Sorojchi Tour

Copacabana, a orillas del lago Titicaca.

Copacabana, a orillas del lago Titicaca.

Me llevó algo más de un día recuperarme del sorojchi (término aimara para definir el mal de alturas que aqueja a los acostumbrados a lo bajito; dicho mal hace que te duela mucho mucho la cabeza y que te agites con sólo hablar). Para eso, hube de recurrir a las sorojchi pills, unas pastillitas que se venden en cualquier farmacia paceña.

La Paz es una ciudad realmente interesante. Está metida en un gran valle, rodeada de montañas (muchas de ellas con nieves eternas a más de seis mil metros) y cubierta de smog. En la calle pasan todos a los gritos, peatones, autos, colectivos, carros mezclados por todos lados. No hay una cuadra que sea horizontal. Las pendientes me dejan de cama, pero las cholas cargan sus bolsas pesadísimas, más sus críos, más sus culotes tremendos, y suben corriendo mientras yo me canso de sólo mirarlas. Algunas callecitas son muy pintorescas, amén de que es todo una mugre. Estimo que cuando vuelva a Buenos Aires me voy a creer en serio que estoy en el primer mundo.

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Las ruinas de Tiahuanacu están buenas, nada del otro mundo. Por lo que se comenta en esa zona, parece que hay pica entre los tiwanakus/aimaras y los incas. Dicen que los incas se robaron de ahí toda la tecnología y ahora se la dan de pioneros en todo. En fin, vamos a ver qué dicen en Machu Picchu.

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Creo que soy inmortal. Sobreviví al camino de La Paz a Coroico -transcurrido enteramente dentro de una nube y bajo una lluvia constante-, al escherichia coli que me atacó sin piedad allá, y al camino de vuelta. Dicho camino estaba considerado hasta el año pasado como el segundo más peligroso del mundo, detrás de otra ruta tibetana, pero este año ha logrado el honorable primer puesto merced a una caída al vacío cada dos semanas. Yo tragaba saliva y me despedía de todos cada vez que nuestra combi hacía equilibrio sobre el borde de ripio embarrado, o cuando casi nos estrolamos de frente con un tremendo Scania. Sin duda, no permitiría que mis hijos hagan este camino.

En cuanto a Coroico, se supone que es muy lindo. Yo casi no salí del hotel para comprobarlo, excepto para ir al hospital del pueblo, pero desde la ventana del baño se veía un paisaje maravilloso.

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En nuestra segunda noche en La Paz fuimos a cenar con Gunther, que nos enseñó el plato típico, el Pique Macho. Es algo picantito, pero mi orgullo me impidió negarme. Quizás haya sido esa comida la causa de mi principio de cólera tres días más tarde. Después de la cena, intentamos un after hours, pero por alguna extraña razón todo cierra después de las 10 de la noche, incluso los fines de semana. Terminamos tomando unos mates en casa de Gunther.

A la mañana siguiente partimos para Copacabana, a orillas del lago Titicaca. Muy lindo el lago, recomendable. Estuvimos todo el día recorriendo el pueblo, esquivando cholos borrachos de carnaval que bajaban por las calles haciendo slalom, viendo como bendicen las camionetas… en fin, gente rara. A la noche fuimos a un barcito donde conocimos a su dueña, una argentina muy copada, mezcla de hippie y yuppie, algo delirada, que nos quiso convencer de quedarnos a vivir en Bolivia. Salimos tan tarde de ahí (como a las nueve y media) que ya casi no teníamos dónde comer. Entramos al único lugar que vimos abierto. El dueño nos dice, Tenemos sólo trucha y pizza, Bueno, queremos pizza, No, pizza no me queda, sólo trucha, para la pizza tendrían que esperar una hora, Y para la trucha, También una hora, Bueno, traenos pizza, Se nos acabó la masa, no hay más pizza. En fin, la cuestión es que fuimos al bolichito de al lado, donde nos atendió una vieja que resultó ser la madre del tipo de al lado (con el que compartían la cocina) y que, no sé cómo, hizo aparecer una pizza. Juraría que tenía gusto a trucha, pero no me quiero poner exquisito.

Al día siguiente visitamos la Isla del Sol. Muy bonita, ella. La recorrimos de pe a pa y de norte a sur. Buen entrenamiento para trekking. A la noche volvimos al bar de Macarena, donde también conocimos a Hugo, una especie de brujo, chamán, o lo que sea, que organiza expediciones a centros de energía para iniciar a la gente en las drogas alucinógenas, según él, en forma muy responsable. Yo no me animé, otra vez será.

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En nuestra última noche volvimos a La Paz, donde conocimos a Ale y Ele, unos chicos muy copados del jet set local, que nos mostraron que no todos en esta ciudad viven como indios, y que si te ponés las pilas, podés tener tu casita de medio palo verde.

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