España

Madrid. La Cibeles.

Madrid. La Cibeles.

No sé si es producto del shock del sudaca recién llegado a Europa, pero me fascinó Madrid. Tiene esa mezcla entre lo familiar y lo cosmopolita. Se parece bastante a Buenos Aires en cuanto a lo arquitectónico, pero la gente es claramente distinta: el respeto y la amabilidad que hay entre las personas es sorprendente. Tal vez en esto radique la principal diferencia entre el Primer Mundo y el Tercero.

Recién llegados del aeropuerto de Barajas, Nycer y yo depositamos nuestros bártulos en el albergue Santa Cruz de Marcenado y arrancamos nuestro primer paseo. La red del metro es una maravilla. Casi se puede llegar a cualquier lado, dentro de la ciudad, e incluso en las afueras.

La primera noche salimos a cenar con Robert, un australiano alto, flaco y bastante cómico. Cuesta un poco entenderle ese inglés extraño que tiene, pero igual (o tal vez por eso) nos resulta divertido. El tipo viaja con una diminuta linterna frontal que le permite leer El Aleph, de Borges, en la cama de la habitación colectiva, sin molestar a nadie.

Pasamos cuatro días en Madrid. La clásica credencial de prensa –que todo viajero argentino lleva consigo a Europa, sea periodista o no– nos permitió entrar sin cargo a todos los museos, así que tuvimos en esta ciudad una sobredosis de cultura, más por la fascinación de la entrada gratis que por lo que hubiera para ver adentro. De todas formas, hay que admitir que el Museo del Prado resultó harto interesante, lo mismo que el Centro de Arte Reina Sofía y el Museo Thyssen-Bornemisza. Algo de tiempo nos quedó también para pasear por el Parque del Retiro con Jutta (una alemana simpática pero con las piernas sin depilar), para salir de tapas con Robert, y para comernos una tremenda paella en el Museo del Jamón, junto a Lim, un japonés compañero de hostel.

*  *  *

Hicimos con Nycer nuestra primera bifurcación. Yo partí hacia Andalucía y él se fue a Portugal. Inauguré el glorioso Eurail Pass para tomarme el AVE, el tren de alta velocidad que hace Madrid-Sevilla (unos 540 kilómetros) en poco más de dos horas. El confort ahí adentro es superior al del avión que me tomé hace una semana. Prácticamente no se escucha ningún sonido al deslizarse sobre las vías. Las azafatas son bastante agraciadas y te ofrecen bebidas con un sensual acento capaz de hacer perder la compostura al más centrado. Al llegar, no dan ganas de bajarse.

No fue fácil conseguir alojamiento en Sevilla. El hostel que tenía visto estaba cerrado por refacciones, así que comencé una recorrida por infinidad de hoteles cuyos precios estaban completamente fuera del rango permitido para un miserable mochilero sudaca. Finalmente conseguí, por la zona de la Plaza Nueva, una pieza bastante triste en el Hostal Suiza, que de helvético no tenía más que el nombre. Resultó algo desolador alojarme solo, en una zona donde, además, no había demasiado movimiento nocturno.

Los Reales Alcázares de Sevilla son dignos de una larga visita. Es un conjunto de edificios construidos en diferentes estilos y en distintas épocas, desde la Edad Media hasta la actualidad. Los jardines son espectaculares. En este lugar se alojan actualmente los miembros de la Casa Real y los jefes de estado que visitan la ciudad. Históricamente tuvo diferentes usos, desde palacio real hasta fuerte de defensa contra las invasiones vikingas.

En general estuve caminando mucho durante los días que estuve en esta ciudad. A diferencia de Madrid, y a pesar de los casi 40 grados que me quemaban cada tarde, hubo poco de museos y muchas caminatas improvisadas. Varias veces me perdí, como consecuencia del trazado irregular de las calles, y de que las mismas cambian de nombre cada dos o tres cuadras. Pasé varias horas leyendo a orillas del río Guadalquivir, recorriendo el antiguo barrio judío de Santa Cruz, y paseando por diferentes parques. La catedral, con su giralda y su patio de naranjos, es un lugar maravilloso. Los tablaos de flamenco eran demasiado for export para mi gusto, y demasiado caros para mi bolsillo.

(Diálogo en la catedral, entre una mujer y su marido, que filmaba una placa recordatoria desde hacía un par de minutos: “¡Hombre, deja ya de filmar ese cartel!”, “¡Ya cállate, leche!”).

El último día, más por curiosidad que otra cosa, fui a una corrida de toros. El afiche rezaba: “Con superior permiso, y si el tiempo lo permite, serán banderillados, picados y muertos a estoque seis hermosos toros seis”. Debo decir que el espectáculo me generó bastante vergüenza ajena. Entre el público conocí a Margarita, una ecuatoriana a la que rápidamente reconocí como extranjera, ya que fue la única, además de mí mismo, que se alegró cuando un toro revoleó por el aire al afeminado torero. Cenamos juntos y nos perdimos por las retorcidas calles andaluzas. Al día siguiente me tomé el tren hacia el Mar Mediterráneo.

*  *  *

En Alicante pisé la arena por primera vez. La ciudad es bastante turística, pero no tiene la parte histórica o cultural de las anteriores. Estuve dos días, en los que visité el fuerte de Santa Bárbara, con una vista espectacular sobre el mar, recorrí la Explanada de España, la feria artesanal de la rambla, y me tiré un rato a lagartear en la playa de Postiquet.

(Explicación del conserje del hostel, dándole instrucciones a un escocés para poder llegar: “Hombre, tienes que coger la línea E… sí, letra E, de ‘Escocia’… oye, letter ‘ei’… ‘ei’ de ‘Espein’”).

*  *  *

Barcelona me deslumbró. Hasta ahora estaba seguro de querer vivir algún día en Madrid, pero este lugar me tienta más. Hay una variedad de lugares y de gente que no vi en otro lado. El barrio gótico es maravilloso, y es un placer caminar aleatoriamente entre sus calles. Por supuesto, Gaudí le suma varios puntos a la ciudad. El tipo era realmente grosso. Si no lo hubiera aplastado un tranvía cuando intentaba mirar de lejos la fachada de la Sagrada Familia, quizás habría tenido tiempo de dejar unos planos más claros, y hoy la iglesia estaría terminada.

Me alojé en el hostel Mare de Deu de Montserrat, donde pegué muy buena onda con otras gentes que andaban parando ahí. Salimos a cenar por el barrio gótico y volvimos algo pasados de copas. Al día siguiente cayó Nycer, después de su tour portugués. Nos pusimos al día con el anecdotario y salimos a recorrer la parte más moderna de la ciudad. Básicamente, todo lo que quedó de las olimpíadas de hace cuatro años: el estadio olímpico, la villa olímpica, la galería olímpica, el puerto olímpico… Casi toda la cuota de paciencia para museos nos la habíamos gastado en Madrid, así que acá nos conformamos con una visita a la Fundación Miró, una caminata por Montjuic y un paseo de un par de horas por el Parc Güell, otra de las maravillas de Gaudí.

Es apresurado sacar conclusiones a poco más de dos semanas de haber empezado el viaje, pero supongo que cuando todo esto termine Barcelona quedará en el podio entre las ciudades más interesantes. A partir de ahora, me declaro hincha del Barça.

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