Un bonito tren nos llevó desde Catalunya hasta la Costa Azul francesa. Niza es una linda ciudad, pero creo que esperaba algo más de sus playas. Definitivamente están sobrevaloradas. De todas formas, eso no impidió que disfrutemos algunas horas de relax en la arena de la Côte d’Azur, incluyendo algún que otro chapuzón en el Mediterráneo.
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Visitamos el Museo de Bellas Artes y el Jardin Exotique, una especie de parque botánico muy arregladito al que accedimos, obviamente, con nuestras credenciales de periodistas. Debo admitir que estamos abusando de este recurso; ya entramos gratis a más lugares de los que realmente nos interesan.
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Los precios en Niza hacen que comer en un restaurant sea totalmente utópico para un mochilero sudaca, así que pasamos por un supermercado, compramos unos ravioles enlatados y volvimos a nuestra habitación matrimonial del Hotel California a cocinarlos en baño maría. Después de cuarenta minutos de darles duro con el calentador, logramos comerlos apenas tibios.
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El principado de Mónaco es un claro ejemplo de lo bien que funciona el capitalismo, y una prueba cabal de que en este mundo es pobre el que no quiere trabajar. Paseamos por las calles atestadas de Ferraris, Mercedes y Lamborghinis. Vimos de lejos el palacio real de Montecarlo (intentar entrar, con nuestra pinta, también habría resultado una utopía). En un rapto de lucidez y prudencia, evitamos el ingreso al casino.
