Colombia

Parque Tayrona

Parque Tayrona

El eje cafetero

Entrar a Colombia habría sido bastante fácil, de no ser por un detalle: primero tuve que salir de Ecuador. Una cola de más de dos horas bajo el sol del mediodía, con la mochilota en la espalda y esquivando a todos los vendedores ambulantes, arbolitos y demás sujetos molestos. Finalmente llegué al mostrador y logré tener un sello más en mi pasaporte. De ahí crucé caminando el puente que terminaba en Colombia, hice unos minutos más de cola para tener un nuevo sellito, y me tomé la buseta que me dejó en Ipiales, primer pueblo colombiano. De Ipiales partí en un bus a Cali, un viaje que preferiría haber evitado, pero así se dio el mapa. Parece ser que acá los choferes padecen del efecto Montoya (corredor colombiano de Fórmula 1) y esto, en camino de montaña, hizo que yo no me pudiera relajar del todo. El muchacho tomaba las curvas a grandes velocidades, pasaba autos sin ver quién venía de frente, pegaba unos volantazos algo bruscos. En cierto momento, dejé mi orgullo de lado y me paré especialmente para pedirle que por favor tuviera algo de respeto por la vida, me dijo que sí, que no me preocupara, y aceleró un poco más. Al rato se sentó al lado de mí un gordito simpático, aunque demasiado verborrágico y algo hediondo, que de todas formas logró distraerme un poco de mis cálculos probabilísticos acerca de la vida y la muerte. Llegamos a Cali a las 3 de la madrugada, y graciadio logré conectar inmediatamente un bus a Armenia (ciudad en el departamente de Quindío, parte de lo que llaman “el eje cafetero”; no confundir con país de la ex URSS). Ahí dormí todo lo que no había podido en el viaje anterior. Llegado a destino, tomé otra buseta hacia la finca donde debía encontrarme con Armendo. Cuando me bajé, ya no en Armenia sino en Montenegro (otra ciudad en el departamente de Quindío, no confundir con país de la ex Yugoslavia) me encontré con un cartel que decía “Hotel donde tenés que encontrarte con Armendo: 3,5 kilómetros en subida”. Recordé mis años mozos, junté coraje y emprendí la subida por el medio de la selva, entre árboles frutales espectaculares, plantas de café, cactus gigantes, y otros animales extraños. Llegué a la finca muy cansado. No había lugar. Maldije a Dios. Volví caminando un kilómetro hasta la finca más cercana, “Los Girasoles”. Era muy linda, pero muy cara. No tenía opción, así que, tras volver a maldecir a Dios, me acomodé en una habitación y me dispuse a disfrutar de las instalaciones. Pero antes, tenía que mandarle un mail a Armendo para avisarle del nuevo punto de encuentro. La computadora con internet más cercana estaba a siete kilómetros, así que desandé el camino selvático, le sumé una horita de caminar por la ruta bajo el sol, volví a esquivar sujetos molestos que me veían cara de gringo millonario, y logré mandarle el mail a mi amigo. Para la vuelta logré encontrar un taxi que alivió mis penurias. Un par de horas más tarde recibí un llamado de Armendo que había llegado a Armenia. Le dije que le mandaba un taxi que lo pasaría a buscar en diez minutos por donde él estaba. Cuarenta minutos más tarde llamó el taxista para decir que no lo encontraba. A la hora y media sin novedades, y temiendo desde un secuestro por parte de las FARC hasta un secuestro por parte de los paramilitares, decidí tomarme yo un taxi hasta Armenia para buscarlo. Después de una minuciosa investigación por el poblado, llegué a la conclusión de que Armendo había esperado el taxi en la esquina equivocada, y cansado de que no llegase, se fue a un hotel de por ahí. Volví a Montenegro maldiciendo, ya no a Dios sino a Armendo, que llegó muy fresco a la mañana siguiente.

Ese día lo pasamos en la finca. Ya que pagamos lo que pagamos, amortizamos la pileta, los jardines, la cancha de futboley, la mesa de ping-pong y el tablero de ajedrez. Al día siguiente hicimos una excursión espectacular en balsa, con unos viejos gringos, muy regios ellos (una señora bien se extrañó de que, siendo argentinos, no jugáramos al polo), y un par de lugareños que movían la balsa con unas cañas enormes que hacían las veces de remos. Pasamos por unos paisajes de película, nos tiramos algunas veces al río, paramos en unas praderas a comer un almuerzo muy digno, vimos pájaros y vegetación exótica, y buscadores de oro artesanales (incluso algunos de ellos habían encontrado un par de gramos en polvo que a las multinacionales se les habían pasado).

De Armenia fuimos para Salento, un pueblito bastante pintoresco. Nos alojamos en Plantation House, el hostel de Timothy, un inglés gordito y simpaticón. Había gente copada ahí, un par de argentinos, algunos gringos, y las hijas de Tim, unas nenitas muy simpáticas y demasiado vivas, que administraban el hostel con mano de hierro. En Salento visitamos una pequeña feria, y subimos a un mirador desde donde teníamos una gran vista del pueblo y las montañas de los alrededores. Caminamos hasta un par de fincas cafeteras muy interesantes, una muy grande y casi industrial, otra pequeña, más artesanal y familiar. Vimos el proceso del café desde la cosecha de los granos, hasta tomarlo.

Al otro día fuimos con Kate y Krystine (unas bonitas gringas que paraban en el hostel) a recorrer el Valle del Cocora, una zona con paisajes de puta madre entre montañas y palmares enormes. Hicimos la ida a caballo y la vuelta caminando, en total unas cinco horas muy disfrutables. Ya volviendo, almorzamos la típica trucha a la marinera, que no me gusta demasiado pero la comí por típica, y vimos al perro más feo y más chiquito del mundo, que perdió una pelea cuerpo a cuerpo con un pollito.

*  *  *

El centro

De Salento fuimos a Medellín. Llegamos pasada la medianoche, un taxista nos paseó un rato y finalmente nos dejó en la casa de Bibi, amiga colombiana, hermanita postiza, que nos recibió con la mejor onda paisa, y fue nuestra guía turística de lujo. Recorrimos la ciudad en bus, metro y teleférico, caminamos mucho y nos sacamos unas cuantas fotos entre las gordas de Botero.

Para ir a Bogotá desde Medellín se sale desde la terminal del norte. Nosotros consideramos más beneficioso ir a la terminal sur, pero solamente porque queríamos recorrer en buseta el tramo urbano entre ambas terminales, y no porque nos hayamos equivocado, que conste en actas.

*  *  *

Un detalle que llama la atención en todo Colombia es la cantidad de gente que usa ortodoncia en los dientes. Son realmente muchos. Y no sólo eso, hasta parace que es muy “in” porque los usan hasta con alambres y brackets de colores, cuanto más brillantes mejor. Yo no digo que quede feo, todo es cultural, pero en fin…

*  *  *

En Bogotá nos alojamos en La Candelaria, la zona histórica, digamos, el San Telmo de ahí. La primera noche salimos de rumba, aunque los  jueves ahí todavía no empieza el fin de semana, así que no había una cantidad de gente notable, pero con Armendo nos tomamos unos drinks y la pasamos bien lo mismo. Se podría decir que ver a mi amigo bailar es al menos interesante, antropológicamente hablando.

Al día siguiente fuimos a un par de museos. No es que fuera mi intención hacer un viaje cultural, pero en mi caracter de judío progre de clase media y que se psicoanaliza, si no incluyo un poco de arte se me genera un sentimiento de culpa, y después no logro explicar qué hice de interesante durante tanto tiempo. En fin, tanto el Museo del Oro como el de Botero resultaron harto atractivos.

*  *  *

La salida a Villa de Leyva se demoró un poco más de lo esperado, producto de habernos quedado dormidos, desayunar lento y lejos, tener que hacer un par de viajes demasiado prolongados, y llevar en general un ritmo bastante tántrico. La ciudad es pequeña y muy linda. Todas sus calles siguen una forma ortogonal a partir de la plaza central (con su respectiva iglesia) y tienen el piso con sus piedras originales. Esto es muy pintoresco, pero estimo que la tasa de esguinces en este pueblo debe ser bastante alta.

A unos 15 kilómetros de Villa de Leyva está La Periquera, zona que no llega a ser ni pueblo, pero que tiene unos paisajes naturales muy bonitos, de montañas, bosques y cascadas. En esos bosques crecen unos honguitos que suelen tener efectos extraños en quienes los consumen. Ahí mismo nos encontramos con David, Guillermo y Ricardo, unos colombianos muy bacanos, muy rocanroleros, que andaban en una búsqueda espiritual parecida a la nuestra. Así es que logramos hacernos de esos pequeños vegetales y rumbeamos hacia la choza de una vieja sabia, que nos mostró cómo prepararlos, cómo consumirlos, nos hizo firmar unos papeles que no se entendían, y se tomó el olivo. Lo que pasó en las horas siguientes es inexplicable, pero puedo jurar que fue algo muy bueno. Sentí harto contacto con la naturaleza. De hecho me convertí en piedra por un rato, y después en río. También abracé mucho a uno de los rockeros, el que tenía más cara de malo, que en el fondo era tierno como un osito. Por alguna razón que desconozco, el tiempo se nos pasó volando y no nos dimos cuenta de que se iba el último micro a Leyva, así es que nos volvimos caminando hasta ahí, 15 kilómetros en noche sin luna (de todas formas era tanto el contacto que teníamos con la pacha mama y con apa planetam, que ellos nos guiaron por la buena senda).

*  *  *

Cuando uno saca un boleto de micro de larga distancia (ejemplo: Leyva a Bogotá), se pregunta el precio, te dicen $13.000, uno se va con cara de ofendido, te corren y te ofrecen “un pequeño descuento”. Finalmente cuesta $10.000. Así funcionan las cosas acá.

*  *  *

La costa

En Bogotá decidí romper el chanchito y hacer en avión los viajes largos que me quedan. Mi paciencia con el “Efecto Montoya” de los choferes de micro se terminó. Así que tomé un avión a Cartagena (vuelo de una hora, que salió con hora y media de retraso), de ahí cuatro horas de bus a Santa Marta, y de ahí taxi a Taganga, un pueblito chico con un par de playas bastante bonitas. Me alojé en La Casa de Felipe, hostel cool, con onda relajada y naturista,  donde conocí a John, un inglés no muy verborrágico pero simpático, buena compañía para ir a la playa. Ahí también conocí a Ran, un israelí que terminó siendo mi compañero de cuarto. Lo ayudé a redactar una carta de protesta a Air Madrid, para que lo estafen un poco menos, y en agradecimiento me preparó una rica cena.

*  *  *

Debo decir que el Parque Tayrona, en la costa norte de Colombia, entra en el Top Five de los lugares que visité. Es una playa muy tranquila con un mar increíblemente calmo en algunas bahías y muy agitado en otras zonas más abiertas, con una franja de arena no demasiado ancha, y pegadito, una selva tropical con toda clase de insectos, lagartijas, ardillas, y otros vegetales por el estilo. Algo así como la isla de Lost  pero con algunas comodidades menos (no había escotilla ni estaban “Los Otros”, pero por lo demás, bastante parecido).

Ahora, ¿hay algo más looser que, en una playa llena de cuerpos bronceados, cuando no directamente negros, aparecerse uno con toda su piel blanco-leche? Sí, hay. Y es tener todo el cuerpo blanco, pero la panza rosa, con marcas en los pliegues, producto de un descuido con el sol del mediodía en Taganga.

En Tayrona no hay camas para dormir, sólo hamacas. Muchas hamacas, una al lado de la otra, bajo un techo de paja. Si uno logra envolverse bien, se zafa del frío y los mosquitos, y no es tan terrible. De hecho uno se despierta casi al amanecer, levanta un poco la cabeza, y tiene una vista maravillosa del mar tras algunas palmeras. Además de las distintas playas está la selva en sí misma, que tiene unos caminos muy disfrutables. Cada pocos metros uno se cruza con alguna colonia de hormigas. Hay de diversas formas y tamaños, como todo en la vida. Nunca imaginé que entraran tantas hormigas en un mismo hormiguero, y que fueran capaces de hacer filas tan largas para cargar hojitas… Supongo que podrían inventar unas cintas transportadoras, pero alguien les debe haber contado en qué terminó la Revolución Industrial.

La primera noche me instalé en El Cabo, la tercera playa del parque. De las dos que tienen hamacas para dormir, es la única en la que uno puede bañarse en el mar sin riesgo de ser succionado hacia las profundidades. La segunda noche me habría quedado en el mismo lugar, si no fuera porque me colgué charlando con una chilena harto bonita en la primera playa, Arrecifes, y se me vino la noche. Cuando le pregunté a un tipo de por ahí cómo volver a El Cabo, a oscuras por la selva, me habló de culebras, osos polares y otros demonios que acechan en la penumbra. O sea, me quedé a dormir en Arrecifes, pero con lo puesto, que no era mucho. Conclusión, tuve mucho frío, y fui presa fácil para muchos mosquitos. Y cuando digo muchos, me quedo corto. Me picaron hasta en los labios, los desgraciados. Apenas hubo algo de luz, huí raudo hacia mis aposentos, donde pude taparme mejor y dormir un par de horas.

Desde El Cabo también se puede recorrer la selva durante una hora, hasta llegar a Pueblito. Pueblito es un pueblito. Hace algunos siglos, estuvo habitado por tribus de Tayronas. Hoy quedan las bases de algunas terrazas que usaban para cultivos, unas pocas ruinas, y una casita donde vive una familia de Kogys, los indígenas de la región. Toda la zona, incluido el camino, es muy agradable.

*  *  *

Después de un par de días en el Tayrona, volví a la “civilización” de Taganga. En el hostel no tenían camas disponibles, así que dormí una noche más en hamaca. No hizo frío, y los mosquitos estaban un poco más clementes. Pero siempre hay un pero. En una habitación pegada a mi hamaca organizaron una rave, así que la conciliación del sueño se complicó un tantico.

*  *  *

Al día siguiente encaré mi último viaje en bus sobre suelo colombiano (gracias al cielo). En cuatro horitas estuve en Cartagena. La parte histórica de la ciudad está rodeada por una muralla. Adentro de la misma, el lugar es maravilloso. Iglesias, calles adoquinadas, construcciones bien coloniales. Muy lindo para caminar sin apuro. De la muralla para afuera, mejor ni asomarse. Es feo y peligroso, dicen, así que decidí mantenerme del lado de adentro.

Por la tarde estuve un buen rato en la plaza principal (en todos lados hay una Plaza Bolívar, viene a ser como la Plaza San Martín de nuestros pueblos), viendo unos morenos danzando al son de unos tambores. Hay que admitir que lo hacen con ritmo envidiable. Más tarde me encontré con Kate, una de las gringas que había conocido en Salento. Recorrimos Cartagena de noche, y cenamos en un restaurant para turistas, donde se me fue de control el presupuesto.

*  *  *

Decidí ir a Playa Blanca. Pregunté en el hotel cómo ir por mi cuenta. Me mandaron al Mercado Bazurto. De ahí salen las lanchas, y ahí me dejó el taxi. Supongo que el mercado fue bautizado así en honor a la cantidad de basura que tiene. No exagero, es un basural, con un lago al lado, casi tan limpito como el riachuelo. La feria de La Salada es el Alto Palermo al lado de esto. Cuando me avivé ya estaba adentro de la lancha (siendo generosos con el término), arrastrado hasta ahí por unos personajes bastante sospechosos. Esta lancha no sale hasta que se completa de gente. Esto tardó aproximadamente hora y media. Mientras tanto, circulaban a mi alrededor unas caripelas que me daban escalofríos. Absolutamente todos afroamericanos (es eso políticamente correcto, ¿no?) y yo ahí sentado, con mi cara de gringo pálido y desorientado. Finalmente arranca el bote, cargado con lugareños, yo en el medio, y varias bolsas y cajas de verduras en la proa. Pensé que el botecito no se bancaría el peso, y que terminaríamos todos nadando perrito en el riachuelo. Pero arrancó, nomas. A los tres minutos nos para la policía naval. Los hombres de ley piden documentos “a todo el personal masculino de la embarcación”. Todos empiezan a insultar por lo bajo a los polis, algunos dicen que no tienen documento, otros susurran que sí tienen pero que no lo entregarán. Entrego mi pasaporte y me preguntan adónde voy. A Playa Blanca, respondo. Los polis se miran, me miran, se vuelven a mirar. Segundos de tensión. “¿Y quién le dijo que se suba a esta lancha para ir allí?”. “Bueno, acá el muchacho que conduce me dijo que él me lleva”… Los polis ponen cara de “dónde te metiste, gringo ingenuo”, devuelven todos los documentos menos el mío, llaman por radio a no sé dónde para pasar mis datos. El trámite se demora más de lo habitual, y la monada se empieza a impacientar. Que por qué no arrancamos ya, que qué estamos esperando, que falta el pasaporte del extranjero, “ahhh, falta que le devuelvan los papeles al Che, falta el Che, jajaja”, que arranquemos igual, que total la lancha de la policía no es tan rápida y no nos puede alcanzar. Y yo festejándoles los chistes, tratando de caerles en gracia a los muchachos del bote y a la vez mantener un prudente equilibrio de simpatía entre ellos y los hombrecitos de azul. Finalmente me devuelven el pasaporte, me desean algunas bendiciones y la lancha reanuda su marcha. Después de media hora de viaje durante el que no me pude relajar demasiado, llegamos a Playa Blanca, en la costa de la Isla Barú. Apenas vi algo de tierra firme, casi me tiré del bote, sin osar discutir el precio exorbitante del pasaje.

El lugar es realmente paradisíaco. Es una isla casi desierta, con arena que hace honor al nombre de la playa, y un mar caribeño que es un lujo de calma y tibieza. Mismo en la orilla se pueden distinguir diferentes tonos de azules y turquesas. Por ser temporada baja, prácticamente no había nadie, más que una docena de moradores de la isla. Unos pocos turistas habían venido en un tour por un par de horas, pero después de las 3 de la tarde, hora en que comienza a agitarse el mar y las lanchas ya no navegan, realmente no quedaría nadie. Así que desistí de la idea original de pasar la noche ahí, y me propuse disfrutar la playa durante unas horas; tarea nada complicada, debo admitir.

Podría haber vuelto en unas lanchas turísticas, igual de caras y menos peligrosas que la aventura de la ida. Pero resulta que también se puede hacer el trayecto Barú-Cartagena por tierra (salvo un pequeño canal, de unos 30 metros de ancho). Es más barato que las lanchas, y así es como viaja la gente de acá. Dicen que es antropológicamente más interesante. Así que ahí fui, en compañía de un brasileño y su novia bogotana, que vive en Cartagena y más o menos conocía la ruta.

Primeramente hay que tomar un “carro”. Esto es un colectivo viejo, muy viejo, de antología. Al igual que el bote de la ida, este bus arranca “cuando se llene”. Esto me habían anticipado de los costeños. Nadie usa reloj, y creo que tampoco tienen noción del tiempo, más que los conceptos básicos de Día y Noche. No tienen apuro por nada. En fin, yo tampoco debería tenerlo, siendo que estoy de vacaciones, así que me armé de paciencia y esperé algo más de una hora, hasta que el bondi se llenó e inició su marcha. Adentro del colectivo, vale todo: fumar, gritarse desde el fondo hasta el asiento de adelante, subir casi en bolas, recién salido del mar y empapado, transportar comidas y animalitos que emanan diferentes perfumes (en un momento, un tipo saca una iguana de adentro de una bolsa; mide casi un metro, y tiene las patitas atadas hacia atrás, como esposada, para que no lastime con las garras; se la pasan entre todos los pasajeros, cada uno la palpa y opina, que tiene huevos adentro, que no tiene, que sí tiene; también me la pasan a mí, que la palpo rápidamente sin emitir opinión). Podría decirse que la imagen correspondía más a un micro de viaje de egresados, que a uno urbano. La gente se sienta de a tres en asientos de dos, o se pasan de uno a otro asiento por encima del respaldo. De los comentarios escuchados ahí, creo que no entendí ni jota. El castellano costeño es bien jodido. Pero qué gente alegre, vieran ustedes. Estimo que Macondo se parece demasiado a este lugar.

Después del “carro”, viene el viaje en “ferry”. El ferry es un bote a remo, donde caben unas diez personas, que cruza el canal y te deja en Pasacaballos, un pueblo muy pobre, zona industrial, ya en el continente. De ahí nos tomamos un taxi-colectivo hasta Cartagena. Qué es eso, se preguntarán. Pues bien, es una mezcla de taxi y colectivo, ni más ni menos. O sea, es un autito amarillo, pero que puede llevar tantos pasajeros como quepan. Aunque ya haya alguien arriba, cualquiera lo puede parar y subirse. El destino del viaje se arregla, más o menos, entre todos los pasajeros. Es más caro que un colectivo, más barato que un taxi, y te deja más o menos cerca. Mientras nos llevaba, el taxista iba comentando que “yo soy paisa, de Medellín, aquí el costeño es muy flojo, aquí es pobre el que no quiere trabajar, el negro es muy haragán”. Se ve que los requisitos ideológicos para ser taxista son similares a los de Buenos Aires.

*  *  *

El Castillo de San Felipe se encuentra un par de cuadras fuera de la muralla que rodea el centro histórico. Es en realidad un fuerte, bastante interesante y, por estar algo más alto que el resto de la ciudad, ofrece una buena vista panorámica, de 360 grados. Tiene unos cuantos corredores subterráneos, que me hacen pensar que en el siglo XVI todavía no se había inventado la claustrofobia.

*  *  *

En mi último día en Colombia, decidí dejar de lado las vivencias antropológicas para dejar fluir al pequeño burgués que llevo dentro. Playa Blanca merecía otra visita, pero esta vez en lancha turística. Es un poco más cara y sofisticada que la del otro día, y la distribución étnica es completamente inversa: todos del mismo color, salvo el que maneja. Los orígenes de todas las injusticias y desigualdades sociales entre blancos y negros están muy bien explicadas en Las Venas Abiertas de América Latina, libro que leí en la playa durante un par de horas, después de un rato de snorkelling en el Mar Caribe y unos masajes muy baratos propinados por una negra. Ahí me di cuenta de que Galeano es demasiado fatalista, y de que no estamos tan mal.

*  *  *

En Playa Blanca le compré unas artesanías a un sujeto que me hizo un supuesto descuento “porque tú eres argentino, y yo soy amigo de Carlitos Tévez, que vino aquí y me trajo una camiseta que usó en el mundial…”

El Efecto Montoya, no alcanza sólo a los choferes de micro; los lancheros también lo padecen, y yo llegué a Cartagena con mi costado derecho pasado por agua.

*  *  *

Dicen que es imposible cruzar hacia Panamá por tierra, porque la selva está controlada por las FARC, o en su defecto por los paramilitares (“paracas”) que pueden ser peores. Entonces volví a Bogotá sólo para tomar el avión, y así terminó mi periplo por Colombia, tierra caliente, de gente súper bacana.

*  *  *

Anexo: Diccionario Colombiano-Argentino

A la orden: frase comodín, suele ubicarse al principio o al final de cualquier oración.
Bacano/a
: copado/a (¡qué lugar tan bacano!)
Chanda: cagada (¡qué chanda que ya tengas que devolverte a Bogotá!)
Chimba: grosso (¡qué chimba de tennis!)
Chimbo: berreta (este pantalón es muy chimbo).
Deli: muy rico (¡estos panquecitos están súper deli!)
Desparchado: aburrido, sin nada que hacer, al pedo (se me cortó la interné, estoy desparchado).
Jarto: tipo latoso, que aburre (¡cómo habla este jarto!)
Jeto: con resaca (man, quedé jeto de anoche).
Locha: fiaca (¡qué locha tengo!)
Mamera: embole (¡Qué mamera esta fiesta!)
Marica: loco, chabón (¡hey, qué cuenta, marica!)
Pan: mucho embole (¡qué pan esta fiesta!)
Parche: grupo de gente, lugar de parada habitual (hoy me junto con mi parche).
Parchear: ir en grupo (¿pa’ dónde parcheamos, parse?)
Parse: amigo (¿cómo anda, parse?)
Petardo: creído (¡qué se cree este man, es un petardo!)
Qué pena: perdón, lo siento, disculpe (nos hemos quedado sin hielo, qué pena).
Rumba: joda nocturna (vamos de rumba; ¿dónde rumbeamos hoy?)
Tennis: zapatillas (me compré unas nuevas tennis).
Tirar: cojer, follar (no sabes la mina que me tiré).
Tirititi: ver Tirar.
Tostado: quemado, volcado (¡uh, me pasé de faso, toy tostao!).
Video: flash (¡man, qué video estos hongos!)

Nota: no se distingue entre lenguaje paisa, bogotano o costeño.

Advertisement

There are no comments on this post.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.