y así… Después, empieza a llegar el pueblo de a poco, y empiezan a tomar. Durante ese lapso nos fuimos a una isla, y cuando volvimos unas horas más tarde, ya no quedaba ni un kuna en pie. Pocas veces vi una mamúa colectiva de tal magnitud. Gente tirada por el piso, las abuelas kunas más borrachas que nadie, algunos que estaban a las trompadas cinco minutos antes de estar a los abrazos, otros que se acercaban ofreciendo dos copitas de seco (algo así como el ron pero más fuerte y más barato), “por la dualidad, una copita por el hombre y otra por la mujer, una copita por el bien y otra por el mal, una copita por la tierra y otra por el agua…” y entonces uno se tiene que tomar las dos copitas de un trago porque si no se ofenden los dioses, o lo que es peor, se ofenden los kunas ebrios. Esto sucede varias veces, no es que con tomar un par de copitas los tipos se quedan contentos. El más asiduo de los borrachos era uno que decía ser profesor de gramática de la isla, al que era imposible interpretar de tanto que le patinaba la lengua, y que se ofendía cuando no le entendíamos y se veía forzado a repetir las cosas. Otro de los borrachos vino a contarme de todo el dinero que le regaló su hermano narcotraficante, y de cuán fácil es vivir del narcotráfico y de las rutas que hace su hermano en lancha, y otros detalles que espero por su bien no sean ciertos, porque si suele ser tan verborrágico va a terminar haciendo lucha libre con los tiburones del caribe.
En el medio de toda la mamúa, los dos del principio seguían fumando y cantando en kuna antiguo (se supone que deseándole cosas buenas a la homenajeada). A decir verdad, nunca vimos a la chica, así que no sabemos si realmente existió, pero debo decir que la excusa para un buen pedo popular resultó bastante efectiva.
En Nalunega, donde nos alojamos, conocimos algunos kunas dignos de mención:
Juan, el simpático administrador de las cabañas, que no pasó un sólo día entero en estado de sobriedad, y que dedicó gran parte de las noches a hacer chistes malísimos en malísimo inglés.
Herminio, el cocinero, muy introvertido, monosilábico, casi con culpa de haber nacido. Para traer o retirar las cosas del almuerzo hacía decenas de viajes entre la mesa y la cocina, nunca llevando más de dos cosas pequeñas por vez, o una cosa grande. No conoce el concepto de “pila”.
Jeremías, el travesti de la isla. Se viste de mujer y actúa como tal, pero se sigue llamando Jeremías.
Angélica, vieja kuna, dueña de las cabañas, que desde la oscuridad de su choza, envuelta en vapores de no sé qué comida hecha a leña, con su traje típico kuna y su aro de oro atravesando su nariz, nos ofreció su número de celular “por si algún otro argentino quiere venir por acá”.
Luchin, tal vez el kuna más occidentalizado de la isla, gran guitarrista, y su novia canadiense, Frasan, que me preparó un té de ajo para curarme un resfrío.
El Zaila, jefe de la comunidad, un anciano que a duras penas se mantiene parado sobre sus patas chuecas y su bastón, que no habla nada y aprovecha las dos horas diarias de electricidad para ver en su pequeña tele el reality America’s Next Top Model, fijando su cabeza a 15 centímetros de la pantalla.
Después de unos cinco días en las islas, decidimos volver al continente, así que nos llevaron en lancha hasta el improvisado aeropuerto de Kuna Yala. Los controles para la vuelta son algo menos rigurosos que en Panama City: no hay check-in, y no hay control del equipaje, ni de los pasajeros. Simplemente, cuando la avioneta aterriza en la pista de tierra, uno se acerca (en lo posible cuando la nave ya esté detenida, pero si quisiera hacerlo antes nadie lo impediría), intenta llegar primero a la puerta para conseguir lugar, muestra su boleto, el piloto lo mira, lo corta cual entrada de cine, uno ubica su equipaje en un baúl delantero debajo de la cabina, y ocupa el asiento que puede.
Así nos embarcamos, a pesar de ser martes 13, y volvimos a la capital para hacer una pequeña escala técnica, recuperar nuestras mochilas, y empezar nuestro camino hacia el oeste.
* * *
El Valle de Antón es un lugar simpático, a un par de horas de Panama City. Como su nombre lo indica, se encuentra entre montañas. Está más promocionado en los folletos que lo que realmente merece, pero quedaba de paso. El primer día fuimos a hacer una caminata hacia la “India Dormida”, una formación rocosa que supuestamente tiene esa forma. En el camino vimos unas pinturas rupestres cuyo significado “aún no ha sido descubierto”, y que supongo no deben tener más de un par de años. Pero al guía le puse cara de qué interesantes las pinturas, no es cuestión de herir el frágil orgullo panameño. También nos mostró el árbol de la especie Espavé, que por ser tan alto, era utilizado por los habitantes de la zona para vigilar. De ahí su nombre, porque “es pa’ ver”. Cuando llegamos a la cima del cerro y el guía nos señaló por cuarta vez a la supuesta india dormida, me dio vergüenza preguntarle otra vez “¿dónde?” y repetí la fórmula de ”qué interesantes las maravillas que nos ofrece la naturaleza en este país”.
Otra maravilla natural que se ofrece en los folletos es el “Chorro Macho”. Llegamos al comienzo del sendero, pagamos los cinco dólares de la entrada, esperando hacer un recorrido de un par de horas hasta encontrar una tremenda catarata. Pues no. La caminata dura unos cinco minutos si uno va despacio, lo cual explica lo de “Chorro”. Ahora, lo que no comprendo es el mote de Macho asignado a esa cascadita. Entiendo que la concepción de masculinidad es diferente en cada país, y que nosotros estamos mal acostumbrados a las cataratas del Iguazú, pero no sé, a veces pienso que la gente es demasiado pretenciosa con los nombres.
De ahí nos trasladamos al Níspero, el famoso zoológico de la ciudad, también muy promocionado. Pudimos ver algunos animales muy exóticos, como el gallo polaco, el gallo inglés, el gallo de Guinea… Yo los veía bastante parecidos al típico gallo de González Catán, pero no les voy a andar pidiendo el pasaporte a los gallos, ¿no? Otras especies permitieron a los científicos locales lucirse con los nombres: loro cabeciazul, tortuga orejiroja, urraca gordiblanca, perico carisucio…
De todas maneras, el día terminó de forma digna. Visitamos unas aguas termales, producto de varios volcanes que hay por ahí, nos untamos la cara con un barro anti age, y después de unos baños relajantes, salimos de ahí varios años más jóvenes.
* * *
El viaje a Bocas del Toro no pintaba taaan largo, pero…
En el Valle de Antón tomamos un bus que en 45 minutos nos dejó en la Panamericana (la mismita, sí). Ahí esperamos durante una hora otro bus que nos llevase a David, pero finalmente desistimos y nos conformamos con otro que nos llevó a Santiago, en un par de horas más (no comprendo aún esta costumbre de ponerle a las ciudades nombre de hombre, pero todo es cultural). En Santiago no logramos encontrar buses a David que tuvieran asientos libres, y tras un par de horas de deliveraciones y evaluación de distintas opciones, cada cual peor que las otras, decidimos tomarnos un bus sin asientos libres, pero que por la misma guita nos llevaba en el pasillo. Digamos, como tomarse el 60, pero un trayecto de más de tres horas. Después de medio viaje en posición de contorsionistas de circo, conseguimos un asiento para compartir entre los dos, y poco antes de llegar logramos adquirir el segundo asiento. La ciudad de David es bien fea, pero logramos irnos rápido en una combi que en cuatro horas nos dejó en Changuinola, una ciudad aún más fea pero más cerca de nuestro destino. Ahí pasamos la noche en un hotel de chinos, feo y barato, y a la mañana partimos en otra combi hasta Almirante, un pueblo más feo que Changuinola, desde donde tomamos la lancha que nos depositó, finalmente, en Bocas del Toro.
La isla de Colón es la más grande e importante de Bocas. Ahí nos alojamos en el único hotel que conseguimos. También era de chinos, y también era muy feo. Dedicamos el primer día a recorrer la isla, bastante bonita por cierto.
El segundo día comenzó la cuestión del agua. Parece ser que acá no llueve hace rato, y falta agua. De repente, no hay más agua. No hay agua en los hoteles, no hay agua en los restaurantes, no hay agua en la isla toda, y en las islas de alrededor. Paradoja tercermundista, una isla rodeada de agua, se queda sin agua. No pretendo tomar agua salada, pero para el depósito del inodoro podrían idearse algún sistema, ¿no? Imagínenme con mi santa paciencia tratando de que los chinos, dueños también del supermercado de al lado, me presten un balde para vaciar mi retrete con agua mineral. Que espere, que a lo mejor en un rato hay algo de agua, que no me pueden prestar un balde y que no me van a hacer ningún descuento, porque no es culpa de ellos que no haya agua, y yo, que no quiero descuento, que sólo les pido un balde, que ya que tengo que comprarles agua mineral y gastar más para vaciar el retrete de SU hotel, que pongan un poco de voluntad. Bueno, casi media hora me costó conseguir el bendito balde. Graciadio y a la divina providencia, en una excursión conocimos a Luz (Dios la tenga en lo más alto de su santo reino), una morena que trabaja en un hotel de acá y que, ante la ausencia de su jefe, nos ofreció hacer la gran argentineada de alojarnos sin registrarnos, vamo y vamo. Y así terminamos en un apart por la misma guita que nos costaba el chino. Yo, argentino.
Amén de las cuestiones hoteleras, Bocas del Toro es realmente lindo. Es demasiado turístico, le falta la virginidad de Kuna Yala, pero la naturaleza ha sido generosa con estas islas. En diferentes excursiones, recorrimos en lancha la Bahía de los Delfines (sí, había delfines), hicimos snorkelling en Cayo Coral, visitamos la Isla de la Rana Roja, la única de la zona donde el mar es realmente violento, estuvimos en Bocas del Drago, donde vimos corales y peces de varios colores, y en la Isla de las Estrellas, donde había montones de –disculpen la obviedad– estrellas de mar. Paramos en hermosas playas de arenas blancas y aguas turquesas, y almorzamos en Punta Caracol, un complejo de cabañas espectaculares sobre el mar Caribe, en las que mi bolsillo de mochilero no me permitió alojarme. Sin embargo, todas nuestras comidas son en restaurantes suspendidos sobre el mar, con una vista envidiable. Se podría decir que, junto al archipiélago de San Blas, Bocas es el highlight de Panamá.
* * *
En Panamá, los autos no tienen patente adelante. En Panamá se come casi siempre lo mismo, pero lo poco que hay es muy rico. En Panamá hay tantos supermercados chinos como en Buenos Aires, pero es imposible encontrar un kiosco. En Panamá la gente me ve cara de gringo y me habla en inglés. En Panamá se habla mucho de soberanía pero los panameños usan mucha remera con bandera de USA, cantan el “happy birthday” cuando alguien cumple años, y tienen una moneda imaginaria, el balboa, que vale lo mismo que un dólar, única moneda legal de circulación en papel (los panameños pueden usar monedas de céntimos de balboa, además de las de dólar, pero no pueden emitir billetes).
Ecuador
El vuelo fue bueno, puntual, dormí bastante y no comí casi nada porque: a) era de noche y prefería dormir; b) la comida la cobraban aparte y a precio europeo (mi vecina de asiento, una jubilada gringa, se compadeció y me ofreció su postre, que no acepté sólo por dignidad).
* * *
La ciudad de Quito no me maravilló. Digamos que siempre es interesante conocer algo nuevo, pero le dediqué el único día que merecía. Tiene algunas montañas alrededor, lindas para ver desde cualquier lado, una parte histórica que está tan linda como todos los barrios históricos de las capitales latinas (aunque menos lindo que San Telmo), una superpoblación notable, una red de buses y trolebuses que funciona bastante bien, un par de parques para pasar un rato, y no mucho más. También tiene una gran cantidad de ciegos caminando por sus calles. No sé si esto tiene alguna explicación o fue mera casualidad, pero vi realmente muchos ciegos.
Me alojé en un hostel bastante digno, en La Mariscal, el barrio más turístico de la ciudad. La zona en sí cumple con la general de la ley, está bien para pasear un rato y listo. Por la noche se llena de gente, pero la onda no me resultó tan atractiva como para meterme en algún lado. Me compré un sabroso shawarma en la calle y di por terminado el día.
* * *
Para ir a la ciudad de Baños de Agua Santa (Baños, para los amigos), tomé el bus en una de las “terminales” de Quito. Podría decirse que es una terminal virtual, ya que consiste simplemente en unos pastizales al costado de la ruta. Pasan los buses con un tipo en la puerta gritando el recorrido. Uno debe ser lo suficientemente rápido de reflejos para gritar a su vez el nombre del lugar al que quiere ir. Si coinciden los nombres, el chofer frena de golpe -para alegría de los conductores que vienen detrás- y uno se sube. El que se detuvo para que suba yo, tenía detrás un policía en moto que gritaba y le golpeaba la carrocería con la mano para que se moviera y lo dejara pasar.
El camino es de montaña, sin grandes atractivos. La vista es mayormente de pueblos muy pobres y sin onda. Igual, la onda se la ponía el chofer, que se creía Michael Schumajer. Si me hacían un electro en ese momento, salía un mamarracho.
Arriba de los buses, los vendedores ambulantes se superponían unos a otros. Prácticamente no hubo momento en que no hubiese alguno arriba. La mayoría de ellos vendía comidas indescifrables, cuyos aromas generaban en mí unas tremendas ganas de que nadie comprase nada.
* * *
La ciudad de Baños tiene más onda que Quito, definitivamente. El pueblo en sí no es gran cosa, es super turístico, con un par de peatonales estilo Gesell, y una cantidad infinita de agencias que venden todas las mismas excursiones. En las afueras hay algunas cositas lindas para hacer, llamémosle “deportes extremos”. Yo me alquilé una bici para hacer la Ruta de las Cascadas, unos 25 kilómetros durante los cuales se pueden ver unas cuantas caiditas de agua que serían ignoradas en cualquier mapa patagónico, y que terminan en el Pailón del Diablo, esta sí una cascada bastante linda y caudalosa que, de todas formas, dista mucho de ser la “octava maravilla del mundo” (tal su slogan de venta). Digamos que al lado de la Garganta del Diablo, el Pailón es un chorrito, pero no es cuestión de ponerse chauvinista.
En fin, ahí nomás del Pailón, subí a almorzar a un barcito con mucha onda, sobre un balcón de madera, lleno de plantas, con sillas y mesas de madera, con vista a la cascada, todo muy tropical. Ahí me quedé leyendo un buen rato, disfrutando de un paisaje maravilloso. Cuando el lugar se vació, quedé solo con Diego y Rodrigo, cordobés y chileno que manejan el bar y viven en una casa ahí cerca, en el medio de la selva, lleno de huertas y árboles frutales. Después de pasar un buen rato con ellos, me llevaron de vuelta a Baños -a mí y a mi bici- en su camioneta.
* * *
En Baños hay tipos que ponen una balancita de baño en la vereda, y te cobran por pesarte.
* * *
A la noche fui al tour nocturno (valga la redundancia) en una “chiva”, algo que me habían recomendado. Se trata de un paseo en un micro viejo con asientos muy rudimentarios, bastante parecidos a los de un carrito de tren fantasma. Se supone que le dan onda al colectivo. También había asientos en el techo, pero parece que ahí hacía demasiado frío, porque esa zona se mantuvo desierta. Muchos de los pasajeros eran estúpidos adolescentes de viaje de egresados que no pararon de gritar y cantar canciones “picarescas”. Creo que estoy envejeciendo, deseé fervientemente que cayeran por un costado del vehículo. Llegamos a la cima de no-sé-dónde para tener una vista panorámica de la ciudad de Baños y de no-sé-qué-volcán. Estaba harto nublado, y con suerte lograba ver a los párvulos que me acompañaban, todos nosotros sentados alrededor de un fogón alimentado a alcohol mientras un mexicano viejo y borracho nos cantaba unas coplas acompañándose de una guitarra que sonaba como una de colores que tenía yo a los cuatro años. Nos tomamos unos vasitos de “canelazo” -bebida típica de Baños, se jactan en los afiches que promocionan el tour-, una mezcla de granadina con canela y alcohol, y nos montamos de nuevo en la “chiva” que nos llevó de regreso a Baños. Los tres dólares mejor invertidos del viaje.
Decidido a olvidar el triste paseo, anduve de bares y copas, probando algunos tragos interesantes y conociendo gentes de por allá.
* * *
Al día siguiente, en el micro de regreso a Quito, me dormí un rato. Al despertar, noté que mi riñonera estaba más liviana que lo habitual. Unos amigos de lo ajeno se habían hecho de mi cámara de fotos y mi reproductor de mp3. El problema de no tener cámara es básicamente que me quedo sin fotos mientras viaje solo. El problema de no poder escuchar mis mp3 es que todos los micros de acá pasan cumbia villera. Todos, y a un volumen notable.
* * *
En la noche de vuelta en Quito, fui con un par de flacos del hostel a degustar unas pizzas con cerveza. Collin es un neocelandés muy alto y buena onda. Steve, un texmex algo freaky pero divertido, que me contó cómo a él le habían robado un equipo fotográfico de seis mil dólares, y me convenció de mi cámara pocket no era una pérdida tan grave.
* * *
Llegué a Otavalo, unas dos horas al norte de Quito, y unas tres al sur de Colombia. Crucé la línea ecuatorial, por lo que, técnicamente, a partir de ese momento estaba en invierno. El lugar en el que me dejó el bus parecía un pueblo fantasma. Me alojé por 10 dólares en un hotel que, para los cánones de acá, debe ser un tres estrellas: pieza privada con baño, cama doble, TV y un abundante desayuno incluido. Los gustos hay que dárselos en vida.
Caminando unas cuadras apareció algo de gente. El centro de Otavalo es pintoresco. Tiene su típica plaza, frente a la iglesia, con sus pobladores disfrutando de no hacer nada. La mayoría de sus habitantes es indígena y eso se nota en el ambiente. Son todos muy callados pero bastante amables. No les gusta que les saquen fotos, temen que les roben el alma.
La ciudad está llena de ferias, desde artesanías y frutas hasta animales. Uno pasa por los puestos, y cada puestero le va diciendo “a la orden, amigo”. Si uno contesta, empieza el regateo.
Por la noche, Otavalo es sumamente tranquilo. Hay pocos lugares para comer y cierran temprano, por lo que tuve que caminar bastante hasta encontrar uno abierto. Me sumé a una mesa de españoles y suizos que había conocido en el mercado, y compartí con ellos la última cena ecuatoriana.







































