02/02/94
Las primeras horas de micro pasan entre música, luces psicodélicas, partidos de truco, ingesta de empanadas y mate con galletas. Hay cierta onda comunitaria entre los pasajeros. Nycer me acosa en Santa Rosa, y filosofa acerca de azúcares y proteínas, interrumpiendo mi sueño. Temo por nuestras vidas porque es de noche y el jodido chofer maneja a una velocidad mayor a la que me gustaría. En el baño, un cartel reza: “Por fabor, trate de no defecar”.
Y hablando de carteles, escribe Nycer: “Hay un cartel en Italia, bastante miserable, que dice ‘porta aperta per chi porta, chi non porta que parta’”. A todo esto, Sergue hace uso abusivo del silbato para acaparar la atención de la concurrencia femenina. Incluso baila. Paramos para cenar en General Acha. Allí se expresa Charlitos: “Aún usurpando un diario (o libreta) ajeno, no me siento mal, sino más bien experimentando una suerte de ritual ancestral o un trámite bancario de rutina, si se prefiere. Me encuentro bajo amarillas luces en una mesa non-servida y ¡oh, sorpresa! escribo prolijo. El puntaje del viaje hasta este pueblucho pampeano lo sitúo (entre 0 y 703) en 642″.
03/02/94
Llegamos a Junín de los Andes. Mientras los demás van en busca de provisiones para los próximos días de acampe, yo me quedo custodiando las mochilas. Al respecto, opina Charlitos: “Es dura la vida del cuidador de mochilas mas, no obstante, se pueden apreciar los coloridos afiches con que los genios publicitarios de esta gran metrópoli nos deleitan desde las luminosas marquesinas. Se anuncia, por ejemplo, la venida al pueblo del ex campeón provincial de boxeo Gustavo Ballas. Probablemente sea el acontecimiento más apasionante de las últimas décadas. Por lo demás, la vida transcurre tranquila y ventosa”.
Después de hacer reconocimiento de terreno en la plaza del pueblo, nos encontramos con Lalo, quien nos subió a su Traffic con algunos delincuentes más y nos llevó hasta el camping Piedra Mala -organizado ma non troppo-, a orillas del lago Paimún. Almorzamos fideos con tuco, tras lo cual Nycer lavó los platos, por haber cantado “pri”. Si bien el lavado de platos en camping es una tarea sumamente desagradable, él tenía una inexplicable teoría según la cual no hay nada mejor que ser el primero en lavar, así después no te toca por un buen rato.
Por la tarde vinieron a visitarnos los chicos de la Traffic, con quienes tomamos unos mates e hicimos un pequeño fogón inaugural. A la noche, después de cenar pan con paté, caballa y merluza, nos deleitamos con algunas historias de terror que hicieron desprender a Nycer bastante adrenalina. Salimos a buscar al resto de la banda con intenciones de encarar el fogón nocturno, pero la búsqueda no tuvo éxito. Volvimos a nuestro camping con frío hasta el caracú.
04/02/94
Después de dormir como los dioses en nuestra primera noche de camping, arrancamos con un lujoso desayuno compuesto de pan, salame y mermelada. Mientras Nycer se cepilla los dientes tirado boca arriba en el pasto, Sergue y Charly dibujan. No sé por qué lo hacen, pero en vista de que son los mochileros más experimentados del grupo, pienso que todos deberíamos seguir su ejemplo.
Fuimos por una senda de unos ocho kilómetros hasta una linda cascada, con Lisa y Diego, nuestros vecinos de carpa. Cuando llegamos a la mejor parte, se me terminó el rollo de la cámara, y jamás logré colocar el jodido rollo nuevo (me imagino que estos percances perderán importancia en cuanto se inventen las cámaras digitales). Estuvimos un rato ahí, filosofando y comiendo unas frutas, y a la vuelta juntamos algo de leña, un poco para el fogón, un poco para hacer más arduo el camino.
De regreso en Piedra Mala nos tiramos en la orilla del Paimún, a contemplarlo en toda su inmensidad. Este armónico momento se vio interrumpido en diversas ocasiones, o bien por una lancha que iba de un lado a otro, vaya uno a saber con qué fin, o bien por Nycer, que nos leía con bastante entusiasmo ciertos pasajes del Bhagavad-Gita. “Si te duele el lado oscuro de la luna, es que sos un planeta”, afirmó Sergue en ese momento. Mientras tanto, Charly desafiaba a la naturaleza adentrándose en el lago, y argumentaba que eso mejoraría su circulación sanguínea. Este hecho generó un color azul en todo su cuerpo, lo que derivó en una rápida huída del susodicho hacia tierra firme.
Cenamos una polenta que estaba re pulenta. Después, pequeño fogón.
“Meditación: Si cantamos Hare-Krishna, estudiamos los Vedas y nos asociamos con devotos, la mente se vuelve nuestra mejor amiga. En cambio, cuando vemos películas, contemplamos los objetos de los sentidos o leemos literatura mundana, nuestra mente se vuelve nuestra enemiga”.
05/02/94
Nos levantamos a las 8, dispuestos a realizar la ascensión al volcán Lanín. Pero hete allí que al salir de la carpa, observamos con profundo desagrado que el tiempo estaba para el orto, por lo cual decidimos no ir. Después se despejó. Decidimos ir. Fuimos, pero parece ser que llegamos a la cima equivocada, porque el Lanín lo veíamos de lejos. De todas formas, después de una dura subida llegamos a la cumbre de algún lado, desde donde pudimos observar un paisaje espectacular. Allí almorzamos pan con un sexto de naranja y nos dedicamos durante un buen rato al lanzamiento de piedras. Mientras tanto, Nycer realizaba desnudos artísticos.
(En el escrito original, hallamos un párrafo de Charly que reza: “Mi uso de la birome intentará ir más allá del aire y de la eternidad, algo que no creo conseguir pero vale la pena intentar. ¿Qué podemos agregar a esta sensación de tiempo, vida, piedra y tábano? Un eco, una hondonada, un pan tostado y Lanín, Lanín, Lanín, Lanín, Lanín…”).
Después de bajar la montaña, fuimos a un puestito de benta de enpnadas (sic) donde comimos enpnadas.
Para festejar nuestra última noche en el Paimún, cenamos arroz pasado con agua almidonada.
06/02/94
Apenas terminado nuestro suculento desayuno, levantamos campamento, cargamos las mochilas en nuestras malogradas espaldas y empezamos a caminar a la deriva. Luego de patear algunos kilómetros por camino de ripio, vimos aparecer el primer auto que iba en dirección correcta. Resultó ser gente amable, así que Sergue, Charly y yo -que ya estábamos con principios de insolación- subimos al auto, transportando polvo en nuestras bocas, narices y orejas. Fue un placer ver la cara de Nycer y Petaja, a quienes la envidia carcomió al vernos pasar. Pero resulta que el auto nos dejó a unos pocos kilómetros de allí y, poco más tarde, mientras caminábamos y veíamos pasar docenas de camionetas vacías que nos ignoraban olímpicamente y nos llenaban de polvo, pasó un auto desde cuyo interior nos saludaron alegremente Nycer y Petaja. Seguimos caminando y comiendo zanahoria, hasta que al fin una camioneta se apiadó de nuestros pulgares acalambrados y nos levantó para llevarnos hasta Junín de los Andes, donde estuvimos una hora más haciendo dedo. La tarea resultó totalmente infructuosa. Finalmente, nos dimos por vencidos y tomamos el micro hasta San Martín de los Andes.
Cuando llegamos, nos encontramos con Nycer y Petaja, quienes habían logrado llegar en el mismo auto. Decidimos alojarnos en la iglesia de Caritas (del castellano “caridad”), por cinco mangos. Allí, nos atendió el padre Brrrrunia, por lo cual escondí el dubón y me llamé Diego Costas (también se alojaron allí Daniel Caruso, Sergio Toselli, Ezequiel Fernández, y Carlos Weiss). Juramos ser buenos cristianos, y se nos permitió la entrada a la Casa del Señor.
Salimos a recorrer la ciudad, y cenamos comida después de mucho tiempo. Incluso nos dimos el lujo de un helado. Volvimos a Caritas, cruzamos un cartel que decía “están prohibidas las tertulias y las charlas clamorosas después de las 23 hs”, tiramos las bolsas en el piso de la habitación asignada y, después de rezar un Padrenuestro y tres Avemarías, nos fuimos a dormir.
07/02/94
Tras pasar una buena noche en suelo cristiano, me levanté y me dirigí rumbo a la ducha por vez primera. Después de media hora de fregarme, salí como nuevo. Creo que entre pelos y mugre perdí un par de kilos. Acto seguido, desalmorzamos en el patio parroquial y salimos a pasear por San Martín de los Andes.
Nos quedamos un buen rato a orillas del lago Lacar, el cual ni se podía tocar de tan contaminado que estaba. Después de deglutir unas frutas y descansar un rato ahí, volvimos a Caritas, cargamos las mochilas y fuimos a despedirnos del padre Brrrunia. Como premio a nuestra simpatía, y por haberle resuelto un par de acertijos, se ofreció gentilmente a darnos un aventón con la camioneta episcopal. Partimos en dirección a Quila-Quina, y a mitad de camino nos dijimos buena suerte y hasta luego. Nos quedaba todavía un trecho largo de ripio, en subida, por lo que empezamos a mostrar nuestros pulgares a cuanto automovilista pasaba. Después de un par de kilómetros de caminata, un camionero se apiadó de nuestras almas. Trepamos a la montaña de arena que llevaba en la caja del camión, y ahí viajamos el resto del camino. Muy cómodos, debo confesar.
Llegamos finalmente a Quila-Quina. El camping de ahí era bastante confortable (el baño era un lujo, pero no era cuestión de bañarse dos veces en un día), y dedicamos todo el día a hacer huevo. A la noche comimos fideos, papas y cebollas a las brasas. De postre hicimos un fogoncito íntimo, muy disfrutable.
08/02/94
Después de desayunar comenzamos con los deportes extremos. Hicimos un partido de truco a pura adrenalina. Una vez recuperados, jugué con Petaja un partido de patalagua, que consiste en meter un pie en el río helado hasta que alguno de los dos no aguanta más. Logré la victoria luego de 27 minutos y me hice acreedor a un premio de $1 (un peso). Saqué mi pata totalmente entumecida, morada y con evidentes signos de gangrena. Del río, fuimos con Sergue y Petaja a una playita que está bárbara, a orillas del lago (aproximadamente a un kilómetro del camping). El paisaje ahí es fabuloso.
A la noche, después de cenar unas exquisitas salchichas asadas sobre espejo de puré de patatas, convocamos a un fogón masivo. Como al principio no venía nadie, hubo que recorrer las carpas, silbato en boca, y convocar a los presentes, que de a poco se fueron acercando. Había desde jóvenes mochileros hasta familias con niños, así que aprovechamos el cálido ambiente familiar para entonar cualquier canción que hiciera apología del consumo de sustancias ilegales. El jolgorio duró hasta pasadas las 2, hora en que el padre Brrrunia salió de las tinieblas para mandarnos al sobre.
09/02/94
Amanecimos casi al mediodía, almorzamos, y fuimos a la playita del lago Lacar, donde se junta la gente de las más altas esferas neuquinas. Ahí estuvimos filosofando sobre la teoría de la evolución y haciendo sociales con las chicas de la high-class sanmartiniana.
Cuando bajó el sol, nos fuimos con Charly y Petaja a andar en bicicleta, recorriendo Quila-Quina y sus alturas. La razón de que Sergue y Nycer no hayan ido es que son flojos de espíritu.
Mientras preparábamos la cena, analizamos las posibilidades de ganar que tendría cada uno de nosotros en una lucha contra un ninja. Comimos un riquísimo arroz con tuco y chorizo, y más tarde, frustradas nuestras intenciones de jugar al truco y sin ganas de hacer fogón alguno, nos metimos los cinco en el iglú, e imaginamos lo que haría cada uno con una mujer a su disposición. Aquí van algunos ejemplos:
“Yo le diría ‘¿Vos sos la más linda del mundo?’. Ella me diría ‘No ¿Por?’, y yo le diría ‘Eh… no, nada… era para una encuesta”.
“Yo jugaría con ella al truco, y cuando ella me diga ‘envido y truco’, yo le contestaría ‘paso y quiero’”.
“Yo la llevaría a Rusia, y le haría estudiar Maiakovsky para que me lo recite de memoria”.
“Le pondría pétalos de rosa alrededor, y lloraría furiosamente a su lado”.
“La llevaría a la cuarta dimensión, la daría vuelta como a una media, y la violaría de adentro para afuera”.
“Excavaría la tumba de Marilyn Monroe y le dejaría allí un walkman con los hits de King Africa, para que suenen eternamente”.
Y así durante dos horas, esas y otras ideas irreproducibles.
10/02/94
Madrugamos a las 11:30 y, después de desayunar, me tocó lavar los platos. A todo esto, mientras Sergue tocaba la viola, Nycer y Charly improvisaban poesías en inglés antiguo, latín, griego, gaélico, portugués antiguo, polaco, holandés, mapuche, sánscrito y otros dialectos por el estilo.
Para variar, a la tarde fuimos a la playa, después de un truquito. A la noche comimos y… ¡Oh, sorpresa! me bañé. Acto seguido, fogonzuelo.
11/2/94
Levantamos campamento bien temprano, cagados de frío, desayunamos y nos fuimos en la camioneta del gordo del camping hasta San Martín de los Andes. Allá hicimos unas compras, y comimos pizza y empanadas bien baratas.
Alrededor de las 3 de la tarde nos separamos para hacer dedo hasta Lago Hermoso (unos 40 kilómetros). Yo me quedé con Charly y Sergue. Paso a describir, cronológicamente, nuestra situación a partir de ese momento:
16:45 – Sólo avanzamos cinco kilómetros en un Renault 19. Nycer y Petaja ya deben estar en Lago Hermoso. Estamos sentados al costado de la ruta, tragando un montón de polvo, debido a que es lo único que tenemos para tragar (N&P se llevaron el agua, las galletitas, las ollas y cualquier otro elemento que sirva para comer. Sin embargo, tenemos una lata de pomarola, con la cual podremos condimentar el pasto). No vayan a creer que los susodichos se llevaron todo; nos dejaron para cargar la mochila y la guitarra.
17:00 – Encontramos un orejón de ciruela, pero debido a nuestra incipiente cagadera, convendría dejarlo para situaciones extremas. Cada diez minutos pasa un auto que, lejos de levantarnos, dobla para Quila-Quina o nos hace señas indescifrables a modo de burda disculpa. Ahora N&P deben estar buscándonos en casa del guardaparques de Lago Hermoso. Espero que no sea la primera de una larga serie de búsquedas infructuosas.
17:15 – Sergue terminó de fabricar una púa para guitarra con una cucharita de helado. Creo que se insoló y se cree artesano. Tengo sed. No tengo agua.
17:30 – Sergue se aburrió de hacer artesanías y se durmió. Mientras tanto, Charles y yo jugamos a adivinar las patentes de los autos que pasan y nos miran como atractivos turísticos. Ya no estamos solos. Un paisano se tiró a torrar a unos pocos metros de nosotros. Me están agarrando ganas de cagar, y los balidos de las ovejas ya me están estorbando.
17:45 – Acaba de pasar una camioneta con casa rodante. Nos ignoró por completo. Además, la frecuencia de los vehículos que pasan va disminuyendo. Una familia de cinco personas hizo dedo durante un minuto en dirección contraria a la nuestra. Llegó un camión y los levantó a todos. Nuestra hambre y sed aumentan constantemente. Los ronquidos de Sergue son intolerables, como así también mis ganas de cagar. Pero claro, no es cuestión de desarmar la mochila para encontrar el papel higiénico e irse a los yuyos en el momento preciso en que pase un tipo con un motor-home dispuesto a llevarnos.
18:00 – Empiezo a sentir cariño por las ovejas. Ni siquiera podemos jugar al truco, porque las cartas se las llevaron Nycer y Petaja. Mi odio hacia ellos crece en forma exponencial. Acaba de parar un micro. Se subió el paisano. Fuimos corriendo a preguntarle al chofer adónde iba. Como única respuesta, dijo “no”, cerró la puerta y arrancó. Debido a nuestros alaridos desesperados, despertamos a Sergue.
18:15 – A Sergue también le agarraron ganas de defecar, por lo cual planeamos ponernos espalda contra espalda. A lo lejos, se escucha una voz que canta “siga el baile, siga el baile…”.
18:30 – Un tipo en una camioneta amagó detenerse, y cuando nos vio saltando de alegría, dobló y se cagó de risa. El muy hijoputa. Charly toca la guitarra invocando a los dioses del mochilero, pero ni siquiera aparece el padre Brrrunia. Decidimos poner límite de horario para acampar en el costado de la ruta. Refresca y se acentúan mis ganas de cagar.
18:45 – Sergue y yo hacemos flexiones de brazos, mientras Charly toca la guitarra. Nadie para, y de seguir esta situación por 15 minutos más, desistiremos y acamparemos (no sé dónde, mierda).
19:00 – Es la hora tope. Probablemente sea el castigo divino por no haberle dicho al padre Brrrunia que en realidad usamos dubón y bailamos rikudim.
Finalmente, decidimos no acampar ahí, sino caminar un par de kilómetros hasta el camping Catritre, donde Gaby (una chica que habíamos conocido en el micro de ida, y cuya tía era dueña del camping, o algo así) habría de salvarnos. Pero hete aquí, que cuando llegamos allí, no sólo no estaba Gaby, sino que costaba $7 (pesos siete, sí). Debido a que las leyes del mochilero no permiten desembolsar cifras tan abultadas, volvimos caminando hasta la ruta, en busca de algún alma caritativa que nos devuelva vencidos a SMdlA. Fue así como nos pusimos a hacer dedo a ambos lados de la ruta, dispuestos a que nos lleven a cualquier lado. A la vez, esperábamos el micro que iba para San Martín. Finalmente, tomamos éste último, y fuimos a parar, adivinen dónde… ¡Sí! ¡A Cáritas! Fue así como Diego Costas, Carlos Weiss y Sergio Toselli volvieron vencidos a la casita del padre Brrrunia. Allí, compartimos la celda 38 con dos desconocidos, uno de los cuales estaba yirando hacía seis años y tenía intenciones de llegar a dedo hasta Australia. Creo que estaba bajo los efectos de estupefacientes ilegales.
En vista de nuestro estado lastimoso, decidimos darnos el lujo de una cena en “Deli” y un heladito antes de dormir.
12/02/94
Nos levantamos a las 6:30, salimos sigilosamente de los aposentos del padre Brrrunia y fuimos a la terminal, dispuestos a jubilarnos como hitch-hikers. El micro nos llevó a Lago Hermoso, donde felizmente nos encontramos con Nycer y Petaja que, contrariamente a nuestras suposiciones, el día anterior se habían hecho mucha sangre y pensaban que nosotros nos estábamos dando la gran vida.
Nos instalamos en un camping libre, rodeados de patos y cerdos, a orillas del lago que, como su nombre lo indica, es hermoso. Una pinturita, una paz absoluta. Almorzamos fideos riquísimos y sopa un poco menos rica. Después de jugar al truco, mientras todos apoliyaban en la carpa, yo fui a hacer un reconocimiento de terreno, y encontré unas piedras que resultaron bastante confortables para una siestita al lado del lago.
La actividad más agitada que realicé en esta zona fue el descuartizamiento de tábanos con cortapluma. No es que uno quiera romper la cadena ecológica, pero hay bichos que le cagan la vida a la gente.
A la noche, después de una generosa pulenta, hicimos un fogón bastante copado con Juanse, su chica (por Dios, qué buena que estaba) y unos neuquinos que estaban al lado, sin carpa y a gamba. Además, estaba el amigo gordo de Juanse que, debido a su elevada borrachera, daba una imagen bastante miserable (“¿Se dieron cuenta de algo? -dijo- ¡somos libres!”).
Frase del día: “Sigamos tocando estos acordes chotos y repetitivos que está rebueno… ¡Uy, la concha de la lora, siempre me pasa lo mismo!” (Nycer, mientras Eze tocaba la guitarra)
13/02/94
Nos encontramos a la mañana con los chicos de la Traffic (Trencitas y compañía), que habían llegado al mismo camping en el que parábamos nosotros. Tal vez sea porque no había otro en esa zona. Jugamos unos partidos de truco y almorzamos caldo con arroz, porque cuando se está en economía de guerra hay que ahorrar tuco.
A la tarde fuimos recorriendo la playa hasta el Río Hermoso, en el que había una cascada muy linda. Allá nos quedamos un rato, haciendo meditación trascendental. Cuando volvimos al camping, hicimos una merienda conjunta con Ceci, Fabián (made in La Plata), Leo y Trencitas. Entre todos cocinamos una mezcla de pan, aceite, leche y azúcar, que dio por resultado una funesta factura frita.
A la noche hubo un fogón de puta madre, con la presencia de Juanse, Fernanda (♥), Leo, Trencitas, Fabián, Cecilia, Pablo, Romina, el borracho Matías (que se midió con la sidra porque la noche anterior se la había pasado vomitando) y nosotros. Había unas nubes bastante cargadas que en varias oportunidades amenazaron con romper el invicto de diez días. Sin embargo, cada vez que empezaba a lloviznar, el agua era repelida por la danza contra la lluvia alrededor de la fogata. Decía así:
Lluvia, lluvia,
no nos hagas sangre,
Si nos haces sangre
llamamo’ al padre Brunia.
14/02/94
Bien temprano, tomamos el micro para Pichi Traful. Compramos unos sánguches en un hotel evangelista, donde intentaron entregarnos la palabra del Señor. No tuvieron éxito porque, como expliqué anteriormente, nosotros usamos dubón y bailamos rikudim. Ergo, se tuvieron que conformar con cobrarnos los sánguches, los cuales fueron devorados al costado de la ruta. Acto seguido, la modorra nos obligó a una siestita ahí nomás.
Caminamos dos kilómetros hasta un camping libre. Ahí tiramos las bolsas en el pasto y nos pusimos a torrar. Después armamos las carpas, cenamos caldo con arroz y otras hierbas, y nos dispusimos a hacer el fogón nuestro de cada noche.
15/2/94
Una tormenta fúlmine nos despertó a la madrugada. Parece ser que el padre Brrrunia nos vio festejando el Shabat y nos envió el castigo divino. Sin embargo, Nycer y yo no la pasamos tan mal. Mientras dormíamos plácidamente bajo siete kilos de lona, los demás se estaban haciendo mucha sangre en la otra carpa. No sé si se les estaba derritiendo el iglú, pero tenían agua hasta los huesos. Después de que nos envidiaran un rato, les permitimos ingresar en nuestra carpa. Éramos cinco en una carpa de dos, pero apilados en forma de pirámide entrábamos bastante bien. Allí comimos sámbuches y chocolates, lujos que Petaja se encargó de comprar a los evangelistas. Apenas paró un minuto la lluvia, intentamos prender un fueguito, pero no lo logramos ni con Rexina Hombre, debido a que la leña estaba más mojada que sobaco de boxeador. Como consecuencia, decidimos comprar pan y queso, alimentos que resultaron ser los únicos del día.
Algo más tarde, jugamos al truco bajo un árbol, suspendiendo así el ascenso al Cerro Falkner, sobre el cual había nevado. Mientras tanto, llovía y Nycer dormía tiernamente.
Cuando la puta lluvia paró por un rato, fuimos a recorrer el bosque, porque ya que vinimos a Pichi Traful y no hicimos un carajo, había que amortizar. Con la poca luz que quedaba nos dispusimos a sacar unas fotos pero, en un alarde de habilidad, Charly quiso prender el flash de la cámara y rebobinó el rollo, al que por cierto le quedaban muchas fotos.
Ya sin ganas de cocinar, la cena consistió en unas galletitas de agua con paté. En la carpa, y con ayuda de una linterna, Nycer nos deleitó con unas sombras chinescas algo groseras.
16/02/94
Bien temprano tomamos el micro rumbo a Lago Espejo Chico (“Espejito”, para los amigos). Cuando estábamos por llegar el clima se puso jodido, así que bajamos poco antes, en Lago Correntoso, donde dimos cuenta de la existencia del hotel Ruca Malén. La construcción debe haber sido un lujo en otra época, y la ubicación ofrece una vista inmejorable. Sin embargo ahora está completamente abandonado y, hasta tanto hagan algún negociado con el predio, ha sido ocupado sistemáticamente por mochileros. De más está decir que las comodidades del lugar se limitan al techo, las paredes, y poco más, pero el lugar resulta bastante tentador para protegerse del frío y la garúa finita. Al llegar, los viajeros eligen libremente algún espacio en el que ubican sus petates, y allí se instalan. En nuestro caso, ocupamos el rincón de una amplia sala de la planta baja, lo que alguna vez debió haber sido el comedor del hotel. Cada dos o tres metros se acumulan los bultos de otros mochileros. En este ambiente hay un hogar, y el fuego está encendido constantemente. Entre todos los ocupantes se van encargando de buscar leña, hacharla, mantener viva la fogata. En el piso superior hay varias piezas, algunas habitables, otras llenas de escombros. Los baños están, obviamente, fuera de servicio, por lo que el peregrinaje hacia los yuyos exteriores es una constante. Las ventanas, casi todas carentes de vidrio, se tapan con nylon. Las puertas que no cierran se traban con piedras. Las vigas sirven para colgar las bolsas de dormir y la ropa mojada. No hay una sola pared que no tenga su graffitti: “Marley no murió, se fue con Luca y el Che”, “ERP y Montoneros son nuestros compañeros”, “Yo no hago pesas ni corro, fumo porro”, “Mantené limpio este lugar, hacé tu caca en los yuyos”.
El tiempo en el hotel transcurre entre partidos de truco, mates, tortas fritas y charlas filosóficas. Herman es un mochilero septuagenario que viaja solo, y sólo sabe Dios cómo cayó ahí. Afirma que Led Zeppelin perdió su esencia desde la partida de Robert Plant, y que si Spinetta hubiera nacido en Estados Unidos sería el músico más venerado del planeta. También nos cuenta sobre sus hazañas sexuales a lo largo de los siete lagos. Es un personaje digno de escuchar.
Para la cena se preparó una olla popular de arroz con tuco. Se iluminó la sala principal con una especie de lámpara molotov y se dio lugar a la guitarreada y al fogón nuestro de cada noche, acompañados de gran cantidad de bebidas espirituosas.
17/02/94
Sorpresivamente, nos despertamos con un día espléndido. Desayunamos, juntamos todo lo nuestro y enfilamos hacia el Espejito. Caminamos tres kilómetros hasta el camping y nos instalamos ahí. La paz que genera ese lugar es maravillosa. El lago hacía honor a su nombre, y el cielo estaba completamente despejado. Nos tiramos un rato en la playa a hacer la nada misma, pero a la tarde Charly y yo dedicamos un par de horas a los deportes ecuestres (o sea, alquilamos un par de caballos muertos de hambre).
El fogón popular de esa noche contó con la presencia de Juanse, Fernanda (repito, estaba tremendamente buena) y algunos nuevos integrantes de la banda itinerante de Siete Lagos. Hubo música, con guitarras, armónica y quena.
18/02/94
Madrugamos, con intención de hacer el ascenso al cerro La Mona. Para evitar el almuerzo a mitad de camino, hicimos un brunch antes de arrancar. Charly, Eze y yo encaramos la caminata, mientras Sergue y Nycer abortaron la misión cobardemente, so pretexto de que se querían masturbar con tiempo.
Acosados por cientos de tábanos que zumbaban a nuestro alrededor con evidente intención de volvernos locos, comenzamos a subir. Tres horas más tarde, la montaña empezó a torturarnos psicológicamente. Infinidad de veces creímos ver la cumbre, pero al llegar comprobábamos que más atrás la pendiente continuaba. Cada falsa cima nos deprimía más, al punto que, cuando finalmente alcanzamos la cruz que está clavada en lo más alto, nuestras fuerzas nos abandonaron. Nos quedamos ahí arriba un rato largo disfrutando de la espectacular vista, comimos unas galletas y nos echamos una siesta para reponernos.
Cuando emprendimos el regreso, me agarró un malestar que se fue acrecentando durante la bajada, al punto que llegué al camping dando lástima, prácticamente arrastrado por mis amigos. Me metí en la carpa y seguí de largo, salteándome la cena. Y lo que vino después no fue nada lindo. Me desperté a medianoche, con una terrible urgencia fisiológica. Cabe destacar que una diarrea en este tipo de viajes resulta harto incómodo, sobre todo si la noche es bien fría, uno se despierta urgido, se traba al intentar salir de la bolsa y, por si todo esto fuera poco, también se traba el cierre de la carpa (no se debe olvidar que previamente hay que encontrar el papel higiénico en la mochila). Después de varios intentos, uno logra salir de la carpa, y ahí es cuando debe correr unos cien metros en la oscuridad, buscando la letrina pública. Intenten imaginarse lo gratificante que resulta cagar de madrugada en esos miserables agujeros.
Toda esta operación se repitió varias veces durante la noche, y yo no terminaba de expulsar a todos los demonios. Me volvía a acostar, y no pasaba media hora que ya me despertaba otra vez para continuar la aventura. A todo esto, Nycer y Sergue vomitaban a dúo, por lo cual dedujimos que lo nuestro era intoxicación colectiva, producto de algún salame o choripán envenenado. A las 3 de la mañana caímos demacrados en la salita de primeros auxilios, donde nos dieron un cóctel de pastillas, con evidente intención de sedarnos y de que no rompiéramos las pelotas hasta la mañana.
19/02/94
Nos despertamos en tal estado de decrepitud, que el dueño del camping se ofreció a llevarnos en auto el par de kilómetros que teníamos hasta la ruta (estimo que le remordió la conciencia por el salamín fúlmine que nos había vendido el día anterior). Junto a nuestra amiga Ceci, tomamos el micro hasta Bariloche y nos alojamos en el hotel Pucón, un dos estrellas que para nosotros era un lujo, debido al estilo de vida miserable que veníamos llevando hasta ese momento. Descansamos un buen rato, nos duchamos después de nueve días y salimos a recorrer el centro, dando por finalizada la etapa agreste del viaje. Comimos queso, hablamos por teléfono, cenamos en un restaurant y desarrollamos otras actividades propias del buen vivir.
20/02/94
Después de dormir escasas tres horas, desayunamos en el hotel y fuimos a despedir a Nycer y a Eze, que salieron para Baires pasado el mediodía. Los demás, que teníamos pensado volver un par de días más tarde, notamos que no teníamos tanto aguante, que extrañábamos a nuestras mamás, y que lo más sensato era regresar nosotros también ese mismo día. Cambiamos los pasajes, almorzamos y nos hicimos una siesta en la plaza de la Catedral, donde recibimos todas las maldiciones gitanas habidas y por haber (que de hecho se cumplieron, ya que el micro de vuelta quedó varado unas horas en la ruta, hasta que llegó el reemplazo, un micro escolar destartalado que coronó un final poco feliz para nuestra odisea).
