Cuba

La Habana. Plaza de la Revolución.

La Habana. Plaza de la Revolución.

No tuve la mejor bienvenida en el aeropuerto de La Habana. Aparentemente, algo en mi aspecto me ubicó en la lista de sospechosos contrarrevolucionarios, por lo que fui abordado por dos grandotes que muy amablemente me invitaron a pasar a su oficina para un control algo más íntimo. Revisaron cada rincón de mi mochila, cada uno de mis bolsillos, documentos, tarjetas, papelitos varios. Y después las preguntas. Que para qué venía a Cuba, que si conocía a alguien acá, que de qué trabajaba, que de dónde saqué el dinero para el pasaje, que a qué se dedicaban mis padres. Cuestión que después de un rato logré convencerlos de que no tenía nada que ver con los gusanos de Miami, así que me volvieron a armar la mochila y me despidieron. Que disfrute su estadía en Cuba, me dijeron.

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El acoso de los taxistas en el aeropuerto es difícil de tolerar, pero de alguna forma aleatoria uno termina eligiendo uno. Los taxis suelen ser coches rusos de los ’80, y en realidad casi ninguno es realmente taxi, sino autos particulares que llevan pasajeros de forma ilegal.

Toda la verborragia desplegada por el taxista para convencerme de subir se diluyó una vez logrado su objetivo. Ahí empecé yo con las preguntas. Que cómo se vivía en Cuba, que qué opinaba de Fidel, que cómo se sentía la gente allá con el socialismo. Y el tipo contestando con pocas palabras, como desconfiado. No nos podemos quejar, decía. Tenemos salud, tenemos educación para todos, tenemos trabajo. Con el correr de los minutos la charla se hizo un poco más distendida. Le pregunté si la mayoría opinaba como él. Sí, acá todos opinamos lo mismo, me dijo, el tema es lo que pensamos por dentro.

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Había gestionado mi alojamiento en una casa de familia, una de las tantas que hay en La Habana para hospedar extranjeros. Salió a recibirme Linda, la dueña de casa. Apenas me bajé del taxi, corrió a abrazarme como si me conociera de toda la vida, casi como si fuera una tía. Y al oído me susurró, entremos rápido. Es que con las casas sucede algo muy parecido a lo que pasa con los taxis. Muchas son ilegales. Es decir, no pagan impuestos, y recaudan con el turismo una cantidad de dólares que sería imposible conseguir en cualquier otra actividad. Si alguien me vio entrar, mejor pasar por un pariente.

Linda es una mujer extremadamente simpática y extrovertida. Es negra, tiene unos 40 años y un aspecto típicamente caribeño. No se puede decir que haga honor a su nombre, pero tal vez hace unos años sí haya sido bonita.

La casa es vieja, sin dudas más vieja que la Revolución, pero es bastante cómoda. Tiene tres dormitorios amplios, de los cuales uno es para Linda y su marido Fran (ella pronuncia “Flan”), y los otros dos son para huéspedes. El que me tocó a mí tiene bastante espacio, y alberga una biblioteca enorme. Muchísimos autores cubanos, latinoamericanos en general, muchos libros de historia, y muchos libros de diseño gráfico. Es que el padre de Linda, que vivió ahí toda su vida, era diseñador, de los primeros de Cuba. Muchos de los logotipos más famosos de la isla, incluyendo el de la heladería Coppelia, son producto de su inspiración.

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Cuando empezó a anochecer, decidí hacer mi primera caminata habanera, sin mapa, sin destino fijo. La idea era simplemente llegar hasta el Malecón y dejarme llevar. Y así anduve, sin rumbo, hasta que se me cruza un negro grandote, y me empieza a hablar sin parar. Que cuánto hace que tú estás por aquí, que si quieres yo te llevo a recorrer la ciudad, que aquí en Cuba no hay rollo, que somos todos buena gente. Ya me habían advertido sobre el acoso en La Habana, pero también me habían dicho que ahí no hay problemas de seguridad, que uno en Buenos Aires está con la sensibilidad a flor de piel y que al llegar a Cuba debe cambiar el paradigma y bajar la guardia, que a lo sumo te piden algún dólar de buenas maneras. Así que me dejé llevar por el hombre, que me hablaba de su vida mientras me iba mostrando el Museo de la Revolución, la Biblioteca Nacional, el monumento a no sé qué prócer cubano, el bar donde se hacen los mejores mojitos del barrio. Y así seguimos caminando y charlando durante un par de horas, y el tipo de repente me dice, Ven, entremos a esta casa, vamos a visitar a unos amigos muy chévere. Y entonces entramos. La casa se caía a pedazos. Sus amigos eran dos negros más grandotes que él, con el aspecto típico de pandilleros del Bronx de película yanqui barata. Me invitaron a sentarme y al instante encendieron un porro. Cuando me llegó a mí, intenté pitar sin mucho ahínco, cosa de no ser descortés pero con la precaución de no aspirar demasiado, que uno nunca sabe qué tienen esas hierbas. La charla con los tipos no era demasiado profunda. Que cuándo llegaste, que qué esperas para trincarte una zorra cubana, que si quieres te conseguimos una, o al menos te podemos vender marihuana a buen precio. Cuestión que comencé a inquietarme un poco, y a los pocos minutos insinué que me tenía que ir, que había dejado la leche al fuego o alguna excusa de esas, buscando el difícil equilibrio entre la diplomacia y la prudencia. Sí, ya nos vamos, decía el que me había llevado, sin hacer el menor ademán de moverse. A todo esto, el otro ya me estaba ofreciendo cocaína, “de la buena”. Ante mi amable negativa, el tipo dijo, Pues entonces me la fumo yo. No habló de aspirar, sino de fumar. La metió en una lata de cerveza agujereada que hacía las veces de pipa, la mezcló con un poco de agua, la calentó con un encendedor y empezó a aspirar de la lata. Acto seguido, la lata pasó a manos de los otros dos negros, que se dieron un pase de lo lindo, tras lo cual comenzaron a hablar entre ellos en una especie de slang incomprensible, ignorando por completo mi presencia. Para ese entonces, yo estaba claramente arrepentido de haber entablado una conversación con aquel sujeto, que parecía cada vez menos dispuesto a irse de esa pocilga. Con cierta cautela, y tratando de encontrar el tono de voz adecuado, me paré, les dije Muchachos, gracias por todo, un placer haberlos conocido pero debo retirarme. Enfilé hacia la puerta rogando que estuviera sin llave y que no hubiera más obstáculos para desligarme de aquellas malas compañías. Los dueños de casa no se inmutaron, pero mi “amigo” se levantó de un salto y dijo, Espera, voy contigo.

De nuevo en la calle, me sentí un poco más tranquilo. Agradecí a todos los dioses el haber salido de aquel cuchitril, pero todavía me faltaba deshacerme de mi acompañante, tarea que no resultaba sencilla ya que estábamos caminando por una zona de La Habana Vieja completamente desconocida para mí, y el susodicho venía puesto con un par de estupefacientes. Le sugerí que ya era hora de volver a mi barrio. De acuerdo, vamos volviendo, vamos por aquí, me dijo. No habíamos caminado dos cuadras cuando apareció otro amigo de este buen hombre, con el mismo aspecto de los otros. Mi acompañante me presentó, Un amigo argentino, dijo, y el otro tipo, de pocas palabras, se nos unió en la caminata.

Creo que sólo pasaron unos pocos segundos hasta que me di cuenta de que la calle estaba demasiado oscura y de que los hechos no estaban teniendo lugar exactamente según mi voluntad. De repente, pasamos por un pasillo, una especie de zaguán antiguo, más oscuro aun que la calle. Antes de que yo tuviera tiempo de pensar en lo que fuera, mi amigo me arrinconó contra la pared y cambió el tono amistoso por otro un tanto más hostil. Tú te has buscado esto, me dijo, Eres un irrespetuoso y te voy a decir lo que hacemos con tipos como tú, porque te has trincado a mi hermana y esto no va a quedar así, pues yo tengo una pistola y mi amigo tiene un cuchillo, y tú no puedes ir por ahí faltando el respeto a la gente… Y mientras el tipo daba su discurso, yo veía pasar mi vida en un segundo y trataba de evaluar si me convenía quedarme piola o intentar una huída. De todas formas, no tuve tiempo para tomar ninguna decisión: el fulano me arrancó la riñonera y ambos tipos desaparecieron en un instante. Yo me quedé temblando en ese pasillo negro de La Habana Vieja.

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Poco antes de encontrarme con mi benefactor, había cambiado veinte dólares por un fajo bien gordo de billetes cubanos. Eso, más mi tarjeta de crédito y algunos papeles de poca importancia es lo que se llevaron. Milagrosamente, por el apuro, o tal vez a causa de las drogas ingeridas, los tipos no notaron que yo llevaba además una mochila en la espalda, conteniendo mis pasajes, mi pasaporte y otros petates. Tampoco hurgaron en mis zonas internas, por lo cual pude salvar los mil dólares en efectivo que debían durarme todo el viaje. Conclusión, más allá del susto mayúsculo, la saqué regalada.

Empecé a caminar por esas calles desconocidas, tratando de orientarme un poco, preguntando y, básicamente, tratando de no cruzarme nuevamente con personas poco gratas. No tenía un peso para tomarme un taxi, ni cualquier otro tipo de transporte público, y claramente no era una buena idea intentar pagar algo de eso con un billete de cien dólares, equivalente allá a cuatro o cinco sueldos. Finalmente, logré llegar al Malecón, donde recuperé el norte. Tras una hora y media de caminata, volví al calor del hogar de Linda.

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A partir de mi primera experiencia con un jinetero, comencé a entender algo de la idiosincrasia de esta gente. Aparentemente, la mayoría de los individuos de esta especie no llega al nivel de violencia que me tocó en suerte, pero todo viajero que pase por Cuba debe saber que se cruzará cada día con varios de ellos, cuyo objetivo principal es embaucar turistas, tarea que realizan con gran habilidad. Estos sujetos suelen ser sumamente verborrágicos, y conocen variadas estrategias para comenzar una conversación con cualquier extranjero que se les cruce por el camino: puede ser un Hola amigo, o Me das fuego, o De dónde tú eres, o simplemente gritar nombres de países en forma aleatoria hasta que alguno de ellos coincida con el país de origen del viajero, el cual efectuará en ese momento una leve sonrisa o cualquier otro gesto inconsciente y apenas perceptible, que dará lugar a continuar la charla.

Obviamente, el fin último de la relación que pretende entablar un jinetero con un extranjero es algún favor económico. Salvo en desgraciadas excepciones, la palabra es el único medio de persuasión que utilizan. Puede ser un cuento del tío, un pedido de propina por alguna información mínima que hayan ofrecido, o una mera inversión de tiempo en una larga conversación de la que el viajero sólo podrá escabullirse entregando algún dólar.

Y así como están los jineteros, también existen las jineteras, que tienen objetivos similares, aunque con mayor poder de convicción, especialmente sobre los turistas masculinos. Y, paradójicamente, cuantos menos escrúpulos tengan ellos, más fácil les resultará la tarea a ellas.

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El segundo dormitorio de la casa de Linda fue ocupado por tres argentinas: Valeria, Julia y Melina. El día siguiente a mi llegada salimos los cinco a recorrer el barrio y por la tarde, una vez que Linda hubo vuelto a su casa, fuimos a conocer la Universidad. No conversamos con catedráticos ilustrados ni con estudiantes, pero sí nos cruzamos con el portero de una de las facultades, con el que nos enfrascamos en un debate político-filosófico durante el cual el hombre nos confesó que había aceptado ese trabajo nocturno porque eso le permitía hablar con los muertos, que bajaban en caballos alados durante la noche, en busca de algún conocimiento académico.

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Un profesional cubano de gran reputación, digamos un reconocido cirujano, puede tener un sueldo de alrededor de veinte dólares mensuales. Si ese mismo cirujano se convierte en maletero de un hotel de lujo, probablemente tendrá un salario más bajo, pero recibirá un dólar de propina por cada valija que cargue.

Los cubanos no pagan por la atención médica, ni por los medicamentos. Tampoco pagan la educación ni los útiles escolares. El Estado asegura vivienda, subsidia los servicios básicos y provee comida para todos sus habitantes. Pero la comida provista no alcanza para todo el mes y cada vez se come menos variado. Cuando se acaba lo que entrega el gobierno, los cubanos pueden comprar más alimentos por unos pocos centavos de dólar: verduras, arroz, frijoles, café y un par de cosas más que alimentan el estómago pero no el espíritu. Si un cubano quiere algo más sofisticado, como por ejemplo un paquete de Chocolinas o una Coca Cola, puede comprarlo en alguna tienda de importados, a precios internacionales.

Cuando existía la Unión Soviética, la gran potencia comunista era el principal aliado comercial de Cuba. Se canjeaba una bolsa de azúcar por un barril de petróleo, o una bolsa de café por un repuesto automotor. Y, por supuesto, había más variedad de todo, y hasta era posible darse algunos lujos. Los dólares casi no eran necesarios, porque el papá ruso daba todo por canje. Entonces estaba prohibido tener dólares en Cuba, y sólo muy de vez en cuando se abría el Período Especial, que duraba unos pocos días, en los que se permitía comprar dólares bajo determinadas condiciones que imponía el Estado.

Pero desde que cayó el muro y se acabaron los productos soviéticos, los dólares se hicieron imprescindibles para comerciar con otros países, y entonces se abrió un Período Especial que nunca se volvió a cerrar, y en poco tiempo se generaron dos economías paralelas que conviven de manera surrealista.

Uno se pregunta cómo podría un tipo que gana quince o veinte dólares al mes, gastarse un dólar en una lata de gaseosa. La respuesta es que ninguna familia vive de los sueldos. Quien más quien menos, todos se las ingenian para meterse en alguna actividad que tenga que ver con el turismo receptivo, manejando dinero negro para evitar pagar los altos impuestos que el gobierno cobra a esta industria. El que no alquila habitaciones para turistas, maneja un taxi ilegal, vende artesanías en el mercado negro o carga maletas en los hoteles. El que no logra hacer nada de esto, se dedica a acosar turistas esquivando a la policía, y recibe de los extranjeros algún dólar a cambio de irse. Las jineteras alquilan ilusiones de amores pasajeros por unos pocos dólares, o por algún regalo, o por una noche de hotel con desayuno continental. Pero ni así pueden entrar fácilmente a los hoteles: deben registrarse, y si lo hacen más de una vez ya entran en la lista de sospechosas. Sin embargo, esto de andar vendiendo amores efímeros no es exclusividad de las mujeres. En algunos bares es común encontrar jóvenes cubanos cumpliendo el rol de hombres de compañía de señoras europeas adineradas y solas.

Y si no hay manera de conseguir dólares de algún extranjero, más vale tener algún familiar viviendo afuera que envíe unos billetes cada tanto.

Así y todo, los habitantes de esta isla no rezan al Dios Dinero tanto como en el mundo capitalista. Muchos de ellos viven felices ejerciendo su vocación, cobrando y pagando en pesos cubanos, y valorando más que el oro todo lo que tienen.

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Coppelia es una heladería mítica de La Habana. La gente hace allí largas colas para comprar un helado. En ocasiones hay que esperar más de media hora para que a uno lo atiendan y, quizás por eso, cuando uno recibe su cucurucho con sus dos bochitas, la decepción es enorme. Estos helados, no solo no son demasiado ricos, sino que ofrecen una variedad de sabores realmente triste. En la pizarra figuran tres –fresa, chocolate y crema–, pero rara vez hay más de dos. Dicen que en los ochenta había muchos más, pero desde que desapareció la Unión Soviética, la escasez se nota en todas partes.

Así y todo, nuestra cola no fue tan larga. Diría que estuvimos ahí menos de cinco minutos. Y eso es simplemente porque no somos cubanos. Como en tantos otros lugares, los servicios para extranjeros son mejores, y muchísimo más caros. Un cubano con dólares podría acceder a ellos, pero la diferencia en dinero es tan grande que nunca les conviene. En cambio, los servicios para cubanos, muchísimo más baratos, están siempre plagados de gente, y en muchos casos vedados a los extranjeros.

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El universo gastronómico es bastante reducido en La Habana. En los paladares, –una  especie de restaurante para turistas, muchas veces montado en un salón de una vivienda familiar– se puede elegir entre una variedad reducida de platos medianamente elaborados. Allí se puede comer por algo menos de diez dólares y salir bastante satisfecho. Desde luego, estos precios son prohibitivos para la gran mayoría de los cubanos.

La opción económica, al alcance de los locales y de los mochileros con presupuesto miserable, es la comida de los puestos callejeros. Las comidas más populares son las pizzetas, de calidad mediocre pero tamaño suficiente para quitar el hambre, que se consiguen por diez o quince centavos de dólar. Dentro del rango económico, lo más elaborado que se puede probar es la cajita que, como su nombre lo indica, es una cajita de cartón con de-todo-un-poco en su interior. Por lo general, bastante arroz y frijoles, un par de verduras aleatorias, alguna salsa indescifrable y, en los mejores días, unos pocos trozos de carne de cerdo bastante grasosa. Un dólar alcanza para darse este gustito.

Y como los paladares escapaban a las posibilidades de nuestro bolsillo, pasábamos los días recorriendo puestitos callejeros, jugándonos el estómago en cada comida.

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En cambio, las comidas que preparábamos en la casa, si bien eran poco variadas, tenían el delicioso sabor de lo casero. Y el café que nos preparaba Linda cada noche, una maravilla. El único inconveniente es que lo servía en unos vasitos minúsculos, y había que tomarse cuatro o cinco para no quedarse con las ganas.

Si se compra café en la calle, el sabor es bastante agradable y el tamaño es igual de diminuto. Pero, a un centavo de dólar por vaso, uno puede darse el lujo de pedir todos los que quiera.

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El Museo de la Revolución está en un antiguo edificio de impecable estilo. En sus innumerables salas se puede recorrer toda la historia de Cuba, especialmente lo ocurrido a partir de 1959. Y es imposible no impactarse ante tantas fotos, objetos y documentos tan significativos.

Álvaro, nuestro guía, nos iba contando historias sobre el Granma, sobre el ataque al Moncada, sobre los primeros encuentros entre Fidel y el Che. Y afirmaba que la revolución abrió las puertas a la democracia cubana. Pero en una democracia debería haber varios partidos políticos, dije yo. Para qué queremos más partidos, si aquí todos pensamos igual, contestó él.

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Las calles de La Habana parecen detenidas en el tiempo. Los autos tienen más años que la Revolución, o son modelos rusos de los años ochenta. El paisaje urbano es bastante distinto al que uno podría ver en cualquier ciudad capitalista. Aparentemente no existen las marcas, ni en la ropa, ni en los calzados, ni en los pocos productos que se venden en los pocos comercios que hay. Prácticamente no hay carteles en la calle, y los pocos que hay no anuncian cocacolas ni emes amarillas. Solo hay carteles de Aquí no queremos amos, o de La patria ante todo, o de Hasta la victoria siempre, o de Socialismo o muerte. Podría decirse que no hay vestigios de consumismo, y así anda la gente, casi feliz por la vida, sin tener que correr detrás del american way of life que siempre corre más rápido que uno.

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Además de los carteles que recuerdan eternamente las bondades del socialismo, hay muchos otros que dicen Devuelvan a Elián a su patria. Elián es un niño de apenas seis años que, sin enterarse de nada, es protagonista de un conflicto diplomático entre Cuba y Estados Unidos, nada menos. Resulta que la madre del muchachito decidió que se iban a vivir a Miami, así que, sin decir agua va ni pedir permiso a su ex marido –a la sazón padre del niño– lo subió a una balsa y, junto a unos cuantos balseros más, enfilaron hacia el norte. Pero hete aquí que, por esas cuestiones del destino, algunos del grupo no llegaron a buen puerto y se convirtieron en almuerzo de tiburones. Esta señora entre ellos. Elián sí llegó a Miami, medio huérfano y deshidratado, y fue recibido por la familia de la madre, que decidió adoptarlo contra la voluntad de su padre, que desde Cuba reclama que le devuelvan al pequeño. Y ahí andan los cubanos anticastristas, con Celia Cruz y Gloria Estefan a la cabeza, haciendo manifestaciones en torno a la casa en la que está alojado Elián, diciendo que el niño aquí se queda y que no lo devolvemos nada a esa isla llena de comunistas. Y entonces lo llevan a Disney y le regalan espejitos de colores, a ver si logran de una buena vez que el mocoso se olvide de su padre y de su tierra, pero ni su padre ni su tierra se olvidan de él, y entonces miles de personas se movilizan, piden simplemente que devuelvan a Elián a su familia, porque al pan pan y al vino vino, y, justo es decirlo, este pequeño cubano está secuestrado en Miami y la cosa se torna un asunto de Estado. Y entonces el edificio de Intereses de Estados Unidos (que viene a ser algo así como la embajada norteamericana en Cuba), frente al Malecón, se llena de niños con sus remeras de Elián, levantando velas y pancartas y manos para que de una vez por todas se haga justicia.

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Aquí a las manifestaciones masivas o marchas las llaman “tribunas abiertas”, y son bastante frecuentes. Sea cual fuera la causa de la concentración, hay consignas que nunca faltan: cuando el orador de turno grita Viva la Revolución, o Viva Cuba Libre, o Viva Fidel, la gente responde al unísono, Viva; cuando desde el escenario se escucha Socialismo, la multitud responde O muerte. Si la consigna es Patria o muerte, la respuesta es Venceremos.

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En un intento frustrado de tomar una guagua viví por primera vez la experiencia de hacer cola para un transporte público en Cuba. Cualquier individuo que viva fuera de esta isla tiene bien claro que cuando hay muchas personas en la espera de un mismo suceso, éstas se organizan en una fila, con el objetivo de generar un orden civilizado y respetuoso ante la ocurrencia de tal evento. Y las colas, obviamente, tienen una forma fina y alargada que se da como consecuencia del posicionamiento de cada individuo detrás del anterior, mirando todos hacia el mismo lado, y a una distancia no demasiado amplia. Así, cualquier nuevo integrante de la fila puede darse cuenta instantáneamente del orden de la misma.

Sin embargo, aquí la metodología es diferente: cuando varias personas están a la espera de un evento, simplemente se ubican en una posición aleatoria, sin un orden visible; cada nuevo individuo que se suma al grupo, debe introducirse al grito de ¡Ultimo!, de manera que la persona que hubiese llegado anteriormente se dé por aludida, y así se lo comunique al recién llegado. Una vez que estos dos personajes se identifican, el recién llegado debe preguntar, Detrás de quién. Esto tiene como objetivo no perder el orden, en el eventual caso de que, cansado de una larga espera (cosa bastante frecuente), el individuo ubicado antes que él se diese por vencido y abandonara la cola. Si esto sucediera, la persona que sigue a quien se fue sabrá quién es su nuevo predecesor, al que deberá preguntarle a su vez, Detrás de quién tú estás. Esta operación deberá repetirse cada vez que alguien se retira.

Cabe aclarar que no necesariamente todas las personas estarán ubicadas cerca del lugar donde ocurrirá el evento por todos ansiado. Por ejemplo, una parada puede estar vacía, sin que esto signifique que no hay nadie a la espera de la guagua. De hecho, puede haber varias personas esperando en una sombrita de la vereda de enfrente, o en un banco de plaza a veinte metros de la parada. Es decir, aun si uno no encuentra persona alguna esperando en el lugar que parecería más apropiado, debe gritar a viva voz, Ultimo, y prestar atención en varios metros a la redonda por si alguien responde.

Le pregunté a Linda por qué tenían esa forma tan particular de esperar la guagua. Y de qué otra forma podríamos esperarla, preguntó ella.

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Cerca de La Habana, a una media hora de taxi, está Playas del Este. De todos los balnearios, elegimos Santa María del Mar, por recomendación del taxista. El lugar está lejos de áreas urbanas y es realmente bonito. La zona es mucho menos turística que Varadero o Cayo Largo, por lo que había unos cuantos extranjeros, pero también muchos cubanos. Y sobre todo cubanas, a la caza de los primeros.

Al no haber demasiada infraestructura, más allá de alguna que otra sombrilla de paja, tampoco había dónde comprar comida. Gracias al cielo habíamos llevado unas cuantas mandarinas, que fueron nuestro único alimento durante todo el día. Lo que no llevamos fue protector solar, por lo que terminamos el día algo enrojecidos.

Al atardecer volvimos a La Habana. Valeria, Julia y Melina juntaron sus cosas, se despidieron y salieron rumbo a Santiago. Yo decidí quedarme un par de días más, y esa misma noche llegó Andrea, otra argentina, amiga de un amigo, a ocupar la habitación que habían dejado las chicas.

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Por alguna extraña razón, Andrea logró convencerme de que la acompañase por la mañana a correr al Malecón. No sé qué necesidad había. Terminé en un estado deplorable, así que tuvimos que meternos en un bodegón a recuperar energías. Por siete centavos de dólar desayunamos un refresco de guayaba con budín de pan.

De ahí salimos a caminar por La Habana Vieja, y en ese recorrido aleatorio por calles sin nombre encontramos el coche Mambí, un lujoso vagón de principios del siglo pasado, usado en esa época por altos ejecutivos en viajes de negocios o por políticos en campaña. En el interior del coche estaba Kamilo, quien nos contó toda la historia del vagón y nos regaló un libro fundamental: La historia me absolverá, de Fidel Castro. Kamilo habla de Fidel, y su mirada se torna vidriosa. Este hombre es lo mejor que le pudo pasar a Cuba, dice, él nos devolvió la dignidad como pueblo.

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Fuimos al cine a ver Operación Fangio, una coproducción argentino-cubana que cuenta cómo el campeón de automovilismo fue secuestrado en Cuba, en 1958, por miembros del movimiento revolucionario 26 de julio. Más allá de la película en sí misma, que no es gran cosa, lo realmente interesante es la dinámica de una función de cine en Cuba.

Existe la particularidad de que no hay tiempo de intervalo entre una función y la siguiente: inmediatamente después de mostrar los créditos, comienza a proyectarse la película nuevamente. Así, si uno entra a la sala tres minutos después del comienzo, probablemente se pierda una parte fundamental de la película. Por otro lado, si uno desea evitar esto y entra dos minutos antes del comienzo, indefectiblemente debe ver el final de la función anterior. Hete aquí que todos tienen el mismo deseo de puntualidad, con lo cual es harto difícil ingresar en el minuto exacto; más bien podría decirse que, debido a la inmensidad de la sala y a la gran cantidad de público, desde diez minutos antes del comienzo del film hasta diez minutos después del mismo, se produce una incesante peregrinación de gente que al mismo tiempo entra y sale, en completo desorden y charlando en voz alta como si estuvieran en la calle. Esto genera tal desconcentración, que resulta prácticamente imposible entender el principio y el final de la película. Debido a las dificultades mencionadas, no todos los espectadores comienzan ni terminan de ver la película al mismo tiempo: muchos logran entrar varios minutos después del comienzo, y luego se quedan en la función siguiente hasta ver la parte que les faltaba.

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Llegó Diego, un amigo de Andrea, y se alojó por una noche en mi habitación. Como somos tocayos, cada vez que Linda nos llamaba aparecíamos los dos. Entonces, para evitar confusiones, nos rebautizó por nuestra contextura física: Diegoflaco y Diegogoldo.

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Llegamos a Santiago después de doce horas de viaje y nos alojamos los tres en una habitación de una casa de familia que nos habían recomendado en La Habana. La construcción era antigua, de estilo colonial, con algunas refacciones de dudoso gusto pero funcionales.

A los pocos minutos de empezar a recorrer la ciudad se nos acopló un muchacho bastante verborrágico, simpático al principio, denso después de un rato, algo corto de entendederas. Podría decirse que era un jinetero inofensivo, pero aparentemente vivía cerca de donde estábamos parando nosotros, y lograba interceptarnos cada vez que salíamos. Durante los cinco o seis días que estuvimos por ahí, jamás se sacó su remera de Charly García. Lo apodamos Potz y compartió con nosotros varios paseos.

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Nos encontramos con las argentinas con las que había compartido casa en La Habana, y después de cenar fuimos todos a la Casa de las Tradiciones, un lugar en el que muchos cubanos y unos pocos extranjeros se juntan cada noche a tocar y bailar salsa y merengue. Para diferenciar unos de otros, basta verlos moverse. Estuvimos ahí un par de horas, tomando unas copas, escuchando música bien chévere, bailando torpemente y conociendo personajes autóctonos harto agradables.

Sobre la barra de tragos hay un cartel que dice: La Casa de las Tradiciones no pide atención, la provoca.

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Un día de esos, como tantas otras veces, Potz nos abordó apenas pasamos por la plaza del barrio. Estaba más excitado y verborrágico que de costumbre: tengo un dato importantísimo, tienen que ir a la Casa de la Trova hoy a las cinco de la tarde, va a estar Paul McCartney, gritaba.

Habíamos estado ya en la Casa de la Trova, un lugar muy pequeño, con un ambiente muy cálido, donde suelen tocar músicos poco conocidos para algunas decenas de espectadores. Más allá de lo simpático de resultara el tipo tratando de hacernos creer que un Beatle pasaría por ahí, nosotros ya teníamos poca paciencia para sus historias y habíamos decidido que ese día lo dedicaríamos a ver museos. Así que lo ignoramos cortésmente y seguimos nuestro camino.

Primero pasamos por el cuartel Moncada, lugar donde en 1953 Fidel y los suyos perpetraron el primer ataque revolucionario frustrado. Todo lo que hay para ver en ese lugar tiene un estilo bastante similar a lo expuesto en el Museo de la Revolución de La Habana, pero no deja de ser interesante. De ahí seguimos al Museo Bacardi, donde había varias muestras en las que se mezclaban historia y arte de Cuba con algo de arqueología. Y por último, una corta visita al Museo de la Lucha Clandestina. No era gran cosa, más de lo mismo: historias, fotos y documentos de la guerrilla prerrevolucionaria.

Y así se nos pasó toda la tarde, de museo en museo. Cuando volvimos al barrio, por la noche, nos cruzamos nuevamente con Potz, que comenzó a contarnos todas sus aventuras con Paul McCartney. Describía cada escena con un nivel de detalle tal, que por un momento temimos que estuviera diciendo la verdad. Siendo que estábamos a pocas cuadras de la Casa de la Trova, decidimos ir personalmente a desmentir la versión de nuestro jinetero amigo. Cuando llegamos, pudimos verificar los hechos: hacía poco más de una hora el Beatle había pasado por allá, se había sacado fotos con todo el mundo, había dejado decenas de autógrafos y hasta había compartido escenario durante unos minutos con músicos locales. Solo unos pocos privilegiados lo habían visto.

Nosotros nos miramos sin poder pronunciar palabra y así, deprimidos y en silencio, volvimos a nuestra casa. Intentamos ver un rato de televisión para distraernos, pero en el noticiero sólo se hablaba de la corta visita que, sorpresivamente, había hecho Paul McCartney a Santiago de Cuba.

Cuando se terminaron los comentarios al respecto, el mismo noticiero informó que, dos días después de habernos ido nosotros de La Habana, Silvio Rodríguez había dado ahí un recital gratuito. ¿Es posible ser tan schlemazel?

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Robertico es el dueño de la casa donde paramos. Tiene unos 55 años y es fotógrafo, como su padre, que en paz descanse. Dice que su padre estuvo con Fidel y el Che en la Sierra Maestra, y nos muestra algunas fotos en las que aparece Fidel, pero no su padre. Claro, es que él las sacaba, dice. Cierto o no, lo concreto es que Robertico y su mujer adoran a Fidel, al Che, a Camilo Cienfuegos. Dice Robertico que, incluso con sus errores, el socialismo es la única opción para una vida digna, que no se puede juzgar a este gobierno mientras se mantenga el bloqueo económico a Cuba, y que su familia fue mucho más feliz desde que la Revolución hizo justicia.

Le pregunto por qué, entonces, hay mucha gente que no lo quiere a Fidel. Es que el tiempo juega contra la Revolución, dice. Los más jóvenes sólo se comparan con los turistas que llegan cargados de dólares. En cambio, los que sabemos lo que había antes, los que vivimos la época de Batista… Puta, yo daría la vida por la Revolución.

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Santiago de Cuba está llena de librerías. Es cierto que no hay mucha variedad. No hay editoriales privadas, prácticamente no hay libros importados, y probablemente haya autores que no se encuentren en las estanterías de por acá. También es cierto que los libros que hay son ediciones viejas, casi sin diseño. Pero realmente se pueden encontrar unos cuantos, y a precios ridículos. Con unos cuatro dólares, llené una caja de libros. Debe haber más de veinte.

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Salimos a cenar con Enrique, un artista que habíamos conocido en la Casa de las Tradiciones. El tipo es pintor y tiene unos treintipocos años. Se quiere casar con su novia, pero por el momento no tienen dónde vivir. Aparentemente, las viviendas en Cuba no se compran ni venden muy fácilmente. Cada familia tiene derecho a un hogar propio, pero cuando se forma una familia nueva, hacerse de una casa no es tarea sencilla.

Enrique admite que las necesidades básicas las tiene cubiertas. Pero todo lo que no sea básico es muy difícil de conseguir.

Comimos en un paladar poco conocido, donde los precios son aptos para cubanos. Una mezcla de calamares, pescado frito, spaghettis, arroz y cerveza para los cuatro, costó algo menos de dos dólares.

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Santa Clara no es una ciudad muy vistosa, pero el museo del Che, con su enorme monumento y su mausoleo, sin duda merece una visita. Ahí está el cajón con los restos del Che, y ahí está la historia de su vida.

En Santa Clara, el Che es más grande que dios.

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Trinidad es tal vez la ciudad más linda de Cuba. Todo allí es colonial, desde las construcciones hasta los adoquines, colocados de forma tal que es difícil caminar un par de cuadras sin esguinzarse un tobillo. Ninguna casa parece haberse construido hace menos de un siglo. Techos de tejas españolas, paredes de adobe, puertas y ventanas de madera vieja. Y la Ermita de la Popa, una iglesia en ruinas sobre una pequeña colina, desde donde se puede disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, y de una de las puestas de sol más bellas de la isla.

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Una cabalgata por las afueras de Trinidad. Un baño en unos piletones naturales, rodeados de cascadas y alejados de toda presencia humana. Un tratamiento anti age con barro del fondo del río. Una siesta sobre las piedras. Una visita al Parque Topes de Collantes, otra belleza natural. Caminatas, más siestas y más cascadas. Eso es todo lo que hicimos antes de dejar la ciudad.

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A sólo 15 kilómetros de Trinidad está Playa Ancón, un lugar típico de postal caribeña: arena fina y blanca, mar turquesa, cocoteros. Por un día dejamos de lado el viaje antropológico y nos entregamos al más absoluto placer terrenal: descanso en la arena, snorkelling, y puesta de sol sobre el mar. Cuando nos cansamos del paisaje natural, nos adentramos por un rato en el hotel Ancón, donde usufructuamos la mesa de ping pong y la pileta con su barra de tragos.

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Partimos en el micro nocturno rumbo a Cienfuegos. No es un trayecto demasiado turístico, por lo que el bus tampoco lo es. Al rato de comenzar el viaje empezó a llover, y en pocos minutos varios asientos quedaron inhabilitados, producto de las goteras. En casos como estos es donde aflora la solidaridad cubana. Nadie se hace demasiado problema. La gente se amucha en los asientos disponibles, y el viaje sigue como si nada.

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En Cienfuegos conocimos a Yolanda y Orfilio. Viven solos en una casa grande, porque sus hijos crecieron y se fueron de Cuba. En una de las habitaciones que sobra, Orfilio montó su estudio. Como está jubilado, pasa ahí varias horas por día, desde hace años, produciendo una enciclopedia. Es un hombre muy culto y además dibuja muy bien. Pero no tiene computadora, ni siquiera una vieja máquina de escribir. Entonces cada día toma sus estilógrafos y letrógrafos, y diagrama sus páginas en forma artesanal. Puede escribir sobre historia rusa, o sobre un pájaro de Centroamérica. A veces le lleva un par de horas escribir un párrafo, pero la prolijidad es absoluta. Después ilustra el mapa o el pájaro, y así va completando las páginas. Ya tiene más de doscientas, y piensa que en tres o cuatro años tendrá la obra lista. Entonces, enviará una copia por correo a Canadá, donde vive su hija, a ver si consigue una editorial que se la publique.

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Volvimos a La Habana, donde nos encontramos con Gaby y Pablo. Ellos y yo paramos en la casa de Linda, y Andrea y Diego se alojaron en lo de Rafa, otra casa que nos habían recomendado, en el barrio de la universidad. Esa misma noche nos encontramos con más amigos argentinos, y durante un par de días abusamos de los brindis y las comidas en puestos callejeros, lo cual tuvo consecuencias nefastas para mi sistema digestivo.

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Conocimos a Dano, un médico que hace muchos años está queriendo salir de Cuba, sin éxito. Con este asunto de la economía paralela, hay muchos médicos que están abandonando la profesión para dedicarse ilegalmente al turismo receptivo, lo cual hace cada vez más imprescindibles a aquellos que sí se dedican a la medicina. El remedio que encontró el gobierno para paliar la escasez de médicos en Cuba fue prohibirles la salida del país a todos ellos.

Dano tiene un hermano que vive en Estados Unidos. Salió de Cuba hace unos años, con un permiso transitorio, y nunca volvió. Ahora no se anima a venir de visita por miedo a no poder salir nuevamente. Pareciera que no hay posibilidades de que los hermanos se encuentren.

Cuando le pregunté a Dano si no había solución posible para este conflicto, él miró hacia todos lados, se me acercó cautelosamente y me susurró al oído, La solución es que de una vez por todas se muera Fidel.

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Visitamos el Centro Pablo de la Torriente Brau, un espacio cultural dirigido por María Santucho, sobrina de Mario Santucho y exiliada en Cuba desde 1976. El lugar es sumamente interesante, y está lleno de arte y de memoria. María, de chiquita, quería ser guerrillera, como su papá y su tío. Ahora sigue militando, pero con poemas, con canciones, con pinturas.

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Pisar la Plaza de la Revolución, con su mítica imagen del Che al fondo, vale mucho más que la foto. Cada baldosa está llena de gritos y de historias y de sonrisas y de lágrimas. Y cuando uno sube al mirador, la plaza y el Che y José Martí están más lejos, y sin embargo parecen gigantes.

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Después de unos mojitos en la Bodeguita del Medio, fuimos a la marcha de antorchas que se hace cada año en el aniversario del nacimiento de José Martí. Y van miles de personas que llevan miles de antorchas y miles de banderitas cubanas, y cuando cae la noche, de lejos se ve el mar de fueguitos.

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Alquilamos un auto y partimos hacia el oeste. En la provincia de Pinar del Río, específicamente en Sierra del Rosario, se construyó un paraíso casi natural, una ciudad en miniatura donde la arquitectura está completamente integrada al paisaje. Ahí, en Las Terrazas, conocimos a Jorge Duporté, un artista que sabe disfrutar de la vida. Se define como pintor botánico, y está en el lugar ideal para ejercer su vocación. Allí hay una biodiversidad envidiable, y él tiene su taller lleno de pinturas y rodeado de verde.

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Pasamos raudamente por la ciudad de Pinar del Río, que no es especialmente agradable, sobre todo por el acoso que los turistas padecen al entrar por la ruta. Nos alojamos en el Valle de Viñales, una zona sumamente tranquila, y por la mañana visitamos la Cueva del Indio, un río subterráneo por el que navegamos alrededor de media hora. El lugar está plagado de estalactitas y estalagmitas, y según una leyenda de por ahí, si durante el paseo a uno le cae una gota en la nariz, tendrá buena suerte por el resto de su vida. A mí me cayeron unas cuantas gotas, aunque ninguna impactó exactamente en mi nariz. Debe ser por mi alma de schlemazel.

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Partimos hacia María La Gorda, una playa paradisíaca ubicada en la península de Guanahacabibes, al sur del extremo occidental del país. A esa zona sólo se puede acceder en auto, ya que ningún transporte público llega hasta allí.

Pasamos la tarde yendo de la arena al mar y del mar a la arena. Descansamos entre las palmeras, dedicamos unas horas a la lectura y buceamos en las profundidades del Mar Caribe, donde pudimos disfrutar de una variada y colorida fauna submarina.

En vista de que no había en esa zona ningún alojamiento a excepción de un hotel cinco estrellas, inalcanzable para nosotros, decidimos pasar la noche en la playa. Después de cenar sobre la arena unos pequeños sándwiches de pollo, pagados a precio internacional, intentamos dormir en unas hamacas colgadas de unas palmeras. Pero las noches, incluso en el caribe, son frescas. Preparados para el clima diurno, no teníamos suficiente abrigo, por lo que el pernocte se transformó en una pesadilla. El auto sólo tenía lugar para dos personas incómodas, así que durante toda la noche fuimos rotando las posiciones.

A la mañana siguiente estábamos mal dormidos, con hambre, y con los dólares contados. Felizmente, un camarero del hotel se apiadó de nuestro estado y nos dio acceso gratuito al desayuno buffet. Los dejo pasar, pero coman suave, nos rogó. Le prometimos que eso haríamos, y acto seguido arrasamos con la comida cual invasión de langostas.

Nos quedamos en la playa hasta el mediodía, y volvimos a La Habana para terminar nuestro viaje

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Nuestros últimos días transcurrieron sin plan. Durante horas y horas caminamos por las calles de La Habana Vieja, recorrimos el Malecón de punta a punta, compramos kilos y kilos de libros, viajamos en mototaxi y en camello (un bus largísimo hecho en un acoplado que tiene una forma semejante a dos jorobas), visitamos el cementerio de Colón, nos refrescamos un rato en la pileta del Hotel Nacional, paseamos por el barrio Miramar y nos tomamos una guagua hasta la Marina Hemingway.

Nuestra última noche la pasamos en la Peña de Yoya, frente al Malecón. Yoya es una señora gorda, negra, de unos setenta años, que cada miércoles abre su casa para cualquiera que quiera cantar o bailar. Y entonces la gente del barrio se junta ahí, cada uno lleva una bebida, y entre guitarras y vasitos de ron andan Yoya y sus invitados disfrutándose y dejándose disfrutar hasta altas horas de la madrugada, y todo se comparte y no hay billetes ni monedas, y las canciones y los gritos y las risas van y vienen, y no hay manera de salir de ahí sin una sonrisa.

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