Italia

Catedral de Florencia

Catedral de Florencia

En un principio, pensé que el viaje nocturno hacia el norte de Italia sería algo más corto, barato y ameno. De hecho, supuse que el tren pasaría por Austria y que yo despertaría por la mañana en Trieste, sin haberme enterado de la parada en Viena. Me instalé en el camarote que me tocó en suerte (el cual no tenía cama alguna, sino que era un simple habitáculo con capacidad para seis pasajeros, con dos largos asientos sin divisiones, sumamente incómodos) y, aprovechando que nadie más había entrado en el mismo, me acosté sobre los tres asientos de un lado. La improvisada cama no era confortable, pero después de un largo rato logré conciliar el sueño.

Sin embargo, a las 3 de la mañana unos ruidos me despertaron. Cuando todavía no lograba darme cuenta de si estaba en un hotel, en un tren o en un barco, un uniformado con linterna ingresó en mi camarote y comenzó a hablarme en un idioma incomprensible. Do you speak english?, pregunté. Ne, contestó. Me cago en la hostia, pensé, mientras me desperezaba y trataba de buscar mi pasaporte y mi Eurail Pass. Se los di, el tipo los miró, me los devolvió, sacó un ticket que decía USD45, me señaló el número insistentemente y me lo entregó. Amablemente, volví a sacar el Eurail Pass y se lo mostré de nuevo, tratando de hacerle comprender que no debía pagar ningún adicional. El tipo miró mi ticket, luego señaló el suelo con su índice y finalmente sacudió ese mismo dedo hacia un lado y hacia otro, como diciendo Esto acá no sirve para nada. Puse cara de desconcierto, desplegué mi mapa y, señalando alternadamente la ubicación de Austria y el piso, pregunté Österreich? El otro miró lo que yo le mostraba y empezó a deslizar su índice por el mapa, mientras con la otra mano sostenía la linterna. Ne, Hrvatska, respondió finalmente, mientras me señalaba a Croacia, país que no está incluido en el Eurail Pass. Ya resignado, y sin posibilidades de discutir en croata, compré el boleto de 45 dólares y me tiré otra vez a dormir.

Así que el tren no andaba por Austria, sino por Croacia. Pasó un rato largo hasta que pude vencer al insomnio. Pero un rato más tarde, aún de noche, volví a escuchar unos ruidos y, todavía entre sueños, vi otra figura con linterna que se metía en el camarote. Éste también tenía uniforme y me hablaba raro. Otra vez a sacar todas las papeletas, pensé mientras me despertaba con mucho esfuerzo. Le entregué el pasaporte, el Eurail y el boleto recién comprado. El tipo iluminó todo, miró cada papel detenidamente y empezó a hablarme. Do you speak english?, pregunté. Brez, contestó. Otra vez sopa, pensé. El uniformado sacó un talonario con boletos que decían USD29. Yo volví a señalar con énfasis mi ticket anterior y mi Eurail Pass. También este tipo señaló el piso y luego negó con el dedo. Acá esto no sirve. Nuevamente saqué el mapa. Hrvatska?, pregunté señalando a Croacia. Slovenija, respondió mientras apuntaba su dedo a Eslovenia. Me cago en todos estos yugoslavos con complejo de separatistas, pensé mientras sacaba 29 dólares.

Ya había amanecido cuando logré dormirme de nuevo. Soñé con guerras civiles que una y otra vez volvían a particionar el país mientras yo viajaba, y cada diez minutos subía un nuevo hombrecito con linterna a hablarme en un nuevo idioma y a venderme un nuevo pasaje.

*  *  *

Tras catorce horas de viaje, logré bajar en la estación de Trieste. Después de casi dos meses de pasearme entre sujetos que hablaban lenguajes irreproducibles, por fin me encontraba nuevamente entre latinos. Aun sin saber hablar italiano, la posibilidad de entender algo de lo que escuchaba por la calle me generó una sensación de familiaridad que no tenía hacía rato. Por otra parte, debía encontrarme con Nycer, al que no veía desde Amsterdam, y cuyo tío -un argentino que vive ahí- nos habían ofrecido alojamiento.

No fue sencillo encontrarnos. Las cuentas de email que habíamos abierto en Suiza (únicas cuentas que pudimos abrir en ese país) definitivamente no funcionaban, así que nuestra única forma de comunicación en las últimas semanas fue a través de llamados a Buenos Aires y mensajes entre las familias. Cuando llamé a casa todavía no había noticias de Nycer, y yo no tenía la dirección de sus tíos, así que entré a un bar para hacer tiempo. El lugar era bastante similar a los bares porteños de barrio: mesas y sillas de madera, grandes ventanas con vista a la vereda, un mozo con cara de haber trabajado ahí los últimos cuarenta años, una campana de acrílico transparente cubriendo unos sánguches sobre el mostrador, algún parroquiano tomando algo en la barra, un par de tipos más en las mesas, leyendo el diario, y una tele al fondo pasando fútbol. Cuando se acercó el mozo le pedí un café con leche. Así, en castellano. No tenía idea de cómo se pedía eso en italiano, así que supuse que en criollo mal que mal me entenderían. El tipo me miró desconcertado. Cafe, preguntó. Sí, café con leche, insistí. El otro seguía mirando con cara de interrogación. Probé en inglés. Peor. Volví al castellano. Café con leche, repetí. Lecce, Calcio, preguntó el tipo. No, no, dije yo, ya impaciente, mientras sacaba mi libreta y le dibujaba una taza con café y algo más encima. Ahhh, caffè con latte, dijo el otro. Eso, café con late, dije yo aliviado. Pero además del brebaje necesitaba comer algo. Algo per mangiare, pregunté en un extraño cocoliche. Ahí nomás el tipo largó una lista de comestibles disponibles, y yo sólo atiné a repetir lo último que él había dicho, sin tener idea de lo que me traería. Resultó ser una especie de factura bastante sabrosa, que me devolvió el alma al cuerpo.

*  *  *

Un par de horas más tarde llamé nuevamente a Buenos Aires. Nycer ya había aparecido y me había dejado un mensaje con la dirección de su tío. No era lejos de donde yo estaba, así que fue sencillo llegar. Había aprendido a preguntar en italiano la ubicación de una calle y, si bien cuando me contestaban no les entendía prácticamente nada, la cantidad de señas que los tipos hacían con las manos me iba acercando a mi destino. Así, después de preguntar a tres o cuatro personas, logré llegar al departamento y me reencontré con Nycer. El tío, su mujer y su pequeña pipinna nos atendieron de maravillas, y nos brindaron el calor de hogar que andaba escaseando hacía dos meses. No es que en Trieste hubiera tanto para ver, pero tanta hospitalidad nos hizo quedarnos ahí cinco días, en lugar de los dos que habíamos planeado.

Visitamos la Cattedralle di San Giusto y el Castello di Miramare, un hermoso edificio del siglo XIX, ubicado sobre la costa del Golfo de Trieste. Recorrimos la Napoleonica, una calle de unos cuatro kilómetros, sobre una colina, que ofrece a lo largo de todo su trayecto una vista espectacular del Mar Adriático. Y nos internamos a más de cien metros de profundidad en la Grotta Gigante, una inmensa gruta con miles de estalactitas y estalagmitas que crecen gota a gota desde hace millones de años. Cuando salimos de ahí, disfrutamos de un maravilloso almuerzo familiar, de esos que veníamos extrañando.

*  *  *

Debe haber pocas ciudades tan mágicas como Venecia. Islotes en lugar de manzanas, canales en vez de calles, miles de pequeños barcos, ni un solo auto. Cuando uno camina por ahí, va cruzando puentes, pasándole por encima a los ríos urbanos, uniendo las piezas de este gigante rompecabezas flotante. Para ir un poco más lejos, hay que tomarse el vaporetto, una lancha colectiva que navega generalmente por el Gran Canal, el más importante y el que une todos los barrios de la ciudad.

Venecia parece de otro siglo. La mayoría de las construcciones mantiene sus viejas fachadas de estilo renacentista. Algunos pocos canales no tienen siquiera veredas: pueden navegarse pero no caminarse, y ahí sólo es posible acceder a las viviendas directamente desde las embarcaciones. En las horas de marea baja es necesario trepar hasta la puerta a través de una pequeña escalera. En algunos casos, puentes cerrados en las alturas -digamos, en un segundo o tercer piso- permiten pasar de un edificio a otro por sobre los canales, muchos de los cuales están atiborrados de sogas que hacen las veces de tendederos. Es habitual ver cuadras enteras con ropa colgada a diferentes alturas -sumando los colores de las telas a las ya coloridas viviendas- y señoras que se asoman a las ventanas, desde donde manejan las cuerdas con gran habilidad, mediante sistemas de poleas artesanales.

Alrededor de la Piazza de San Marco se encuentran muchos de los edificios históricos más emblemáticos de Venecia: la basílica de San Marcos, el Palacio Ducal, la Torre del Reloj y las Procuradurías. Sin embargo, muchísimos turistas parecen más interesados en las palomas de la plaza que en la arquitectura. Es cierto que, por alguna extraña razón, las palomas de San Marcos suelen entrar en confianza con la gente con suma facilidad, pero no por eso dejan de ser pájaros siniestros. Pero ahí van los turistas sesentones con sus cámaras, compran un poquito de maíz y estiran la mano hasta terminar rodeado de estos horribles colúmbidos que se les trepan impunemente, y en muchas ocasiones incluso los cagan. Allá ellos.

En la plaza también está el principal embarcadero de góndolas. Lo que antiguamente era un medio de transporte habitual entre los venecianos, hoy es un producto exclusivamente for export. No hay más de cien en toda la ciudad, y suelen ser bastante caros. Los gondolieri no sólo deben ser hábiles en el manejo de la embarcación, sino que además deben tener una voz privilegiada para entonar las canciones con las que amenizan los paseos románticos de las parejas de turistas.  O sole mío es la más pedida por los extranjeros y, por una cuestión de marketing, ellos deben cantarla, aunque eso no les cause mucha gracia. Es una canzonetta napolitana, no tiene nada que ver con Venecia, dicen.

*  *  *

A poco más de mil metros de Venecia se encuentra la isla de Murano. En rigor de verdad, se trata de un conjunto de siete islotes, separados por pequeños canales y unidos por puentes, pero la suma de las superficies de todos ellos no llega a un kilómetro cuadrado. Murano es famosa en el mundo entero por sus obras en cristal, y la gran mayoría de sus seis mil habitantes se dedica a fabricarlos o a venderlos. Como Giorgio, de 22 años, que heredó el oficio de su padre y de su abuelo. La familia tiene una pequeña fábrica, con unos cuantos hornos y un par de obreros, y una tienda al lado, sobre la calle San Donato. El chico es hijo único, y es el encargado de dirigir la producción, con -cada vez menos- supervisión de su padre, que atiende al público en la tienda, junto al abuelo. Giorgio tiene gran habilidad en el modelado del cristal: lo calienta, lo sopla, lo moldea, y lo convierte en una lámpara, en una copa o en un adorno. Es que por sus venas corre vidrio caliente, dice. Eso es, simplemente, soplar y hacer botellas.

*  *  *

Desde Murano se puede tomar un vaporetto que en media hora lo lleva a uno a la isla de Burano, ubicada a cinco kilómetros al noreste. Ésta es una isla más pequeña aún, y no tiene ningún atractivo turístico. Sin embargo, las fachadas de las viviendas, pintadas con todos los colores imaginables, son en sí mismas obras de arte. Prácticamente no hay nada blanco en Burano. Y a los colores de las paredes, puertas , y ventanas, se les suman los colores de las telas, sábanas y manteles que se venden en cada calle, y los colores de la ropa que, en cada casa y en cada vereda, pasa las tardes secándose al sol.

*  *  *

En nuestro camino hacia el sur, pasamos un día por Bolonia. Algunos la llaman la Ciudad Roja. Y entre esos algunos, unos dicen que es por la gran cantidad de tejados de ese color, y otros afirman que es por ser la ciudad más comunista de Italia. De hecho, en los últimos 50 años Bolonia estuvo gobernada por el comunismo (en realidad, desde 1991 están en el poder los socialdemócratas del PDS, herederos del PCI).

El casco histórico es bastante interesante. La Piazza Maggiore está rodeada por espectaculares edificios públicos construidos hace varios siglos, como la inmensa Basílica de San Petronio, el Palacio de los Notarios y el Palacio Comunal. En la plaza se concentran habitualmente cientos de personas, muchos de ellos estudiantes. Es que la histórica Università di Bologna, la más antigua del mundo, es la razón de que muchísimos jóvenes vivan en esta ciudad. Y esta gran cantidad de estudiantes, muchos de los cuales militan políticamente en sus facultades, es una de las principales causas de este medio siglo de comunismo.

Muy cerca de la plaza principal está Le Due Torri, el punto más famoso de Bolonia. Una de las torres, la Asinelli, tiene 98 metros de altura, y está algo torcida. La otra, la Garisenda, mide 48 metros, y está bastante más inclinada que la primera. Ahora, si se tiene en cuenta que fueron construidas en el siglo XII, la inclinación se les puede perdonar. Nosotros subimos los 500 escalones hasta la cima de la Asinelli, y desde ahí pudimos constatar lo rojo de los tejados boloñeses.

*  *  *

Era más de medianoche cuando llegamos a Florencia. Caminamos un par de kilómetros desde la estación de tren hasta el hostel en el que teníamos reserva. Pero la reserva no había sido respetada, y no había camas disponibles, ni otros alojamientos por la zona. Después de unos minutos de discutir infructuosamente con el conserje, nos aseguramos camas para el día siguiente y amagamos con retirarnos. Pero en cuanto el tipo abandonó la recepción por unos segundos, aprovechamos el descuido y nos escabullimos hacia la zona de habitaciones. Comenzamos a mirar por las rendijas de las puertas hasta que encontramos una habitación a oscuras. Escuchamos adentro algún que otro ronquido, y entonces ingresamos subrepticiamente. Tratando de ser sumamente silenciosos, tiramos algo de ropa en el suelo para amortiguar nuestros malogrados cuerpos, y ahí pasamos la noche, cual refugiados ilegales.

A la mañana siguiente madrugamos, hicimos valer nuestro derecho a desayuno, salimos del hostel sin que nos vieran en la recepción y volvimos a entrar para, esta vez sí, hacer uno de nuestra legítima reserva.

*  *  *

Florencia es prácticamente la cuna del Renacimiento. Acá se pueden encontrar maravillosas obras de arte y de arquitectura, muchas de las cuales fueron realizadas hace más de cinco siglos. El Ponte Vecchio es el más famoso de los puentes que cruzan el río Arno. Se supone que fue construido originalmente en madera, por los romanos, y tras ser destruido por una inundación en 1333, fue reconstruido en piedra unos años más tarde. No es simplemente un puente para cruzar de una orilla a la otra. En sus casi 90 metros se han instalado, desde sus épocas más antiguas, decenas de comercios. Antiguamente las carnicerías ocupaban casi todo el puente, pero desde el siglo XVI fueron reemplazadas por tiendas de más categoría, principalmente joyerías y puestos de artesanías. Y por encima de los comercios, se extiende el corredor Vasari, de punta a punta del puente. Estuvimos ahí al atardecer, y pudimos ver una maravillosa puesta de sol sobre el río.

*  *  *

En la Galleria dell’Accademia, uno de los tantos museos que hay en Florencia, está el David de Miguel Angel. Cuando logré acercarme a la escultura, estuve dándole vueltas y observando cada uno de sus detalles por más de media hora. Es realmente una de las obras más impactantes que vi. Cada rincón de este gigante de más de cinco metros parece tener vida. Tal vez sea esa la única diferencia que hay entre el original y la réplica, que junto a otras copias de estatuas descansa en la Piazza della Signoria.

*  *  *

El Duomo de Santa María del Fiore, ubicado en el casco histórico de la ciudad, es una maravilla arquitectónica. Su tamaño descomunal y su gigantesca cúpula impactan desde lejos, pero además cada centímetro cuadrado de sus suelos, paredes y cielorrasos, internos y externos, está cubierto de arte. Resulta increíble que hace 500 años estos tipos tuvieran los conocimientos como para levantar semejantes obras, mucho más complejas que la gran mayoría de las que se construyen hoy. En otro orden de cosas, habría que preguntarse de dónde sacaron el oro para erigir esta inmensa catedral, pero ese es otro tema.

*  *  *

Algo bueno de hospedarse en hostels, además del precio relativamente barato, es que ahí uno suele conocer mucha gente, y entre todos ellos algunos suelen ser gente interesante. Incluso a veces es posible que uno decida quedarse en el hostel en vez de salir, porque de repente surge algún programa más atractivo que visitar museos o catedrales.

Tal fue el caso una de las noches que pasamos en Florencia, en la que un grupo de músicos -un quinteto de vientos- que se alojaba en el hostel pidió permiso para ensayar en el comedor. Los tipos tocaban tan bien, que de a poco el resto de los huéspedes se fue acumulando alrededor, formando un pequeño auditorio. Los músicos se entusiasmaron e improvisaron algo de jazz durante casi dos horas, para terminar con una versión impecable de Pink Panther Theme, de Henry Mancini.

*  *  *

En una hora se puede viajar en tren desde Florencia hasta Pisa, así que nos hicimos una escapada de unas pocas horas hasta allí. En la bonita Piazza dei Miracoli está la catedral, y al lado su campanario, la Torre de Pisa. Parece ser que la famosa torre comenzó a inclinarse casi en el momento mismo de su construcción, allá por el siglo XII. Aparentemente, el suelo en esta ciudad es algo pantanoso, por lo que no es extraño que algunas construcciones pierdan de a poco su ángulo original. Desde hace unos seis años la torre está en refacciones, así que no es posible subir por su interior. En la base, sobre el lado contrario hacia el cual la torre se inclina, colocaron unos cuantos bloques de hormigón, como contrapeso.

No había mucho más para hacer en Pisa, así que armamos un picnic en la plaza y disfrutamos de un par de horas de tranquilidad, con la catedral y su torre de fondo. Tranquilidad que se terminó súbitamente al llegar un micro con un contingente de japoneses, que no sólo gritaban innecesariamente, presas de una excitación inexplicable, sino que además hacían fila a un par de metros de nosotros, con el objetivo de sacarse fotos “graciosas” junto a la torre. El guía italiano sostenía todas las cámaras, y los japoneses pasaban de a uno, levantaban una mano, como si estuvieran sosteniendo la torre, el guía hacía click, y pasaba el siguiente. Toda esta secuencia se repitió unas treinta veces. A los diez minutos, habiendo cumplido con el rito de la foto, los japoneses se retiraron.

*  *  *

Salimos de Florencia hacia el sur y, después de pasar un par de horas en Siena, seguimos viaje hasta Roma. Llegamos por la noche, dejamos las mochilas en el hostel, y cenamos en una vieja cantina que estaba ahí cerca. Spaghetti al pesto, vino de la casa y boxeo en la tele. Ahí, en la caja boba, Evander Holyfield le pegó a Mike Tyson hasta arrebatarle el título del mundo .

*  *  *

La Basílica de San Pedro, en el Vaticano, es una de las exposiciones de poder más obscenas que vi en mi vida. El problema no es la magnitud de la obra arquitectónica. Tampoco las obras de arte que adornan esta iglesia, la más grande del mundo. El tema es la descomunal cantidad de oro que hay en esta casa de dios donde se ora tanto por los pobres. Es bien sabido que la institución eclesiástica no hace votos de pobreza, pero en otros templos se disimula un poco más.

*  *  *

Cerca del hostel había una parada en la que todos los días teníamos que esperar al bus que iba para el centro. Esta parada tenía la particularidad de que estaba ubicada debajo de una arboleda en la que solían juntarse decenas, cientos, miles de palomas. En el hostel se la conocía como la fermata pieno di merda, y los vecinos del barrio pasaban por ahí con paraguas.

*  *  *

Roma tiene un encanto que no había percibido en otras ciudades europeas: los automovilistas manejan tan mal como en Buenos Aires, los peatones cruzan por cualquier lado menos por la senda peatonal, y abundan los insultos y los bocinazos. La gente habla a los gritos por la calle, tira basura en el piso, y hay tal clima de desorden que uno se siente como en casa.

*  *  *

En la Piazza di Spagna hay una enorme escalinata que sube hasta la iglesia de Trinità dei Monti. Es un lindo lugar para sentarse a mirar la gente ir y venir. Y en esas estaba yo, disfrutando de un mediodía de sol, en paz con el universo, hasta que decidí sacar un yogur, que haría las veces de almuerzo. Entonces se me acercó un carabinero para informarme de que no se podía comer en las escaleras y por ende yo debía guardar el yogur inmediatamente. A pesar de lo ridículo de la intimación, mi desconocimiento del idioma me impidió intentar cualquier discusión, así que ya estaba levantándome para bajar las escalinatas y comer el yogur en paz, cuando se acercó un tipo y le empezó a gritar al policía, que por qué yo no podía comer ahí, que no le hacía mal a nadie, que qué necesidad había de maltratar a los turistas. Y mientras el poliziotto le contestaba, también a los gritos, yo aproveché para ingerir casi todo mi yogur. Cuando el uniformado notó que yo había desacatado su orden, empezó a gritarme a mí también, y entonces se sumó otro tipo para increparlo, y en un par de minutos ya había ahí un griterío de dios y maría santísima, con decenas de personas mirando, y yo, en silencio, aprovechaba cada distracción del policía para darle una cucharada más al yogur, que se terminó antes que la discusión. Les agradecí el gesto a mis defensores y traté de calmarlos, visto y considerando que el objeto del delito ya había desaparecido. Al parecer, también en Europa la policía está para ocuparse de asuntos importantes.

*  *  *

En la Roma de fin de milenio todavía quedan en pie muchas de las construcciones de la Roma imperial. En los subsuelos del Coliseo rondan los fantasmas de los gladiadores que se mataban en la arena para diversión del público y del emperador. A pocos metros de ahí, en el Foro Romano, quedan miles de piedras llenas de historia, pedazos de templos, basílicas, arcos y columnas. Un poco más atrás, y a unos 40 metros de altura, se levanta el monte Palatino, la más importante de las siete colinas de Roma, donde supuestamente una loba crió a Rómulo y Remo. En las termas de Caracalla se conserva gran parte del complejo de baños termales en los que se relajaba el emperador Marco Aurelio. En la Piazza della Rotonda está el Panteón, un impresionante templo circular construido hace casi dos mil años y dedicado a todos los dioses romanos. A 23 kilómetros de la ciudad está la Villa Adriana, residencia de varios emperadores romanos a partir del siglo II. Ahí se conservan aún muchas de las construcciones de lujo que ayudaban a los habitantes de la villa a llevar una vida sin demasiados sobresaltos: en la superficie, palacios, piletas termales, teatros y jardines inmensos, para disfrute de los gobernantes del imperio y sus cortesanos; en los subsuelos, infinidad de túneles para que el personal de servicio y los animales no alterasen demasiado la vida imperial.

*  *  *

La Fontana di Trevi es la fuente más espectacular de Roma. Tiene unos 40 metros de frente y unas esculturas realmente impactantes. Una leyenda popular cuenta que si un viajero tira una moneda a la fuente, se asegura que algún día volverá a Roma. Yo no estaba en condiciones de desperdiciar ni una lira, pero la mayoría de los turistas hace su aporte monetario a la fuente, y cada noche los empleados municipales recogen miles de monedas cuyo destino es bastante incierto. Se comenta que con ese dinero se financian campañas contra la pobreza y otras actividades altruistas, pero no parece haber demasiado control sobre quién mete la mano en la fuente. Hay que admitir que pocas leyendas son tan rentables.

*  *  *

Nápoles no estaba entre los destinos elegidos de antemano pero, en vista de que tenía intenciones de ir hacia el sur para visitar la isla de Capri y luego cruzar a Grecia desde Brindisi, me resultó cómodo pasar una noche ahí. No hice más que caminar un par de horas por la rambla, viendo el mar Meditarráneo, y decenas de grafitis con agradecimientos al Diego. Diez años después de haber ganado el primer Scudetto con el Napoli, y a cinco años de su retiro del Calcio, sigue siendo más que un dios, el símbolo de la primera victoria del sur sobre el norte. Dicen por acá que Nápoles tiene tres cosas hermosas: el golfo, el Vesubio y Maradona.

*  *  *

La isla de Capri tiene apenas diez kilómetros cuadrados y doce mil habitantes. En el centro, una pequeña colina divide a los dos barrios, Capri al este y Anacapri al oeste. Desde ahí arriba, se puede ver miles de casitas blancas, de estilo mediterráneo. Y más allá, las maravillosas rocas Faraglioni sobre el mar Tirreno.

*  *  *

Ese mismo día llegué a Sorrento, una pequeña ciudad con enormes acantilados desde los cuales se puede disfrutar de una maravillosa vista del golfo de Nápoles y del Vesubio. Pasé la noche ahí, y a la mañana siguiente tomé el tren a Brindisi, desde donde partí en barco hacia Patras. Después de tres semanas, el periplo por Italia había llegado a su fin.

Advertisement

There are no comments on this post.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.