Praga

Praga. Puente de Carlos (Karluv Most).

Praga. Puente de Carlos (Karluv Most).

Pocos minutos después de que el tren hubo entrado en la República Checa, el paisaje que se veía por la ventanilla empezó a tornarse cada vez más atractivo. Durante la mayor parte del trayecto las vías corren paralelas al río Moldava, y en la orilla de enfrente se extienden unas hermosas praderas, con colinas al fondo, todas cubiertas por diferentes tonalidades de verde. En medio de todo ese paisaje natural, pude ver algunas granjas, con construcciones sencillas pero muy bonitas, mayormente hechas en madera y con techos a dos aguas, rodeadas por amplios campos en los que pastaban cientos de animales. Cada tanto, aparecía también algún castillo, por lo general elevado sobre alguna pequeña colina, con una vista seguramente muy privilegiada.

Si hubiese habido paradas en esa zona y yo hubiera tenido más tiempo, sin duda me habría bajado para disfrutar un par de días de esos campos checos.

*  *  *

En el asiento que estaba frente al mío viajaba un tipo bajito, de unos 35 años, calvo, barba candado. Se presentó como Christopher, y no paró de sacar fotos en lo que duró el viaje desde la frontera. Después de disparar cada una, me describía la imagen que había querido lograr, y me hablaba de la velocidad del obturador, de la apertura del diafragma, de que si la luz venía así o asá, de dónde había puesto el foco, del encuadre que haría al revelar las fotos en su laboratorio propio. Le pregunté de dónde era. De California, contestó. Así responden los estadounidenses cuando uno les pregunta de dónde son. Siempre mencionan el estado del que vienen, jamás  dicen “de Estados Unidos”. Como si uno debiera dar por obvio que son de ahí, por el acento, o por alguna otra virtud, y entonces la pregunta apuntara a algo más específico que el país de origen. El caso es que este tipo venía viajando por Europa, solo, desde hacía casi un año, y prácticamente no tenía otro interés en sus viajes que obtener las mejores fotografías de cada lugar. Me mostró algunas que había revelado durante el viaje: Lisboa, Andalucía, Barcelona, Amsterdam, Paris. Realmente eran muy buenas.

Al lado de Christopher estaba sentada una japonesa de edad indefinida. Podía tener entre 20 y 35 años, y era sumamente fea. Se llamaba Mieko Okazaki y participaba poco en la conversación, básicamente aportando exclamaciones de admiración. Christopher mostraba una foto y ella decía Ahhh. Yo comentaba que en unos días iría a Budapest y ella decía Ahhh. Christopher contaba que había renunciado a su trabajo y ella decía Ahhh. Yo decía que estudiaba diseño gráfico en Buenos Aires, y ella decía Ahhh. Después noté esa expresión en otros japoneses. Una cosa como de excesivo respeto, de mostrar asombro ante cualquier cosa que uno dijera, por más intrascendente que pareciera.

Y así iba pasando el viaje, entre la simpática soberbia de Christopher y la simpática humildad de Mieko.

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La estación de trenes de Praga estaba llena de gente ofreciendo alojamiento en casas de familia. Acordamos alojarnos juntos, Christopher, Mieko y yo, con la intención de abaratar costos. Nos dejamos convencer por un tipo que parecía de lo más confiable que había ahí, subimos a su auto y empezamos a recorrer la ciudad, bordeando el río Moldava hasta el centro histórico. Es acá, nos dijo cuando llegamos a la puerta de un edificio que se caía a pedazos. La habitación era en el segundo piso, por escalera. Christopher, que tenía una valija con rueditas (para no tener que cargar una mochila en la espalda, argumentaba) tardó unos minutos más que nosotros, y llegó con la calva chorreando sudor.

El cuarto no estaba mal. Debía tener un siglo o más, pero las camas parecían respetables y, sobre todo, estábamos demasiado cansados como para hacer un estudio de mercado. Además, estábamos en pleno casco histórico de Praga, y eso no pasa seguido.

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En la capital checa se puede apreciar un contraste muy particular entre los barrios históricos y el resto de la ciudad. Por fuera de la zona turística, hay que hacer un gran esfuerzo para recordar que el Muro de Berlín ha caído, y que ya no estamos en la Checoslovaquia que formaba parte del bloque socialista en la década pasada. Las construcciones aún son demasiado grises y cuadradas, y la calle está llena de autos rusos. Es prácticamente imposible encontrar una computadora con internet, y para hacer llamados de larga distancia hay que lidiar un rato con una operadora que sabe tanto inglés como yo checo. De a poco los barrios se van llenando de publicidades, pero se nota claramente que la ciudad no lleva mucho tiempo occidentalizada.

En la Ciudad Vieja, en cambio, cada lugar es maravilloso. Salimos a caminar por ahí con mis compañeros de cuarto. Christopher seguía sacando fotos sin parar, y cambiaba el rollo cada hora. Mieko caminaba en silencio, pero ante cada foto que sacaba el otro, ella miraba el lugar fotografiado y decía Ahhh. En Staroměstské Náměstí, la plaza principal, nos quedamos un buen rato. Los carros antiguos tirados por caballos, sobre ese extenso suelo adoquinado rodeado de edificios históricos, generan una sensación como de viaje en el tiempo.

Cada hora -en rigor de verdad, en algunas horas- el reloj astronómico de la plaza (Pražský orloj, en checo), construido en el siglo XV, pone en funcionamiento su complejo mecanismo. Entonces, mientras suenan las campanadas, por un par de ventanas se ven las figuras de los doce apóstoles que van asomándose en forma rotativa. Al mismo tiempo, cuatro figuras alegóricas se mueven en la parte superior -el vanidoso, el avaro, la muerte, el turco- y otras tantas en la parte inferior -el ángel, el filósofo, el astrónomo, el cronista-. Cuatro relojes marcan la hora babilónica, la hora checa antigua, la hora astral y la hora moderna, y cada uno de ellos tiene ciclos diferentes. Y cuando terminan todos estos movimientos, se asoma la figura de un gallo, que cacarea bien fuerte. Entonces los turistas aplauden y se dispersan por la plaza.

Por las noches, Staroměstské Náměstí se ilumina completamente. Los colores que cubren el Ayuntamiento, el Pražský orloj y la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, con sus torres góticas de ochenta metros de alto, generan una imagen espectacular.

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Nuestro roommate de California ya tenía todas las imágenes que necesitaba de la ciudad, así que decidió abandonarnos para ir en busca de nuevos paisajes, no sin antes prometernos a Mieko y a mí que nos enviaría por correo un paquete con todas las fotos de Praga. Como la habitación que compartíamos resultaba cara para dos, nos mudamos a un hotel de mala muerte que estaba ahí cerca, a una habitación diminuta con dos camas.

Ese día preferí caminar solo. No es que me molestara sobremanera la compañía de la muchacha japonesa, pero estaba algo cansado de sus Ahhh, y andaba necesitando una tarde más bien introspectiva. Pasé por el Karlúv Most, el puente más viejo de la ciudad, que cruza el Moldava. El río con todos sus puentes en ese día nublado parecía una típica postal de Praga. Caminé por Josefov, el barrio judío en el que se pueden visitar unas cuantas sinagogas y el antiguo cementerio. En otro cementerio judío más nuevo, fuera de Josefov, está Franz Kafka, que continúa su metamorfosis.

Después de cenar volví al hotel. Cuando entré a la habitación la japonesa no estaba, pero las dos camas ahora estaban juntas. Ignoro si ella las había juntado, o si la mucama había supuesto que Mieko era mi Yoko. Sea como fuese, mientras yo trataba de dilucidar esto, llegó la susodicha. Saludó brevemente y se metió en la ducha. Algunos podrán imaginar que la situación era el sueño del pibe, la posibilidad de cumplir la fantasía oriental. No sé realmente si había en todo esto alguna intención, pero Mieko era muy fea y yo no quería correr riesgos. Entonces, mientras ella estaba en el baño, volví a separar las camas, me acosté y procuré hacerme el dormido para cuando ella saliera.

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Al otro día Mieko se tomó el tren a Viena, y yo volví a mudarme a una habitación más pequeña y más barata, dentro del mismo hotel. El conserje, como la mayoría de los checos que conocí, carecía completamente de simpatía. Después de un rato de infructuosos intentos por entablar un diálogo con él para que me dejase usar el teléfono, me dio a entender que no se manejaba bien con el inglés, y que debía hablarle en checo, o a lo sumo en ruso.

Así las cosas, decidí resignar la llamada y opté por salir a recorrer Malá Strana, el barrio histórico más representativo de Praga, plagado de construcciones barrocas y enormes cúpulas que sobresalen por encima de los tejados. Ahí se puede visitar Hradčany, el castillo gótico más grande del mundo, y dentro de éste, la catedral de San Vito (Chrám Svatého Víta). Todo el interior de esta fortaleza, de unos 75 mil metros cuadrados, conserva maravillosas construcciones y pequeñas calles medievales en las cuales se realizan permanentemente diversas exposiciones artísticas. Después de pasear por ahí durante un par de horas, caminé nuevamente hasta la plaza principal. Me senté en un bar frente al reloj, pedí una cerveza y me quedé leyendo ahí mientras se iba la tarde.

*  *  *

En mi última noche disfruté de un maravilloso espectáculo de teatro negro. En una sala absolutamente oscura, unas cuantas figuras fluorescentes contaban historias violetas, rojas, amarillas. Tanta magia había ahí, que los colores me persiguieron durante toda la noche.

*  *  *

Al llegar al hotel quise darme una ducha. No había agua caliente. Nuevamente debí enfrentar al conserje, que una y otra vez repetía No understand english. Traté de hacerme entender con señas y hasta con dibujos, pero fue inútil. Más lo intentaba yo, de peor humor se ponía el tipo. Una vez más me di por vencido, y me fui a dormir resignado y sucio. A la mañana siguiente madrugué y, cuando bajé a la recepción para irme, encontré al conserje durmiendo.  Me dio pena despertarlo, así que pasé en silencio, le dejé un pagadios, y partí rumbo a la estación de tren.

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