Budapest

Budapest. Parlamento húngaro, visto desde el río Danubio.

Budapest. Parlamento húngaro, visto desde el río Danubio.

El tren que me traía desde Praga pasó por Viena y llegó por la noche a Budapest. Como en el resto de los países de Europa del Este, la comunicación con el exterior todavía no está demasiado desarrollada en Hungría, por lo que yo no había podido reservar alojamiento antes de llegar. De todas formas, teniendo la experiencia de Praga, decidí entregarme a algún cazaturistas de la estación. Esta vez estaba solo y era tarde, así que descarté a algún que otro sujeto con apariencia sospechosa y me dejé llevar por una señora de unos 70 años, que tenía un cartel que rezaba room for travellers USD6 night, pero que no hablaba una palabra de inglés. Comunicándonos exclusivamente por señas, subí con ella a un auto ruso bastante desvencijado y emprendimos la retirada. Unos diez minutos más tarde, llegamos a un edificio antiguo, algo caído a pedazos. La mujer me hizo señas de que la siguiera por unas larguísimas escaleras. En el segundo piso estaba su departamento, cuyo interior parecía más antiguo y deprimente que el edificio mismo. La señora me hizo entender que ella dormía en una habitación, y que el segundo cuarto estaba ocupado por algún otro turista. A mí me quedaba un sillón-cama en el living, una sala enorme, llena de muebles antiguos y otros trastos viejos, todos cubiertos con sábanas blancas. Tuve la sensación de que, durante la madrugada, algún fantasma pasaría a visitarme por ahí.

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Hasta 1873, el río Danubio era el límite entre las ciudades de Buda y Pest. Ese año ambas se unificaron, pero incluso hoy, dentro de Budapest, la gente se refiere al lado oeste del río como Buda y al lado este como Pest, y cada zona tiene sus características particulares. Las vistas que hay a uno y otro lado ameritan unos cuantos días de caminatas por la ribera, y los maravillosos puentes que unen ambas mitades merecen cruzarse varias veces.

En Buda están los barrios más señoriales. Claramente, en la mitad occidental de la capital húngara el poder adquisitivo es superior al de los habitantes de Pest. En Buda también están algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: la Catedral de San Esteban, una construcción espectacular desde cuya cúpula, de 96 metros de alto, se puede disfrutar de una maravillosa vista del Danubio y de todo Budapest; el Palacio Real (Király-Palota), un inmenso edificio neobarroco, destruido en diversas batallas y reconstruido varias veces a lo largo de los siglos; el Museo Nacional, con sus cúpulas y monumentos de bronce completamente verdes.

El Gellérthegy (monte Gellért) es más bien una pequeña colina que se sube a pie, pero no deja de ser el lugar más alto de Budapest. También desde ahí se puede apreciar una gran panorámica de la ciudad, y sobre todo del Puente de las Cadenas (Széchenyi), el más antiguo de los que unen Buda y Pest a través del Danubio. En la parte más alta de Gellérthegy está la Ciudadela, una fortaleza construida en 1850, después de la guerra de la independencia. En 1897 el lugar dejó de tener un uso militar, y muchos de sus muros fueron demolidos. Hoy, es sólo una atracción turística.

Al lado de la Ciudadela encontré un hostel que, naturalmente, ofrecía una excelente vista desde sus ventanas y balcones. También tenía un ambiente bastante más ameno y juvenil que la habitación llena de fantasmas donde yo estaba durmiendo. Sin pensarlo demasiado, reservé una cama, volví al departamento geriátrico a juntar todos mis petates, me despedí con señas de la buena señora y me mudé a Gellérthegy.

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Sobre la orilla oriental del Danubio está el Parlamento húngaro, un impresionante edificio de estilo neogótico -tal vez el más espectacular de Budapest- que se puede apreciar mucho mejor desde Buda. La iluminación que tiene de noche es un espectáculo adicional: de cada una de sus ventanas parten luces verdes, turquesas, amarillas, que se reflejan sobre el río, generando una imagen espejada casi surrealista.

El resto de Pest no es tan vistoso como Buda, pero también amerita un par de días de caminatas. Ahí vive la mayor parte de la población de clase media y baja, los paisajes son menos turísticos, y las calles están llenas de putas. Pero no como las de Amsterdam, tan for export. Son más discretas, y pareciera que tienen más hambre. Caminan sin poses, vestidas como cualquier hija de vecina. En cuanto ven un turista, se le acercan disimuladamente y, como quien pregunta la hora, ofrecen sexo por 10 ó 15 dólares.

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A unos 100 kilómetros de Budapest está el lago Balaton. Es un lugar perfecto para pasar un día tranquilo, lejos de las multitudes urbanas. Así que cargué en la mochilita algo de comida, agua, la cámara y una novela de Kundera, y salí en tren hacia las afueras de la ciudad.

Pasar un día en absoluta soledad, sin hacer nada más que mirar el lago, las colinas al fondo, los cisnes y los veleros navegando sin apuro, no es un mal plan.

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En el hostel de Budapest conocí a Paco, un andaluz algo bruto pero sumamente simpático, y a Ben, un canadiense rubio, tímido, de cachetes siempre colorados. Decidimos hacer una visita a uno de los tantos baños termales que hay en la ciudad. Tomamos el metro cerca de Ciudadela, utilizando el mismo ticket vencido que usábamos todos los días, pero esta vez, en la estación Deák Ferencz nos interceptó un inspector. El tipo tenía el mismo aspecto que cualquier policía de la bonaerense que entra a una pizzería a pedir una fugazzeta gratis: abdomen sobresaliente, gorra con visera, bigote reglamentario. Nos pidió los tickets, chequeó la fecha y nos exigió -no podría asegurarlo, ya que hablaba en húngaro- el pago de una multa. Ante nuestra fingida cara de incomprensión, el hombre intentó balbucear algunas palabras en inglés. Money, ticket, dollars. No entendemos, dijimos Paco y yo en español. Mí no comprende, tartamudeó el canadiense en un sospechoso castellano. El fulano de gorra empezó a perder la paciencia, y abandonó los intentos por hacerse entender en inglés. Nos hablaba en húngaro, cada vez más ofuscado, y complementando sus explicaciones con violentas señas sobre el ticket. Paco y yo seguíamos hablándole en español, con cara de no-entiendo-de-qué-me-habla, mientras Ben guardaba un prudente silencio. De repente, el tipo sacó un walkie talkie y empezó a hablar con alguien, probablemente pidiendo algún refuerzo. Antes de que yo tuviera tiempo de pensar en algo, Paco gritó ¡Corramos, deprisa!, y en un par de segundos ya estábamos los tres subiendo las escaleras a los saltos, mientras el gordo nos corría a los tropezones, bastante rezagado y gritando Gypsies, gypsies!

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Finalmente llegamos al Balneario Király, pagamos una módica entrada y, después de una pasada por el sauna, nos metimos en la pileta cubierta de aguas termales, que ese día estaba habilitada sólo para hombres. El ingreso es para hombres y mujeres por separado, en días alternados, supuestamente para evitar situaciones de acoso. Pero, aparentemente, a veces esta medida no es suficiente. En un momento se acercó Paco, algo preocupado, al rincón en el que yo me estaba relajando. Parece que hay muchos homosexuales por aquí, me susurró. Bueno, Paco, cuál es el problema, que cada uno haga lo que quiera con su culo, razoné. Con el suyo sí, pero es que a mí ya me lo han tocao un par de veces, dijo.

Terminamos nuestra estadía en Király con una extensa sesión de masajes descontracturantes (Paco hizo largas gestiones para evitar que fuéramos atendidos por masajistas hombres). Salí de ahí como nuevo, junté mi equipaje en el hostel, y tomé un taxi hasta la estación de tren.

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