La entrada a Costa Rica no fue tan complicada como se preveía. Desde Bocas del Toro tomamos una lancha a Changuinola, realmente un paseo harto agradable por el Mar Caribe primero, y por el Río Changuinola después. De ahí fuimos en minibus hasta Sixaola, último pueblo fronterizo en Panamá. El control de migraciones es más o menos como un kiosco: uno se asoma desde la calle de tierra a una ventanita, le sellan el pasaporte, cruza caminando un puente que se cae a pedazos, y de repente está en Costa Rica, tiene que atrasar el reloj una hora, y la gente comienza a hablar con acento de gringo que recién aprendió español (pronuncian raro las erres, más o menos como los Illia Kuriaky en su período adolescente).
Desde la frontera, un bus nos llevó a Puerto Viejo, nuestro primer destino. Allí nos entregaron la 4×4 que alquilamos, un lujo para el mochilero acostumbrado a tanta miseria. A partir de ahí el agobiante calor no me importó más, y escuchar mi propia música fue un placer infinito, después de dos meses de cumbias y vallenatos.
Puerto Viejo tiene bastante onda. Es algo parecido a Gesell, con sus barcitos, sus bandas reggae tocando cada noche y sus puestos de artesanos, pero mucho más caro, lleno de gringos, y con playas más bonitas, caribeñas y llenas de palmeras. Nosotros nos alojamos en Punta Uva, más tranquilo, más agreste, en una cabaña medio selvática en la que convivimos con lagartijas, murciélagos y la cucaracha más grande que vi en mi vida, y donde se escuchaban unos rugidos aterradores, bastante parecidos a los que emitía el humo negro en Lost. Por las noches íbamos a cenar a Puerto Viejo, para lo cual recorríamos con el auto los seis kilómetros que nos separaban del pueblo, a través de una carretera que tiene fama de ser la peor de Costa Rica, lo cual no es poca cosa. Efectivamente, no sé si ahí cayó una lluvia de meteoritos o les bombardearon la ruta, pero créanme que pocas veces vi baches de tal magnitud.
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En nuestro segundo día manejamos hasta Manzanillo, una bonita zona de playas en una punta del mapa costarricense, para hacer desde allá una caminata hacia Punta Mona. Ahí es posible pasar en pocos minutos de una playa a una selva tropical. En el trayecto nos cruzamos unas cuántas especies de aves, insectos, arañas, cangrejos y demás vegetales; en más de una ocasión nos vimos envueltos en gigantes telarañas de las que logramos huir pegoteados pero intactos, y finalmente suspendimos la travesía en una zona pantanosa impenetrable. Desandamos el camino, llegamos justo a tiempo para un último chapuzón en el Caribe, y regresamos sanos y salvos a nuestra cabaña en la jungla.
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Nuestro siguiente destino fue el Parque Nacional Cahuita. Realmente el lugar es maravilloso. Caminamos por un sendero en el que nos cruzamos con gran cantidad de lagartijas, cangrejos, iguanas y monos, y anche un par de pequeñas viboritas. Después de la caminata, nos mandamos en una lanchita hasta algunas zonas en las que pudimos hacer snorkelling y ver unos corales harto coloridos. Al día siguiente repetimos la caminata y la hicimos más extensa. En el sendero descubrimos al monstruo de los rugidos aterradores, un monito bastante minúsculo al que de todas formas no le faltaría el respeto. Esta vez llegamos hasta Puerto Vargas, pasamos la tarde en un barcito con pileta, y volvimos a dedo hasta Cahuita.
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El primer viaje largo en el auto fue con destino al volcán Poás. Dicen que es espectacular, pero no puedo dar fe porque cuando llegamos estaba completamente nublado y no se veía absolutamente nada. Decidimos pasar la noche en Lagunillas, cerca de ahí, para hacer un nuevo intento al día siguiente, así que nos quedamos en una cabaña a la que se llegaba por un camino de montaña realmente jodido, de ripio y con una pendiente bien pronunciada. No es que fuera necesario alojarse en ese lugar, pero ya que habíamos alquilado una 4×4, teníamos que ver si realmente se la bancaba. La cabaña que nos tocó era maravillosa. Solita en el medio de la montaña, con una vista espectacular de nubes que se movían continuamente por debajo de nosotros, mostrando y ocultando el pueblo de Poasito. Todo esto se podía ver incluso desde adentro, a través de los enormes ventanales, o sentado en una galería externa, en unos sillones tan cómodos que costaba levantarse. Ahí me puse a leer Carta al padre, de Kafka –como para compensar un poco el buen momento–, hasta que no hubo más luz y me vi obligado a disfrutar la vista aérea nocturna. Desde la galería de la cabaña se veían a lo lejos todas las luces de Poasito.
Al día siguiente madrugamos mucho para poder ver el volcán en el horario ideal; nos despabilamos con una ducha de agua fría (es menester aclarar que la temperatura en la montaña es considerablemente más baja que en el caribe) y emprendimos la dura subida hacia la ruta. Debo decir que el alquiler de la 4×4 quedó debidamente justificado. Metí la doble tracción y, amén de un par de resbalones, el auto le puso huevo y nos llevó a través de un camino que yo no podía haber subido ni caminando (de hecho, unos gringos que habían bajado en un auto normal, no lograron volver a subir hasta el cierre de esta edición; estimo que habrán vendido el vehículo a un desarmadero).
Intentamos nuevamente obtener una vista inolvidable del volcán, pero la empresa resultaría harto compleja. No sólo seguía nublado, sino que comenzó a garuar finito. En vista de que no íbamos a quedarnos otro día allí, decidimos entrar al complejo de todas formas. Nos metimos, compramos una remera, vimos un pequeño museo –bastante insulso, por cierto– y nos mojamos mucho en el mirador, desde donde pudimos apreciar una enorme nube, e imaginarnos el volcán que estaba detrás.
Sedientos de revancha, encaramos el viaje de tres horas hacia el volcán Arenal. Ahí también vimos una enorme nube que lo tapaba, pero al menos no tuvimos que pagar. Para ser justos, hubo un momento en que las nubes se corrieron un poco y nos dejaron ver la cima, pero esto pasó tan rápido que no llegamos siquiera a sacar una foto. Sin embargo, más allá de las vistas frustradas de estos volcanes, es menester aclarar que los caminos de montaña que recorrimos fueron impresionantes, y variaron un poco el eterno paisaje playero que veníamos teniendo hasta acá.
Continuamos camino hacia el oeste, alimentamos a unos mapaches en la ruta, y medio de casualidad pasamos por el hotel de unos suizos que se compraron 200 hectáreas en la montaña para armarse una “pequeña Helvecia” con vistas al volcán y al lago Arenal, iglesia propia, tambos, jardines helvéticamente prolijos, trencito propio para recorrer la finca, y en la cima, un bar giratorio, igualito al del cerro Otto de Bariloche. No sé cómo, terminamos alojados ahí, en una cabaña con un balconcito con vista al lago (si alguien encuentra mi noble espíritu mochilero, que me avise). Lo único que podría criticarle al hotel, es esa constante musiquita tirolesa que ponían en el comedor, y que indefectiblemente me generaba una imagen de señores gorditos y pecosos, con bermudas verdes, tiradores y medias altas, bailando ridículamente con un vaso de cerveza en la mano.
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Volvimos a las rutas, rumbo al Pacífico. Paramos en Brasilito. La playa en sí no es maravillosa, pero en el pueblo hay buenos lugares para alojarse. Sencillos, nada de lujo esta vez, pero bien ubicados, cerca de otras playas más interesantes. Una de ellas es Playa Conchal, que, como su nombre lo indica, está llena de pequeños y simpáticos caracolitos, pero también tiene una zona arenosa y agradable para bañarse. Al día siguiente fuimos a Playa Flamingo, distante seis kilómetros de Brasilito. Pasamos todo el día ahí, salvo en el almuerzo, cuando enfilamos hacia un restaurante con pileta (acá son frecuentes estos lugares en los que se puede usar la piscina con sólo consumir algo del bar. Pensé en poner uno así en Palermo, pero supongo que se llenaría de lúmpenes que van a pretender estar seis horas adentro tomando sólo un cortado).
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Nuestra última parada fue en Manuel Antonio, un parque nacional espectacular, con playa y bosques, que me hizo acordar bastante al parque Tayrona del norte colombiano. Realmente, nunca había estado en un lugar en el que el océano Pacífico estuviera tan calmo y calentito. Por otra parte, el parque nos ofreció una gran variedad de animales para ver muy de cerca. El más exótico es el perezoso (el protagonista de La era del hielo, para que lo ubiquen) que, a diferencia del de la película, se mueve realmente en cámara lenta. Baja de los árboles una o dos veces por semana para hacer sus necesidades básicas, para lo cual no se suelta del árbol, y vuelve a subir para continuar su vida agitada. Les diría que, salvo por la aparente constipación, lleva una existencia envidiable. Los que aparecieron en gran cantidad fueron los monos, y a diferencia de los que habíamos visto hasta ahora, los de acá no tienen ningún problema en acercarse bastante a la gente. De hecho, uno de ellos, en una notable muestra de prestidigitación, aprovechó una breve distracción nuestra para birlarnos media baguette de la mochila, lo cual fue causa de revuelo entre los turistas, que corrieron cámaras en mano a registrar el episodio, y también causa de revuelo entre los monos, que comenzaron a disputarse el trofeo en una emocionante persecución por las alturas. Y al parecer, se corrió la bola entre los animales, porque cuando ya estábamos saboreando nuestros sándwiches con el poco pan que había quedado, una enorme iguana se abalanzó sobre mi chica para quitarle el suyo, objetivo que no logró a pesar de la lucha encarnizada que protagonizaron entre gritos y rasguños de ambas.
Las últimas horas en Manuel Antonio las pasamos en el hotel, en modo relax. Unos tragos en la pileta y una cena tailandesa resultaron un buen cierre para la gira centroamericana.
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Volvimos a San José, devolvimos el carro y enfilamos para el aeropuerto. Es una ciudad realmente fea, y si partieran vuelos internacionales desde otro lado, no habría ninguna razón para ir ahí. Pero en fin, el resto del país es harto bonito. Pura vida, dicen los ticos.
