Suiza

Ginebra. Lago Leman.

Ginebra. Lago Leman.

Llegamos a Ginebra con puntualidad suiza. Apenas bajamos del tren, entramos a una farmacia para comprar un jabón, que buena falta nos hacía. Con esa mera compra, nos obsequiaron una caja de aspirinas, otra de curitas y un dentífrico. No sé si fue en concepto de limosna -podría ser, a juzgar por nuestro aspecto- o si acá sobra tanto dinero que por cada cosa que uno compra le regalan tres más.

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Todo en este país es puntualidad, corrección, pulcritud. Evidentemente no estamos acostumbrados a esto. Las veredas están absolutamente limpias: hay cestos de basura cada media cuadra, y todo el mundo los usa. Los perros cagan en la vereda e inmediatamente sus dueños limpian todo hasta no dejar rastros. Las veredas están plagadas de canteros con el pasto prolijamente cortado y flores coloridas que adornan bastante estos minúsculos jardines. El tránsito es ordenado, nadie toca bocina, las normas viales son respetadas por conductores y peatones, y estos últimos tienen absoluta prioridad en cualquier cruce. Basta que uno se acerque por la vereda hacia la senda peatonal, para que todos los autos se detengan y esperen pacientemente a que uno cruce la calle. Nunca de los nuncas un automovilista intentará pasar primero.

La gente por la calle no levanta la voz. Nadie grita, nadie discute. La ciudad es casi silenciosa. Y en ese orden casi excesivo, apenas empieza a anochecer, todos se meten en sus casas. A las seis de la tarde ya no queda nadie afuera.

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El lago Leman, en el medio de la ciudad de Ginebra, tiene una ribera bastante atractiva. Se puede caminar un buen rato por ahí, recorrer la feria o sentarse a mirar el Jet d’eau, un chorro de agua que se dispara desde el lago, a unos 130 metros de altura. Como símbolo de la ciudad es bastante sencillo, pero efectivamente está en casi todas las postales turísticas.

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En una de las orillas del lago hay amarrado un pequeño barco, de unos ocho metros de largo y unos tres de ancho. Ahí vive y trabaja Eric, que tiene algo más de cuarenta años y no parece suizo, por lo relajado. El tipo se armó un kiosco flotante en la popa, donde tiene su toldo y sus exhibidores con gaseosas, sandwiches y golosinas. Como el barco está algo alejado de la orilla, digamos un metro, Eric instaló una especie de caña de pescar con un canastito en su extremo, donde los clientes ponen el dinero, entonces él atrae el canasto hasta el kiosco, toma el dinero, mete el pedido y el vuelto, y manda el canastito de vuelta a tierra.

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Suiza es excesivamente caro para un mochilero con bajo presupuesto, así que solo estuvimos ahí tres días, repartidos entre Ginebra y Lausana. Ambas ciudades tienen cascos antiguos muy pintorescos, con sus calles adoquinadas, sus tranvías y sus construcciones de piedra de hace un par de siglos. Los parques, con una jardinería impecable, también son buenos lugares para tirarse al sol, a no hacer nada por un par de horas.

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