Torres del Paine

Torres del Paine

Torres del Paine

Del aeropuerto de Río Gallegos tomamos un micro a Río Turbio, pequeño pueblo en la frontera con Chile. El viaje resultó harto incómodo, no tanto por los 300 kilómetros que tuvimos que recorrer, sino por la música que sonó durante todo el trayecto, dolorosa como una patada en la oreja.

Desde ahí cruzamos a Puerto Natales, ya del lado chileno. No puede decirse que sea una gran urbe. Tiene ese no-sé-qué, que hace que uno quiera irse lo antes posible. Pasamos la primera noche en un albergue de mala muerte, en el que, por sugerencia de Lucho, dejamos varios kilos de equipaje, con el objetivo de poder disfrutar al menos un poco el resto del viaje. Buen tipo este Lucho, medio chileno medio argentino, un poco asimétrico de brazos.

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Llegamos al Parque Nacional Torres del Paine, y se acabó lo que se daba. Mucho gringo, precios en euros. Acampamos en Laguna Amarga, a hora y media de caminata de la entrada. La carpita, un lujo. Los baños también, dan ganas de tomarse un laxante. Por primera vez cenamos algo distinto a fideos con tuco. Eran fideos con sopa. No es lo mismo. Es peor, pero calienta más el pechito.

“Uno mira para todos lados y ve presente; en cambio, mirás al cielo y ves sólo pasado”, afirma Bernies en un arranque de lucidez. Un sabio.

La bolsa North Face y el aislante inflable me hicieron dormir como un bebé.

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Ir hasta las Torres sin mochila fue sin duda una decisión inteligente. Un paisaje de la ostia. Llegamos a la conclusión de que, existiendo estos lugares, es realmente triste veranear en Mar del Plata. Las Torres son muy lindas, pero creo que vinimos harto desabrigados. Sopla mucho viento y no paramos de sufrir.

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Volvimos al campamento en estado máximo de decrepitud. El fueguito salió lindo, pero no alcanzó para que el arroz quedara rico. Estas salsas deshidratadas son un fraude. Volví a dormir como un bebé, pero ahora, de esos que se despiertan cada dos horas.

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El camino hasta el camping Serón tiene unos paisajes harto bonitos, pero no deja de ser una tortura el hecho de caminar cuatro horas con mochilas. Uno llega a preguntarse para qué. Ni quiero pensar cuando sean seis horas en subida y con lluvia. El deshoje de margaritas no ha dado buenos resultados para Bernies ni para mí. Las chicas sobre las que indagamos resultaron querernos entre poquito y nada.

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El camping, un lujo. Lo que no termino de entender es cómo llegan a este rincón del mundo, frío y remoto, tantos putos mosquitos.

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Me bañé. Con agua fría. Muy fría. Sufrí, sufrí mucho. Encima el jabón no salía, no sé si era el agua de acá o qué mierda, pero el trámite se hizo demasiado tortuoso. Igual, la sensación post-ducha fue bastante parecida al nirvana.

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Juan, el cuidador del refugio, tiene un par de jugadores en falta, y una especial atracción por las señoritas de gran tamaño.

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La noche en Serón fue llovida, pero Doity se la bancó como una princesa. Ni una gotera, ni un sí ni un no…

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El tramo Serón-Dickson figura como de “dificultad media”. Yo creo que esa categoría no existe. En todo caso, el camino puede ser “difícil”, “muy difícil” o “te vas a arrepentir de haberte hecho el loco”. No sé cuál sería éste, pero llegamos más rotos que días anteriores, y en pésimas condiciones para encarar las próximas caminatas (categoría “por favor mátenme”). En el camino junto a los ñoños nos perdimos, pero Bernies y yo encontramos nuevamente el sendero, después de vadear un río muy correntoso y liquidar un par de pumas que nos faltaron el respeto.

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El camping Dickson tiene unas vistas maravillosas, pero no tiene agua caliente. No es mayor problema para mí, que me bañé ayer, pero sí para Bernies, que cortó hoy una constipación de varios días. Los precios acá son algo elevados. Para comprar un alfajor de dudosa calidad, un chocolate de calidad definitivamente mala, y una lata de cerveza, tuve que hipotecar mi departamento. Igual, los fideos con doble ración de salsa sin sabor estuvieron más que aceptables. No todos son tzures en esta vida.

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El camino hasta el camping Los Perros arrancó con algunas subidas, siguió tranquilo y terminó con un clima bastante hostil, y una vista de puta madre que, sin embargo, no se podía disfrutar durante mucho tiempo porque el viento nos volteaba y la lluvia dolía en la cara. Pasamos el final del día en un quincho lleno de gringos. En cuanto un par de suizos abandonaron el recinto dejando unas galletas de limón, nos abalanzamos sobre las mismas como lúmpenes que somos. En estos pequeños gestos queda en evidencia quién tiene el poder económico del mundo (yo tendría que laburar unas cuatro horas para solventarme dos galletitas de limón en este lugar).

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El Día D no era tan grave como lo pintaban, aunque alcanzó para que llegásemos descangayados y fané. Arrancamos con una horita de pantano, desollando anacondas y yacarés. Las elegantes polainas que nos fabricamos con bolsas de consorcio sólo cumplieron una función estética. Después tuvimos un par de horas de interminable subida entre las rocas, hasta llegar al Paso Gardner, para apreciar una impresionante vista del glaciar Grey y compartir unos appetizers con Butzerai y Señora. Luego de una siestita de Berule y unas prácticas mías de culopatín, emprendimos el violento descenso, que nos dejó las rodillas en condiciones deplorables. No sé para qué tanto subir y bajar, si con un túnel todos seríamos más felices. Acampamos en el camping Paso, y como premio por haber resistido a una dura jornada, para la cena nos preparamos un riquísimo puré. Bernies dice que sabía a enduído. Yo creo que el gusto era más bien como de aserrín con cola de carpintero.

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Al día siguiente partimos hacia el camping Grey, disfrutando durante todo el camino de diferentes vistas del glaciar. Llegamos y clavamos a Doity con la puerta mirando al lago Grey, lleno de pequeños témpanos recién desprendidos del glaciar (incluido uno con forma de góndola veneciana, que unos insensibles destruyeron a piedrazos). A la noche se invitaron a cenar Andrea y Butzerai. Nosotros le entramos a unos riquísimos fideos (la segunda mitad del paquete que habíamos almorzado dos horas antes).

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Decidimos darle a nuestras piernas un día de franco. Definitivamente el Grey es un buen lugar para el ocio. Mucho más si no llueve. Pero llovió. Así que pasamos bastante tiempo metiditos en el quincho, viendo como los europeos ricos de la hostería saboreaban sus almuerzos mientras nosotros le dábamos duro a las galletas de salvado. En cuanto los gringos se levantaron, corrimos a agarrar las sobras, consistentes en unas rodajas de pan lactal y unos potes de margarina y ketchup. Sumergí un pan en mucho ketchup y le di un voraz mordisco. No era ketchup. Era chile. Me puse morado y me chorrearon un par de lágrimas. Después de un rato de darnos pena a nosotros mismos, decidimos invertir en una comida digna. Pagué seis dólares por un sánguche de jamón y queso, feo y diminuto, y tres dólares más por una lata de cerveza tibia. Bernies compró la misma cerveza, pero su sánguche vegetariano costó un dólar más. Era de lechuga, tomate, queso y porotos, aunque estos últimos brillaron por su ausencia. El resto del día lo pasamos entre partidos de escoba de quince y truco ciego (en el que se ven las cartas del rival pero no las propias, y así uno comete unas cuantas estupideces). Sólo interrumpimos estas actividades violentas para una inolvidable ducha tibia.

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A la mañana siguiente arrancamos de nuevo la caminata, alejándonos del glaciar y bordeando el lago Gray. Después de tres horas llegamos al refugio Paine Grande, en el extremo noroeste del lago Pehoé, que reflejaba en ese momento una tonalidad turquesa casi caribeña. Ahí paramos para deleitarnos con una sopa de municiones y resolver un par de cuestiones sanitarias, antes de seguir hacia el norte. Pasamos por el lago Skottsberg, de color azul oscuro, y seguimos caminando hasta el Campamento Italiano, en total unos 19 kilómetros.

Apenas tuvimos tiempo de armar campamento antes de que empezaran a caer las primeras gotas. No pudimos movernos de la carpa durante el resto del día, ni al día siguiente, por la lluvia constante. Pasamos interminables horas jugando a las cartas, devorando la comida enlatada que nos quedaba, y contándonos las anécdotas más indignas de nuestras vidas. Al terminar la segunda noche, ya teníamos suficientes historias para chantajearnos mutuamente durante años.

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En ningún momento dejó de llover realmente, pero al segundo día la tormenta se transformó en apenas una llovizna molesta, por lo cual decidimos salir de la carpa y hacer una caminata, antes de enloquecer como consecuencia de la claustrofobia y los aromas que se habían instalado en el interior de nuestra precaria vivienda.

Salimos del Campamento Italiano y recorrimos el Valle del Francés hasta llegar, dos horas más tarde, al Campamento Británico. Podríamos decir que hicimos una caminata realmente gentilicia. Al terminar, nuestro esfuerzo se vio premiado por una impresionante vista de las nubes de la zona. Se comenta que detrás de las mismas hay unas lindas montañas y hasta se puede ver una punta del Glaciar del Francés, si uno pasa por allí en un día soleado.

Como la llovizna amenazaba con transformarse nuevamente en tormenta, emprendimos un veloz regreso al campamento, para desarmar todo, almorzar unos fideos (¿qué otra cosa, si no?) y desandar el camino hasta Pehoé. Recorrimos ese tramo castigados por la lluvia y el viento, y por otro caminante que se nos unió para hablarnos sin parar de temas que no nos interesaban. Llegamos al camping cuando atardecía, y aprovechamos la proveeduría y los baños para recomponernos y recuperar algo de dignidad. Después de una rápida cena a base de galletitas, nos embolsamos y nos dispusimos a descansar. No fue tarea sencilla. De a poco la tormenta se iba haciendo más violenta, la fuerza del viento aumentaba, y llegó un momento en que la carpa se inclinaba tanto que el techo nos golpeaba la cara. Los sacudones hacían imposible pegar un ojo, y así pasaron algunas horas sin que pudiéramos dormir, pero con fuerzas insuficientes para buscar una solución. A las 3 de la mañana llegamos a la conclusión de que algo no andaba bien con la carpa y que, si no tomábamos cartas en el asunto, íbamos a terminar los dos con una crisis de nervios. Hicimos de tripas corazón, nos pusimos unas piedras en los bolsillos para no volarnos, y salimos para ver qué pasaba. Nuestra fiel Doity no había resistido los embates del viento. Un par de parantes se habían quebrado, uno de ellos había hecho un tajo en el sobretecho, y la estructura de la carpa se desintegraba rápidamente. Con ese frío, ese viento y la tenue luz de nuestras linternas, no era mucho lo que podíamos hacer. Resignados, colocamos algunas rocas sobre la tela para impedir que se terminara de volar y nos metimos de nuevo a intentar descansar.

Después de un rato, la tormenta se aplacó un poco y logramos dormir. Cuando nos despertamos a la mañana, el clima había mejorado notablemente, pero nuestra carpa había perdido una de sus tres dimensiones. Decidimos resignar el último tramo del trekking para volver lo antes posible a la civilización. Juntamos los restos de Doity, armamos nuestras mochilas y enfilamos hacia el puerto. Nos tomamos el catamarán que cruzó el Lago Pehoé y nos dejó en la orilla oriental, ya muy cerca de la ruta de vehículos.

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El final del trekking se anticipó un día a nuestros planes, pero con la carpa destruida no teníamos opción. Así fue que volvimos por donde habíamos llegado, pasamos por Puerto Natales, cruzamos la frontera hasta Río Turbio y de ahí seguimos viaje hasta El Calafate, donde rápidamente mutamos de viajeros a turistas:  nos alojamos en una hostería, nos pegamos una buena ducha, contratamos un tour al Perito Moreno para el día siguiente, y salimos a cenar en un restaurant, como buenos mochileros burgueses.

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