No pudimos hacer el Camino del Inca. Esto se lo debemos al subdesarrollo, al avión que se atrasó cuatro horas, a las reservas para entrar a Machu Picchu que se acabaron dos horas antes de que llegáramos, al guía imbécil que no nos hizo las reservas que le pedí por email dos semanas antes de llegar, y al gobierno peruano que privatizó las ruinas y metió tantas regulaciones que nos resultó imposible cumplir con todo.
* * *
Cusco es una joyita. Recorrimos un poco el centro y el barrio de San Blas, plagado de artistas y bohemios. Al margen de eso, cada dos cuadras hay una iglesia. Se ve que los españoles hicieron un laburo fino acá, a pesar de que fue la primera ciudad del imperio inca. Manco Kapac y Mama Ocllo ya tuvieron su primera comunión.
A la noche salimos con Eva y Jordi (peruana y español), una pareja muy simpática que nos demostró que aún es posible el amor entre incas y conquistadores, aunque ahora de común acuerdo.
* * *
Pisac, en el Valle Sagrado, también tiene su encanto. Asistimos a la misa bilingüe (español y quechua), recorrimos los tremendos mercados callejeros, con sus puestos de artesanías y sus niñitos incas que antes de aprender a caminar ya saben pedir propina por una foto. De ahí fuimos a Urubamba, cuya principal atracción era el restaurante donde comimos como mochilero con hambre. Más tarde pasamos por las ruinas de Ollantaytambo, muy interesantes, sobre todo cuando escuchábamos a cualquier otro guía distinto del nuestro, que era un tanto opa. Conocimos también el típico pueblito de Chinchero, donde todavía funciona el mercado del trueque.
* * *
Nuestro último día en Cusco lo aprovechamos para recorrer solos la ciudad. Se disfruta mucho más que con un guía corto de pensamientos como el que habíamos contratado un par de días atrás. Definitivamente, Cusco es una ciudad alucinante. A la noche volvimos a salir con Eva y Jordi, que tomó, fumó y aspiró tantas cosas que todavía no comprendo cómo se despidió coherentemente de nosotros. Buen chico, Jordi.
* * *
Tomamos el tren hasta Aguas Calientes, el pueblo más cercano a Machu Picchu. Pueblo feo, si los hay. Su mayor atractivo son las piletas de aguas termales, cuya infraestructura aparentemente data del imperio inca. Sin duda, ningún turista pasaría por este lugar si no fuera una parada obligatoria para todo aquel que llega a las ruinas sin hacer el Camino del Inca. Tras pasar la noche en una decrépita habitación de un hotel de media estrella, nos levantamos a las 4 de la mañana, dispuestos a caminar hasta Machu Picchu para ver allí el amanecer. La subida lleva algo más de una hora y media. Después de trepar interminables y empinados escalones de piedra, uno llega a los 2400 metros pidiendo un pulmotor, pero la vista del amanecer desde la ruinas es maravillosa. Eso dicen, aunque nosotros no pudimos comprobarlo porque las ruinas estaban envueltas en una nube gigante que impedía ver no sólo el sol, sino cualquier objeto a más de tres metros. A medida que fue avanzando la mañana, el cielo se despejó un poco y pudimos tener una vista maravillosa de la ciudadela y del Huayna Picchu, la famosa montaña que parece la nariz de un indio acostado. Recorrimos las ruinas acompañados por un guía, que nos contó historias maravillosas sobre el lugar. No sé cuántas son reales y cuántas inventadas por el tipo, pero todo el recorrido fue muy entretenido, y la sensación de estar ahí fue realmente impresionante.
Aparentemente, están todos de acuerdo en que la cultura y los conocimientos incas tuvieron mucha influencia de los tiahuanacu. Parece que los bolivianos no mentían cuando nos dijeron eso en sus ruinas, cerca de La Paz. Pero, si comparamos lo que dejaron unos y otros, resulta que, o bien los incas evolucionaron mucho más en todos los aspectos, o al menos lograron tener mejor prensa.
A propósito, espero volver a Machu Picchu, pero por el Camino del Inca.
