Parte I – La Comunidad de la Ventana
“Un único paté, el más grande, para dominar a todos los patés…”
Cientos de años habían pasado desde que el último portador del paté había perdido la lata que lo contenía, y que encerraba además poderes de tal magnitud, que quien lo devorase sería incontenible en su camino hacia el Mal Supremo.
Innumerables hechos ocurrieron hasta que, varios siglos más tarde, Steff, el Blanco (a decir verdad, en sus documentos figuraba como Steffan Churches), halló la lata disimuladamente camuflada en una góndola de supermercado. Al verla, la reconoció inmediatamente. Un sudor frío recorrió su espalda al pensar en el trágico destino de la comarca de Hobbiton y de toda la Tierra Media, si el paté cayera en las diabólicas manos de Hetittor, Amo del Mal y de la Pijotería y de la Mala Onda.
Si el paté quedaba allí, el destino de los pueblos pendía de un hilo. Tarde o temprano, Hetittor lo descubriría, y enviaría a sus ejércitos a recuperarlo. Pero el paté era indestructible en la Tierra Media, y clamaba por la vuelta a Mordor, donde había sido fabricado con cerdos de la Tierra Antigua, único sitio en el que podría ser destruido, pero que encerraba las más terribles pesadillas: orcos, trolls, lauchas y abrojos…
Y decidió Steff el Blanco que el paté debía llegar de cualquier manera a las tierras de Mordor, y ser destruido en las mismas narices de Hetittor. Pero no cualquiera estaba preparado para tamaña expedición…
Y convocó Steff el Blanco a las criaturas más valientes de los alrededores. Una noche de luna llena los reunió en el cruce de los caminos de St. Faith y John Sees Just. Y cuando todos estuvieron, montaron en Bondiett, un inmenso pegasus que en pocas horas los acercó a las inmediaciones de Ventania. Y al llegar, notó Steff el Blanco que aún tenía consigo el nefasto paté, y pidió un voluntario para que lo llevara hasta los mismos pagos de Hetittor. Todos se miraron temerosos, sin la más mínima señal de responsabilidad. Y gritó Steff el Blanco: “¡Alguien que lleve el paté, carajo!”, y fue entonces que Johnny, un simpático y valiente hobbit, tomó el toro por las astas (es que justo ahí había un toro que le rompía las pelotas) y de paso guardó el paté en su pesada mochila. Paul, uno de los elfos del grupo, y campeón élfico de Pool, cargó su tremenda cámara con tinta china, por si había que tirarle a algún orco a los ojos. Maurie Bigfoot se hizo cargo de los manises, imprescindibles ante un ataque de ganas de comer maní. Paulie, pequeña hobbit del condado de Comodor, se encargó de los pronósticos meteorológicos. Natty, una simpática elfa de la comarca de Moretton, comenzó a alentar al resto del grupo al grito de “¡Vamos, flojos, al final soy la única que camina acá!”. El resto llenó sus mochilas con frutos del bosque, y turrones, y caramelos, y panceta, y polenta, y fideos y yerba mate (se comenta que disimulando un par de ramas), y galletas, y lentejas. Y dijo Steff: “Para llegar a las tierras de Sauron, o Hetittor, o como mierda se llame, deberemos cruzar los dos picos, y enfrentarnos a horribles criaturas”.
Y de entre los árboles surgió Mara, entrañable criatura, guía espiritual y alma mater de la Tierra Media.
Las primeras horas de caminata pasaron sin mayores sobresaltos. Sin embargo, después de un tiempo comenzó a picar el bagre de los mochileros, quienes debieron clavarse unos sánguches de matambre para poder continuar su camino. Con la panza llena y el corazón acelerado por la falta de entrenamiento y el exceso de puchos, llegaron hasta el bosque de Ents, quienes amablemente sostuvieron sus mochilas por un rato. A poco de comenzar su camino, los mochileros ya daban una lamentable imagen de decrepitud, pero aun así decidieron tomar aire y continuar la expedición. Ante la travesía que se avecinaba, algunos intentaron variantes que les aliviaran el peso de sus piernas. Natty, por citar un ejemplo, pasó más tiempo apoyada en su culo que en sus pies.
La tarde pasó entre caídas, espaldas mojadas, frío y contracturas. Al caer la noche, y ante el peligro que acechaba a cada paso, el grupo decidió dirigirse hacia las cuevas de Moria, donde los jinetes del Apocalipsis tenían la entrada prohibida. Y mientras Steff el Blanco preparaba una pócima típica del Este Europeo (Goulash, es como el guiso pero más difícil de pronunciar), algunos mochileros debieron inaugurar la temporada de evacuación en cuclillas. Y aprendieron los mochileros la técnica que debieron utilizar durante tres días más, para hacer lo suyo en la clandestinidad y sin chorrearse. Y después de deglutir la sabrosa pócima, se distribuyeron a lo largo y ancho de la cueva, en forma irresponsable y promiscua, y trasnocharon como hasta las nueve y media. Y durante la madrugada, intuyó Hetittor que allí se encontraban los hobbits y los elfos y los enanos y los magos, y sintió en sus entrañas el poder del paté, y envió sus maldiciones, en forma de lauchas y murciélagos, para que entraran en la cueva y saquearan toda la comida que encontrasen. Pero los mochileros habían pasado el pan al plato, y ni la salsa habían dejado. Y ante el fracaso de sus malignas criaturas, envió Hetittor soretes de punta y goteras que le arruinaron la noche a más de uno. Y por la mañana, algunos mochileros estrolaron sus cráneos contra el techo de la cueva, y así se despabilaron.
Partieron nuevamente en caravana, afortunadamente guiados por Mara, ya que Steff el Blanco no tenía ni puta idea de dónde quedaba el norte. Y Hetittor, al notar lo infructuoso de la lluvia, la dio por terminada, cambiándola por una garúa finita, de esas que van en los malos deseos. Avanzaban los mochileros dando vueltas a la montaña, y comenzó a retobarse Mara, y una nube los cubrió por completo, y Steff el Blanco maldecía su suerte, y el GPS sacaba humo. Y llegaron cerca de la cima, donde saborearon unas Titas y saciaron su sed con Pervinox, y emprendieron el duro descenso por la ladera opuesta, mientras Mara, harta de que la llamen “Calabaza” se hacía la estrecha cada vez con mayor frecuencia. Caminaban los mochileros por la cornisa, sin encontrar a Majul, pero con el culo a ocho manos. Se vieron obligados a empacarse en varias oportunidades, para no ser derribados por el vientito que los azotaba, y cuando el camino se estrechó demasiado, debieron quitarse sus mochilas para poder continuar. Ante esa situación, Mara volvió a ortibarse. Dijo “paso acostada o no paso”, y ante la poca habilidad de Steff el Blanco para las negociaciones, la entrañable criatura pasó montada en aislante, sostenida por el mismo Steff y por Maurie Bigfoot, cuya botita, a esa altura, ya hablaba varios idiomas. Ya a resguardo del viento, quisieron los mochileros ubicarse bajo algún rayo de sol que elevara un par de grados la temperatura de sus congelados cuerpos. Pero por más intentos que hicieron para capturar un rayo (incluso mediante técnicas fotográficas, o con ridículas danzas), el astro rey siempre pasó por el costado. Antes de que los sorprendiera la noche, y con el aliento de los jinetes del Apocalipsis en la nuca, el grupo decidió armar sus carpas segundos antes de que la lluvia volviese a infortunarlos. Steff el Blanco implementó un servicio delivery de cena, del cual algunos hobbits decidieron no abusar en vista de las consecuencias que suele traer una alimentación excesiva, cuando las condiciones sanitarias no favorecen un relajado y normal acontecer de los hechos. O sea, no estaba el clima como para salir a agacharse. Aquellos que intentaron salir de sus carpas, debieron cubrir sus pies con un calzado típico de la Tierra de Ventania, confeccionado artesanalmente en base a bolsas de residuos.
Por la mañana emprendieron nuevamente el camino, con el objetivo de llegar al Valle de Bostek. Al mediodía pasaron por un refugio en el que secaron sus narices y enguyeron casi todos los alimentos de que disponían, incluido un menjunje rehabilitante. Grande fue la tentación de varios hobbits, de pegarle un atracón al paté. Steff el Blanco estaba preparado para esa eventualidad. Sabía que quién lo comiera pasaría a formar parte del ejército de Hetittor, y su poder de convicción evitó la tragedia. Después de unos provechitos, siguieron cuesta abajo. El clima fue bastante favorable y el sendero no presentó mayores dificultades, por lo que rápidamente el grupo llegó al valle. Al encontrar ocupada por un grupo de trolls la cueva en la que pensaban pernoctar, decidieron instalar las carpas sobre un campo sembrado de un extraño fruto, producto de las vacas y muy típico en la región.
Durante la noche, unos extraños sonidos sobresaltaron al grupo. Eran ruidos lejanos pero tétricos. Los jinetes del Apocalipsis se acercaban peligrosamente. En momentos como éste, no quedaba otra alternativa más que utilizar los recursos extremos. Para ahuyentarlos, se preparó rápidamente un guiso de lentejas cuyas consecuencias mantuvieron alejados no sólo a los jinetes sino a un par de especies animales que frecuentaban la zona. De todas formas, ante el eventual peligro de otras visitas malignas, se procedió a encender una fogata, sobre la cual Mirta, maga y novia de Bigfoot, esparció mágicos inciensos.
El último día fue el más calmo. El camino llano facilitó la llegada al centro de Ventania, donde el paté debía ser abandonado y destruido. Llegaba el momento de ingresar en el corazón del mal, en Mordor, las tierra de Hetittor. El grupo decidió tomar coraje con unas pizzas y unas birras, y allí se dirigió. A pesar de los intentos de Hetittor y su ejército por evitar la entrada, algunos hobbits lograron escabuyirse y depositar minas explosivas en las Tierras del Mal. El paté siguió su viaje hasta el final, pero no pudo ser abandonado en Mordor. Mara se quedó allí, como espía, dispuesta a conocer hasta los rinconces más recónditos, para guiar a los hobbits y a los elfos en su próxima travesía.
Continuará…
(La parte II, “Los dos picos”, se verá a partir de enero de 2004).
