Paris

Paris. Torre Eiffel, vista desde los Champs de Mars.

Paris. Torre Eiffel, vista desde los Champs de Mars.

La primera vez que vi la tour Eiffel desde la ribera del Sena, casi se me pianta un lagrimón. Pensé que iba a ser tan poco emocionante como mirar el Obelisco en la calle Corrientes, pero hay que admitir que es otra cosa. Era de noche, y la torre iluminada sobre el fondo negro del cielo era una imagen impactante. A la mañana siguiente, cuando decidimos caminar desde el hostel a la torre, tomamos conciencia del tamaño que tenía. Desde que empezamos la caminata por la rambla y vimos asomar su punta, hasta que llegamos a la base de la torre, pasaron casi dos horas.

El lugar estaba atestado de turistas, vendedores, estatuas vivientes, malabaristas y demás sujetos que viven del turismo. Hicimos una larga cola y, tras evaluar un rato la posibilidad de subir por escalera, tomamos el ascensor. Estimo que fue una sabia decisión. El mero viaje a través de esa inmensa estructura de hierro resultó bastante entretenido. Arriba, la vista era maravillosa y, amén de haber sido uno entre cientos de personas que estaban en ese lugar tan for export, cuando miré el Champ-de-Mars y sentí el viento en la cara, me di cuenta de que ése era uno de los lugares a los que todos deberían ir alguna vez en sus vidas.

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Paris está llena de mundos maravillosos y a la vez muy diferentes entre sí. La gente es rara, pero nadie mira raro a nadie, porque la diversidad cultural es casi una marca registrada de la ciudad.

El barrio de Montmartre está algo más elevado que el resto, y desde lejos se lo puede reconocer fácilmente por la cúpula blanca de la basílica de Sacre Coeur, que sobresale por encima de otras construcciones. Dentro de la iglesia, que tiene un estilo arquitectónico impactante, hay un incesante peregrinar de turistas entre unos pocos parisinos, en un recorrido que tiene poco de religioso.

Al margen de la basílica, Montmartre es refugio de artistas, bohemios y otros vagos de esa calaña. En las calles adoquinadas hay infinidad de puestos artesanales, y cada cuadra está atestada de ateliers. Elouan, por ejemplo, es un tipo de unos sesenta años que tiene un pequeño taller sobre la Rue Chappe, donde exhibe sus cuadros. Pinta durante todo el día y al mismo tiempo charla con cuanto extranjero se le acerque. En un castellano bastante aceptable, cuenta que habla seis idiomas -aunque sin aclarar cuáles son los otros cuatro- y se queja porque las grandes galerías parisinas ahora son demasiado comerciales, y no valoran los aportes que él le hace al impresionismo. Afirma que, de haber nacido un siglo antes, sería tan famoso como Renoir.

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Entre todas las genialidades que estaban expuestas en el Museo Dalí, la obra que más me impactó fue una mesa tallada en madera, con forma de araña invertida. Es decir, la araña, patas para arriba, sostenía un vidrio circular que conformaba la superficie de la mesa. A su vez, ese vidrio estaba apoyado en su centro sobre una columna cilíndrica que llegaba desde el suelo, cuya superficie curva era espejada. Allí se reflejaba la araña de madera, pero la deformación que generaba el espejo convexo convertía el cuerpo arácnido en una cara, las largas patas en bigotes, y entonces uno podía ver, clarito, el rostro de Dalí.

Y en eso estábamos con Nycer, admirando pinturas y esculturas surrealistas en una de las salas del museo, cuando de repente entró una mujer, rubia, hermosa, muy elegante. Debía tener unos 35 años, e iba acompañada de una nena de no más de 7, muy parecida a ella. La mujer, claramente, no era de perfil bajo. Con una pasión algo excesiva, tal vez sobreactuada, intentaba explicarle a la nena el significado de cada obra (al menos eso supusimos nosotros, que de francés ni oui). En determinado momento, nos hizo algún comentario indescifrable. Je ne parle pas français, dijimos casi al unísono. Decidida a integrarnos a la charla artística, se presentó (yo soy Thalie, ella es mi hija Lucile) y empezó a hablar en español. Así que son de Argentina, Así que les gusta Dalí, Yo también soy pintora, Si quieren en algún momento pueden venir a mi casa así ven mis obras, Pueden venir mañana, si quieren… E inesperadamente agregó, Tengo una cama muy grande. No lo dijo en un tono sensual, ni sugerente. De hecho, parecía que seguía hablando de arte, como si su manejo básico del idioma español le hubiera hecho decir “cama” en lugar de “galería”, o algo así. Antes de que lográramos comprender del todo la escena, la niña gritó en francés, Mañana no, va a estar papá. Oh, sí, dijo ella en castellano, Mañana va a estar mi marido, mejor vengan el jueves. Sacó una tarjeta, anotó su nombre y su teléfono, y nos despidió a los dos con un beso en cada mejilla. Au revoir, dijo la nena alegremente.

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El museo del Louvre es infinitamente grande. Si uno quisiera ver todas las obras con un mínimo de atención, tendría que recorrer kilómetros y kilómetros de salas, y para eso son necesarios muchos más días de los que nosotros teníamos destinados a Paris en su totalidad. El edificio es un castillo espectacular de fines del siglo XVIII, pero hace siete años agregaron en la entrada una pirámide de vidrio que, desde mi humilde punto de vista, es una patada en los ojos.

Hay que admitir que no soy un erudito en esto y que algún curso previo de arte podía haber hecho más fructífera esta visita. Sin embargo, aun siendo un completo ignorante en materia artística, unas cuantas obras resultaron sumamente disfrutables para mis sentidos, particularmente las esculturas. La Gioconda me impresionó menos de lo que esperaba, no sé si porque la imaginaba más grande o por la excesiva cantidad de japoneses que la rodeaban y que me impidieron verla de cerca.

Así y todo, cuando llegó la hora de cierre sentí que me había quedado con ganas de más. Hacer una segunda visita al Louvre, un par de días más tarde, fue una buena decisión. Pero ahí sí que se me terminó la paciencia para los museos.

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A unas diez cuadras del Louvre, hacia el este, está el Centro Pompidou, meca del arte moderno y contemporáneo. El estilo innovador del edificio llama la atención, sobre todo por el contraste con las construcciones que lo rodean. Y el interior está lleno de mundos. A medida que recorre las infinitas salas, uno va extendiendo su capacidad de asombro, no sólo por las exposiciones, sino también por los personajes extravagantes que desfilan por ahí.

Si uno vuelve al Louvre y se dirige desde ahí hacia el noroeste, puede atravesar el maravilloso Jardin des Tuileries y caminar unas cuantas cuadras por la Avenue des Champs-Élysées, hasta llegar al imponente Arc de Triomphe. Y continuando por el eje histórico en la misma dirección, se llega hasta la Place de la Défense, donde el Grande Arche, emblema parisino de este fin de milenio, genera un espectacular contraste con el clásico Arco del Triunfo.

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En el cementerio de Père-Lachaise se respiraba un enorme silencio, interrumpido cada tanto por pasos que hacían crujir las hojas de otoño recién nacido, sobre los senderos cubiertos de amarillo. Arriba, el cielo gris de tanta nube. Abajo, la tumba de Jim Morrison, tan sencilla como las pocas flores y el osito de peluche que dormían ahí, bajo una garúa casi imperceptible. For if we don’t find the next whisky bar, I tell you we must die. Y Oscar Wilde, descansando por allá cerca, despreocupado. Nothing that actually occurs is of the smallest importance.

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Los billetes franceses están llenos de próceres. El de 20 francos tiene la figura de Claude Debussy, brillante compositor; el de 50 muestra a Antoine de Saint-Exupéry y, en el reverso, el avión en el que recorrió el mundo y su hijo predilecto, el Principito; en el de 100 francos está Paul Cézanne, pintor post impresionista, acompañado de unos de sus bodegones en el reverso; en el de 200 francos, Gustav Eiffel, y al otro lado su torre; en el de 500, Marie y Pierre Curie, físicos ganadores del premio Nobel.

Probablemente, si en nuestros billetes estuvieran Piazzolla, Cortázar, Mafalda y Houssay, algunas cosas andarían mejor.

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Nycer ya se había ido a Bélgica, y a mí me quedaban unas pocas horas en Paris. En mi bolsillo todavía guardaba una tarjeta que no me había animado a tirar. La saqué, y una vez más leí ese nombre y ese teléfono escritos a las apuradas. Sin pensarlo demasiado, me acerqué a un teléfono público que había en la Place de la Bastille y marqué el número de la tarjeta. Atendió Thalie, y enseguida supo quién era yo. Me dijo que era un buen momento para que la visitara. Su marido volvía tarde, aclaró.

Hice un par de combinaciones de metro y llegué a su casa, en la Rue Schubert. El edificio era antiguo y elegante, con un gran portal de madera. Thalie me abrió por el portero eléctrico, y subi los tres pisos por escalera hasta su departamento. Abrió la puerta, me saludó con dos besos en cada mejilla, me hizo pasar y empezó a hablar sin parar, mitad en francés, mitad en castellano, cada tanto alguna palabra en inglés. Que qué bueno que la visitaba antes de irme, que me iba a mostrar sus pinturas, que nos íbamos a tomar unos tragos, que tenía toda la tarde libre para pasar conmigo… Sin embargo, cuando todavía no habían pasado dos minutos desde mi llegada, escuché un inquietante ruido de llaves en la cerradura.

Se abrió la puerta y entró un tipo de unos 40 años, con anteojos, cara de intelectual, algo más alto que yo. Thalie no pudo reprimir su gesto, mitad fastidio mitad desconcierto, y tras un par de larguísimos segundos de silencio dijo, Él es François, mi marido. A él le dijo algo en francés, creo que me presentó, pero el tipo me ignoró completamente y empezó a gritarle a ella. Evidentemente le pedía explicaciones por mi presencia en su casa y, tras un breve y tenso diálogo del que no entendí ni jota, súbitamente ella me dijo, Contale quién sos, así se queda tranquilo. No se cuánto tiempo pasé petrificado, mientras los dos me miraban esperando mi descargo. El fulano no tenía un physic du rol que metiera miedo, pero francamente yo no estaba en la más cómoda de las situaciones. Finalmente, tratando de mantener la calma y de hablar un español lento y comprensible, empecé a hilvanar una serie de excusas. Ella me interrumpió. François no entiende español, háblale en inglés. Lo único que me faltaba, pensé. Tener que inventarle a este francés una excusa en inglés para que no piense que vine a hacer con su mujer lo que realmente vine a hacer. No sé qué dije exactamente, ni si lo dije de corrido o tartamudeando, pero de alguna forma intenté explicarle que yo era estudiante de arte, que estaba en un viaje de estudios y que había venido a ver las pinturas de Thalie, las cuales tenían un estilo exquisito. El fulano me miró unos segundos, no me contestó nada, le dijo algo a su mujer en un francés poco amigable, y volvió a salir del departamento.

Yo sólo pretendía dejar pasar unos minutos para no salir en ese preciso momento. Quería minimizar el riesgo de que François me estuviera esperando en el pasillo para arrojarme por las escaleras. Thalie, en cambio, parecía acostumbrada a estas escenas. Tranquilo, va a tardar en volver, me dijo. Acto seguido, me empujó al sofá, puso algo de música (así nos relajamos, dijo, sin comprender que no había manera de que yo me relajara) y se puso a bailar frenéticamente en el living, haciéndome muecas y tirándome besos, como si estuviera en un escenario y yo en una platea.

Yo todavía no había decidido si tratar de acercarme a ella o salir corriendo, cuando sonó el timbre. Buen tipo el marido, pensé, Volvió rápido pero al menos tiene la delicadeza de no volver a entrar sin avisar. Thalie apagó la música, atendió el portero eléctrico y volvió con una sonrisa. Es mi amigo Ahmed, dijo. Entonces se me acercó más, y bajando el volumen, agregó, Es marroquí, tiene buen hashish.

Ahmed era un tipo de unos cincuenta y pico. Efectivamente, tenía cara de marroquí y traía un paquetito de hierba. Pensé que era simplemente un dealer que se iría apenas terminada la transacción, pero Thalie nos presentó, puso una pava al fuego y unas tazas sobre la mesa de la cocina. Así que de repente me encontré en un té para tres, con una loca francesa y su proveedor de estupefacientes marroquí. Ahmed también hablaba algo de español, suficiente para contarme que vivía en Paris desde chico y que en mayo del ’68 había estado preso por pintar en las paredes La imaginación al poder, y esas cosas que solían pintar los jóvenes en esa época.

Debo admitir que la mayor parte de la charla transcurría en francés y, por ende, fuera de mi comprensión. Pero el té estaba muy rico, y a esa altura yo ya tenía una importante curiosidad por saber cuál sería la próxima sorpresa. Cada tanto Ahmed me preguntaba algo de Argentina, y Thalie se mostraba muy interesada en lo que yo tuviera para contar. Después de un rato, ella decidió que el próximo año viajaría a la Patagonia.

Al rato, volvimos a escuchar ruido de llaves en la puerta. Yo no sabía si aparecería François con una escopeta de caño recortado o si se sumaría a la mesa. El tipo entró, se asomó a la cocina, saludó con pocas ganas y se fue a su habitación. Prudentemente, yo dejé pasar unos minutos y decidí que mi visita había llegado a su fin. Saluda a mi marido antes de irte, dijo Thalie mientras me empujaba al dormitorio. El pobre hombre estaba tirado en la cama, con cara de nada, mirando la tele. Yo me acerqué a darle la mano, mientras le decía en inglés que con gusto los alojaría en mi casa cuando viajaran a la Argentina el año próximo.

Thalie me acompañó hasta la puerta, me despidió con un largo beso, y volvió a la cocina donde esperaba Ahmed. Yo volví caminando hasta la Place de la Bastille.

*  *  *

Paris es inmensa y eterna. Sus calles forman nudos tan irregulares que, al caminarlas, se pierde la noción del tiempo y del espacio. Y ahí va uno dejándose llevar aleatoriamente por sus pies, como Oliveira buscando a la Maga. Y las plazas tienen tantas historias entre sus árboles que, aunque no haya nadie, el viento siempre anda llevando y trayendo palabras.

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