02/02/95
Habiendo que hubimos llegado a San Carlos de Bariloche, doy por inaugurado el Camarón Bombay Tour ’95.
Nycer acaba de estrenar su nuevo sombrero de guardabosques mariposón, y ahora está haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerle un cacho de esponja a su mochila. Esto se debe a que Nycer es flojo de hombros.
Una vez más ejerzo el cargo de cuidador de mochilas, mientras el resto resuelve algunas necesidades anatómicas y/o fisiológicas.
Haciendo alarde de nuestra avaricia, decidimos encarar a dedo el viaje hasta Villa La Angostura. El fracaso de dicho emprendimiento hizo que crucemos caminando la frontera provincial entre Río Negro y Neuquén. Allí la policía de ambos lados nos hizo un extenso interrogatorio. Parece ser que, ante la duda, todo mochilero es sospechado de comunista, subversivo y traficante.
Desde el puesto fronterizo tomamos finalmente un micro hacia nuestro destino, con un boleto más caro que si lo hubiéramos tomado desde Bariloche. Siempre nos caracterizamos por hacer buenos negocios. En La Angostura nos instalamos en el camping “El Cruce”, que resultó ser un poquito… flojo. Mientras yo le cortaba el pelo a Sergue, el Tuco preparó una rica polenta con ídem.
03/02/95
Pasé una noche de mierda, ya que a alguien se le ocurrió que es mejor dormir con poca ropa, y debido también a que instalamos la carpa al lado de un campamento para niños imbéciles y padres infradotados.
A la mañana, fuimos caminando hasta el río Correntoso, y allí nos bañamos como Dios -que no existe, según creo- nos trajo al mundo. Cuando volvimos, intentamos comprar pasajes pa’ Chile, mas no había más, por lo cual nos hicimos mucha sangre. Así fue como nos trasladamos hasta el lago Espejo, y nos instalamos en el camping “Zona de acampe”, donde tomamos mate y cantamos en hibrit. Más tarde, hicimos fogón con Fiorella y el novio, que no me acuerdo cómo se llama, ni me importa. Después de cenar riquísimo arroz con tuco, nos dedicamos a ver estrellas fugaces y satélites, y también estrellas de esas que ni se mueven.
04/02/95
Comencé el día preso de una inmensa alegría, como consecuencia de haber terminado con una constipación de tres días. La mañana transcurrió tranquila, sin sobresaltos ni desayuno. Después de que Charly y Eze trajeron provisiones de la civilización, estuvimos en condiciones de preparar unos fideos con tuco.
A partir de este momento, queda abierta la temporada de caza de tábanos y posterior descuartizamiento de los mismos. Es menester aclarar que con dichos insectos todos nos hacemos mucha sangre, excepto el Tuco, que se hace mucha salsa.
A la noche vinieron a visitarnos dos chilenas sin pololos, con las cuales compartimos un intenso fogón, luego de comer sopa de puré sin tuco.
05/02/95
Después de desayunar nos mandamos a una playita al borde del Espejo, donde la paz es casi infinita. El casi se debe a que una corta estadía en estos pagos basta para confirmar que los tábanos son kamikazes que se basan en el poder que les confiere la cantidad para intentar conquistar el mundo, y que no desisten de tal propósito, ni siquiera con las crueles torturas a las que son sometidos cuando se los captura.
Después de almorzar -galletitas de agua con paté y caballa- y jugar al truco, realizamos una sesión de masoquismo que consistió en permanecer en cuclillas durante varios minutos, mientras recibíamos azotes y arena en la cabeza. Lo único malo del masoquismo es que produce adicción.
A la noche nos encontramos con una tierna carta que nos habían dejado las chilenas antes de partir. Sergue se emocionó tanto por la esquela, que perdió el control de la olla y desparramó la cena por el suelo. Ante este episodio, Charly y Petaja, descontrolados por el hambre, afirmaron: “A falta de queso rallado, buena es la tierra”. Acto seguido, se dispusieron a comer los fideos caídos, dando de esta manera uno de los espectáculos más lamentables que vi en mi vida.
06/02/95
Levantamos campamento, volvimos a La Angostura y de ahí tomamos otro micro para cruzar hacia la hermana república chilena. Llegamos a la ciudad de Osorno y paramos en un hotel en el que adoraban a Wojtyla. Después de la cena paseamos un rato por el centro, mientras el Tuco buscaba una farmacia donde pudieran darle un antídoto para su muela podrida, que lo tenía con el grito en el cielo. Volvimos al hotel y, después de bañarnos por vez primera, dormimos en forma de menage a trois, en unas camas que eran de una calidad de la gran flauta.
07/02/95
Desalojamos la habitación del hotel y fuimos a recorrer un poco el centro de Osorno. Almorzamos por dos mangos en la plaza central, y de ahí mismo tomamos el micro hacia Frutillar (viajamos por un peso, ya que sobornamos al guarda. Es menester aclarar que la insinuación del cohecho vino por parte de él, y nosotros nos vimos en la obligación de aceptar, debido a que somos gente muy medida, no nos gusta hacer escándalo, y menos en tierra desconocida).
Armamos nuestras carpas en una parcela del camping Los Ciruelillos, que es muy lindo y cómodo, pero tiene la desventaja de que, “por respeto a la inocencia de los niños, se prohibe sacrificar animales para el almuerzo”. Enfilamos para la playita y nos bañamos en el Lago Llanquihue, cuya temperatura nos hizo tartamudear.
08/02/95
Como para despabilarnos de golpe, armamos un partido de fútbol contra un combinado chileno. No era cuestión de jugar por nada, así que decidimos apostar el territorio de Laguna del Desierto. Jugando de visitantes, con la totalidad del público en contra, logramos hacer un papel más que digno. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que el gol con el que nos ganaron en el último minuto fue claramente en off-side, pero el árbitro, presionado por la hinchada local, lo convalidó en un fallo vergonzoso que quedará en los anales del balompié. Hago estas aclaraciones para explicar por qué decidimos no entregarles el territorio en disputa.
Siguiendo con la jornada deportiva, Sergue y yo nos batimos a duelo en un ajedrez gigante, frente a la playa de Frutillar. Terminado el evento, fuimos todos a recorrer un poco la costa, compramos unos panchos (que devoramos con desesperación suficiente para llamar la atención de los lugareños) y nos deleitamos con una demostración de baile esquizoide a cargo de Nycer, Sergue y Petaja, espectáculo que nos deparó una Canada Dry gratarola. Aprovechando que ya teníamos varias miradas encima, nos dedicamos a cortejar a unas muchachas que había por allí, tan bonitas como pinochetistas. En fin, todo no se puede.
09/02/95
Pasó el día entero sin pena ni gloria. Las actividades más violentas que realizamos fueron truco, ajedrez e ingesta de sopa (alimento que llevamos por inercia en nuestras mochilas, pero que nadie quería consumir realmente). Por la noche hicimos una guitarreada en el muelle, pero no nos acompañaron ni los perros.
10/02/95
Pensábamos pasar una noche en Puerto Montt pero finalmente desistimos. A decir verdad, no era mucho más pintoresco que hacer turismo por Retiro o Constitución. De todas formas aprovechamos el paso por esta ciudad para almorzar a lo grande. Todos probaron el típico curanto, menos yo, que me despaché con un “bife a lo pobre”. Nomás terminar la comida, partimos en micro rumbo a la isla de Chiloé. Para cruzar, el micro se monta sobre una balsa. Llegamos a Ancud y nos instalamos en el camping Arena Gruesa. No había parcelas disponibles, así que levantamos campamento en zona libre, con vista al mar.
En una noche harto ventosa comimos salchichas con puré (hecho que lamenté durante toda la noche) y armamos una guitarreada con Randy, un canadiense que nos deleitó con unas piezas de música country.
11/02/95
Amanecí antes de lo pensado y con mucha urgencia, mientras lamentaba que hubiéramos comprado para la cena anterior las salchichas más baratas del mercado. Después del desayuno -que en mi caso consistió en un té con una pastilla de carbón- tomamos una lancha hasta el fuerte Ahuí. El viaje por el mar revuelto no contribuyó demasiado a mi delicado estado intestinal, y nuestras especulaciones acerca de las probabilidades que teníamos de llegar vivos a destino hicieron perder la línea al timonel. El fuerte estaba bastante lindo, podría decirse que valió la pena. De regreso en Ancud, pasamos un rato por un museo de esos que tienen vasijas, platos rotos y otras cositas más de los pueblos originarios. Volvimos al camping, mudamos nuestra carpa maltrecha por el viento y nos dedicamos a preparar la cena, que consistió en arroz con tuco, huevo, cebolla, tomate, mariscos y otras hierbas. Debido a mi precario sistema digestivo, yo sólo comí arroz con arroz.
12/02/95
Me desperté en un estado bastante deplorable. Sergue me arrastró hasta el hospital de Ancud, donde me entregué en cuerpo y alma a la enfermera que, tras comprobar que no tenía fiebre, me bajó los lienzos y me clavó un calmante ahí donde no da el sol. No sé si fue lo más kosher que podía haber hecho, pero debo admitir que dio resultado. Me dejaron durmiendo en la carpa hasta las 2 de la tarde y, después de unos agitados partidos de generala, levantamos campamento.
Viajamos hasta la ciudad de Castro, pasamos ahí un par de horas y, al tiro nomás, continuamos viaje hasta Quellón. En el micro conocimos a Pía y Valeria, dos chilenas con las que hicimos buenas migas, y con quienes terminamos compartiendo la pocilga en la que pernoctamos.
13/02/95
El barco que iba de Quellón hasta Chaitén ya no tenía lugares disponibles, pero después de insistir un buen rato logramos que nos dejaran tirarnos sobre cubierta. Tras un apacible viaje de seis horas por el Pacífico, llegamos al continente. Nos alojamos en el Hotel Residencial El Progreso, más o menos de la categoría a la que veníamos acostumbrados. La dueña se presentó preguntándonos si éramos israelitas, mientras su hijo nos hablaba con admiración de la disciplina alemana y nos regalaba estampitas de Wojtyla.
14/02/95
Pasamos la mañana en la playa, jugando al truco (sé que esto suena repetido, pero tampoco podemos llevarnos un TEG en la mochila). Mientras tanto, Nycer juntaba hojitas para su herbario, que es muy tierno. Al mediodía emprendimos el viaje hacia Futaleufú. Cuatro horas de ripio, en una camioneta hermética por la que, de todas formas, entraba bastante polvo. Llegamos a un lugar espectacular, puro verde entre montañas. Mientras Nycer sodomizaba a unas gallinas, los demás armamos las carpas. Alrededor no había nada más que pasto, bosta y un río que corría manso a unos pocos metros. A la noche comimos pulenta, contamos historias de Jutlandia, nos emborrachamos sin alcohol y corrimos por la noche, descontrolados, blasfemando infinitamente contra Wojtyla.
A continuación, y antes de regresar a nuestra querida patria, se adjunta un diccionario chileno-argentino:
Al tiro: Al toque –> “Vuelvo al tiro”.
Bototo: Borcego.
¿Cachái?: ¿Entendés?
Chuchoca: Polenta, alimento esencial del mochilero.
Fome: Aburrido, un embole.
Gallo/a: Chabón/a, quía.
Harto: Muy, mucho –> “Estoy harto cansado”, “Estoy harto harto”.
La cagó: La rompió, la hizo bien.
Lata/latoso: Ídem FOME.
Mateo: Buchón.
Me carga: No lo soporto –> “Me carga este lugar”.
Oye (pronúnciese “oie”): Che, oíme, cuchá.
Pacos: Canas, yuta puta.
Patero: Chupamedias, botón.
Penca: Mersa, grasa.
Pico: Pija, miembro viril –> “Chupame el pico”.
Pintamonos: El que llama la atención –> “eres el más pintamonos”.
Polola/o: Novia/o.
Pololear: Salir con, noviar.
Saco: Bolsa –> “Pásame el saco de dormir”.
Soda MC Kay: Criollitas.
Tas-Choapa: ‘tás loco, ‘tás en pedo. Empresa de transporte.
Ya (pronúnciese “iá”): Palabra comodín, multiuso.
15/02/95
Nos levantamos a las 7 de la mañana, cagados de frío y con la carpa llena de escarcha. Levantamos campamento y tomamos el micro hasta la frontera chilena, donde nos trataron bastante bien, y hasta nos prestaron paletas para jugar al ping-pong. En cambio, en la aduana argentina un milico de clásico bigote nos revisó la mochila de pe a pa, nos revolvió hasta el Nesquik, en busca de quién sabe qué estupefacientes, y nos hizo tirar todo nuestros alimentos deshidratados.
Antes de volver a la vida agreste, pasamos por Trevelin, una colonia galesa bastante pintoresca. Visitamos el Museo del Molino, muy interesante, y después decidimos tirar la casa por la ventana y tomarnos un té galés en una hermosa casita de por ahí. Deglutimos tanto pan, tortas y dulces como nuestros estómagos nos permitieron, y nos quedamos tirados en el jardín, haciendo la digestión. Acto seguido, pasamos todos por el lujoso baño de la casa, como para completar el proceso. Podemos decir que el grueso billete que dejamos ahí estuvo bien amortizado.
Terminando la tarde viajamos hasta Quebrada del León, sobre el lago Futalaufquen. Armamos campamento en la orilla, sobre una playa muy tranquila, cenamos fideos con tuco y brindamos por la muerte del milico Bigotes.
Frase del día : “Mirá, a pesar de que no viven en Buenos Aires, tienen tema de conversación…” (Charly, refiriéndose a un par de paisanos que conversaban en Trevelin).
16/02/95
Pasamos toda la mañana comiendo, y también el mediodía y parte de la tarde, hasta que se acabó la comida, y nos tuvimos que buscar otra actividad para matar el tiempo. Decidimos entonces alquilar unos caballos. Aparentemente, a los equinos les habían metido algunos sedantes entre la alfalfa, así que lo nuestro no fue exactamente equitación de alto vuelo. El resto de la tarde lo dedicamos a la lectura, todos sentados al borde del Futalaufquen.
Para festejar la última cena de Charly, que debía volver a Buenos Aires más temprano que el resto, preparamos un suculento estofado provisto de carne, arroz, tuco, cebolla, ajo, ají y demás especias. Teniendo en cuenta que se nos iba el único guitarrista con amplio repertorio, hicimos un largo fogón de despedida.
17/02/95
Estuvimos al pedo todo el día, disfrutando la playita y el lago, jugando al truco, leyendo y lastrando bastante. A la tarde despedimos a Charly, cuyas últimas palabras fueron: “Fue un placer”. Acto seguido, todos se fueron a remar en canoa salvo yo, que aproveché ese rato para hacer meditación trascendental entre los yuyos.
Después de una excelente cena (igual a la del día anterior pero con polenta en lugar de arroz), hicimos un fogón sin fuego ni guitarra, al borde del lago, donde cada uno expuso sus experiencias más oscuras.
18/02/95
Después de un desayuno al borde del lago, unas sesiones de lectura y unos partidos de truco, levantamos campamento y partimos hacia Lago Verde. Nos instalamos en un camping libre, aunque cercano a una proveeduría, en la que adquirimos algo de pan y un enorme salamín que hicieron las veces de almuerzo. El resto del día transcurrió con el mismo nivel de aventura. A la noche, no había ganas siquiera de preparar un fuego, así que la cena consistió en frutas y torta de manzana.
19/02/95
Nos levantamos temprano, cargamos provisiones y comenzamos a subir el alto El Petiso (valga la paradoja). Luego de algunos esfuerzos sobrenaturales, llegamos a una parada donde Nycer, que es algo flojo, anunció que ahí se quedaba. Lo obligamos a seguir, pero en la siguiente parada, tras deglutir unas riquísimas galletas con caballa, se volvió a empacar. Esta vez Petaja se le unió en la sentada, así que los dejamos ahí. Cinco minutos más tarde, Sergue, Tuco y yo llegamos a la cima. La bajada fue más dura que la subida, debido a una garúa finita que comenzó a romper las pelotas, y a nuestro estado de decrepitud avanzado.
Cenamos en el comedor del camping, y nos metimos a la carpa para intentar dormir temprano, tarea que resultó harto complicada a causa de un grupo de boy scouts infradotados que teníamos como vecinos.
20/02/95
El día arrancó lluvioso, así que decidimos dejar Lago Verde y enfilar hacia El Bolsón. Armamos las mochilas y subimos hasta la ruta, dispuestos a tomar el bondi de las 2 de la tarde. A las 4 seguíamos ahí, y empezamos a sospechar que el micro no vendría. Desplegamos entonces algunos petates al costado de la ruta, y merendamos unas horribles galletitas con paté. A todo esto, se seguía acumulando gente que tenía las mismas intenciones que nosotros. Un par de horas más tarde, nos movimos unos metros y merendamos nuevamente (esta vez el menú consistió en sánguches, más galletas y alguna que otra fruta). Iban pasando las horas y todas nuestras actividades se reducían a las que pudiéramos llevar a cabo en la banquina.
Finalmente, apareció el micro a las 9 de la noche. Viajamos acompañados de los mismos boy scouts que nos habían importunado durante la noche. Las tres horas de viaje pasaron entre cánticos de dudoso nivel (“yo nací en un conventillooo / que es de chapa y de cartooon / pero no me importa nadaaa / soy del Lobo y rolinstooon”) y cartones de vino barato.
Llegamos a El Bolsón pasada la medianoche. Conseguir un lugar para pernoctar fue una ardua tarea. Finalmente nos instalamos en la pocilga Los Abedules, en una habitación con dos camas. Nycer y el Tuco se quedaron durmiendo, mientras Sergue, Petaja y yo fuimos al centro a tomarnos unos cafecitos y a jugar al pool. La movida nocturna de esta urbe resultó ser más apacible de lo esperado. Volvimos al hotel, y cada uno hizo uso de las instalaciones sanitarias sin asco, con lo cual logramos tapar el retrete. Más aliviado, tuve una noche de amor con el Tuco, mientras Nycer y Petaja dormían en el suelo por propia voluntad y Sergue le rendía culto a Onán.
21/02/95
Nuevamente amaneció lloviendo. Salimos a recorrer el centro y la feria artesanal. Pero hete allí que, debido a la lluvia, los hippies tenían tapadas todas sus artesanías, de modo que no se mojaban pero tampoco se veían. Dado lo delicado de la situación, me vi en la obligación de comerme un waffle con dulce de frambuesa. Pasado un rato, y como el tiempo seguía fulero, nos mandamos al Café Morena, donde jugamos al ajedrez, al dominó y a un juego ecológico para niños de 3 a 5 años, que resolvimos con cierta dificultad. Salimos de ahí, continuamos con unos partidos de pool y metegol, volvimos a la pocilga para prepararnos la cena, y cerramos la noche, otra vez en el Café Morena, viendo unas películas de Chaplin.
22/02/95
Antes de dejar la ciudad, fuimos a despedirnos del café en el que habíamos pasado tantos buenos momentos. Tomamos unos licuados y jugamos al ajedrez, pero debo confesar que el objetivo principal de nuestra visita al lugar era hacer uso de las instalaciones sanitarias, ya que el baño de nuestro cuchitril se había vuelto a tapar. Y el último punto en nuestra recorrida por El Bolsón fue la gloriosa heladería Jauja, donde probamos helados de: miel con copos de maíz a la crema, cerveza rubia o negra, dulce de leche de cabra, mate cocido con tres de azúcar, polenta con tuco, y otros sabores típicos patagónicos.
A la tarde nos fuimos hasta Lago Puelo, donde acampamos en un bosquecito, a pocos metros de la orilla. Después de merendar, Sergue comentó que andaba con ganas de volverse a Buenos Aires, un poco porque extrañaba a la mamá, y otro poco porque ya tenía ganas de ir al baño, y él fuera de su casa no lo hace.
El fogón nocturno contó con una nutrida presencia. Eze y el Tuco estuvieron cantando bastante, lo cual terminó de decidir a Sergue.
23/02/95
Se levantó más temprano que el resto, nos dejó una nota y se largó. Así de impulsivo es Sergue cuando empieza a extrañar. Al menos ahora somos cuatro, y no se complica tanto a la hora de jugar al truco.
El día entero, y también el siguiente, transcurrieron sin novedades. Pasamos las horas haciendo la nada misma. Lectura, truco, filosofía barata… altamente recomendable.
25/02/95
Madrugamos y, sin tiempo para desayunar, juntamos todo y tomamos el micro para El Bolsón. Ahí paseamos un rato por la feria, donde charlamos un buen rato con una pareja de titiriteros rosarinos muy copados (a quienes les dejamos todas nuestras provisiones sobrantes), hicimos una última visita a Jauja y partimos hacia Bariloche.
Llegamos por la tarde, nos alojamos en el hotel más barato que encontramos (porque esa es la ley primera del mochilero) y salimos a tomarnos un chocolate con waffles en Hola Nicolás. Mientras caminábamos cerca del Centro Cívico, la casualidad nos cruzó con un personaje entre nefasto e interesante. Tabaré Parsons, historiador de lo más facho que hay por ahí, nos saludó en tehuelche, nos invitó a su estudio, nos contó que admiraba a Roca, que odiaba a los chilenos y que había colaborado con la inmigración alemana a Bariloche. De su charla, podemos destacar algunas citas: “El que dice que Dios no existe está totalmente equivocado”; “Yo tengo seis nietos, y todos ellos han resultado abanderados”; “Yo he trabajado duro toda mi vida, y todo lo que hice lo hice por mi nación. Pero ahora me roban la jubilación y me tienen olvidado. Igual, cuando el país esté en guerra, yo voy a poner mis armas al servicio de la patria. Prefiero verme muerto antes que poner mi cabeza bajo las botas chilenas”; “Si por tres días no comés carne vacuna, te morís. Hay que comer animales de sangre caliente”; “¿Que la Campaña del Desierto fue un genocidio? No, hijo, no. No conocés nada de Historia”. Una pinturita, el señor. Nos regaló a cada uno un tronquito petrificado, y nos despidió con una bendición.
Como ceremonia de cierre, el Tuco y yo tiramos a la basura los jeans que llevábamos puestos hacía un mes. Después cenamos pizza y helado, para que vean que no nos fijamos en gastos.
26/02/95
La vista en el micro es maravillosa. Primer asiento del piso arriba, lo que nos permite visualizar claramente la cara de espanto de los automovilistas que vamos cruzando de frente. El apuro del chofer me hizo volcar dos veces el café sobre mis pantalones. El trayecto Bahía Blanca – Buenos Aires tomó sólo siete horas.
Así y todo, logramos llegar sanos y salvos a Retiro. Doy por concluido, entonces, el Camarón Bombay Tour ’95.
