Viajé de Copenhague a Berlín en el tren nocturno, que a mitad de camino sube a un barco para cruzar el Mar Báltico. Llegué a la mañana temprano, y para ir al hostel donde tenía reserva tuve que tomar un subte (el U-Bahn) desde la estación, después hacer combinación con un tren urbano (el S-Bahn) y finalmente caminar un kilómetro. Al llegar, un conserje con cara de pocos amigos y escasas ganas de hablar en inglés me madrugó con la noticia de que no había lugar para mí, y que no figuraba ninguna reserva a mi nombre. Mis protestas sólo lograron que el tipo, de muy mala gana, llamase a otro hostel para hacer otra reserva y deshacerse de mí rápidamente. Así que volví a cargar mi mochila, tomé un bus y otro tren, caminé otro kilómetro, y esta vez sí conseguí alojamiento, en un lugar más feo (pero más caro) que el anterior.
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Las cosas no salieron del todo bien en Berlín. A mi accidentada llegada, se sumó el hecho de que los alemanes no me cayeron simpáticos. No sé si fue por mis prejuicios (me los imaginaba a todos con uniformes de las SS) o por contraste con los holandeses y daneses, pero el caso es que yo no lograba sacarles la ficha. En varias ocasiones, cuando en la calle intenté interceptar a alguno -excuse me, do you speak english?- fui olímpicamente ignorado: el sujeto en cuestión seguía caminando, mirada al frente, sin dignarse a responderme siquiera que no. Y otras veces, cuando entraba a algún comercio y lograba entablar un breve diálogo, mi interlocutor no hacía el menor esfuerzo en parecer simpático. Un tipo, por ejemplo, se negó a venderme una kartofelsalat de 11,50 marcos porque yo pretendía pagarle con 20 en lugar de darle el cambio exacto. Otro, me vendió por 14 marcos una tarjeta telefónica de 12. Two more for me, argumentó.
Debo admitir que durante el escaso tiempo que pasé en Berlín logré cruzarme con unos pocos alemanes que cumplían a la vez con los requisitos de entender inglés y manejar un mínimo de cordialidad. Por lo general eran jóvenes. Con los viejos no había caso, me los seguía imaginando con el brazo derecho en alto.
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Tampoco tuve suerte con un par de museos que quise visitar (entre ellos el Museo del Holocausto), y que estaban cerrados por el fin de semana. Me pregunto a quién se le habrá ocurrido esa brillante idea. La cuestión es que decidí simplemente recorrer las calles de Berlín, tratando de interactuar lo menos posible con los alemanes. Noté que gran parte de la ciudad estaba en construcción. Había obras y grandes grúas por todos lados, como si, siete años después de la caída del Muro, aún estuviese resurgiendo una nueva Berlín, cada vez más occidental.
Curiosamente, a pesar de tanta reconstrucción y tanta obra, los dos lugares que más disfruté probablemente sean los menos urbanos de Berlín: el lago Wannsee, en las afueras, y el Tiergarten, un pequeño bosque en el corazón de la ciudad.
Del “Muro de la Vergüenza”, como algunos los llaman por acá, sólo queda un tramo de algo más de un kilómetro. Está cubierto con murales, grafitis, miles de expresiones artísticas que recuerdan una época a la que los alemanes parecen no querer volver.
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Ya había tenido suficiente de Berlín, así que comencé a planificar mi partida hacia la República Checa. Para entrar a ese país hace falta una visa, que yo no tenía. Era domingo, y la oficina de visados de la embajada checa no abría los fines de semana, pero en el hostel me aseguraron que el trámite se podía hacer todos los días en la frontera, y que no era necesario esperar hasta el lunes. Así que levanté campamento, enfilé hacia la estación y tomé el tren rumbo a Praga. Unas tres horas más tarde, llegamos a la frontera, y algunos polícías de migraciones subieron a pedir documentos. Cuando llegó mi turno, entregué el pasaporte. ¿Y la visa?, me preguntan. Ahora la tramito acá, contesto. ¿Acá dónde?, dicen los tipos, que no hablaban más de dos o tres palabras en inglés. Acá en la frontera, aclaro, algo nervioso. Acá en la frontera no hay embajada, ni ningún otro lugar donde se pueda obtener la visa, me dan a entender. Pero a mí me dijeron que se podía hacer el trámite acá, debe haber alguna forma de arreglar este asunto, argumento, ya entrando en pánico. Sí, hay una forma, usted se baja y dentro de un rato se sube al tren que pasa hacia Berlín, mañana saca la visa, vuelve a tomar este tren, y entra a la República Checa como Pancho por su casa, dicen las autoridades alemanas, dando por terminada la discusión.
Y no quedó sino resignarme. Los polis me acompañaron hasta la puerta del vagón, me invitaron cordialmente a descender, hicieron lo propio con dos neocelandesas que estaban en las mismas condiciones que yo, y un par de minutos más tarde el tren arrancó nuevamente con destino a Praga, dejándonos a nosotros tres en una diminuta estación de Schöna, un ignoto pueblo alemán de frontera, en el medio de un campo en el que no se veía nada más que esas vías que iban hacia nuestro destino imposible.
Un par de horas estuvimos en ese paraje perdido, insultando a los alemanes y planeando alguna forma de ingresar caminando a la República Checa, con o sin visa. En ésas estábamos cuando llegó el tren en sentido contrario al que habíamos tomado antes. Descartamos entonces cualquier plan que implicara cruzar la frontera ilegalmente, y subimos resignados. Todos los vagones venían repletos pero, después de un buen rato de vagar con mi mochila de un coche a otro, envuelto en sudor y lágrimas, encontré un asiento disponible. En el comienzo del viaje de vuelta no surgieron mayores contratiempos. Pero en determinado momento, una hora y media después de haberme sentado, apareció una pareja de cincuentones alemanes (deduje su nacionalidad, no sólo porque estábamos en Alemania y ellos hablaban alemán, sino también porque ambos llevaban sandalias con medias) que reclamaba mi asiento, y el de una italiana que estaba sentada al lado. Argumentaban que los habían ocupado al principio del viaje, y que simplemente habían ido por un rato al vagón comedor. Ni la italiana ni yo sabíamos alemán, ni ella sabía español ni yo italiano, así que podrán imaginar el tole tole que se armó por esa discusión políglota en la que cada uno reclamaba su derecho a disponer del asiento. Sin embargo, la localía tiene sus ventajas, y sobre todo si el guarda habla sólo alemán. Así que estos nazis lograron desalojarnos -ilegítimamente, sigo sosteniendo-, y tuve que volver a mi situación de paria, con mis pertenencias y mi humanidad desparramados por el piso del vagón, único espacio disponible que encontré para lo que restaba del viaje.
Ya era de noche cuando llegué nuevamente a Berlín. Milagrosamente, encontré alojamiento en el mismo hostel de donde me había ido esa mañana, y procuré acostarme lo antes posible, más que nada para que terminase pronto ese día nefasto. El lunes temprano fui a la embajada checa, donde pude gestionar la visa sin mayores contratiempos, y un rato más tarde volví a tomar el tren a Praga. Después de tres horas llegamos a la frontera, y al subir la policía, exhibí mis documentos con aire sobrador, aunque -debo admitirlo- también con algo de temor. Cuando me devolvieron todos los papeles, y una vez que el tren hubo ingresado a territorio checo, respiré aliviado y prometí no volver a Alemania por un rato largo.
