Panamá

Isla Perro, en Kuna Yala

Isla Perro, en Kuna Yala

Panamá Vieja, en el sur de Panama City, está conformada por algunas ruinas, una torre con una vista interesante y un poco de pasto alrededor. Aparentemente ahí fue que se fundó la ciudad por primera vez, y duró unos pocos años, hasta que llegó Morgan, un pirata inglés que saqueó todo y obtuvo tal rentabilidad, que convenció a las generaciones posteriores de que ese era el camino para lograr el progreso. Hasta ahora no se conocen métodos más eficientes.

De Panamá Vieja nos fuimos a Panamá Nueva, zona más conocida como Casco Antiguo, valga la paradoja. Ahí se volvió a fundar la ciudad después del saqueo de Morgan. Hoy es la parte histórica de la ciudad, el típico barrio antiguo que podemos encontrar en cualquier capital latinoamericana. O sea, un par de iglesias pintorescas, algunas plazas muy coquetas, la casa de gobierno, y si te salís un par de cuadras del circuito turístico, agarrate Catalina.

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El famoso canal de Panamá es realmente una obra de ingeniería monstruosa. Para pasar de un océano a otro, los barcos atraviesan varias esclusas que varían el nivel del agua en los distintos tramos del canal, de manera que los enormes bichos suben hasta 25 metros por sobre el nivel del mar, para pasar por un lago y volver a bajar hacia el océano opuesto. Cada embarcación paga entre 50 y 200 mil dólares de peaje, pero lo cierto es que, o pagan, o se tienen que dar una vueltita por debajo de Tierra del Fuego y hacer unos 13 mil kilómetros más.

Con toda la tierra que sacaron para construir el canal, se hicieron una ruta que une tres pequeñas islas con el continente. Este tramo se conoce como la Calzada de Amador, y viene a ser como nuestro Puerto Madero, la zona más top, llena de gringos y restaurantes caros con vista al mar.

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Nuestro primer día de playa fue en Taboga, una isla del Pacífico. Pensábamos ir en la lancha turística, pero cuando llegamos al puerto, la vimos irse. Como este verano pegó la onda “lancha antropológica”, nos tomamos un taxi hasta el muelle fiscal, que viene a ser el puerto de donde salen las embarcaciones no turísticas, y de ahí una “panga” (especie de lancha destartalada) que nos llevó a la isla. Para subir a dicha embarcación, que no tenía posibilidades de acercarse hasta el muelle, nos vimos en la obligación de montar a babucha del conductor, quién metió sus patas en el agua y evitó que nos mojáramos.

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El último día en Panama City volvimos al Casco Antiguo y recorrimos algunas partes que nos habíamos salteado la vez anterior, incluyendo el Museo del Canal, muy interesante (parece que primero intentaron construirlo los franceses, les salió para la merde, y ahí lo agarraron los yanquis a medio hacer y se quedaron con todos los laureles).

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Partimos hacia el archipiélago de San Blas en una avionetita apenas más grande que un Ford Falcon, con lugar para una docena de pasajeros y un par de ventiladores a los costados que lo mantenían más o menos a flote. Los pilotos miraron para atrás, preguntaron si estábamos todos y despegamos. El ruido de los motores dañó seriamente mis oídos, y los sacudones que daba la avioneta me mantuvieron los huevos en la garganta durante todo el vuelo, pero debo admitir que la aventura duró menos que un viaje en taxi desde Almagro hasta Belgrano, y que la vista aérea de las islas rodeadas por el mar turquesa era majestuosa.

El archipiélago de San Blas está en la comarca indígena de Kuna Yala, que en idioma kuna significa “territorio kuna”, valga la redundancia. Está compuesto de 365 islas, de las cuales sólo 48 están habitadas, porque las otras son demasiado pequeñas. Los kunas tienen leyes propias y poco contacto con la política federal panameña. Ninguna persona que no pertenezca a la comunidad puede tener propiedades en las islas. Un beso extramatrimonial se multa con 25 dólares, y en caso de que se encuentre a una pareja haciendo la porquería la multa asciende a 250 dólares, a no ser que se casen luego (lo cual termina siendo mucho más caro, todos lo sabemos). En general los dólares los usan para comerciar con los turistas, pero la moneda interna es el coco. Cada palmera del archipiélago tiene dueño, y los cocos que caen sirven como bienes de cambio.

Paramos en la Isla Nalunega, en una choza con paredes de caña y piso de arena. Hay electricidad un par de horas al día, cuando se enciende el generador a nafta. También hay duchas compartidas, por las que sale agua de mar. Por 40 dólares diarios nos dieron alojamiento, pensión completa y traslados a diferentes islas. La comida consiste en pescado, ensalada y arroz blanco, al mediodía y a la noche, aunque cada tres o cuatro comidas cambian el pescado por pollo. En la zona hay superabundancia de pescado, y es realmente muy rico. Cada día, Andrés y Antonio, dos gallegos muy majos y brutos que se fueron a Panamá por el mero placer de la pesca subacuática, nos traen la comida, y a cambio de eso no les cobran el alojamiento. La primera cena fue un crisol de nacionalidades: nosotros, una pareja de canadienses que sólo hablaban inglés, una pareja de franceses que sólo hablaban francés, y los gallegos que sólo hablaban español y galego. La canadiense nos decía que los gallegos hacían demasiado ruido a la mañana, nosotros les traducíamos, y Antonio explicaba que la cena de la noche anterior había sido demasiado abundante, y entonces por la mañana Andrés “se va por detrás, tío, y no puede controlar los ruidos”…

Las islas que visitamos en esos días (Isla Perro, Isla Aguja, Isla Diablo, con nombres en kuna imposibles de recordar) son paradisíacas, con arena blanca, rodeadas de mar caribeño de varios colores y llenas de palmeras. Se llega en lancha, en viajes habitualmente movidos de poco más de media hora. Por lo general las islas no son muy grandes: si uno va caminando, les da la vuelta en cinco o diez minutos, y desde cualquier lado se puede ver toda la orilla. Por lo general hay una o dos chozas habitadas por los indígenas que viven ahí. Los hombres kunas suelen dedicar un rato de la mañana a la pesca, otro rato a llevar turistas en lancha de una isla a otra, y el resto del día básicamente se rascan el higo. Las mujeres mantienen la casa y cosen molas todo el día (tapices, o vestidos hechos con diferentes dibujos en tela, típico producto kuna que uno puede ver en cualquier feria artesanal de Panamá).

En los días que pasamos ahí tuvo lugar una celebración típica kuna: la fiesta de la pubertad de una niña. O sea, una niña deja de serlo, se convierte en señorita, y se hacen tremendos festejos para toda la comunidad. Algo así como un bat-mitzvah, una fiesta de 15, o algo parecido… pero no tan parecido.

El ritual se lleva a cabo en el congreso de la isla, que no es otra cosa que una cabaña igual al resto, pero más grande. Para empezar la celebración alcanza con dos personas: el jefe de la ceremonia y otro que fuma una pipa larga y le echa el humo en la cara, durante horas. No tienen vestimentas típicas; de hecho, el que dirigía todo tenía puesta una gorra que decía “Panamá libre de humo”. Durante dos horas, es sólo eso. Uno fuma, le echa el humo en la cara al otro, cada no sé cuántas humaredas el otro fuma una pipa más corta, se hacen unos buches con un agua especial de una tinaja, y así… Después, empieza a llegar el pueblo de a poco, y empiezan a tomar. Durante ese lapso nos fuimos a una isla, y cuando volvimos unas horas más tarde, ya no quedaba ni un kuna en pie. Pocas veces vi una mamúa colectiva de tal magnitud. Gente tirada por el piso, las abuelas kunas más borrachas que nadie, algunos que estaban a las trompadas cinco minutos antes de estar a los abrazos, otros que se acercaban ofreciendo dos copitas de seco (algo así como el ron pero más fuerte y más barato), “por la dualidad, una copita por el hombre y otra por la mujer, una copita por el bien y otra por el mal, una copita por la tierra y otra por el agua…” y entonces uno se tiene que tomar las dos copitas de un trago porque si no se ofenden los dioses, o lo que es peor, se ofenden los kunas ebrios. Esto sucede varias veces, no es que con tomar un par de copitas los tipos se quedan contentos. El más asiduo de los borrachos era uno que decía ser profesor de gramática de la isla, al que era imposible interpretar de tanto que le patinaba la lengua, y que se ofendía cuando no le entendíamos y se veía forzado a repetir las cosas. Otro de los borrachos vino a contarme de todo el dinero que le regaló su hermano narcotraficante, y de cuán fácil es vivir del narcotráfico y de las rutas que hace su hermano en lancha, y otros detalles que espero por su bien no sean ciertos, porque si suele ser tan verborrágico va a terminar haciendo lucha libre con los tiburones del caribe.

En el medio de toda la mamúa, los dos del principio seguían fumando y cantando en kuna antiguo (se supone que deseándole cosas buenas a la homenajeada). A decir verdad, nunca vimos a la chica, así que no sabemos si realmente existió, pero debo decir que la excusa para un buen pedo popular resultó bastante efectiva.

En Nalunega, donde nos alojamos, conocimos algunos kunas dignos de mención:
Juan, el simpático administrador de las cabañas, que no pasó un sólo día entero en estado de sobriedad, y que dedicó gran parte de las noches a hacer chistes malísimos en malísimo inglés.
Herminio, el cocinero, muy introvertido, monosilábico, casi con culpa de haber nacido. Para traer o retirar las cosas del almuerzo hacía decenas de viajes entre la mesa y la cocina, nunca llevando más de dos cosas pequeñas por vez, o una cosa grande. No conoce el concepto de “pila”.
Jeremías, el travesti de la isla. Se viste de mujer y actúa como tal, pero se sigue llamando Jeremías.
Angélica, vieja kuna, dueña de las cabañas, que desde la oscuridad de su choza, envuelta en vapores de no sé qué comida hecha a leña, con su traje típico kuna y su aro de oro atravesando su nariz, nos ofreció su número de celular “por si algún otro argentino quiere venir por acá”.
Luchin, tal vez el kuna más occidentalizado de la isla, gran guitarrista, y su novia canadiense, Frasan, que me preparó un té de ajo para curarme un resfrío.
El Zaila, jefe de la comunidad, un anciano que a duras penas se mantiene parado sobre sus patas chuecas y su bastón, que no habla nada y aprovecha las dos horas diarias de electricidad para ver en su pequeña tele el reality America’s Next Top Model, fijando su cabeza a 15 centímetros de la pantalla.

Después de unos cinco días en las islas, decidimos volver al continente, así que nos llevaron en lancha hasta el improvisado aeropuerto de Kuna Yala. Los controles para la vuelta son algo menos rigurosos que en Panama City: no hay check-in, y no hay control del equipaje, ni de los pasajeros. Simplemente, cuando la avioneta aterriza en la pista de tierra, uno se acerca (en lo posible cuando la nave ya esté detenida, pero si quisiera hacerlo antes nadie lo impediría), intenta llegar primero a la puerta para conseguir lugar, muestra su boleto, el piloto lo mira, lo corta cual entrada de cine, uno ubica su equipaje en un baúl delantero debajo de la cabina, y ocupa el asiento que puede.

Así nos embarcamos, a pesar de ser martes 13, y volvimos a la capital para hacer una pequeña escala técnica, recuperar nuestras mochilas, y empezar nuestro camino hacia el oeste.

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El Valle de Antón es un lugar simpático, a un par de horas de Panama City. Como su nombre lo indica, se encuentra entre montañas. Está más promocionado en los folletos que lo que realmente merece, pero quedaba de paso. El primer día fuimos a hacer una caminata hacia la “India Dormida”, una formación rocosa que supuestamente tiene esa forma. En el camino vimos unas pinturas rupestres cuyo significado “aún no ha sido descubierto”, y que supongo no deben tener más de un par de años. Pero al guía le puse cara de qué interesantes las pinturas, no es cuestión de herir el frágil orgullo panameño. También nos mostró el árbol de la especie Espavé, que por ser tan alto, era utilizado por los habitantes de la zona para vigilar. De ahí su nombre, porque “es pa’ ver”. Cuando llegamos a la cima del cerro y el guía nos señaló por cuarta vez a la supuesta india dormida, me dio vergüenza preguntarle otra vez “¿dónde?” y repetí la fórmula de ”qué interesantes las maravillas que nos ofrece la naturaleza en este país”.

Otra maravilla natural que se ofrece en los folletos es el “Chorro Macho”. Llegamos al comienzo del sendero, pagamos los cinco dólares de la entrada, esperando hacer un recorrido de un par de horas hasta encontrar una tremenda catarata. Pues no. La caminata dura unos cinco minutos si uno va despacio, lo cual explica lo de “Chorro”. Ahora, lo que no comprendo es el mote de Macho asignado a esa cascadita. Entiendo que la concepción de masculinidad es diferente en cada país, y que nosotros estamos mal acostumbrados a las cataratas del Iguazú, pero no sé, a veces pienso que la gente es demasiado pretenciosa con los nombres.

De ahí nos trasladamos al Níspero, el famoso zoológico de la ciudad, también muy promocionado. Pudimos ver algunos animales muy exóticos, como el gallo polaco, el gallo inglés, el gallo de Guinea… Yo los veía bastante parecidos al típico gallo de González Catán, pero no les voy a andar pidiendo el pasaporte a los gallos, ¿no? Otras especies permitieron a los científicos locales lucirse con los nombres: loro cabeciazul, tortuga orejiroja, urraca gordiblanca, perico carisucio…

De todas maneras, el día terminó de forma digna. Visitamos unas aguas termales, producto de varios volcanes que hay por ahí, nos untamos la cara con un barro anti age, y después de unos baños relajantes, salimos de ahí varios años más jóvenes.

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El viaje a Bocas del Toro no pintaba taaan largo, pero…

En el Valle de Antón tomamos un bus que en 45 minutos nos dejó en la Panamericana (la mismita, sí). Ahí esperamos durante una hora otro bus que nos llevase a David, pero finalmente desistimos y nos conformamos con otro que nos llevó a Santiago, en un par de horas más (no comprendo aún esta costumbre de ponerle a las ciudades nombre de hombre, pero todo es cultural). En Santiago no logramos encontrar buses a David que tuvieran asientos libres, y tras un par de horas de deliveraciones y evaluación de distintas opciones, cada cual peor que las otras, decidimos tomarnos un bus sin asientos libres, pero que por la misma guita nos llevaba en el pasillo. Digamos, como tomarse el 60, pero un trayecto de más de tres horas. Después de medio viaje en posición de contorsionistas de circo, conseguimos un asiento para compartir entre los dos, y poco antes de llegar logramos adquirir el segundo asiento. La ciudad de David es bien fea, pero logramos irnos rápido en una combi que en cuatro horas nos dejó en Changuinola, una ciudad aún más fea pero más cerca de nuestro destino. Ahí pasamos la noche en un hotel de chinos, feo y barato, y a la mañana partimos en otra combi hasta Almirante, un pueblo más feo que Changuinola, desde donde tomamos la lancha que nos depositó, finalmente, en Bocas del Toro.

La isla de Colón es la más grande e importante de Bocas. Ahí nos alojamos en el único hotel que conseguimos. También era de chinos, y también era muy feo. Dedicamos el primer día a recorrer la isla, bastante bonita por cierto.

El segundo día comenzó la cuestión del agua. Parece ser que acá no llueve hace rato, y falta agua. De repente, no hay más agua. No hay agua en los hoteles, no hay agua en los restaurantes, no hay agua en la isla toda, y en las islas de alrededor. Paradoja tercermundista, una isla rodeada de agua, se queda sin agua. No pretendo tomar agua salada, pero para el depósito del inodoro podrían idearse algún sistema, ¿no? Imagínenme con mi santa paciencia tratando de que los chinos, dueños también del supermercado de al lado, me presten un balde para vaciar mi retrete con agua mineral. Que espere, que a lo mejor en un rato hay algo de agua, que no me pueden prestar un balde y que no me van a hacer ningún descuento, porque no es culpa de ellos que no haya agua, y yo, que no quiero descuento, que sólo les pido un balde, que ya que tengo que comprarles agua mineral y gastar más para vaciar el retrete de SU hotel, que pongan un poco de voluntad. Bueno, casi media hora me costó conseguir el bendito balde. Graciadio y a la divina providencia, en una excursión conocimos a Luz (Dios la tenga en lo más alto de su santo reino), una morena que trabaja en un hotel de acá y que, ante la ausencia de su jefe, nos ofreció hacer la gran argentineada de alojarnos sin registrarnos, vamo y vamo. Y así terminamos en un apart por la misma guita que nos costaba el chino. Yo, argentino.

Amén de las cuestiones hoteleras, Bocas del Toro es realmente lindo. Es demasiado turístico, le falta la virginidad de Kuna Yala, pero la naturaleza ha sido generosa con estas islas. En diferentes excursiones, recorrimos en lancha la Bahía de los Delfines (sí, había delfines), hicimos snorkelling en Cayo Coral, visitamos la Isla de la Rana Roja, la única de la zona donde el mar es realmente violento, estuvimos en Bocas del Drago, donde vimos corales y peces de varios colores, y en la Isla de las Estrellas, donde había montones de –disculpen la obviedad– estrellas de mar. Paramos en hermosas playas de arenas blancas y aguas turquesas, y almorzamos en Punta Caracol, un complejo de cabañas espectaculares sobre el mar Caribe, en las que mi bolsillo de mochilero no me permitió alojarme. Sin embargo, todas nuestras comidas son en restaurantes suspendidos sobre el mar, con una vista envidiable. Se podría decir que, junto al archipiélago de San Blas, Bocas es el highlight de Panamá.

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En Panamá, los autos no tienen patente adelante. En Panamá se come casi siempre lo mismo, pero lo poco que hay es muy rico. En Panamá hay tantos supermercados chinos como en Buenos Aires, pero es imposible encontrar un kiosco. En Panamá la gente me ve cara de gringo y me habla en inglés. En Panamá se habla mucho de soberanía pero los panameños usan mucha remera con bandera de USA, cantan el “happy birthday” cuando alguien cumple años, y tienen una moneda imaginaria, el balboa, que vale lo mismo que un dólar, única moneda legal de circulación en papel (los panameños pueden usar monedas de céntimos de balboa, además de las de dólar, pero no pueden emitir billetes).

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