Ascensión al volcán Lanín

Cumbre del volcán Lanín

Cumbre del volcán Lanín

El viaje arrancó algo accidentado, producto de un piquete a la salida de Retiro. No sé de qué se quejaba esta gente, pero evidentemente no saben adaptarse al cambio de paradigmas que están proponiendo Cristina y Mauricio. En definitiva, el micro salió casi una hora tarde pero, si obviamos la breve lluvia con gotera exactamente sobre mi asiento, se podría decir que el viaje fue impecable. Las bandejas de comida vinieron una tras otra, y en vista de que pasaríamos los próximos días en modo mochilero, no rechazamos ni siquiera los horrendos bocaditos de hojaldre. El azafato, después de un par de torpezas, se desvivió por atendernos como nos merecíamos.

Llegamos a Junín, hicimos la pasada obligada por sanitarios y supermercado, le hicimos un par de preguntas a la chica de Parques Nacionales (“¿Nuestro guía está habilitado?, ¿Hay buen clima para subir al Lanín?”), y partimos en combi hacia los lagos. Durante el trayecto pudimos disfrutar de una vista maravillosa, sólo opacada por los comentarios de una señora -muy blanca, ella- que nos hostigó con un extenso discurso acerca de cómo el hombre blanco avasalla desde hace años los derechos de los pueblos nativos patagónicos. Así seguirá, combativa y solterona.

La combi nos dejó en Puerto Canoa, desde donde hicimos una caminata de cuatro kilómetros hasta el camping Piedra Mala, a orillas del lago Paimún. Allí armamos nuestro monoambiente de tela y comenzamos nuestra vida privada de todo lujo. Cenamos un exquisito Risotto alla Bernies, que compartimos con Lila & Cia, quienes se acercaron a nuestra carpa al percibir el aroma que emanaba nuestra cena. Tras una breve sobremesa, nos dirigimos a la playa, y nos posicionamos horizontalmente para disfrutar de un espectáculo de estrellas fugaces.

Volvimos a la carpa no muy tarde, dispuestos a semi-madrugar para poder hacer la caminata hasta la base de la cara sur del Lanín.

*  *  *

Como era de esperar madrugamos alrededor de las 11 de la mañana, con lo cual el horario para la caminata se vio considerablemente reducido. Llegamos a Puerto Canoa, donde el guardaparques nos dio permiso para hacer la excursión, a condición de que regresáramos antes de las seis de la tarde, y de que no me le hiciéramos “escenitas”. Nos adentramos en el bosque con la convicción de poder hacer el trayecto de cuatro horas en la mitad del tiempo, pero tras una hora de caminar por senderos no siempre correctos, llegamos a un cartel que decía “Puerto Canoa 1 hora – Lanín 3 horas”. Con el orgullo herido y los cálculos que no cerraban, decidimos relajarnos y tirarnos en los pastizales a disfrutar de un opíparo picnic, consistente en galletitas con paté y hormigas. Durante el almuerzo mantuvimos además una encarnizada lucha cuerpo a cuerpo contra tábanos y demás insectos autóctonos.

Total, para qué queríamos gastar energía en ir a la base, si de todas formas pensábamos llegar a la cumbre…

En el camino de regreso, nos reservamos unos minutos para remojar los pies en el agua. Un ratito nomás, hasta que tomaran color azul. Finalmente llegamos a Puerto Canoa a las 17.45, con lo cual no hubo necesidad de que el gilipollas del guardaparques nos labrara acta alguna. Lo miramos con cierto desdén y pusimos cara de haber hecho la caminata completa en tiempo récord.

Volvimos al camping, hicimos sesión de duchas, picada de cerveza con maní, cena de deliciosos fideos con tuco, y nuevo avistaje de estrellas fugaces.

*  *  *

A la mañana siguiente desarmamos campamento, caminamos nuevamente hasta Puerto Canoa y de ahí tomamos la combi de regreso a Junín, dispuestos a encontrarnos con nuestro guía. Resulta que no sólo no lo encontramos, sino que además nos enteramos de que no tenía habilitación para comenzar el ascenso al día siguiente. Así que fuimos a Parques Nacionales, le hicimos un par de preguntas a la chica (“¿Quiénes son los guías habilitados? ¿Se puede llegar hasta la cumbre?”) y comenzamos un exhaustivo estudio de mercado tendiente a conseguir otro guía. Apalabramos a uno, dejamos nuestros bultos en el albergue Tromen, pasamos una vez más por Parques Nacionales para hacerle un par de preguntitas a la chica (“¿Dónde podemos conseguir un taxi? ¿Cuál es la mejor heladería de Junín?”), y nos dispusimos a jugar unos partiditos de truco en el verde césped de la plaza, juego que se vio interrumpido por la aparición del suspendido primer guía, quién tras un conmovedor, pero no por eso menos tedioso discurso, no logró convencernos de hacer el ascenso con él. Para cuando terminó su triste descargo, ya casi no quedaban lugares abiertos para cenar, así es que fuimos a parar al lugar más caro de la ciudad, en el cuál, según los habitantes de allí “los platos son carísimos, pero valen lo que cuestan”. Que son caros, no hay duda. Que son extremadamente ricos, qué sé yo… es todo tan relativo.

*  *  *

A pesar del cambio de guía, el ascenso ya se había atrasado un día, así que esa mañana nos tomamos un taxi hasta Bahía Cañicul, simpático camping con playa sobre el lago Huechulafquen. Nos quedamos ahí todo el día, y no hicimos nada más agitado que jugar a las cartas.

Por la noche volvimos a Junín, y cenamos en una fonda de dudosa calidad.

*  *  *

Al día siguiente, madrugamos en exceso para esperar a Víctor, nuestro simpático taxista personal. Manejando siempre por el carril a contramano nos trasladó los 30 kilómetros que nos separaban de la base del Lanín, en su cara norte, al lado del Paso Tromen, que conduce a Chile. Llegamos a las 8 de la mañana y nos encontramos ahí con Guillermo, nuestro guía. Después de repartir comida y equipos, de manera tal de lograr una mochila bastante pesadita, partimos de la base (a 1160 metros de altura) y comenzamos el ascenso por un sendero de bosque. Al principio el camino no tuvo demasiada dificultad. La pendiente era bastante leve y el terreno no era complicado. Cada tanto parábamos para cargar combustible, así que el ritmo de subida era tranquilo. Fuimos pasando por diversos paisajes; la “trompa de elefante” una formación boscosa que de lejos se asemeja, efectivamente, al hocico de dicho paquidermo; la “espina de pescado” un filo por el que caminamos un rato largo, en el cual resulta harto conveniente no tropezarse, ya que a ambos lados del mismo hay una pendiente bastante pronunciada; el “camino de mulas”, un sendero muy sinuoso, algo más marcado y sin demasiada dificultad. Después de cinco horas de paisajes zoomórficos, llegamos tranquilos al refugio militar nuevo, también conocido como RIM26, a 2315 metros. Cuando digo refugio, no se vayan a imaginar una casa alpina de madera, con techo a dos aguas. Más bien es como si fuera medio barril gigante, de chapa anaranjada, donde caben unas diez personas, entre las cuales siempre hay que contar un par de milicos. Ahí no había lugar para nosotros, así que continuamos subiendo hasta el refugio CAJA (el nombre no responde a la forma del parador, sino a las siglas del Club Andino Junín de los Andes) que está a 2600 metros. Este tramo entre refugios resultó bastante complicado, no sólo porque el suelo se empinaba cada vez más, sino porque empezó a soplar un viento que sacaba de las casillas al más guapo (de hecho, el más guapo de nosotros, de quien no daré el nombre para no sumirlo en una profunda humillación, fue derribado por una ráfaga impetuosa).

Este segundo refugio es similar al anterior en cuando a capacidad y prestaciones, y sólo difiere en forma y color. En lugar de ser cilíndrico y anaranjado, es amarillo y con forma de carpa canadiense, con techo a dos aguas. Ahí dejamos nuestros petates y nos dispusimos a saborear una soberbia picada hábilmente preparada por nuestro guía. Terminada la ingesta de la picada, se comenzó a preparar los ravioles para la cena, en vista de que el viento hacía prácticamente imposible salir del refugio y no había otra actividad más atractiva que la gastronomía. Las únicas salidas obligadas, tendientes a cumplir con ciertos trámites fisiológicos, se convirtieron en una odisea.

A eso de las 9, todavía con luz de día, nos acostamos, dispuestos a levantarnos a las 2.30 para atacar la cumbre. Pero hete aquí que cuando abrimos los ojos era nuevamente de día. Aparentemente a la hora de arrancar, al viento se había sumado una importante lluvia que hacía imposible continuar el ascenso, con lo cual el guía se volvió contento a la bolsa de dormir y nosotros ni nos enteramos.

Según las nuevas normas de Parques Nacionales, nadie puede permanecer en los refugios más de una noche, para permitir el recambio de gente. Es decir, nuestro guía, que debe haber subido más de cien veces a la cumbre y no estaba especialmente entusiasmado con subir una más, ya estaba preparando la vuelta a la base. Le pedimos que solicitara permiso por radio para quedarnos una noche más y poder subir al día siguiente. A pesar de aducir que eso no tenía sentido, que no nos dejarían, y de pronosticar diversas catástrofes climáticas en la cima, nuestra terca obstinación no le dejó más remedio que llamar a Parques Nacionales, donde le dijeron que no había problema, que sólo una persona más subiría ese día, que podíamos quedarnos otra noche en el refugio, y que el pronóstico meteorológico para el día siguiente era óptimo.

Así, pasamos el día entero a 2600 metros, tirados en las piedras sin hacer nada, disfrutando de la vista espectacular del lago Tromen, el volcán Villarrica y el Llaima asomando por encima de las nubes. Por un lado no había mucho más para hacer, y por otro tratamos de descansar y no gastar energías, ya que teníamos que racionar la comida para un día más.  La cena de esa noche consistió en lo que quedaba de la picada, sumado a unas sopitas instantáneas. Tras un intercambio de lugares (Pipi aducía que en el extremo donde él había dormido la noche anterior hacía frío y llovía, así que, en vista de que yo tenía la bolsa de dormir más pulenta, me moví para ese lado) nos volvimos a acostar temprano, esperando, esta vez sí, levantarnos de madrugada.

Cuando sonó el despertador a las 3, yo llevaba ya dos horas despierto, producto de la ansiedad y la poca comodidad del suelo. Nos levantamos, armamos todo el equipaje, separando lo que llevaríamos arriba y lo que dejaríamos en el refugio, nos pusimos las linternas en la frente, desayunamos, y arrancamos a las 4.15, con las mochilas algo más livianas. A los pocos minutos llegamos al primer manchón de nieve, así que nos calzamos los grampones, y empezamos a caminar en zigzag por el suelo blanco, bajo miles de estrellas y sin luna. A los cinco minutos, murió la linterna de Ricky. A los diez minutos, la mía. Ergo, seguimos caminando mientras rezábamos -a pesar de nuestro ateísmo- para que no se apagase otra antes del amanecer. A los 3000 metros se acabó la nieve, así que hicimos una parada para sacarnos los grampones y comer algún tentempié. Tuve la mala idea de quitarme un guante por un par de minutos, y mi mano tardó casi media hora en recuperar su sensibilidad. Seguimos subiendo, esquivando la canaleta (por la cual se puede subir en otras épocas del año, cuando se llena de nieve), mientras a nuestra izquierda el cielo de a poco se iba tornando anaranjado y, a medida que iba amaneciendo, la sombra del Lanín se proyectaba hacia el oeste por muchísimos kilómetros, formando un triángulo perfecto. Alrededor de las 10.30 hicimos la última parada, comimos algo y dejamos las mochilas entre las rocas, para subir bien livianos el último tramo.

Media hora más tarde llegamos a la cumbre. Casi se me saltan las lágrimas. La vista desde arriba es imponente, hacia cualquier lado que uno mire. Hacia el sur, los lagos Huechulafquen, Paimún, los tres picos del Tronador. Hacia el oeste el volcán Osorno y otros picos chilenos. Hacia el norte, toda la vista que habíamos tenido desde el refugio, pero ahora más extensa.

La cima es la parte superior de un glaciar que se fue formando dentro del cráter, a lo largo de siglos en los que no hubo actividad volcánica. Tiene una superficie convexa bastante irregular, con pequeños picos que la hacen parecerse bastante a una torta de merengue. En las últimas semanas se abrieron algunas grietas que impiden recorrer la cumbre en su totalidad, pero que le agregan un pequeño toque estético al lugar. Estuvimos ahí arriba alrededor de veinte minutos, entre fotos y gritos eufóricos.

La bajada fue bastante más tortuosa de lo que suponíamos. La falta de nieve nos negó toda posibilidad de acortar tiempos vía culopatín, y las piernas pedían piedad. No sé qué esperan los de Parques Nacionales para poner una aerosilla, o al menos una tirolesa para bajar. Tardamos unas tres horas hasta llegar al refugio, donde paramos una horita más para comer, descansar un poco y cargar el resto del equipaje. De ahí a la base,  con la mochila completa, el objetivo cumplido y el paisaje conocido de memoria, ya no había estímulos que nos hicieran disfrutar el camino. Empezaron a dolernos ciertos músculos cuya existencia desconocíamos hasta el momento, y la base del volcán parecía cada vez más lejos. Llegamos abajo casi a las 9 de la noche, en condiciones deplorables. Ahí nos esperaba nuestro taxista estrella, que nos devolvió, raudo y a contramano, a Junín de los Andes.

*  *  *

Llegamos de vuelta al albergue, nos dimos una ducha que nos devolviera nuestro aspecto medianamente civilizado, y salimos a cenar con las últimas fuerzas. Tras el brindis obligado, comimos en silencio y cabeceando. Después del día más largo de nuestras vidas, nos desmayamos en las cuchetas del Tromen.

En la mañana del último día, dimos una pequeña recorrida por el centro, pasamos por Parques Nacionales para hacerle un par de preguntitas a la chica (“¿Dónde podemos comprar ahumados? ¿Tenés planes para esta noche?”) y nos dirigimos a la terminal, donde abordamos el micro en el que, nuevamente, nos ofrecieron un servicio impecable mientras nos devolvían sanos y salvos a la ciudad de la furia.

There are no comments on this post.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.