Llegamos a la terminal de micros de Potosí apenas amaneció y nos tomamos un par de Cafiaspirinas Plus para reemplazar a las ausentes Sorojchi Pills. Realmente, es difícil soportar la altura (4200 metros sobre el nivel del mar) sin alguna papusa. La simple tarea de subir un piso por escalera para salir a la calle me agitó como si hubiera corrido ocho vueltas al Parque Centenario (cosa que nunca hice).
Subimos al primer bondi que iba hacia el centro. Tras recorrer las intrincadas calles potosinas, subiendo y bajando en interminables pendientes, fuimos a parar a la plaza principal. Pelamos el mapa y empezamos a recorrer la zona en busca de alojamiento. En cada esquina teníamos que parar a tomar aire. Después de una docena de esquinas, encontramos una habitación decente en el Hostal de la Compañía de Jesús. Desayunamos rapidito y partimos en excursión hacia las minas del Cerro Rico, el lugar de donde los españoles sacaron la mayor parte del oro y la plata a partir de la conquista, y de donde actualmente las cooperativas mineras intentan rascar de entre las piedras lo poco que queda.
Nilsa, nuestra guía, nos contó algunas historias sobre la ciudad de Potosí y sobre las minas en particular. No es que no supiera del tema, pero tenía una forma de hablar bastante confusa. A eso debemos sumarle que, ante nuestras preguntas, solía responder cualquier otra cosa menos lo que se le preguntaba. Antes de entrar, pasamos por una especie de kiosquito en el que compramos unas bolsitas de hojas de coca y unas bebidas para regalarle a los mineros, quienes, según Nilsa, “están mucho más contentos y tratan mejor a los visitantes cuando reciben algún pequeño presente”.
Disfrazados de mineros (con trajes impermeables, botas de goma y casco con linterna) agachamos la cabeza y entramos al interior de la montaña. Apenas se ingresa, el calor y la humedad potencian la claustrofobia, pero después de caminar unos metros uno ya se va acostumbrando, y sólo es cuestión de cuidarse el bocho para no estrolarse contra el techo, casi siempre más bajo que uno. El piso está embarrado en casi todo el recorrido, pero así y todo, conviene enterrarse un poco en él antes que caminar sobre los rieles resbaladizos.
Cuenta la leyenda que hace unos cinco siglos, cuando los españoles les quisieron enseñar a los indígenas el concepto de “Dios”, estos, al no tener el alfabeto quechua la letra D, entendieron “Tío” (no se sabe qué pasó con la S final, pero así queda más simpático el cuentito), así que desde entonces empezaron a adorar al Tío, una mezcla de deidad española y aborigen. A unos 200 metros de la entrada de la mina nos encontramos con el Tío. El Tío está hecho de arcilla, del propio suelo de la mina. Es un ser casi antropomórfico, aunque con grandes orejas y un miembro viril envidiable. Un par de veces al mes, los mineros le tiran un poco de alcohol puro en las orejas, para que les permita escuchar a lo lejos los derrumbes en la mina; otro poco de alcohol en los ojos, para que les permita ver en la oscuridad; otro poco ahí, entre las piernas, para que su virilidad haga crecer más oro y plata en la montaña. El resto, lo que le sobra al Tío, se lo toman los mineros, y se agarran una mamúa de antología. Aun así, resulta difícil comprender cómo pueden pasar de 10 a 12 horas diarias ahí, siendo que nosotros nos adentramos unos pocos cientos de metros y, sin haber tenido que picar piedra, salimos más rápido que ligero.
Nilsa, descendiente de indígenas, no lo quiere a Evo. “Dice que es indio pero yo nunca lo escucho hablar en quechua ni en aymara, y tampoco habla bien castellano”, argumenta. “Pero las cosas están mejor en Bolivia, ¿no?”, retruca un cordobés que nos acompaña. “Sí, eso sí -admite Nilsa-, hay más trabajo, los pobres están mejor, hay más caminos… pero él es un bruto, y además tiene hijos perdidos por ahí. No es un buen ejemplo”.
Volvimos de las minas, almorzamos en un restaurante de slow food (modalidad muy difundida en Bolivia) y fuimos a visitar la Casa de la Moneda, un museo harto interesante en el centro de Potosí. Esta vez sí tuvimos una guía como la gente. Más tarde, recorrimos unos cuantos mercados callejeros, compramos algo de fruta, y terminamos el día en un barcito bastante cool, donde acompañamos unos tostados con mate de coca.
Al día siguiente tomamos un micro hasta Tarapaya, donde hicimos la subida hasta el Ojo del Inca, una pileta natural de aguas termales, de unos 100 metros de diámetro, formada en el cráter de un volcán extinguido. Según el mito, varios se ahogaron en el centro a causa de unos remolinos que aparecen cada tanto y se chupan a algún pobre cristo. Un lugareño nos dijo que es sólo eso, un mito. Pero ante la duda, no nos alejamos demasiado del borde. Nos sacrificamos ahí durante un par de horas y, cuando vimos que se venía la tormenta de cada día, bajamos a la ruta para tomarnos el micro de vuelta a Potosí.
A la mañana siguiente salimos para Sucre. El empleado del hotel nos sugirió, en lugar del incómodo micro, tomar un taxi “casi tan barato como el bus, sólo 40 bolivianos por persona”. La condición era el pago por adelantado. Aceptamos. A los 10 minutos, nos dice que “lamentablemente” el taxista le avisó que serían 45 bolivianos. “Es así -dice el pibe del hotel-, esta gente no tiene palabra”. Le pagamos el adicional. Llega el taxi. El empleado le entrega al taxista 80 bolivianos y partimos.
El taxista tampoco lo quiere a Evo. “Los pobres están mucho mejor, pero a ellos les da todo y a los demás nada”, dice. “¿Pero los caminos que usted recorre con el taxi, no están mucho mejor?”, pregunto. “Sí, eso sí”, admite. “¿Y no es más honesto que los anteriores?”. “¡Mucho más honesto! Los demás se robaron todo”. “¿Y entonces?”. “Y, tiene una forma de hablar, una política que no me gusta”.
A los 15 minutos de viaje, el taxi para en una zona extraña, bastante transitada pero poco amigable. Pregunto qué pasa. “Nada, nada, cinco minutos y regreso”. El tipo abre el baúl en el que descansaban nuestras mochilas, y se aleja unos cuantos metros. Me bajo del auto y me acerco a él. Le vuelvo a preguntar qué pasa. “Nada, nada, ya salimos”. Una mujer se acerca al taxista, le pregunta cuántos le faltan. Dos, le dice el tipo. Cómo dos, pregunto yo. La mujer se pone a gritar “¡Dos para Sucre, dos para Sucre!”. Aparece un tipo con una valija. La guardan en el baúl y él se sube adelante. Empiezo a comprender que estamos viajando en uno de los famosos “taxis compartidos”. Me molesta la estafa, pero al menos no pararon para robarnos, así que decidimos no discutir. Rogamos que el cuarto pasajero, que compartirá nuestro asiento, no suba comiendo pollo frito ni tomando caldo en bolsita. Finalmente aparece. Es una chola bastante fornida que no tiene comidas a la vista, pero sí una hija de unos tres años que llevará upa y que no cuenta como pasajero a los efectos de respetar el máximo de cuatro. Tanto la chola como la cholita resultan bastante simpáticas, pero al rato ambas se duermen y, a fuerza de curvas y contracurvas, de a poco van ganando terreno en el asiento.
Pero todo esto era lo menos preocupante. El taxista tenía apuro, evidentemente. Tenía, además, la costumbre de acelerar cuando veía que un peatón estaba por cruzar. Tocaba una fuerte bocina que podría traducirse como “ni se te ocurra bajar de la vereda”. Así, estuvo muy cerca de atropellar a una chola, un nene, un par de perros y unos cuantos rebaños de ovejas que pretendían cruzar en el momento equivocado. El taxista tenía también otra costumbre, que consistía en pasar a otros vehículos solamente en las curvas. Ahí, cuando no se veía quién venía de frente, el tipo aceleraba, metía un par de bocinazos y pasaba, mientras nosotros nos encomendábamos a la pachamama.
Después de tres horas de sufrimiento, llegamos enteros a Sucre. Decidimos alojarnos en un hotel cuatro estrellas para relajarnos un poco. Esas cosas acá se pagan 35 dólares la noche, así que nos dimos el gusto. Por supuesto, es un cuatro estrellas boliviano.
Sucre es una ciudad bonita. Muy blanca. Parece que hay alguna norma municipal que obliga a todos los propietarios a pintar sus casas de blanco, al menos en algunas zonas céntricas y algo paquetas. Hay pocos cholos en esta ciudad. Los sucrenses son en general poco adeptos al Evo, y consideran que Sucre es en realidad la capital boliviana. La ciudad es considerada por algunos “la más linda de Bolivia”. Esto, más allá de ciertas cuestiones subjetivas, no es mucho decir.
Recorrimos el centro durante la tarde (el típico conjunto catedral-plaza-municipalidad), subimos hasta el mirador de la Plaza de la Recoleta, que tiene una vista bastante linda de casi toda la ciudad, y cenamos en un lindo restó, aprovechando los precios bolivianos.
Al día siguiente decidimos hacer algo de relax, así que volvimos al mirador, esta vez con sol, y pasamos unas cuantas horas en el barcito de ahí, almorzando, leyendo y merendando. A última hora de la tarde bajamos al hotel, juntamos todo y partimos a la terminal de micros para zarpar hacia La Paz.
Teniendo en cuenta las incomodidades que acarrean los viajes largos en micros bolivianos, sacamos el pasaje más caro. Coche cama, asientos anchos, baño, calefacción. Arrancó el viaje según los planes. Los asientos eran cómodos, primera fila abajo, espacio para las piernas. A los cinco minutos de haber abandonado la terminal, el micro para. Suben dos cholas con tres párvulos, compran pasajes “en negro” y se instalan en el pasillo, pegados a nuestros asientos. Comen, beben, generan aromas no del todo agradables. Paciencia, nos decimos, y tratamos de dormir. Al rato, alguien se desgracia muy cerca de nosotros. Las ventanas no se abren, y la calefacción es excesiva. Tratamos de tomarlo con humor. Me aguanto durante un buen rato las ganas de ir al baño, en vista de que debo pasar por encima de toda la familia que descansa al lado nuestro, además de otro pasajero que decidió dormir en el pasillo. Tal vez me convenga esperar a una parada. Después de un par de horas, la parada no llega y mi vejiga pide piedad. Decido levantarme, saltear todos los obstáculos y llegar hasta el baño. Está cerrado. Vuelvo a atravesar todo el pasillo hasta llegar a mi asiento. Ya no puedo mantener el humor.
A las seis horas de haber partido (cerca de la una de la madrugada), se hizo la primera parada. Bajé desesperado en busca de un baño público. Me cobraron un boliviano para entrar. Las condiciones de ¿higiene? eran inenarrables, pero cumplí mi objetivo, y a partir de ese momento el viaje se tornó algo más tolerable. Algún mecanismo de defensa me permitió dormirme a poco de volver al micro y, afortunadamente, me desperté llegando a La Paz.
Poco antes de llegar a la capital boliviana se pasa por El Alto, ciudad que comparte con Villazón el honor de ser una de las más feas del mundo. Sin embargo, desde ahí hay una vista muy interesante de La Paz, que está construída en un valle, y que tiene más de mil metros de diferencia entre su parte más alta y la más baja. La Paz en sí misma tampoco es una linda ciudad. Definitivamente, mucho menos que Sucre y Potosí. Pero vinimos acá a ver al Evo, y a hacer base para visitar el Titicaca.
Desde la terminal caminamos hasta el Hostal Naira, donde teníamos reserva. Está ubicado a media cuadra de la Iglesia de San Francisco, sobre la calle Sagárnaga, que alberga innumerables puestos de artesanías. Es una zona linda para recorrer. Después de pasear un buen rato por ahí, nos metimos en el Museo de la Coca. Medio pelo. Tiene la buena intención de mostrar la historia de la hoja de coca y despegarla de la producción de cocaína, pero no es lo que se dice un museo sumamente interesante. Desde ahí caminamos hasta la calle Jaén, tan linda que parece de otra ciudad. Tiene sólo una cuadra, llena de edificios históricos y museos. Visitamos el Museo de Instrumentos Musicales, en el que hay una tremenda colección de instrumentos artesanales, uno más exótico que el otro. Muy entretenido, no sólo para mirar, sino también para tocar.
Si algo debemos reconocerle a La Paz (al menos a la zona turística en la que nos alojamos) es la buena calidad gastronómica. Cenamos en Luna’s Bar unos exquisitos spaghetti al pesto y nos fuimos a dormir temprano, para al otro día poder madrugar y llegar a tiempo a la ceremonia de Tiahuanacu.
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El 21 de enero salimos temprano hacia Tiahuanacuen un micro turístico lleno de argentinos, uruguayos, chilenos y unos pocos europeos. Todos opinaban sobre el evento que se venía, sobre progresismo y sobre política latinoamericana en general. Se armaron lindos debates en los que cada uno intentaba demostrar cuánto sabía y cuánta militancia tenía. Yo mientras tanto leía un suplemento sobre Evo, a ver si lograba sacar algún dato que me permitiese aportar un comentario interesante. Finalmente me dediqué a mirar el paisaje por la ventanilla.
La gran cantidad de vehículos que llegaban al lugar impidió a nuestro micro acercarse a menos de un par de kilómetros de la entrada a Tiahuanacu, así que nos dejó al costado de la ruta, desde donde emprendimos la caminata. Miles de personas iban llegando, casi todos cholos de típicas ropas coloridas, caminando lento y agitando las wiphalas (banderas cuadriculadas de siete colores, símbolo de las etnias andinas). Habíamos también unos cuantos extranjeros, la mayoría de nosotros sueltos, y algunos otros encolumnados, como el centenar de militantes de la Organización Barrial Tupac Amaru (OBTA), de Jujuy. Durante algo más de una hora, mientras esperábamos el comienzo del acto, nos entretuvimos viendo algunos bailecitos típicos de los diferentes grupos que había entre el público. Arriba, mientras tanto, el Evo llegaba en helicóptero.
Debo decir que la ceremonia casi no la vimos. Hicimos esfuerzos sobrehumanos para meternos de a poco entre la gente hasta llegar casi adelante de todo, pero la distancia entre el alambrado que nos contenía y el lugar en el que los ancianos amautas estaban coronando a Evo era realmente mucha. Escuchábamos al locutor que iba describiendo todo lo que pasaba, la ropa que le iban poniendo al homenajeado, los movimientos que hacían (“Ahora se dirigen hacia la parte sur de las ruinas, el presidente lleva puesta una túnica blanca…”) y, entre las figuras diminutas que veíamos a lo lejos, tratábamos de adivinar quién era Evo. Una vez que terminó todo el ritual, el tipo fue declarado líder espiritual del nuevo Estado Plurinacional, dio un par de discursos breves en quechua y aymara, y otra versión más extendida en español. Evo habló desde el corazón, sin una buena oratoria, sin la estrategia de un buen discurso político. Bajo el sonido de las tarcas y los pututus, agradeció a la pachamama y dijo que la consigna de su gobierno está dictada por sus antepasados: ama sua, ama llulla, ama quella. No robar, no mentir, no ser flojo.
Al día siguiente fue la ceremonia oficial en Plaza Murillo, en La Paz. No sé si cabía en la plaza tanta gente como el día anterior en las ruinas, pero debo decir que estaba bien llenita. El discurso fue sólo en español, pero mucho más extenso. Desde el interior del edificio en el que funcionaba la Asamblea Plurinacional, y durante más de dos horas, Evo habló de todo y de todos, con la misma simpleza con que lo había hecho en Tiahuanacu. Al terminar, salió al balcón del Palacio de Gobierno, desde donde, acompañado de Rigoberta Menchú, Hugo Chávez, Fernando Lugo, Rafael Correa y Michelle Bachelet, estuvo mirando los desfiles militares que cerraron del acto.
Si bien no tenía tantas expectativas para este acto, debo admitir que resultó casi más interesante que el del día anterior. No sé si por el discurso más largo, porque a Evo pudimos verlo bien clarito (cosa que no puedo probar, ya que la batería de mi cámara se terminó en el preciso momento en que él salió al balcón) o por la gente que tuvimos alrededor.
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A un par de cuadras de la Plaza Murillo, en la ciudad de La Paz, donde pocos minutos más tarde comenzaría el acto oficial de reasunción de Evo Morales, se escuchaba un murmullo que de a poco iba creciendo: “En el norte / en el norte hay una banda / una banda tupaquera / que te viene a saludar…”. La columna estaba compuesta por un centenar de militantes de la Organización Barrial Tupac Amaru (OBTA), que viajó en micro durante más de dos días para llegar desde San Salvador de Jujuy hasta La Paz. Al frente de todos los “tupaqueros” estaba Milagro Sala, arengando a la tropa y ordenando con voz firme cada movimiento del grupo.
La presencia del grupo en La Paz no fue consecuencia de una mera simpatía ideológica. Desde hace un par de años hay contactos entre la Tupac Amaru y el Movimiento al Socialismo (MAS), el partido al que pertenece el presidente boliviano. De hecho, a partir de la reforma constitucional de Bolivia, que permitió el empadronamiento de bolivianos expatriados (entre ellos, 90 mil residentes en la Argentina), la OBTA hizo campaña a favor del MAS en las provincias de Jujuy y Mendoza, y en la Ciudad de Buenos Aires, los tres distritos donde los bolivianos empadronados pudieron votar. La tarea proselitista dio sus frutos: casi el 90 por ciento de los votos en la Argentina fueron para Evo Morales.
Luis, uno de los tupaqueros, escuchaba emocionado el discurso de Evo. “Es la primera vez que vengo a Bolivia, nunca pensé que iba a salir de Jujuy –contaba-. Yo antes no hacía nada de mi vida, me drogaba, salía a robar. Pero La Flaca cambió mi vida, me mostró que hay mucho para hacer, y ahora puedo ayudar a otros chicos que están como estaba yo hace unos años”.
La Flaca es, obviamente, Milagro Sala. “Para nosotros, Evo no es solamente el presidente de Bolivia. Él representa a toda Latinoamérica. Gracias a él hemos podido recuperar nuestra historia, nuestra cultura, el respeto por los pueblos originarios”, afirmaba ella mientras decenas de argentinos se acercaban a saludarla.
La Tupac Amaru estuvo también el jueves en la ceremonia religiosa de Tiahuanacu, donde los ancianos amautas coronaron a Evo Morales como líder espiritual. Ayer, Milagro Sala contaba orgullosa que, antes de que empiece el ritual, se acercó al presidente boliviano y le regaló una pulsera de oro y plata con el logo de la OBTA. Y por si había algún incrédulo, mostró una foto en la que se ve claramente a Evo luciendo el adorno en su muñeca.
La reasunción del presidente boliviano se llevó a cabo en la Asamblea Legislativa Plurinacional, y fue transmitida en pantalla gigante para el público presente. Tras más de dos horas de discurso, Evo salió del edificio y en la plaza se produjeron varias corridas para verlo. Inmediatamente, varias manos tupaqueras alzaron a Milagro Sala para depositarla sobre la plataforma de un monumento, de forma que tuviera una vista privilegiada. Desde ahí arriba, ella siguió dirigiendo a todos: “Vos para acá, vos para allá, muevan esas banderas, no empujen a nadie, respetemos a todos…”.
Un par de horas más tarde, Evo terminó su discurso. Desde la Plaza Murillo, la Tupac Amaru comenzó su peregrinación hasta el estadio Hernando Siles, donde continuaría la fiesta. A medida que se alejaban, los bombos y el canto dedicado a Evo iban dejando su eco por las calles de La Paz: “Muchas gracias te decimos / muchas gracias por lo que hiciste / porque nunca bajaste los brazos / y luchaste por la dignidad”.
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Después de un viaje de unas cuatro horas caímos en Copacabana, a orillas del lago Titicaca. La ciudad está bien, no es nada del otro mundo, pero la simple vista del lago justifica el viaje hasta allá. Nos alojamos en un hotel con aires señoriales, aunque algo venido a menos, que me hizo acordar bastante al clima de la película La Ciénaga. Nuestra habitación estaba en un tercer piso, lo cual tenía la ventaja de una excelente vista del lago y la desventaja de que, al tener que subir por escalera estando a más de 3800 metros, llegábamos arriba con ataques de asma.
Recorrimos un poco las pocas cuadras céntricas y paramos a almorzar en un restaurant que tenía bastante pinta desde afuera. Resultó estar atendido por un trío de oligofrénicos que se mataban de risa mientras miraban Babe, el chanchito valiente en la tele a todo volumen, y que a la hora de cocinar dejaban mucho que desear. Dejamos por la mitad los horribles fideos y el sándwich de ¿pollo? que habíamos pedido, y rumbeamos para la Basílica de Nuestra Señora de Copacabana, donde estaban bendiciendo algunos autos. La gente tiene costumbres extrañas en algunos lugares.
El procedimiento es el siguiente: los cholos hacen fila con sus vehículos hasta llegar a la puerta de la catedral. Hay autos, camionetas, camiones, de todo un poco. Mientras esperan, agitan botellas de cerveza, sidra o cualquier otra bebida alcohólica gaseosa con la que empapan todo el vehículo (un poquito en el techo, un poquito para el dueño, otro poquito en el parabrisas, otro poco para el dueño, y así durante toda la espera). Después le arrojan flores, plantitas, guirnaldas, con lo cual el auto llega a la basílica hecho un corso, y con una baranda a borracho que no desentona para nada en este ambiente. Ahí nomás está el cura que, con un poco de incienso humeante en una mano y con un crucifijo en la otra, procede a levantar el capot para bautizar el motor. Acto seguido da un par de vueltas al vehículo para bendecirlo en su totalidad. Toda la familia dueña del auto, que ha asistido a la ceremonia con sus mejores galas, le deja una propina al padrecito, se sacan una foto todos juntos, y que pase el que sigue…
Tras la contemplación de tan bizarro acto, comenzamos a subir hasta el mirador del Cerro Calvario, que tiene una vista muy linda del lago. A mitad de camino se largó la lluvia y debimos emprender una pronta retirada. Nos refugiamos en un barcito con bastante onda donde merendamos, jugamos a las cartas con Luis y Judith (dos argentinos que nos encontramos por ahí), cenamos y escuchamos algo de música en vivo. A pesar de haber pasado varias horas ahí, la lluvia no paró ni por un minuto. Cerca de medianoche nos resignamos y volvimos al hotel pasados por agua.
Para la mañana siguiente teníamos pasajes a la Isla del Sol. A la hora que debíamos salir, todavía caía agua como si fuese la última vez, por lo que decidimos postergar el plan. Al mediodía la cosa ya estaba más calma, así que nos subimos a la lancha y en dos horitas llegamo a la isla.
Realmente el lugar es maravilloso. Las diferentes vistas del Titicaca que aparecen a medida que se pasea por la isla son espectaculares. Además, toda la isla en sí misma es prácticamente una colina, por lo que desde cualquier punto hay vista panorámica. Nos alojamos en el lado sur, en una pieza muy básica, pero con una terraza desde la que se veía puro lago, y salimos a caminar hacia el extremo norte. Cada cinco minutos cambiaba el paisaje. Ninguno era igual que el anterior, y todos eran impresionantes. Distintas vistas del lago, siembras en terrazas escalonadas, casitas de adobe en el medio de la nada, pastores que arriaban rebaños de ovejas y llamas, picos nevados por encima de las nubes. Después de un par de horas de caminata, y sin lograr llegar hasta la otra punta de la isla, pegamos media vuelta para poder estar de regreso antes de que oscureciera. Volvimos a pasar por todos los paisajes que habíamos visto a la ida, pero bajo los reflejos del atardecer.
Poco antes de llegar pasamos por un restaurant (siendo generosos con el término) en el que cenamos bajo la clásica modalidad slow food. Una chola desganada y de pocas palabras atendía los pedidos sólo si los clientes se acercaban hasta la cocina. Ahí cocinaba lo que le pedían, de a un plato, lo llevaba a la mesa y tomaba el siguiente pedido. Mientras tanto, su marido tomaba cerveza con un amigo, en la cocina, y sus cholitos corrían y gritaban por todo el lugar. Tranquilamente podía pasar media hora desde que uno se sentaba, hasta que la chola se diera por enterada de este hecho. A las nueve de la noche cayó una pareja preguntando qué había de cenar, a lo que una segunda chola (probablemente la madre de la primera), limpiándose las lagañas producto de una reciente siesta, contestó: “No, tenían que haber venido más temprano”. “¿Pero ya cerró la cocina, no hay más comida?”, preguntaron los desafortunados turistas. “Sí hay, pero ya es tarde, ahora ya no cocinamos, estamos cansados”, concluyó la señora.
Nosotros, armados de paciencia, terminamos con nuestra cena y fuimos a dormir a nuestro cuchitril. A la mañana siguiente, bajo una persistente llovizna, volvimos en lancha hasta Copacabana, y desde ahí tomamos el micro de vuelta a La Paz. Matamos el tiempo durante un rato y fuimos a cenar a Sol y Luna, un restaurante que sí estaba bueno (y ni hablar si lo contrastábamos con el de la noche anterior), con músicos grossos en vivo y unos platos de pastas que te la voglio dire. Pernoctamos, una vez más, en el Hostal Naira.
* * *
Dejamos La Paz en un micro hacia Oruro, ciudad bastante fea que no tiene más atractivo que el carnaval. Pero, al no estar en época de carnaval, no teníamos ahí nada que hacer, más que subirnos al tren que nos llevaría a Uyuni. Comparado con los servicios de micros, el tren boliviano es un lujo. Sacamos el boleto más caro -Salón Ejecutivo- que no tiene muchas más comodidades que la línea Mitre, pero que fue suficiente para un confortable viaje de siete horas. Arrancó con puntualidad europea, mientras por el altoparlante una señorita de voz sensual nos decía: “Empresa Ferroviaria Andina te da la bienvenida. Disfruta el ronroneo de las vías. Haz el viaje de tu vida”. Y así, entre un poco de lectura, unos bonitos paisajes que se divisaban por la ventanilla y un par de películas, el trayecto resultó bastante llevadero. Con la misma puntualidad de la salida, llegamos por la noche a Uyuni. Nos alojamos en el primer hotelucho que nos ofrecieron, pobre pero digno, y salimos a cenar. Todavía no eran las once de la noche y ya estaban todos los restaurantes cerrados, lo cual resulta poco marketinero si se tiene en cuenta que el único tren del día llega a las diez y media, con cientos de turistas hambrientos que a la mañana siguiente se irán en un tour para nunca más volver a la ciudad. Evidentemente los bolivianos manejan otra escala de valores, en la que la conveniencia económica no es prioritaria: los tipos acostumbran cerrar a las diez para irse a dormir temprano, y no hay tren turístico ni ninguna regla capitalista que los haga cambiar de idea.
A falta de mejores opciones gastronómicas, caímos en un carrito callejero en el que nos engullimos, no sin cierto temor, un sandwich de salchicha frita, huevo frito, cebolla, tomate y lechuga. Realmente fue una acción suicida, pero la pachamama estaba de nuestro lado y no sufrimos consecuencias gástricas de ningún tipo.
Al día siguiente, elegimos aleatoriamente una de las tantas agencias que ofrecían el tour al salar. Nos subimos a la Land Cruiser piloteada por Edwin -también guía de la expedición- y acompañados por Roxana -la cocinera- y nuestros compañeros de viaje: Fede, Sole (argentinos), Oliver y Ellie (suizos). Al poco tiempo estábamos entrando al salar. El paisaje es sencillamente espectacular, blanco para donde se mire. En las zonas secas, el suelo agrietado con formas poligonales. En las partes mojadas -por los grandes espejos de agua, producto de las abundantes lluvias de enero- un reflejo perfecto del cielo y las nubes que casi impedía distinguir el horizonte. Después de una breve parada para caminar sobre la sal y sacar algunas fotos, seguimos nuestro camino. Durante un par de horas estuvimos andando sin ver alrededor nada más que este desierto blanco, alguna pequeña elevación cada tanto -como pequeñas islas en un mar de sal- y la figura diminuta de alguna otra camioneta a lo lejos.
Al mediodía paramos en la Isla del Pescado. Subimos al mirador, plagado de inmensos cactus, desde donde hay una maravillosa vista 360 del salar. Saboreamos nuestro primer almuerzo, compuesto de bife (el mejor que comí en Bolivia), ensalada, fideos y fruta. Las habilidades culinarias de Roxana realmente no admiten quejas. Después de un rato de digestión volvimos a la camioneta a continuar el recorrido, que duró un par de horas más.
Ya fuera del salar, nos alojamos en un hotel de sal. Las paredes, las camas, las mesas, las sillas… todo está construido con bloques de sal. Las habitaciones privadas que nos habían prometido resultaron ser “privadas para el grupo” y privadas de baño, pero realmente habíamos pegado buena onda entre los seis, así que, tras unas desganadas protestas de rutina, nos acomodamos todos ahí.
Al llegar, fuimos agasajados con una suculenta merienda, tras lo cual empezamos a matar el tiempo con unos partidos de truco. Cuando recién empezábamos con la digestión, Roxana amenazó con traernos la cena. Logramos postergarla un poco pero no tanto, así que finalmente comimos sin hambre, pero no por eso menos vorazmente. A las 10 de la noche cortaron la luz, por lo que nos vimos obligados a continuar los partidos de truco con linterna.
Al día siguiente nos levantamos a las 5 y arrancamos nuestro tour por el desierto. Al igual que en el salar, la sensación de soledad en el medio de una extensión enorme genera una gran tranquilidad. Los kilómetros van pasando y nada se mueve alrededor. Tal vez alguna otra camioneta a lo lejos, pero no mucho más. Pasamos por Laguna Hedionda (que debe su nombre a los olores que emana, producto de la presencia de varios minerales en el agua), donde me vi obligado a ponerle los puntos a un estafador que prentedía cobrarme por orinar en el medio del desierto. Volvimos a disfrutar de un sabroso almuerzo preparado por Roxana y seguimos viaje. Pasamos por unas extrañas formaciones rocosas -el árbol de piedra, entre ellas- y alrededor de las cuatro de la tarde llegamos al alojamiento donde nos quedaríamos, a unos cientos de metros de la Laguna Colorada. Caminamos un par de kilómetros hasta un mirador desde donde teníamos una linda vista de la laguna -efectivamente colorada, por la pigmentación de algas y minerales-, llena de flamencos en su interior y llamas en su orilla. Había ahí arriba un viento que Dios me libre y guarde, así que nuestra permanencia duró bastante poco. La vuelta hasta el albergue, con viento en contra -y teniendo en cuenta que estábamos a más de 4500 metros sobre el nivel del mar-, resultó durísima. Prometimos no hacer más locuras, y nos quedamos el resto del día comiendo y jugando a las cartas.
El último día del tour madrugamos más aún: a las 4 ya estábamos arriba, harto congelados. Todavía a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, nos subimos a la camioneta sin desayunar y partimos hacia los geisers. Realmente es impresionante la visión de esas columnas de vapor a presión saliendo del suelo. La imagen del cielo prendido fuego por el amanecer, mezclada con los humos blancos que flotaban en el aire y mi estado de somnoliencia, me hizo pensar por un momento que había llegado, finalmente, al infierno. Acto seguido, nos llevaron a unas aguas termales que miramos desde afuera, ya que hacía un frío de antología y salir del agua calentita en esas condiciones habría sido una tortura. Ahí mismo disfrutamos de un suculento desayuno y seguimos viaje hasta Laguna Verde, al pie del volcán Licancabur. Esa fue la última parada del tour, y desde ahí partimos hacia la frontera con Chile, donde nosotros cruzaríamos con rumbo a San Pedro de Atacama y los otros cuatro volverían a Uyuni.
Nos despedimos de toda la banda y, después de los trámites migratorios de rigor, nos subimos a una combi y emprendimos el camino por rutas chilenas. La casualidad hizo que nos sentáramos adelante y pudiéramos tener una oportuna charla con el conductor, al que le contamos nuestros planes de estar en Atacama por un día, para al día siguiente tomar el micro a Salta. “Ah, pero mañana no hay micros a Salta, tendrán que esperar hasta el domingo”, avisó el buen hombre. Hete aquí que el domingo a la noche salía nuestro avión desde Salta a Buenos Aires, y el micro llegaba después del horario de despeque. Cuando vio que entrábamos en pánico, el chofer comenzó a plantear alternativas: “Pueden volver mañana, pero a dedo. O si no, pueden rogar que el micro que va hoy a Salta, se haya atrasado en los controles, en cuyo caso tal vez nos lo crucemos en un rato”. Quiso la fortuna que a los pocos minutos el micro en cuestión apareciera de frente, ante lo cual hicimos frenar a la combi, pedimos disculpas al resto de los pasajeros, y nos paramos en el medio de la ruta mientras hacíamos señas desesperadas al micro que se venía. El tipo frena. ¿Van para Salta? Sí. ¿Tienen dos lugares? Tenemos, pero uno tiene que viajar acá con nosotros y otro abajo. Dando gracias a la Providencia por esta aparición, cruzamos hasta la combi, bajamos nuestras mochilas, agradecimos nuevamente al chofer por los datos suministrados, vimos la combi alejarse por la ruta desértica y corrimos a meter nuestras mochilas en la bodega del micro. Ahí noté que el vehículo no era de dos pisos, sino de uno. Comencé a preguntarme, algo inquieto, qué habría querido decir el chofer cuando aclaró que uno debía viajar “abajo”. La duda quedó despejada en pocos segundos, cuando el susodicho abrió la tapa de al lado del maletero y me invitó a pasar. Era un compartimento idéntico al que albergaba las mochilas, pero tenía un colchón adentro, y una diminuta ventanita en la puerta, como para que el ocupante tuviera un mínimo de aire y luz. Al ver mi gesto dubitativo, el chofer aclaró: Acá dormimos nosotros, no pasa nada. ¿Pero no podemos ir los dos arriba?. No. ¿Y los dos juntos abajo? No, uno con nosotros y otro acá. En vista de la falta de opciones y de nuestra solitaria ubicación en medio del desierto de Atacama, entré mansito al baúl, y ahí empezó la siguiente discusión: Son cincuenta dólares cada uno, eh. ¡Como cincuenta dólares, es una locura! Es lo que cuesta el pasaje. ¡Pero eso cuesta en un asiento, no viajando como un refugiado kurdo! Bueno, ¿quieren viajar o no? ¡Queremos, pero tenemos treinta dólares entre los dos, no nos puede decir esto cuando ya se fue la combi! Bueno, la gente está esperando para arrancar, no puedo seguir discutiendo… ¡Blum!
La puerta se cerró de un golpe, arrancó el micro y yo me sentí de repente como si me acabaran de secuestrar. Estaba viajando en un maletero cuya puerta sólo se podía abrir desde afuera, con una ventanita de 10 por 20 centímetros que se habría hasta la mitad, en medio del desierto chileno, sin tener la menor idea de cuántos kilómetros faltaban para la siguiente parada, y con mi chica viajando adelante con un par de forajidos estafadores. Intenté enviarle a ella un mensaje de texto pero, por supuesto, no había señal.
Después de un par de minutos mi cerebro comenzó a funcionar nuevamente y de a poco aparecieron algunas preguntas: sabía que el viaje a Salta podía durar entre 8 y 10 horas, pero ¿cuánto faltaría para la frontera? Sin duda ahí tendríamos que parar. ¿Y si quería ir al baño? Entre todos los objetos que había por ahí logré divisar una botellita de jugo. Ante una urgencia, no dudaría en tirar ese jugo y usar la botella de papagayo. ¿Y si mis necesidades fisiológicas fueran más complicadas? Bueno, tenía en mi poder la mochila con papel higiénico y varias bolsas. Y había una ventanilla, en definitiva. ¿Y si tenía hambre o sed? Volví a revisar la mochila: tenía algunas galletitas y bastante agua. ¿Y si me aburría? Por suerte llevaba también el libro que estaba leyendo. Lentamente me fui tranquilizando y acerqué la cabeza a la ventanilla, procurando divisar algún cartel que me indicase dónde estábamos y cuánto faltaba para la frontera. Pero hete aquí que, al ser la ventanilla tan pequeña y estar tan cerca del suelo, cualquier señalización que cruzábamos desaparecía tan rápido que yo no tenía posibilidad de verla. Después de un rato, y gracias a una gran curva cóncava en la montaña, pude ver a lo lejos un cartel verde. Haciendo un gran esfuerzo, pegué el lado derecho de mi cara contra el vidrio, calculé cuándo llegaría el cartel, y mi cerebro mandó una orden a los ojos para que retuvieran la información en el momento justo. En una fracción de segundo lo pude ver: “Argentina: 115 km”. No parecía demasiado, aunque era camino de montaña. Lo que sí podía a ver a la altura en que estaba, eran los mojones con el kilometraje de la ruta, con lo cual en pocos minutos calculé la velocidad del micro y el tiempo que faltaba hasta la frontera: quedaban dos horas. A partir de ahí logré relajarme un poco más, me recosté un rato en el colchón, leía, volvía a mirar por la diminuta ventanilla, volvía a hacer cuentas de minutos y kilómetros… y así fue pasando el tiempo, hasta que finalmente llegamos al Paso de Jama, la frontera entre Chile y Argentina.
El micro se detuvo, se acercó el chofer que yo todavía no conocía, y disimuladamente me susurró: “Yo ahora abro el maletero, vos bajás en un segundo y te sentás al lado mío, como si estuviéramos charlando”. Acto seguido abrió la puerta, yo bajé en tres décimas de segundo y me senté con cara de relajo. “Y, ¿viajaste cómodo?”, me preguntó. “Seee -contesté canchero-, no daban ganas de bajarse”. Charlando un poco con el tipo (que tenía buena onda: era el típico binomio policía bueno / policía malo) me enteré de que, antes de Salta, el micro pasaría por San Salvador de Jujuy. Siendo que el avión saldría dos días más tarde, para qué estar tanto tiempo en Salta, nos preguntamos, y decidimos que bajaríamos en la primera parada. Y mientras tanto, otra vez volvió a acompañarnos la fortuna, porque un pasajero se bajó ahí nomás, por lo que, cuando continuamos viaje, mi chica pasó a su asiento y yo pude subir a la cabina, para tener una vista panorámica por el resto del viaje. Y nuevamente, la charla con el chofer dio sus frutos: le comenté que de San Salvador seguramente nos iríamos a Tilcara o Purmamarca, a lo que el tipo respondió: “Ah, pero por Purmamarca pasamos antes…”. Conclusión, un par de horas más tarde, tras haber visto desde el micro unos paisajes espectaculares, le dejé a los tipos la módica suma de cuarenta dólares y nos bajamos en Purmamarca.
Así, lo que primero iba a ser un día en San Pedro de Atacama y luego un día metido en un maletero para pernoctar en Salta, se convirtió en un viaje espectacular hacia uno de los pueblos más lindos de Jujuy.
Nos alojamos en una pieza sencilla, en una callecita súper tranquila, y pasamos dos días harto relajados. Mucha lectura, rica comida norteña, cada noche una peña (la primera de ellas de bochornosa calidad, incluida la actuación de un ebrio que nos ofreció “unas coplitas desde el corazón”), una breve caminata por el camino de Los Colorados, distintas vistas del Cerro de los Siete Colores… En fin, bastante relax para terminar el viaje.
Y el último día, viajamos finalmente a Salta. Dejamos las mochilas en la terminal de micros y salimos a caminar por la ciudad. Almorzamos unas empanadas salteñas que pasarán a la historia por su exquisitez, caminamos un rato por el centro, pasé por un hotel cinco estrellas para que yo pudiera hacer uso de sus instalaciones sanitarias y partimos hacia el aeropuerto en el preciso momento en que me llamaban de LAN (me cago en todo su personal) para informarme de que “lamentablemente el vuelo se postergó cuatro horas y media por razones de fuerza mayor”. En vista de que, de todas maneras no había ya mejores planes, compramos el diario y pasamos unas cuantas horas en el bar del aeropuerto leyendo, comiendo y resistiendo el sueño. Cuando por fin subimos al avión, sentarme y dormirme fue prácticamente una única acción. Me desperté cuando comenzamos a aterrizar en Aeroparque, a las 2 y media de la mañana del lunes.
