El vuelo fue bueno, puntual, dormí bastante y no comí casi nada porque: a) era de noche y prefería dormir; b) la comida la cobraban aparte y a precio europeo (mi vecina de asiento, una jubilada gringa, se compadeció y me ofreció su postre, que no acepté sólo por dignidad).
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La ciudad de Quito no me maravilló. Digamos que siempre es interesante conocer algo nuevo, pero le dediqué el único día que merecía. Tiene algunas montañas alrededor, lindas para ver desde cualquier lado, una parte histórica que está tan linda como todos los barrios históricos de las capitales latinas (aunque menos lindo que San Telmo), una superpoblación notable, una red de buses y trolebuses que funciona bastante bien, un par de parques para pasar un rato, y no mucho más. También tiene una gran cantidad de ciegos caminando por sus calles. No sé si esto tiene alguna explicación o fue mera casualidad, pero vi realmente muchos ciegos.
Me alojé en un hostel bastante digno, en La Mariscal, el barrio más turístico de la ciudad. La zona en sí cumple con la general de la ley, está bien para pasear un rato y listo. Por la noche se llena de gente, pero la onda no me resultó tan atractiva como para meterme en algún lado. Me compré un sabroso shawarma en la calle y di por terminado el día.
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Para ir a la ciudad de Baños de Agua Santa (Baños, para los amigos), tomé el bus en una de las “terminales” de Quito. Podría decirse que es una terminal virtual, ya que consiste simplemente en unos pastizales al costado de la ruta. Pasan los buses con un tipo en la puerta gritando el recorrido. Uno debe ser lo suficientemente rápido de reflejos para gritar a su vez el nombre del lugar al que quiere ir. Si coinciden los nombres, el chofer frena de golpe -para alegría de los conductores que vienen detrás- y uno se sube. El que se detuvo para que suba yo, tenía detrás un policía en moto que gritaba y le golpeaba la carrocería con la mano para que se moviera y lo dejara pasar.
El camino es de montaña, sin grandes atractivos. La vista es mayormente de pueblos muy pobres y sin onda. Igual, la onda se la ponía el chofer, que se creía Michael Schumajer. Si me hacían un electro en ese momento, salía un mamarracho.
Arriba de los buses, los vendedores ambulantes se superponían unos a otros. Prácticamente no hubo momento en que no hubiese alguno arriba. La mayoría de ellos vendía comidas indescifrables, cuyos aromas generaban en mí unas tremendas ganas de que nadie comprase nada.
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La ciudad de Baños tiene más onda que Quito, definitivamente. El pueblo en sí no es gran cosa, es super turístico, con un par de peatonales estilo Gesell, y una cantidad infinita de agencias que venden todas las mismas excursiones. En las afueras hay algunas cositas lindas para hacer, llamémosle “deportes extremos”. Yo me alquilé una bici para hacer la Ruta de las Cascadas, unos 25 kilómetros durante los cuales se pueden ver unas cuantas caiditas de agua que serían ignoradas en cualquier mapa patagónico, y que terminan en el Pailón del Diablo, esta sí una cascada bastante linda y caudalosa que, de todas formas, dista mucho de ser la “octava maravilla del mundo” (tal su slogan de venta). Digamos que al lado de la Garganta del Diablo, el Pailón es un chorrito, pero no es cuestión de ponerse chauvinista.
En fin, ahí nomás del Pailón, subí a almorzar a un barcito con mucha onda, sobre un balcón de madera, lleno de plantas, con sillas y mesas de madera, con vista a la cascada, todo muy tropical. Ahí me quedé leyendo un buen rato, disfrutando de un paisaje maravilloso. Cuando el lugar se vació, quedé solo con Diego y Rodrigo, cordobés y chileno que manejan el bar y viven en una casa ahí cerca, en el medio de la selva, lleno de huertas y árboles frutales. Después de pasar un buen rato con ellos, me llevaron de vuelta a Baños -a mí y a mi bici- en su camioneta.
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En Baños hay tipos que ponen una balancita de baño en la vereda, y te cobran por pesarte.
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A la noche fui al tour nocturno (valga la redundancia) en una “chiva”, algo que me habían recomendado. Se trata de un paseo en un micro viejo con asientos muy rudimentarios, bastante parecidos a los de un carrito de tren fantasma. Se supone que le dan onda al colectivo. También había asientos en el techo, pero parece que ahí hacía demasiado frío, porque esa zona se mantuvo desierta. Muchos de los pasajeros eran estúpidos adolescentes de viaje de egresados que no pararon de gritar y cantar canciones “picarescas”. Creo que estoy envejeciendo, deseé fervientemente que cayeran por un costado del vehículo. Llegamos a la cima de no-sé-dónde para tener una vista panorámica de la ciudad de Baños y de no-sé-qué-volcán. Estaba harto nublado, y con suerte lograba ver a los párvulos que me acompañaban, todos nosotros sentados alrededor de un fogón alimentado a alcohol mientras un mexicano viejo y borracho nos cantaba unas coplas acompañándose de una guitarra que sonaba como una de colores que tenía yo a los cuatro años. Nos tomamos unos vasitos de “canelazo” -bebida típica de Baños, se jactan en los afiches que promocionan el tour-, una mezcla de granadina con canela y alcohol, y nos montamos de nuevo en la “chiva” que nos llevó de regreso a Baños. Los tres dólares mejor invertidos del viaje.
Decidido a olvidar el triste paseo, anduve de bares y copas, probando algunos tragos interesantes y conociendo gentes de por allá.
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Al día siguiente, en el micro de regreso a Quito, me dormí un rato. Al despertar, noté que mi riñonera estaba más liviana que lo habitual. Unos amigos de lo ajeno se habían hecho de mi cámara de fotos y mi reproductor de mp3. El problema de no tener cámara es básicamente que me quedo sin fotos mientras viaje solo. El problema de no poder escuchar mis mp3 es que todos los micros de acá pasan cumbia villera. Todos, y a un volumen notable.
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En la noche de vuelta en Quito, fui con un par de flacos del hostel a degustar unas pizzas con cerveza. Collin es un neocelandés muy alto y buena onda. Steve, un texmex algo freaky pero divertido, que me contó cómo a él le habían robado un equipo fotográfico de seis mil dólares, y me convenció de mi cámara pocket no era una pérdida tan grave.
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Llegué a Otavalo, unas dos horas al norte de Quito, y unas tres al sur de Colombia. Crucé la línea ecuatorial, por lo que, técnicamente, a partir de ese momento estaba en invierno. El lugar en el que me dejó el bus parecía un pueblo fantasma. Me alojé por 10 dólares en un hotel que, para los cánones de acá, debe ser un tres estrellas: pieza privada con baño, cama doble, TV y un abundante desayuno incluido. Los gustos hay que dárselos en vida.
Caminando unas cuadras apareció algo de gente. El centro de Otavalo es pintoresco. Tiene su típica plaza, frente a la iglesia, con sus pobladores disfrutando de no hacer nada. La mayoría de sus habitantes es indígena y eso se nota en el ambiente. Son todos muy callados pero bastante amables. No les gusta que les saquen fotos, temen que les roben el alma.
La ciudad está llena de ferias, desde artesanías y frutas hasta animales. Uno pasa por los puestos, y cada puestero le va diciendo “a la orden, amigo”. Si uno contesta, empieza el regateo.
Por la noche, Otavalo es sumamente tranquilo. Hay pocos lugares para comer y cierran temprano, por lo que tuve que caminar bastante hasta encontrar uno abierto. Me sumé a una mesa de españoles y suizos que había conocido en el mercado, y compartí con ellos la última cena ecuatoriana.
