Grecia

El Partenón, en la Acrópolis de Atenas.

El Partenón, en la Acrópolis de Atenas.

El viaje en barco desde Brindisi duró 15 horas. Sólo pude ver el Mar Adriático durante un rato, porque a los pocos minutos de zarpar se nos vino la noche. El precio de un camarote resultaba inaccesible para mi magro bolsillo, así que viajé en unos asientos poco confortables, casi sin posibilidad de reclinarse. Dormir ahí sentado habría sido una hazaña, por lo cual, como muchos otros mochileros, desplegué algo de ropa en el suelo, como para improvisar un colchón, y pasé la noche tirado, en posición de linyera.

Cuando amaneció ya eran más de las 7. Guardé todo mi equipaje y subí a cubierta, a disfrutar un rato la vista. Básicamente, los pasajeros que estaban ahí se podían dividir en dos categorías: mochileros apestosos, y el resto. Y entre los del primer grupo, conocí a Marcelo y Noelia, dos uruguayos de luna de miel que, para mi alegría, iban equipados con el infaltable mate. Después de tres meses, por primera vez pude tener un desayuno bien rioplatense, en el medio del Mar Jónico.

Cerca de las 10 llegamos a Patras, pisamos tierras helénicas, y desde ahí tomé un bus a Atenas.

*  *  *

La capital griega no me pareció una linda ciudad. Tal vez me habría gustado más si la hubiera visitado al principio del viaje, pero después de tres meses de dar vueltas por Europa, y habiendo visitado tantas ciudades espectaculares, Atenas quedó algo desdibujada. No se puede negar que tiene unos cuantos sitios arqueológicos sumamente interesantes, pero no mucho más que eso.

La Acrópolis sí merece una visita. Está ubicada en la parte más alta de la ciudad, a unos 150 metros sobre el nivel del mar. Dicen que en casi todas las ciudades importantes de la Antigua Grecia había una acrópolis en alguna zona elevada. Se supone que las construían en las alturas por una cuestión estratégica de defensa, pero por sobre todas las cosas se erigían ahí los lugares de culto. Entre todos los templos, el Partenón, construido hace casi 2500 años en honor a la diosa Atenea, es el más emblemático. Pero también están el Erecteión, el Propileo y el templo Niké.

Hoy, desde las alturas de la Acrópolis se puede observar el resto de la ciudad, cubierta por una gran nube de smog.

*  *  *

La forma más sencilla que tenía para aprender a decir Gracias en cualquier idioma, era entrar a algún McDonald’s y leer el tacho de basura. Pero en el local de Atenas me encontré con un cartel que decía algo así como ευχαριστώ. Después me enteré que eso suena más o menos como efharistó, y hasta aprendí a leer algunos caracteres griegos. Aprendí a decir Buen día -kalimera-, Por favor -parakaló- y Pan -sumi-. Y entonces entré a una panadería, muy canchero, saludé en griego a la señora que atendía y le pedí que por favor me vendiera un pan. Y parece ser que nuestro acento es idéntico al de los griegos, de manera que la buena mujer supuso que yo entendía su idioma, y comenzó a hablarme fluidamente, mientras yo trataba, mediante señas, de hacerle comprender que no sabía más que las cuatro palabras que había pronunciado. La señora me miró muy raro, y yo me fui con el pan bajo el brazo.

*  *  *

A un par de cuadras del hostel había un mercado callejero en el que se podía conseguir cualquier cosa que uno quisiera para comer. En uno de los puestos compré el shawarma más rico que probé en mi vida. Comí tres, y hubiera seguido, pero ya se me dificultaba respirar. Los preparaba Saleem, un inmigrante turco que había llegado el año pasado y que no podía volver a su país porque, decía, había tenido un asunto con la mujer de su hermano, el cual le había prometido degollarlo si lo volvía a ver.

*  *  *

Cuando entré a la habitación que me habían asignado en el hostel, me encontré con un tipo adentro. Instintivamente uno tiende a saludar en inglés, y así estuvimos, charlando por unos minutos, hasta que a se me ocurrió preguntarle de dónde era. Argentina, me contestó. Y por qué carajo mejor no hablamos en castellano, le dije. Gustavo -así se llamaba el fulano- era pianista, había estado a punto de casarse y su novia lo había plantado en el altar un par de meses atrás. Entonces se compró un pasaje abierto por un año y decidió que viajaría por Europa hasta que se le pasara el bajón, o hasta que se le acabara la guita. Aparentemente, todavía no había sucedido ninguna de las dos cosas. La cuestión era que yo me seguía encontrando tipos que estaban en Grecia como consecuencia de problemas de polleras.

Al rato llegó a la habitación Ramón, un mexicano simpático al que también le había tocado dormir ahí. El tipo era actor, y aseguraba haber actuado -en papeles secundarios- en unas cuantas películas hollywoodenses. Siempre de ratero, narcotraficante o policía, para eso nos quieren a los latinos, decía.

El caso es que decidimos ir juntos a la isla de Mykonos. Llegamos ahí después de un viaje en ferry de cuatro horas, y nos encontramos con una isla casi desierta. En temporada baja el movimiento es poco, y el frío impide disfrutar demasiado las playas. El lugar es bonito, lleno de casas mediterráneas, unos enormes molinos de viento y un par de lindos bares para ver la puesta del sol sobre el mar Egeo. Definitivamente, es un lugar ideal para ir en pareja y en verano, pero bueno, nosotros éramos tres tipos en otoño. Así que pasamos las horas caminando por la isla, contándonos historias de viajes y tomando unas cervezas a orillas del mar. Pasamos una sola noche ahí, y al día siguiente regresamos a Atenas.

*  *  *

Sólo tenía un par de horas desde la llegada del ferry a Atenas hasta que saliera el avión rumbo a Tel Aviv, así que corrí al hostel a buscar el equipaje que había dejado, pasé rápidamente por el puesto de Saleem en el mercado, saboreé el último shawarma y me fui en taxi al aeropuerto.

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Una respuesta

  1. Cheto …que loco tu mundo !!!! te felicito por compartirloooo!!!!

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