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Cerro de los siete colores, Purmamarca, Jujuy.

Cerro de los siete colores, Purmamarca, Jujuy.

Salta es una ciudad simpática para arrancar. Nos tocó lluvia el primer día, lo cual no fue un hecho demasiado grave, salvo por el olor a humedad que había en las habitaciones del hostel que habíamos reservado, bastante más feas que lo que se veía en la foto de la web. El centro tiene una plaza muy pintoresca, con una tremenda catedral y un Museo de Alta Montaña, en el que se exponen, entre otras chucherías y artesanías de los pueblos originarios, un par de momias de niñitos que morían dentro de un pozo, borrachos de chicha y listos para encontrarse con sus ancestros en el más allá. Ojo, cada cultura tiene sus creencias, uno no va a ir a decirles si tienen que sacrificar a sus críos o no…

En nuestra primera noche fuimos a caminar por la calle Balcarce, que viene a ser como el Palermo Soho de ahí, pero más chico y más autóctono. No tienen restós con cocina de autor, pero pudimos saborear unas deliciosas empanadas de llama, humitas y tamales.

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En las afueras de Salta, a unos diez kilómetros, está la Quebrada de San Lorenzo. Linda, la quebrada. Se puede hacer un paseíto de más o menos una hora, por un bosque bastante agradable. Después de dar unas vueltas por ahí, hicimos una breve separata. Mientras las chicas hacían shopping regional, Bernies y yo comenzamos a recorrer la ruta a pata, en busca del televisor más cercano para ver el superclásico. Pateamos un par de kilómetros y encontramos una pizzería en la que no había lugar ni de parado, así que, tras un breve intento de mirar el partido en una tele de 20 pulgadas, a 20 metros, comenzamos a desandar el camino, hasta encontrarnos con las chicas en una parrilla en la que comimos como si fuera la última vez.

Por la tarde nos acercamos hasta el teleférico que sube al mirador del cerro San Bernardo. Podría decirse que la vista panorámica de Salta es bastante interesante hacia un lado del cerro y aburrida hacia el otro, así que nos entretuvimos mirando para un sólo lado, y tras cruzar el cartel que rezaba “habiendo escaleras, el gobierno de Salta no se responsabiliza por el uso del teleférico” bajamos los milnosécuántos escalones hasta volver a tierra firme.

Cenamos comida árabe, fea pero barata, y dimos unas cuantas vueltas en busca de un hostel más digno, o si no digno, al menos sin tanto olor a humedad. Tras fracasar en el intento, volvimos al Quara.

*  *  *

Antes de abandonar Salta, rentamos un autito y partimos hacia el norte. Nuestra primera parada fue en San Salvador de Jujuy, una ciudad a la que nadie debería dejar de faltar. A pesar de su privilegiada ubicación geográfica, es realmente fea, en vista de lo cual ni siquiera nos bajamos del auto para sacar una foto. Sí nos bajamos en La Caldera, un pueblo distante unos 20 kilómetros de la capital jujeña, no porque fuera especialmente lindo, sino para estirar un poco las patas. La atracción principal de este lugar es un Cristo de unos diez metros de alto, bastante falto de gracia. Nuestra estadía allí duró casi tres minutos, luego de los cuales continuamos viaje hacia Termas de Reyes, un hotel con maravillosa vista y mejores baños, los cuales merecieron una visita de todos nosotros, después de saborear unos exquisitos sánguches de pollo. De ahí seguimos hasta Purmamarca, un pueblito muy típico, pegado al Cerro de los Siete Colores. La vista del cerro es maravillosa, más allá de que no pudimos ponernos de acuerdo sobre la cantidad real de colores que tiene. El pueblo está formado por unas pocas manzanas de casas bajas, muchas de ellas de adobe, y calles de tierra. La plaza central está atiborrada de puestos de artesanías, así que ahí pelamos billeteras y revivimos la época de la plata dulce y el “deme dos”. Salvando las distancias.

Por la noche cenamos en una peña. Pedimos una cazuela de cabrito, tamales y queso de cabra con miel, mientras disfrutábamos de las delicias musicales de un dúo de lugareños, que al grito de “aro aro aro…” descargaban su más sutil poesía sobre la concurrencia femenina. Y para cerrar la velada, salió a tocar el dueño del lugar, “El Doctor”, que después de 25 años de dedicarse a la medicina, cambió el estetoscopio por la guitarra, para así destruir con versiones propias hermosos temas musicales.

Al día siguiente comenzamos una caminata alrededor del Cerro Colorado, con intención de apreciar las mejores vistas de la zona. Después de arduos minutos (tal vez cinco, o más) de andar bajo el sol, decidimos hacer la versión burguesa del trekking, es decir, con el coche y el aire acondicionado. Debo admitir que desde el auto se ve tan lindo como desde abajo, así que no veo la necesidad del ejercicio físico.

Terminada esta vueltita, hicimos una excursión a Salina Grande, que es una salina muy grande. Está a unos 65 kilómetros de Purmamarca, por una ruta bastante linda y poco transitada, que llega a más de 4000 metros sobre el nivel del mar. Hicimos un picnic por ahí, sentados sobre ladrillos de sal, visitamos unos piletones de agua salada que vaya a saber uno para qué sirven, sacamos unas fotos y regresamos al pueblo.

 *  *  *

Retomamos la ruta 9 hacia el norte. Pasamos por la Posta de Hornillos, un museo bastante interesante por donde parece que pasaron unos cuantos próceres durante sus campañas militares (cuando todavía no era museo, valga la aclaración). El siguiente pueblito fue Maimará. Simpático, unas pocas casitas, una plaza y una iglesia. Y unos niñitos coyas que se acercaban al auto a cantar una copla, y no se callaban hasta recibir las monedas exigidas.

De ahí a Tilcara. Es un pueblo grande, o ciudad chica. Caminamos un rato, recorrimos la feria artesanal, visitamos algún museo, el pukará (reconstrucción de antiguo fuerte en las alturas, con muy linda vista de la ciudad) y un jardín botánico de altura con muchos cactus. Nos encontramos con Carlitos, bicicletero, amigo de Bernies y dueño de una bonita cabaña en Juella, un caserío a unos cinco kilómetros de ahí, donde nos alojamos. La verdad que la vida ahí no tiene nada de malo, sobre todo si uno tiene mate y un mazo de cartas.

Cerca de Tilcara está la Garganta del Diablo. No es como la de las Cataratas del Iguazú. De hecho, podría decirse que tiene menos atractivo que el Arroyo Maldonado. Lo que sí está bueno es el camino de cornisa hasta llegar ahí. A pesar del Reliverán que se tomaron las chicas para no enchastrar el auto, padecieron las curvas al punto de lloriquear y amenazar varias veces con bajarse.

La siguiente excursión fue al pukará de Juella. Costó llegar, pifiamos un par de veces el camino y castigamos bastante a nuestro carro, pero bueno, para algo es alquilado. De la construcción del fuerte no queda más que un par de piedras apiladas, pero la vista desde arriba es espectacular.

Por la tarde, las chicas se quedaron en el shopping artesanal de Tilcara, mientras Bernies y yo aprovechamos para pistear como campeones rumbo a Juella, donde continuamos nuestro campeonato de escoba de quince, a cara ‘e perro.

 *  *  *

Dejamos Juella y seguimos para el norte. Pasamos por Uquía y Huacalero, dos pueblitos pintorescos con su típica plaza, su típica iglesia y sus típicos niñitos copleros. Humahuaca lo pasamos de largo y encaramos el sinuoso camino hacia Iruya, 55 kilómetros de ripio que nos tomaron como dos horas, pero pasando por paisajes espectaculares a más de 4000 metros de altura. Nosotros no nos apunamos, pero el auto flaqueó un par de veces.

Iruya es un pueblito que está puesto en la montaña casi como si fuera una maqueta, a 3000 metros de altura y lejos de cualquier otro vestigio de civilización. Tiene una iglesia de techo celeste que, vista desde lo alto del camino, muestra la foto que uno puede encontrar en cualquier agencia de turismo. Las calles son sumamente angostas, y con una pendiente que no ayuda en nada a su recorrido, pero que hacen al pueblo bastante particular. Otra particularidad de este pueblo es la poca belleza de sus perros. Son muy pero muy feos. Uno no pretende que tengan pedigrí pero sí que se pongan un poco las pilas (de ahí el famoso dicho: “más feo que perro de Iruya”).

Después de recorrer el pueblo y cenar en algo así como un comedero, pernoctamos en un hotel en construcción. A falta de gallo, a las siete de la mañana los obreros nos despertaban a martillazos.

Empezamos a desandar el camino y regresamos a Humahuaca. Prestándole un poco de atención, hasta podríamos decir que es una linda ciudad. Tiene un enorme monumento como principal atractivo turístico, unos cuantos puestos de artesanías, y unos restaurantes simpáticos donde uno puede comer un asado de cabrito, por ejemplo.

En un intento por conocer los alrededores, encaramos el camino a Coctaca, distante nueve kilómetros de la ciudad. Pifiamos el camino con tanta mala fortuna, que el primer coya al que le preguntamos si íbamos bien, se nos subió al auto acompañado de una considerable pestilencia. Parece ser que por el clima seco, se generó la creencia popular de que la gente no transpira, y por ende no es necesario bañarse con frecuencia. Cuestión que hubo que pisar el acelerador para llegar cuanto antes a donde nuestro acompañante se apeara. Ocurrido esto, dejamos orear el auto durante un buen rato, y finalmente llegamos a Coctaca, que resultó ser algo así como un pueblo fantasma. Retornados a Humahuaca, Bernies y yo fuimos a ver el partido de Argentina a un bar, en el que ingenuamente habíamos reservado mesa. Sólo nos acompañaba un mozo bastante ebrio, que pasaba tambaleándose con la bandeja mientras comentaba el partido. Parece ser que el lugar también estaba alquilado para un tierno cumpleaños infantil, así que al terminar el primer tiempo, hartos de los coyitas que gritaban y reventaban globos (lo cual generaba nuevos e insoportables grititos), salimos a la búsqueda de nuevos horizontes. Finalmente, y después de pasar por un par de antros con borrachos impresentables, caímos en el bar “Tejerina” para ver lo que quedaba del partido.

Salimos de ahí, nos encontramos con las chicas y encaramos las compras para la cena. Comimos riquísimos fideos con espejo de tuco, y los perros del vecino lavaron las ollas.

*  *  *

Seguimos bajando por la ruta 9. Pasamos por Purmamarca para cumplir con la etapa de shopping, seguimos para Salta, almorzamos un soberbio asado en “Lo de Andrés”, cerca de la Quebrada de San Lorenzo, pasamos por el dique Cabra Corral, y de ahí en adelante anduvimos por paisajes espectaculares, pasando por la Quebrada de las Conchas en los Valles Calchaquíes.

Llegamos a Cafayate de noche. Se comenta que el turismo anda pegando fuerte por esa zona. Costó bastante encontrar alojamiento digno (bah, alojamiento) pero lo logramos. Recorrimos por un rato el diminuto centro, paseamos un poco por la plaza principal, vimos una campaña peronista en pantalla gigante, y cenamos una picada incompleta (dicho adjetivo está documentado en la factura del establecimiento gastronómico).

A la mañana siguiente hicimos una visita a la bodega Vasija Secreta, donde una guía en piloto automático nos mostró lo poco que había para ver fuera de la temporada de producción. Tampoco los vinos eran los más ricos que probé en mi vida, así que abandonamos la bodega sin pena ni gloria.

Tomamos la ruta 40 rumbo a Cachi. Esta ruta une todo el país de norte a sur (o viceversa, claro está), aunque estimo que ningún vehículo sería capaz de transitarla entera sin desarmarse. Calculo que fue construida a pico y pala en la época de la colonia. Pasamos por Molinos, un pueblo muy chiquito y simpático, pero no por eso menos feo. Ahí paramos un rato en un antro medio extraño, donde  almorzamos sopa de aceite con milanesas, las cuales pudimos encargar al término de un extenso ataque de tos por parte de la camarera, que se vio obligada a salir corriendo hacia la cocina en la mitad del pedido.

Después de unas cuantas curvas y contracurvas, llegamos a Cachi. Nos dio la bienvenida un indio borracho que pretendía que le diéramos un pequeño aventón de 50 km (por la mencionada ruta 40, valga la aclaración). El pueblito es realmente lindo y muy tranquilo. Lo recorrimos un poco, incluyendo una visita al cementerio que está en la parte más alta de la ciudad, y desde donde se puede apreciar una vista panorámica bastante interesante. Cenamos en Oliver, un bolichito lindo, muy tranquilo, jazz de fondo y “cocina de autor”, nada que envidiarle a cualquier restó de Palermo Soho.

A la mañana siguiente enfilamos con Bernies hacia la base del Pico Nevado, cerro que debe su nombre a una manchita blanca cercana a la cumbre, que pudimos divisar con bastante esfuerzo.

En el camino de vuelta hacia Salta, pasamos por la Cuesta del Obispo, una zona de los Valles Calchaquíes con una vista realmente impresionante. Llegamos finalmente al punto de partida, donde devolvimos el auto con otro color y algunos tornillos flojos. Caminamos unas horas más por la ciudad, con ritmo de final de viaje, compramos unos alfajores norteños para quedar bien con la parentela, y partimos hacia el aeropuerto.

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