Apenas bajé del tren en la Centraal Station me enamoré de Amsterdam. Esa mezcla de edificios antiguos y bicicletas se parecía bastante a Brujas, pero en una escala mucho mayor. Un tranvía me acercó al hostel en el que tenía reserva, sobre la calle Kloveniersburgwal, justo enfrente de uno de los canales circulares que rodean el centro. Ahí mismo alquilé una bici y salí a recorrer la ciudad.
La bicicleta es, por lejos, el medio de transporte más utilizado. Prácticamente todas las calles de la ciudad tienen ciclovías, en todas partes hay estacionamiento gratuito, y todos los habitantes tienen una bici. De hecho, las bicicletas son casi un apéndice de las personas. El tráfico es sumamente ordenado. Se prioriza al peatón por sobre todas las cosas, al ciclista en segundo término, y por último al automovilista. En el centro, las tarifas de estacionamiento para coches son bastante elevadas, y muchas calles son exclusivas para bicicletas, o peatonales. Entonces, salvo en casos excepcionales, la gente prefiere no utilizar el auto, lo cual hace a Amsterdam una ciudad mucho más agradable.
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Los canales que recorren gran parte de la ciudad también son un emblema. Amsterdam es conocida como la “Venecia del norte” y, aunque esto suene algo exagerado, mucha gente navega a diario por los canales, e incluso muchos viven ahí. Uno de ellos es Iñigo, un vasco que llegó a Holanda hace un par de años, alquiló una casa flotante de 20 metros cuadrados sobre el canal de la calle Herengracht y ahora dice que no podría volver a vivir en tierra firme, ni en ninguna otra parte fuera de Amsterdam.
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La casa de Ana Frank no es un museo más. Cada pasillo de esa casa, cada metro cuadrado de esas habitaciones ocultas, guardan desde hace más de medio siglo historias de miedo silencioso, de esperanza clandestina, de inocencia interrumpida. Tan fuerte se siente todo eso ahí adentro, que al salir tuve que tomarme un tiempo largo para volver a habitar este fin de siglo.
Pero qué necesaria, la memoria.
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El Barrio Rojo, o Rosse buurt, debe su nombre a las luces rojas que iluminan las vidrieras en las que las putas se exhiben. Cada una de ellas renta un pequeño local, con el espacio mínimo necesario para una cama y un diminuto toilette. Estos locales, que se alquilan por turnos de ocho horas, tienen un vidrio a la calle, y ahí posan ellas, ligeritas de ropa, a la caza de algún turista. Están de a montones. Hay putas para todos los gustos, de cualquier edad, color y nacionalidad. Unas pocas son holandesas, unas cuantas de otros países europeos, y unas muchas, más baratas, son africanas, asíaticas o latinas. Los tipos pasan, miran un rato, comentan qué buena que está ésa, o cuánto cobrará aquélla, miran mucho más de lo que consumen. Cada tanto alguno se acerca, ella se asoma por la puerta entornada, negocian. How much, pregunta él. Hundred gulden, suck and fuck, dice ella. Seventy, regatea él. Seventy, suck OR fuck, acepta ella. Y entonces el tipo entra, se cierra la cortina de terciopelo rojo, y después de unos minutos el tipo sale con una sonrisa y la chica vuelve a posar.
La prostitución es legal en Amsterdam, y por eso en el Barrio Rojo se respira un aire de relajo que no es habitual en otros lados, donde la venta de sexo siempre está asociada a la clandestinidad. De todas formas, por allí también se escucha hablar de proxenetas y trata de personas, y las putas que se muestran en estos locales a la calle son de menor categoría -más baratas, con menos protección- que las que trabajan en locales más ocultos.
Pero el sexo en el Barrio Rojo vende mucho más que cuerpos reales. Los sex shops ocupan locales inmensos y ofrecen una asombrosa variedad de implementos. En los cines porno se puede optar por el estilo convencional, a sala llena, o por la variante más privada, en cabinas individuales, dotadas de una butaca, un rollo de papel y un tacho de basura. Los espectáculos de sexo en vivo -teatro porno, se publicitan algunos- también ocupan un espacio importante en el barrio.
Y no sólo con el sexo pueden los turistas liberar sus represiones contenidas. Los emblemáticos coffe shops ofrecen un variado menú de drogas (principalmente cannabis y hashish) preparadas en diversas formas, desde un clásico purito hasta un crazy brownie. En estos antros de perdición, por lo general, el humo que flota en el lugar es suficiente para entrar en clima, y prácticamente todos los parroquianos son turistas. Los más patéticos de ellos, no tienen el menor pudor en sacarse la típica foto fumándose uno al lado de algún policía, en un gesto de inconmensurable rebeldía. Las drogas más “duras”, las ilegales, se pueden adquirir en la calle, a través de los dealers que pasan susurrando coca, crack, extasy.
Durante el día, el Barrio Rojo apaga sus luces, cierra sus cortinas, y hasta merece la visita de los más puritanos. El particular estilo arquitectónico de sus construcciones, los canales que surcan sus calles y la Oude Kerk (la iglesia más antigua de la ciudad) demuestran que el Rosse buurt es mucho más que un infierno terrenal.
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A solo 20 kilómetros de Amsterdam se encuentra Haarlem, una ciudad muchísimo más tranquila. Desde la hermosa estación de tren -un antiguo edificio de estilo Art Noveau- salimos a caminar sin rumbo, doblando en esquinas al azar y admirando las casas bajas con techos de tejas a dos aguas, cortinas con bolados y bellos jardines al frente, con sus ligustrinas prolijamente recortadas y sus típicos tulipanes. Haarlem tiene 140 mil habitantes y es la octava ciudad en importancia del país, pero en sus calles reina un clima de pueblo. Incluso en las pocas zonas medianamente turísticas -La Grote Markt, plaza principal; El molino de viento De Adriaan; el viejo portal Amsterdamse Poort, la única de los doce entradas a la antigua ciudad amurallada que queda en pie- la escasez de gente es notable.
Unas pocas horas alcanzan para recorrer Haarlem. Después de cenar en una pequeña cantina una picada de quesos -Gouda, Edam, Leerdammer- con exquisita cerveza, tomamos el tren de regreso a Amsterdam y volvimos a dormir a nuestro hostel, en la calle Kloveniersburgwal.
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También a unos 20 kilómetros de Amsterdam, pero hacia el noreste, está el típico pueblito de Marken. Esta pequeña localidad, habitada originalmente por pescadores y actualmente por granjeros que se dedican también al turismo, fue fundada en un islote, pero en 1957 se construyó una carretera desde el continente que la convirtió a la isla en península. El trayecto de casi dos kilómetros a través de la N518, construida sobre un dique, permite ver el mar a ambos lados, y a veces en diferentes niveles.
El paisaje de Marken es tan típicamente holandés, que inevitablemente a uno le viene la duda acerca de cuánto es auténtico y cuánto for export. Los pocos habitantes del pueblo suelen vestirse con trajecitos clásicos de la época de los antiguos pólders. Desde marineros con camisas rayadas y pipas, hasta viejitas granjeras con sus cofias, sus coloridos vestidos con bolados y sus zuecos, todo parece una foto del pasado. Se dice que sus habitantes hablan aún el dialecto original de la isla, el markens. Para mí sería imposible distinguirlo del idioma holandés, pero no deja de ser un dato simpático. Muchas de las casas de estilo rural, con techos de tejas a dos aguas, paredes de madera y corrales con chanchos y vacas lecheras, suelen estar abiertas a los visitantes, y entonces la señora de la casa deja sus baldes de leche recién ordeñada, y posa para la foto junto al turista de turno, o le vende un souvenir.
Un par de horas alcanza para recorrer Marken, esta pequeña burbuja que permite viajar por un rato al pasado.
