La seguridad en el aeropuerto de Tel Aviv es comprensiblemente rigurosa. Uno debe llegar con paciencia porque, además de someterse a una minuciosa revisión del equipaje, debe estar listo para un extenso y amable interrogatorio. Una de las primeras preguntas, hecha en hebreo, es “¿Habla usted hebreo?”. Ante una respuesta afirmativa, la cosa se torna mucho más relajada, y ni hablar si uno es capaz de entonar en ese idioma alguna canción aprendida en la escuela primaria de la cole.
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Apenas llegué al centro de la ciudad, me dirigí a la oficina del Kibbutz Program Center. Mi intención era pasar un par de semanas haciendo trabajo voluntario en un kibutz y, en general, los voluntarios tienen la posibilidad de elegir entre varias opciones para ir. Sin embargo, el reglamento de estas organizaciones prevé voluntariados de dos meses o más, y yo no tenía más que veinte días para estar ahí, así que no tuve más opción que ir al kibutz Yahel, el único que me aceptó por poco tiempo.
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Un kibutz es una pequeña comunidad, ubicada generalmente en una zona rural, y con una organización basada en una democracia horizontal. La mayoría de los kibutzim -hay cerca de 270 repartidos por todo el país- basa su economía en la agricultura, aunque las actividades industriales fueron ganando mucho terreno en los últimos años.
Yahel está en el sur del país, en el medio del desierto del Negev, a sólo 2 kilómetros de la frontera con Jordania y a 65 de Eilat, la ciudad israelí más cercana. La parte urbanizada del kibutz tiene algo menos de 20 hectáreas, y además hay unas 30 hectáreas de plantaciones (dátiles, pomelos, melones, sandías, cebollas, morrones), alejadas poco más de un kilómetro hacia el este, a unos cientos de metros de las montañas que dividen Israel de Jordania.
En este momento viven en Yahel, como miembros estables, unos 70 adultos -la mitad israelíes, la mitad inmigrantes, muchos de ellos estadounidenses- y 80 niños. Además, hay decenas de voluntarios, que suelen permanecer en el kibutz entre dos y nueve meses. A cambio del trabajo, obtienen casa, comida y algo de dinero, que alcanza para vivir con dignidad pero sin lujos.
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Las casas en Yahel están construidas en planta baja. Son rectangulares y blancas, todas iguales, separadas entre sí por senderos de cemento y pequeños jardines áridos, en los que no crecen más que unos pocos arbustos regados por goteo. Me tocó compartir la vivienda con Fritz y Magnus, dos daneses simpáticos, y con Marös, un esloveno políglota y sumamente culto, que estaba pasando sus últimos días en el kibutz. Todos teníamos entre 20 y 23 años.
Apenas me vio, Marös me preguntó, en hebreo, si yo era judío. Le dije que sí, y me invitó a dar una vuelta por el kibutz. Mientras me iba mostrando los diferentes lugares, me contó que hacía dos meses que estaba ahí y que se había desilusionado un poco con la experiencia. No con el kibutz en sí mismo, sino con la mayoría de los voluntarios. Él había llegado con expectativas de conocer desde adentro la vida cotidiana del kibutz, de empaparse de la realidad israelí, y de compartir esa vivencia con gente que tuviera sus mismos intereses. Sin embargo, decía Marös, la gran mayoría de los voluntarios no era de origen judío, y no estaban ni un poco interesados en el kibutz, ni en Israel, ni en nada que no tuviera que ver con organizar fiestas, tratar de cojer todo lo que pudieran y salir de los límites del kibutz para poder fumar en el desierto sin que los vieran. Si bien los objetivos de Marös eran similares a los míos, los intereses de los otros voluntarios tampoco me parecían tan extraños. El caso es que el muchacho esloveno, que había venido con intención de quedarse medio año, estaba esperando que se cumplieran los dos meses mínimos -faltaban dos días- para poder irse sin perder su depósito.
Al principio pensé que Marös exageraba, pero cuando se fue comencé a extrañarlo. Ernest, un alemán algo insulso, ocupó su lugar en nuestra casa, y las conversaciones sobre política internacional, cine o comidas étnicas fueron reemplazadas por competencias para ver quién se masturbaba más veces por día, o quién se tiraba los pedos más sonoros. A todo esto se debe sumar que mi inglés no es excesivamente fluido, y que no había un solo hispanoparlante en todo el kibutz, por lo cual yo tenía que estar sumamente atento para no perderme gran parte de las conversaciones. La mayoría de los voluntarios eran ingleses o estadounidenses; había también algunos sudafricanos, y unos cuantos escandinavos y holandeses, que hablaban inglés casi como si fuera su idioma natal. Ernest y Caroline -otra alemana, grandota, sin gracia- hablaban inglés tan lento como yo, pero ninguno de los dos me resultaba interesante. En fin, que la cuestión social se me tornó un poco cuesta arriba.
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La primera semana me asignaron un trabajo en la plantación de dátiles. Todos los días, a las seis de la mañana -éste era el horario de invierno, en verano se comienza dos horas antes- me pasaban a buscar en una camioneta y me llevaban, junto a otro voluntario inglés, hacia el palmar que estaba a un kilómetro del kibutz. Ahí se nos unían tres obreros tailandeses. Uno de ellos manejaba un tractor con un acoplado; los otros dos se trepaban a las palmeras datileras y cortaban las hojas secas, cada una de las cuales medía tres o cuatro metros y pesaba varios kilos; Liam -el inglés- y yo juntábamos las hojas y las poníamos en el trailer del tractor. Cuando se acababa una palmera, los tipos se bajaban, pasaban a la siguiente, seguían cortando, el tractor avanzaba unos metros, y nosotros dos meta cargar hojas. Había miles de árboles, y cada uno llevaba unos diez minutos. A todo esto, Liam hablaba bastante poco, los tailandeses sólo hablaban tailandés, y en el desierto no había más que hacer que cargar hojas y mirar las palmeras. Así pasaban las horas, cada una más larga que la anterior.
A las nueve de la mañana nos venían a buscar para llevarnos a desayunar al kibutz. En el comedor comunitario, que compartíamos tanto los voluntarios como los miembros estables, cada uno se agarraba una bandeja, se servía lo que quería, cuantas veces quería, y a las nueve y media teníamos que estar nuevamente disponibles para volver al trabajo, que terminaba a las dos de la tarde.
A partir de ese momento comenzaba el tiempo libre. Lo más habitual era pasar las horas de la tarde jugando al tenis o al ping-pong, o yendo al gimnasio, o leyendo algo. Cada tanto, si el calor no era excesivo, salía del kibutz a caminar por el desierto: pocas veces uno tiene la posibilidad de disfrutar de tanto silencio. Alguna vez, salimos juntos todos los voluntarios para hacer un picnic, ahí entre las montañas. Por la noche, después de la cena, nos quedábamos viendo películas -de las cuales entendía la mitad, debido a mi pobre inglés; de todas formas intentaba reirme cuando los demás lo hacían- o jugando al poker con otros voluntarios, apostando los pocos shekalim que nos daban para los gastos diarios.
En la segunda semana me asignaron otro trabajo, en un criadero de pescados. Mi tarea consistía en agarrar los cadáveres de los pobres bichos, abrirlos con una cuchilla bien filosa y sacarles de su interior todas las porquerías no comestibles. Este laburo era casi tan divertido como juntar hojas de palmera, con menos esfuerzo físico y adentro del kibutz (lo cual me permitía cruzarme cada tanto con alguien que hablara más que tailandés), pero seguía siendo bastante solitario y, sobre todo, me dejaba un aroma en las manos que no aportaba demasiado a mis intentos de incrementar mi vida social.
Así que, al segundo día de abrir pescaditos, pedí un cambio, y logré que me derivaran al Packing House. Ese era el sector en el que había más voluntarios, lo cual permitía compartir las horas de trabajo con bastante gente y las hacía mucho más amenas. El Packing House es la planta empaquetadora de frutas, las cuales se clasifican por tamaño y calidad, para determinar cuáles son para consumo interno, cuáles para venta en el país y cuáles para exportación. Entonces algunos voluntarios nos parábamos al lado de las cintas transportadoras y empezaban a pasar los melones, que iban cayendo en diferentes sectores según su tamaño. Nosotros teníamos que meterlos en cajas, bien ordenaditos, cerrarlas cuando se llenaban y apilarlas en un palet. Cuando se completaba el palet, venía otro con un clark y las llevaba a otro sector, y así todo el día. El trabajo era muy dinámico, pero como el Packing House estaba lleno de gente, el clima era bastante relajado. Había música constantemente, y buena onda entre los voluntarios y los miembros del kibutz que también trabajaban ahí. El Packing House era, sin duda, la opción preferida para los voluntarios.
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Los sábados, único día libre, los pasé en Eilat. Me tomaba el micro en la ruta que pasaba por la puerta del kibutz y me bajaba una hora más tarde a un par de cuadras de la playa. Los balnearios no son ninguna maravilla, pero el Mar Rojo sí. La primera vez que fui, hice snorkelling cerca de unas inmensas barreras de corales. Nunca había visto tantos colores en la naturaleza. La fauna marina que había ahí, sumada a la transparencia del agua, generaban una sensación impresionante. La segunda vez, cambié el snorkel por el tubo de aire en la espalda, y buceé entre delfines. ¡Qué linda experiencia, y qué bichos tan amigables!
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En Yahel hay un pub. Casi todas las noches se podía estar ahí escuchando un poco de música y tomando algo. De vez en cuando, se utilizaba el lugar para algún festejo especial. Una de las noches hubo una Thai Party, una fiesta organizada por los trabajadores tailandeses del kibutz, en la que se ingirió una cantidad de alcohol suficiente para que varios thais y voluntarios terminasen con una mamúa de antología. El efecto en los primeros era simpático: se le acercaban a uno y comenzaban a balbucear en tailandés, sin importarles que su interlocutor no les contestara o lo hiciera en otro idioma incomprensible para ellos. En los voluntarios, las consecuencias eran más variadas: Kathy, una sudafricana que había parecido tímida hasta ese día, andaba repartiendo besos a cuanto muchacho se le cruzara; Roger, un holandés demasiado grandote, se enfureció al recordar que esa tarde le había faltado un pedazo de queso de su heladera, y comenzó una investigación exhaustiva para intentar encontrar al ladrón y molerlo a golpes. Ernest, el alemán con el que yo compartía la casa, se paró sobre una mesa e hizo un strip tease que daba vergüenza ajena, incluso a otros borrachos.
Al día siguiente, nuestro desempeño en el Packing House fue lamentable. Embocar un melón en la caja correcta resultó una tarea harto complicada.
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Después de casi tres semanas, me fui de Yahel sin pena ni gloria. No fue una experiencia tan enriquecedora como me había imaginado ni conocí gente tan interesante, y el hecho de pasar todo ese tiempo sin cruzarme con una sola persona que hablara castellano me dejó bastante agotado. Así que junté mis cosas, me despedí sin demasiado protocolo y tomé un micro hacia el norte, rumbo a Jerusalén.
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Sin duda, lo más interesante de Jerusalén es la Ciudad Vieja, así que busqué alojamiento ahí, que es donde pensaba pasar la mayor cantidad de tiempo. La Ciudad Vieja es un mundo aparte, de menos de un kilómetro cuadrado, en el que el tiempo parece haberse detenido hace varios siglos. Está dividido en cuatro barrios -el Musulmán, el Judío, el Cristiano y el Armenio-, y cada uno de ellos tiene lugares sagrados para sus respectivas religiones.
Varias cuadras del Barrio Musulmán están ocupadas por el shuk, un mercado callejero en el que se puede comprar desde frutas y especias, hasta ropa y joyas. Uno puede pasar horas recorriendo esas calles, y perderse entre miles de colores y aromas indescifrables. Sólo hay que tener algo de paciencia para resistir el acoso de los vendedores, y mucho tiempo para regatear cualquier mercadería que a uno le interese.
Entre el Barrio Musulmán y el Barrio Judío se encuentra el Monte del Templo, un sector de culto, tanto para unos como para otros. Entre los sitios sagrados musulmanes están allí el Domo de la Roca -cuya cúpula dorada se ve a varios kilómetros, y desde cuyo centro se supone que ascendió Mahoma hacia el cielo- y la Mezquita de Al-Aqsa, ubicada en el lugar donde el patriarca Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo (Ismail, según los musulmanes; Isaac, según los judíos). Ambos edificios fueron construidos en el siglo VII, después de la conquista de la ciudad por los musulmanes, y existe una fuerte polémica sobre el lugar, ya que en ese mismo espacio había estado el Templo de Jerusalén (destruido por los romanos, seis siglos antes de la llegada de los musulmanes), sitio sagrado para el pueblo de Israel.
Sin embargo, los judíos ortodoxos tienen prohibida la entrada a esa zona por el propio Rabinato de Israel, porque se supone que sólo el sumo sacerdote podía ingresar a un sector del destruido templo y, como no se sabe a ciencia exacta dónde está esa área vedada, mejor prevenir que profanar.
En el límite entre el Barrio Judío y el Monte del Templo se levanta el Muro de los Lamentos. Este es el lugar más sagrado para los judíos, y es la única pared que quedó en pie tras la destrucción del Templo en el año 70. Las piedras originales, que vienen aguantando hace más de dos mil años, son bastante más grandes que las que se agregaron en la parte superior, durante el siglo XIX. En muchas de las juntas, crecen yuyos y raíces que amenazan con aflojar en pocos años algunas de estas piedras milenarias, lo cual ya ha generado polémicas sobre si se puede o no sacar lo que dios puso ahí. El caso es que cada día miles de personas se acercan al Muro para rezar, o para dejar sus deseos y plegarias en papelitos doblados entre las piedras. En el lado izquierdo rezan los hombres, que además tienen acceso a los túneles que llevan a las partes cubiertas del Muro. Del lado derecho, el más pequeño, rezan las mujeres, que a los ojos de dios valen un poco menos.
En el Barrio Cristiano está la Vía Dolorosa, la calle por la que supuestamente anduvo Cristo cargando la cruz, camino a su crucifixión. Este trayecto termina en la Basílica del Santo Sepulcro, donde -siempre según los Evangelios- el susodicho fue crucificado y enterrado.
Y alrededor de tanta historia, hay una muralla de tres metros de espesor, sobre la que se puede hacer un recorrido de más de cuatro kilómetros, y desde ahí disfrutar de una maravillosa vista de toda la Ciudad Vieja. Del lado de afuera, hacia el este, se divisa el Monte de los Olivos.
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En Jerusalén existe también un lugar que alberga el recuerdo de la peor pesadilla del pueblo judío: Yad Vashem, el Museo de la Historia del Holocausto. En este lugar, donde se guardan miles de documentos del horror, la idea de seis-millones-de-judíos-asesinados deja lugar a infinitas historias de vida, a una inmensa colección de cosas y momentos y sentimientos de individuos que fueron hasta que no los dejaron ser más. Y cada una de esas historias truncadas sigue doliendo en el alma.
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La parte más moderna de Jerusalén es la occidental, y ahí también hay mucho para recorrer: la peatonal Ben Yehuda, la calle de mayor movimiento de día y de noche; el cementerio sobre el Monte Hertzel, que alberga las tumbas de Yitzhak Rabin, Golda Meir y Theodore Hertzel; el Molino de Montefiore, construido por el susodicho en el siglo XIX con la intención de generar empleo entre los inmigrantes judíos, y hoy convertido en museo; la plaza Safra (kikar Safra), rodeada de edificios históricos de la época del mandato británico, y actualmente escenario de muestras culturales; el Parque de la Independencia (Gan Haatzmaut), uno de los espacios verdes más grandes de la ciudad; y Bezalel, la Academia de Arte y Diseño de Jerusalén.
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Me desperté en Jerusalén a las 2 de la mañana, y media hora más tarde pasaron a buscarme en un combi para viajar hacia el sudeste. Alrededor de las 5 llegamos a Masada, y comencé a subir a pie por la rampa que lleva a las ruinas, sobre un peñón de 450 metros. Unos 40 minutos después estaba arriba, listo para la salida del sol.
Masada fue una fortaleza construida por Herodes, rey de Judea, hace poco más de dos mil años. Un siglo después, durante la rebelión hebrea contra los romanos, un grupo de judíos tomó la fortaleza y, junto a sus familias, resistió ahí por más de dos años. Ante la inminente e inevitable llegada del numeroso ejército de Tito, los ocupantes de Masada decidieron llevar a cabo un suicidio colectivo, antes de caer en manos de los invasores y ser convertidos en esclavos. En rigor de verdad, como el suicidio no estaba permitido por las leyes del judaísmo, cada hombre mató a su familia, luego se eligió un pequeño grupo de los que quedaban para que matase al resto, y por último un único hombre que mató a los de ese grupo y luego sí, incendió la fortaleza y se suicidó. Los romanos, que habían construido una inmensa rampa para escalar el peñón con sus armas y su ejército, sólo encontraron fuego y cadáveres al traspasar las murallas, y a un par de mujeres que se habían escondido y que contaron todo lo sucedido.
Como en esa época, todavía hoy se puede ver un hermoso amanecer desde ahí arriba. El sol se eleva por detrás de las montañas jordanas, se refleja sobre el agua turquesa del Mar Muerto, y de a poco va iluminando todo el desierto de Judea.
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El Mar Muerto es el más bajo del mundo. Aunque suene extraño, está a 400 metros por debajo del nivel del mar. También es el más salado: tiene tanta sal, que nada puede vivir ahí. Ni peces ni algas ni ningún otro ser subacuático. Y cuando uno se baña ahí, arden mucho las heridas, o cualquier raspón o picadura o cara recién afeitada, o cualquier parte irritada de la piel que uno ni había notado. Y se puede flotar sin esfuerzo, casi como si se estuviera en una gelatina. Y entonces, cuando uno entra al agua y se relaja, llega algún grupo de turistas gritando de excitación para sacarse fotos leyendo el diario en el agua, cual si estuvieran en una reposera.
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A un kilómetro del Mar Muerto, hacia el oeste, y a unos 20 kilómetros de su extremo sur, está el oasis de Ein Gedi, una de las pocas reservas de agua dulce en el desierto de Judea, y fuente de vida animal y vegetal. Y desde ahí, el inmenso esfuerzo humano ha logrado expandir la vida en varios kilómetros a la redonda. En el medio del desierto, se ha plantado un hermoso jardín botánico, con miles de especies, e incluso varias decenas de inmensos baobabs.
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Nunca había cenado en un lugar tan mágico como la carpa beduina en la que estuve esa noche. Un punto en el desierto, iluminado por unas pocas velas, bajo un cielo estrellado pero sin luna. Adentro, alfombras tiradas sobre la tierra arenosa, gente comiendo pitas con hummus y puré de berenjenas, gente tomando té de hierbas, gente fumando narguile con tabaco frutal, gente jugando a los dados o al backgammon, gente lejos de la gente, gente queriendo quedarse ahí para siempre.
