Egipto

Pirámides de Gizeh

Pirámides de Gizeh

Ser peatón en El Cairo

A cualquier editor de noticiero que alguna vez haya titulado “Caos de tránsito en Buenos Aires” habría que traerlo a la capital egipcia, donde podría tomar real conciencia del concepto de caos. Creo que nunca en mi vida vi algo así, y puedo afirmar que no hay una sola norma de tránsito que se respete en esta ciudad.

Existen  muy pocos semáforos, y casi todos ellos son ignorados olímpicamente, en cualquier horario del día. Solamente en algunos cruces de avenidas muy importantes, y si además de semáforo hay algún policía dirigiendo el tránsito (deben darse todas estas condiciones), algunos automovilistas respetan la luz roja.

Cruzar la calle en El Cairo es realmente el mayor peligro al que se puede enfrentar un extranjero. Cuando se habla aquí de inseguridad, nadie se refiere a robos o asesinatos –delitos que aparentemente no son tan frecuentes– sino a la posibilidad, muy alta, de ser atropellado por un vehículo. No hay otra forma de cruzar que no sea corriendo y esquivando autos que vienen en un flujo constante. Un muy buen consejo para el viajero novato es ponerse al lado de un peatón local y utilizarlo como escudo humano; seguro él sabrá cuándo cruzar. Debo admitir, sin embargo, que las primeras veces que intenté hacer esto, el egipcio que supuestamente me cubriría lograba meterse entre los autos en un movimiento rápido antes de que yo lograra reaccionar. Después de un par de días, uno se da cuenta de que no hay más opción que jugarse la vida en cada cruce, si no se quiere morir de viejo en la vereda. Entonces se agudizan los reflejos y se aprenden algunos movimientos rápidos que permiten zigzaguear entre los vehículos cuyos conductores están, a su vez, muy bien entrenados para esquivar peatones sin bajar ni un ápice la velocidad. Para el peatón, los conceptos de cruzar y correr están tan ligados que el semáforo peatonal (cuyo sentido de existir es al menos dudoso) no muestra el típico símbolo del muñequito verde caminando, sino la animación de un tipito corriendo.

Tampoco en la vereda puede uno sentirse completamente seguro. En los constantes embotellamientos, es bastante común que algún motociclista que no encuentra en la calzada huecos suficientes decida subir el cordón y continuar por arriba a velocidad crucero, con la única precaución de quedarse pegado a la bocina. Si es de noche, puede que también prenda las luces.

El sonido de las bocinas es constante, prácticamente un zumbido ininterrumpido. Un bocinazo puede tener infinitos significados: Ojo que te piso, Mové esa carreta, Mamita te parto, Qué tal compadre, Apúrense que tengo que llegar para el rezo de las seis menos cuarto; o simplemente ser consecuencia de que hace varios segundos que el automovilista no toca la bocina y necesita hacer un poco de catarsis. Los insultos en árabe también son una constante, pero quedan completamente soslayados por los sonidos previamente descriptos.

Los transportes colectivos no contribuyen a calmar la cosa. Los tipos van colgados de la puerta, ocupando casi medio carril adicional. Cuando parece que no hay forma de que entre uno más, alguien llega corriendo y, aprovechando que el embotellamiento obliga al colectivero a bajar la velocidad, se trepa quién sabe cómo y hace su aporte a la montaña humana que cuelga de la única puerta, en la parte delantera de la combi. En los días en que estuve por ahí, no logré sacarme la duda acerca de cómo hace alguien que viaja en el fondo para bajarse antes de llegar a la terminal.

En fin, que con mucho menos en Buenos Aires uno vuelve a casa con un estrés de aquellos, pero estando de viaje esto no deja de ser un toque simpático que refleja muy bien la idiosincrasia cairota.

Sobre el antiguo Egipto

Cada piedra en Egipto tiene algo para decir. Cada templo guarda miles de historias sobre civilizaciones que vivieron por acá hace tres o cuatro mil años. Y realmente se puede ver que todas estas construcciones fueron diseñadas para eso, para perdurar a través de los siglos, para dejar un legado que resista el paso del tiempo, invasiones, destrucciones y terremotos.

Nuestro primer contacto con las pirámides fue en Saqqara, la necrópolis de la antigua ciudad de Menfis. Esta zona, plagada de pequeños monumentos y tumbas, tiene en su centro la pirámide escalonada de Zoser, la más antigua encontrada hasta ahora. Dicen que fue diseñada por Imhotep, el arquitecto del faraón, y que llegó a medir 60 metros de altura (ahora está algo más petisa, producto de la erosión de los años). Como su nombre lo indica, esta pirámide no tiene la forma clásica, sino que se asemeja más bien a una torta de casamiento gigante, con seis pisos.

Unos pocos kilómetros hacia el sur, en Dashur, están las pirámides Inclinada y Roja. La primera tiene una forma realmente llamativa: a la mitad de su altura el ángulo con respecto al suelo disminuye. Se comenta por ahí que en la mitad de la construcción notaron importantes problemas estructurales, y debieron hacerla más baja de lo que habían planificado en un principio (no envidio al arquitecto que, con media pirámide construida, tuvo que avisarle al faraón que había habido un pequeño error de cálculo). La pirámide Roja, la más antigua de forma realmente piramidal, tiene el mismo ángulo que la parte superior de la Inclinada, lo cual indica que los tipos aprendieron la lección después de haber construido esa primera forma extraña.  A esta pirámide se puede entrar: se sube por unos empinados escalones hasta más o menos la mitad de la altura y se ingresa a través de un túnel descendente de 63 metros de largo, y menos de un metro y medio de alto. Entre el excesivo calor, la humedad, el esfuerzo por bajar agachados y la claustrofobia, uno llega al centro hecho sopa. Lo que hay ahí es nada menos que una cámara funeraria de dos ambientes y unos 15 metros de altura, también de forma piramidal. Para eso construían las pirámides: miles de tipos trabajando durante veinte o treinta años para hacerle la tumba al faraón. Y cuando pasaba a mejor a vida ahí lo metían, momificado, junto a sus joyas, sus petates, e incluso alguna desafortunada mascota. No pude averiguar qué sucedía si el tipo decidía partir al más allá con la pirámide sin terminar.

Las de Gizeh son las pirámides más famosas, las que salen en todas las fotos. La de Keops es la más alta de Egipto (llegó a medir 146 metros de altura hace 4500 años; ahora mide 137). La de Kefrén es casi tan alta como la anterior, y si a éstas le sumamos la de Micerinos y la gran Esfinge, queda un paisaje fantástico. Después de todo un día de recorrer pirámides, debo admitir que los detalles históricos de cada una de ellas pasaron a un segundo plano, pero la vista del atardecer en Gizeh es espectacular.

De todo lo que encontraron los arqueólogos en las pirámides y en las diferentes tumbas de sus alrededores, mucho está en el British Museum de Londres y en el Louvre de Paris. Pero algo dejaron también en el Museo Egipcio. Entre todas las estatuas, pedazos de columnas o diversos souvenirs que desenterraron por ahí, probablemente lo más impresionante sea el conjunto de tesoros que se encontró en la tumba de Tutankamón (en árabe se pronuncia Tutanjamón, lo cual me desconcentró varias veces durante la –de por sí bastante pobre– explicación del guía). Este faraón no fue tan importante históricamente hablando (de hecho, gobernó sólo desde los 9 años hasta los 18, cuando se convirtió en momia sin pena ni gloria), pero debe su fama a lo espectacular de su tumba, compuesta por tres habitaciones: una para sus joyas, otra para el resto de sus pertenencias (que no eran pocas) y otra para él mismo, momificado, cubierta su cara con la famosa máscara de oro y puesto dentro de un sarcófago, que a su vez se colocaba en otro sarcófago más grade, y éste en otro y éste otro en una caja tallada y llena de oro, la cual a su vez se metía en otra caja, que se metía en otra. Y así, la momia era sólo el centro de una especie de mamushka que tenía el tamaño de una gran habitación.

Más allá de lo maravilloso de las pirámides y sus alrededores, el trato con los egipcios estaba resultando un poco arduo en ciertos aspectos, así que decidimos invertir en comodidad y recorrer el resto del Antiguo Egipto más como turistas clásicos que como viajeros independientes. Nos subimos a un crucero y durante cuatro días navegamos el Nilo río arriba, hacia el sur, desde Luxor hasta Asuán, parando en unos cuantos templos y con algo de tiempo para recorrer estas ciudades.

Antes de que el barco comenzara a navegar, visitamos los templos de Luxor y Karnak, en la orilla oriental de la ciudad. No sólo son impresionantes desde lo arquitectónico por las dimensiones de sus muros, portales, columnas, estatuas y obelicos, sino también por las figuras y jeroglíficos grabados en cada una de ellas. Una de las antiguas salas del templo de Amón, en el complejo de templos de Karnak, es un impresionante “bosque” de 134 columnas gigantes, cada una de ellas con forma de papiro y distintas inscripciones. No hay dos iguales, sus grabados se ven con bastante claridad y algunas mantienen incluso sus pinturas originales. Entre Karnak y el templo de Luxor había en la antigüedad una avenida de tres kilómetros de largo, custodiada por pequeñas esfinges a ambos lados, cada pocos metros. Ahora quedan unas pocas, pero es impresionante pensar en cientos de esfinges diferentes al costado del camino.

En la orilla occidental del Nilo está el Valle de los Reyes, una necrópolis con más de 60 tumbas reales, de las cuales unas pocas se pueden visitar. Aparentemente, todos estos reyes no eran lo suficientemente importantes como para merecer una pirámide, pero de todas formas el trabajo que tenía la gran mayoría de estas tumbas generaría una profunda envidia en muchas familias de alcurnia que se creen gran cosa por tener un nicho en Recoleta.

Después de navegar una noche completa llegamos a Edfu, donde visitamos el templo de Horus, el dios halcón. Además de las diferentes salas de culto, con sus grabados de faraones adorando a sus dioses y aniquilando a sus enemigos, hay aquí un recinto que funcionó hace más de dos mil años como un laboratorio en el que se fabricaban perfumes. Hasta hoy se puede leer en las paredes las diferentes recetas para obtener esencias aromáticas. Me pregunto si las recetas actuales, guardadas en un pen drive o en un blog, se podrán conservar durante miles de años.

Tras unas horas más de navegar por el Nilo llegamos a Kom Ombo. Este espacio sagrado es en realidad un conjunto de dos templos unificados, dedicados a dos diferentes dioses: Sobek, el cocodrilo, y Haroeris (o Horus, el halcón viejo). Al igual que Edfu, este templo no es tan antiguo como Luxor y Karnak. Incluso algunas partes tienen un estilo romano o griego. Después de ver otros templos más espectaculares, éste no sorprendió tanto, pero el hecho de ser el primero que vimos de noche, muy bien iluminado, lo hizo bastante atractivo.

Ya desde Asuán, hicimos una visita al templo de Philae. Tampoco impresiona más que los anteriores, y algunas cuestiones históricas ya empezaban a resultar algo reiterativas, pero al estar en una isla en medio del lago Nasser (un lago artificial, unido al Nilo, generado a partir de la construcción de la represa de Asuán) pudimos disfrutar de un lindo paisaje.

En toda nuestra recorrida de templos, dejamos lo mejor para el final. Salimos del barco a las 3 de la mañana con destino a Abu Simbel, a sólo 40 kilómetros de la frontera con Sudán. El porqué del horario tiene que ver con que hay un viaje de 3 horas desde Asuán, y como se hace por una ruta a través del desierto, en la que uno no se cruza con absolutamente nadie, la única forma de hacer ese tramo es en lo que los egipcios llaman un “convoy policial”. Esto es, una larga fila de vehículos (autos, micros, minibuses) supuestamente escoltados por un par de patrulleros que nos cuidan de posibles accidentes en la ruta o de eventuales atentados terroristas (o sea, si usted es terrorista, sepa que no tendrá turistas desparramados por la ruta durante todo el día, sino que los tendrá todos concentrados en dos horitas de la madrugada. Tenga a bien entonces cometer su atentado en ese horario, si desea incrementar sus probabilidades de éxito). Amén de esta maravillosa estrategia de protección al turista, vale la pena el viaje. El templo de Abu Simbel tal vez no sea, en su interior, ni más ni menos espectacular que los anteriores. Pero la entrada, custodiada por cuatro gigantescas estatuas de Ramsés II (un tipo que, al parecer, no tenía grandes problemas de autoestima) es realmente impresionante.  Al lado del gran templo de Ramses II está el de Hator, bastante más pequeño aunque también con imponentes estatuas del mismo faraón en la entrada (aunque, en un acto de humildad, el tipo mandó construir una estatua de su esposa preferida, Nefertiti, casi del mismo tamaño que las suyas). Todo este complejo no está en su ubicación original. Al construir la represa, en 1968, varias zonas se inundaron, entre ellas las que albergaban varios de los templos. Cuestión que unos tipos decidieron mover todo, piedra por piedra, a una zona más elevada, para preservar los templos en posiciones similares y con la misma orientación original, a orillas del Nilo. Así que por ahí estuvimos un par de horas, disfrutando el lugar durante un par de horas. Cerca del mediodía volvimos a Asuán para desalojar el barco.

Sobre pequeñas estafas

Desde el primer momento en que pisa este bendito país, todo occidental debe saber que los egipcios utilizarán cualquier estrategia para sacarle dinero. No hay forma de evitarlo, así que es altamente recomendable relajarse y tomarlo como parte de la cultura.

Baksheesh es casi la primera palabra árabe que uno aprende al llegar. El que la menciona suele acompañarla con un gesto que consiste en frotar el pulgar contra el resto de los dedos de la misma mano. La traducción podría ser “propina”, aunque se suele pedir incluso en situaciones que parecerían no ameritarlo.

La primera baksheesh me la pidió un empleado del aeropuerto por liberar mi mochila que había quedado enganchada en la cinta transportadora de equipaje. La segunda me la pidió otro empleado del aeropuerto encargado de decir a los recién llegados cuáles son los taxis oficiales y cuáles los peligrosos. La tercera me la pidió el chofer del taxi: Good driver?, pregunta el tipo al llegar, Yes, good driver, le miento yo, Baksheesh for the driver, concluye él. Al llegar al hotel, un maletero agarra nuestras dos mochilas, para nada pesadas. Resignado, lo dejo hacer. Al subir al ascensor, aparece un segundo maletero. El primero le entrega una de las dos mochilas. Llegamos a la habitación, las depositan allí, y se quedan ambos paraditos adentro, en posición de muñeco de torta. Un dólar per capita es la tarifa para que nos dejen solos.

En este sentido, lo único que mejoró a partir del segundo día fue que conseguimos cambio en libras egipcias. Teniendo en cuenta que un dólar equivale a casi seis libras y que una propina de una libra es bastante aceptable, decidimos no incluir el primer día en los libros contables, para evitar amarguras. Tener muchas monedas a mano resulta imprescindible en Egipto.

Una baksheesh puede ser solicitada por un taxista cuando ya se le ha pagado lo estipulado, por un policía que indica la ubicación de una calle, por un cuidador de museo que permite sacar fotos donde está prohibido sacarlas, por un portero de mezquita que te deja entrar, por un tipo que te agarra de la mano para subir una parte empinada del monte Sinai, o por un chofer de micros que, de no percibir la propina requerida, te puede avisar que llegaste a destino cuando todavía no llegaste.

A veces, el monto y la forma del engaño son tan pequeños que hasta resultan simpáticos. El primer día en El Cairo nos acercamos al comedor del hotel para comprar agua. Nueve libras, nos dicen. Pagamos y el encargado nos entrega, junto a la botella, una papeleta que podría hacer las veces de factura. Primer renglón: agua mineral, 7 libras. Segundo renglón: servicio, 12%, 0,84 libras. Habría que ver en qué consiste el “servicio”, pero ignoremos eso y pasemos al tercer renglón: impuesto, 5%, 0,78 libras. Acá podríamos ignorar también el hecho de que 0,78 no es el cinco por ciento, sino el diez. Pero aun así, el total daba 8,62. O sea, 9. A partir de ese momento, sólo compramos agua en los kioscos o almacenes de afuera, a 2 libras la botella.

El cuento del tío

En ciertas ocasiones, la metodología para obtener dinero del viajero pasa de un pedido de propina a una estafa lisa y llana. En nuestro segundo día en El Cairo, contratamos a Khaled, un simpático taxista que hablaba español y había sido recomendado por gente del hotel. Si bien sólo le encomendamos que nos llevara a las diferentes pirámides que hay en los alrededores de El Cairo, el hombre hizo un par de escalas en lugares de paso, a saber: una fábrica de papiros, una fábrica de perfumes y una fábrica de alabastro. En todos estos lugares el modus operandi es similar: el dueño de la tienda, en nombre de una vieja costumbre de hospitalidad egipcia, sirve al desprevenido visitante un té o un café. Regalo de la casa, dice, y la insistencia es tanta que resulta imposible negarse. Acto seguido, da una extensísima explicación en español acerca de los productos que vende y los procesos de fabricación de los mismos. Pueden pasar más de diez minutos sin que el tipo pare de hablar. Combre babiros, combre berfumes, combra lámbaras, buede bagar con visa, buen brecio. Todos explican que en la mayoría de los negocios uno puede ser fácilmente engañado, pero gracias a Alá y a Mahoma uno tiene la enorme dicha de estar justo en el lugar en que se fabrican los verdaderos papiros, las reales esencias (las que se exportan a Europa para rebajarlas con alcohol y convertirlas así en un Channel #5 o un Carolina Herrera) y las más finas piezas de alabastro. Acto seguido, ofrecen sus productos a la venta, el más barato de los cuales no baja de 50 dólares. Tras varios minutos más de regateo, uno, que había entrado sin la más mínima intención de desembolsar una moneda, termina comprando por ocho o diez dólares algo que seguramente vale dos. Lo que se paga es, simplemente, el derecho a salir de la tienda sin perder más tiempo.

Al llegar a las pirámides de Gizeh decidimos alquilar caballos para recorrer la zona, pero hicimos lo menos recomendable en esos casos: comenzamos una ardua negociación con un par de tipos de dudoso aspecto que nos abordaron en la calle, en lugar de dirigirnos a un establo dentro del predio de las pirámides. La cosa comenzó con un violento regateo en el que, incluso, nos quisieron dar camello por caballo (los primeros, más allá de lo exótico, son menos recomendables: por un lado, la altura excesiva de la montura impide bajarse hasta que el dueño del animal lo decida; por otro, dicha montura tiene lugar para dos personas, y es común que el guía encuentre una buena excusa para sentarse detrás de cualquier mujer occidental que se haya subido al bactriano). Una vez acordado el precio -que incluía el costo de las entradas- y, tras negarnos a pagar por adelantado (Ok, me pagan después, voy a confiar en vos, me dijo el descarado), el sujeto que regenteaba los equinos alegó haberse olvidado la credencial de guía y dejó a cargo a un chico de no más de doce años. Él sabe inglés y es tan buen guía como yo, aclaró. La engañifa no parecía tan grave, así que no protestamos demasiado. Al llegar a la entrada, accedimos a darle el dinero correspondiente a los tickets de ingreso. El ingreso al predio parecía cualquier cosa menos una entrada de acceso oficial, pero la presencia allí de la policía turística, que incluso nos revisó las mochilas, nos hizo desconfiar un poco menos. El chico nos mostró las entradas y se las guardó. Comenzamos a cabalgar mientras veíamos las pirámides algo más lejos de lo que yo esperaba. Ya nos acercaremos, pensaba, mientras nos cruzábamos con un par de turistas a caballo, y con unos pocos egipcios que intercambiaban con nuestro guía breves frases en árabe que, por alguna razón, me inquietaban un poco. Mientras tanto, el pequeño nos sugería posiciones ridículas para sacarnos fotos y chamuyaba como podía, Good guide, ah?, Yes, good guide, Are you happy?, Yes, very happy… Después de algo más de media hora pudimos ver por primera vez la esfinge, a unos doscientos metros. Imponente, como en las fotos. Y llena de turistas alrededor. Todos los turistas que no habíamos visto antes. El pequeño demonio sugirió una foto rápida y que siguiéramos camino. Le dije que quería ir más cerca. No hace falta, todos se sacan fotos desde acá, me decía mientras yo seguía viendo cientos de turistas desfilando a cinco metros de la esfinge. Quiero mis tickets, le dije. Para qué querés los tickets, preguntó el aprendiz de estafador. A esa altura no había que ser muy vivo para darse cuenta de que jamás habíamos entrado al predio de las pirámides, cuya entrada habíamos abonado puntualmente. El ladronzuelo nos persiguió unos metros en nuestro camino a la esfinge, mientras trataba de convencernos de que si nos acercábamos seríamos víctimas de una maldición milenaria. Cuando ya estábamos cruzando el cerco perimetral, al mismo tiempo que el delincuente en potencia se retiraba resignado, un tipo se nos acercó inquiriendo nuestras entradas. Antes de que termine de explicarle lo sucedido, ya nos estaba pidiendo plata para comprar “los verdaderos tickets”. Esta vez necesitamos pocos segundos para darnos cuenta de que estábamos en presencia de un nuevo cazabobos, tras lo cual decidimos mezclarnos entre los occidentales y en lo posible no volver a entablar diálogo con ningún egipcio.

Pero hete aquí que a la salida, incapaces de encontrar a nuestro chofer Khaled, fuimos abordados no sólo por decenas de taxistas con aire sospechoso (todos eran sospechosos a esa altura) sino que además nos encontramos con el malandra dueño de los caballos que nos exigía que le pagásemos el resto de la excursión. Entre todo ese tumulto elegimos al taxista que parecía menos indecente y, tras el regateo de rigor, nos subimos a su auto, mientras el delincuente de los caballos le gritaba que no nos llevase, que le debíamos plata (bueno, supongo que algo así le gritaba, pero mi nulo dominio del idioma árabe me impide asegurarlo). El camino hasta nuestro hotel nos resultaba completamente desconocido. No era el mismo que a la ida, y de los pocos carteles que había en la ruta no entendíamos ni los números. Quiso Alá que el taxista fuera un tipo de corazón lo suficientemente noble y, tras media hora de viaje, nos depositó sanos y salvos en nuestro hotel. Desde allí pudimos llamar a Khaled, quien todavía nos esperaba, bastante ofendido, en una esquina de Gizeh.

Sobre estafas oficiales

El museo egipcio resulta un complemento de las pirámides casi imprescindible. Sus inmensas y numerosas salas, sumadas al desorden imperante en todas ellas, hacen necesaria la ayuda de un guía. Contratamos uno por una hora, a un precio bastante elevado. A poco de comenzar el recorrido, nos llevó hacia la sala de las momias. El acceso a dicha sala, sin duda la más interesante del museo, no está incluida en la entrada general (de esto uno se entera adentro, lo cual demuestra que el Estado egipcio, que administra el museo, es el mayor partícipe de las estafas a turistas). Pero además, por razones que ignoro, los guías tienen prohibido el ingreso. De forma que, una vez adentro, uno no sabe si apurarse para aprovechar el tiempo del guía que está esperando afuera sin frenar el cronómetro, o admirar las momias con tiempo, para amortizar lo que se pagó al entrar al salón. Finalmente, estuvimos alrededor de media hora viendo momias, y media hora más escuchando al guía contarnos lo mismo que ya habíamos leído en la Lonely Planet. En resumidas cuentas, el museo es una visita obligada pero, teniendo en cuenta el precario estado de conservación del mismo y habiendo desembolsado unos 80 dólares, es complicado no sentirse estafado.

Gudbrais, mayfren

Al caminar por el centro de El Cairo, es imposible andar unos pocos metros sin ser acosado por infinidad de vendedores. En un par de días uno aprende que ya no puede confiar en nadie, y que probablemente ningún egipcio te dé una mano si no es para sacar rédito económico de ello. Uno aprende que siempre es mejor encontrar los sitios en un mapa, antes que preguntarle a alguien que, en vez de guiarnos hacia el lugar buscado, nos llevará a la tienda en la que cobra comisión (y que seguramente será una “tienda oficial del gobierno, libre de impuestos”). El discurso estándar carece totalmente de originalidad. Welcome to Egypt, my friend, come in, good brice. Entre las primeras frases en árabe que uno aprende, la más imprescindible es La, shukran. No, gracias. Eso es lo que se debe decir siempre, la respuesta universal.

El arte del regateo

El precio de cualquier producto o servicio debe regatearse en Egipto. Sean taxis, especias, comidas o papiros, jamás debe aceptarse el primer número. Hay varios tips a tener en cuenta. Apenas escucha el precio ofrecido, el viajero debe abrir bien los ojos, poner cara de trastornado y retirarse ofendido. Ahí nomás el otro preguntará, Ok, cuánto querés pagar. Nuestra oferta debe ser, como máximo, la mitad. En algunos casos mucho menos. En ese momento comenzará un diálogo que al turista desprevenido puede resultarle ajeno a la negociación. Pero atentos, todo es parte de lo mismo. El egipcio preguntará de dónde somos. Ahí es conveniente aclarar que somos argentinos (incluso el viajero europeo debería hacerse pasar por sudaca), que no tenemos euros y que nuestra moneda está devaluada. Probablemente la siguiente pregunta sea, cuánto hace que estamos en Egipto. No conviene responder lapsos menores a una semana, aunque se esté en el primer día de viaje. Si uno demuestra tener cierto entrenamiento en el trato con egipcios, se puede salir mejor parado. Si uno se muestra tierno y recién llegado, alpiste. En los mercados, siempre conviene hacer una larga recorrida por varios puestos antes de comprar. Caso contrario, uno se irá contento tras haber pagado cinco lo que pedían diez, y al poco rato se dará cuenta de que no valía más que dos. Khan el-Khalili, en el barrio islámico de El Cairo, es el mejor campo de entrenamiento para el regateo.

Usos y costumbres

La mayoría de las egipcias, a partir de la adolescencia, suele cubrir su pelo con un hiyab o chador. En El Cairo hay algunas que no lo usan, y entre quienes sí lo llevan, muchas han empezado a occidentalizar su vestimenta del cuello para abajo. Así, es muy común ver un interesante contraste de indumentaria en una misma persona, que tal vez está cubierta con el clásico pañuelo islámico, pero combinado con una remera y un jean ajustados. Incluso hay unas pocas que se atreven a los tacos altos, y unas cuantas que utilizan el hiyab para sostener el celular sin usar las manos.

En el interior del país, y sobre todo hacia el sur, es más difícil encontrar mujeres con la cabeza descubierta. La gran mayoría, además, visten abbayahs negras, un vestido bien suelto que les cubre el cuerpo entero, hasta los pies, escondiendo cualquier insinuación de curvas. Algunas, más religiosas, tienen un pañuelo que les tapa no sólo el pelo sino también la cara, dejando al descubierto solamente los ojos. Esas suelen llevar también guantes negros. Y en los casos más extremos de fanatismo, las señoras usan un tul negro por encima de sus hiyabs, de manera que no se les ven ni siquiera los ojos. Resulta algo impresionante cruzarse con esas imágenes fantasmales, siempre silenciosas, sin forma y sin edad.

Los hombres se visten más al estilo occidental, aunque por lo general con muy mal gusto. Entre los mayores y los más religiosos, algunos también usan las abbayahs. Pero más allá de las vestimentas, podría decirse que los egipcios son bastante fieles a los preceptos dictados por Mahoma. Casi todos se llaman Mohamed, o Mahmud, o en su defecto Ahmed, en honor al profeta. La mayoría reza cinco veces por día. Aquellos cuyo fanatismo por Alá es elevado, cumplen a rajatabla los horarios de rezo, estén donde estén. Sea en el trabajo, en un bar o en la calle, apenas escuchan la orden que proviene de los altoparlantes instalados en los minaretes (los imanes ya no se trepan a gritar, ahora la tecnología les permite hacerlo desde abajo), los tipos se quitan los zapatos, desenrollan una alfombrita, se arrodillan sobre ella mirando hacia La Meca, y arrancan a rezar, moviéndose arriba y abajo, y tocando el piso con la cabeza en cada descenso. El nivel de religiosidad de cada uno se puede ver en sus frentes: muchos de ellos tienen un oscuro moretón, una especie de callosidad, producto de los reiterados golpes contra el suelo.

Las mujeres, en cambio, no tienen permitido rezar en público. El acto de arrodillarse y bajar su cabeza las hace quedar en una posición que se considera poco decorosa, por lo que se sugiere que sólo recen en casa, y sin ser vistas por ningún hombre ajeno a la familia.

En lugares públicos, no todos los hombres se arrodillan para hablar con Alá. Tal vez porque no son tan religiosos, tal vez porque el espacio no es propicio para desplegar una alfombra, lo cierto es que muchos de ellos rezan también sentados, mientras leen el Corán. Algunos, devotos pero aggiornados, leen las plegarias de sus teléfonos celulares. Y en algunas mezquitas, las oraciones se muestran en una marquesina electrónica, mientras unos pocos fieles rezan en grupos y otros aprovechan la alfombra mullida para echarse una siesta. De ahí, probablemente se irán a algún bar, a relajarse entre el humo de los narguiles y a jugarse unos partidos de backgammon.

Highlights

  • Caminatas por El Cairo. En cada cuadra uno se vuelve a sorprender. Para el que nunca salió de occidente, El Cairo parece una ciudad de otro planeta. Caminar durante horas y días, a través del caos y sin rumbo fijo, es una de las mejores formas de disfrutar este lugar.
  • Las pirámides y las esfinge. Tal vez impactan menos que algunos templos, y se ven más interesantes de lejos que de cerca. Sin embargo, al estar ahí se tiene la sensación de estar viendo en un solo lugar miles de años de historia.
  • Templo de Karnak, en Luxor. Fue el primero que vimos, y tal vez por eso haya resultado tan impactante. Pero ahora que el viaje terminó, veo las fotos y sigo pensando que de todos los templos que visitamos, éste es el más me impresionó.
  • Atardecer en Asuán. Mientras navegamos por el Nilo pudimos disfrutar de una vista espectacular que cambiaba continuamente. Pero la puesta del sol en Asuán, vista desde el barco, es realmente maravillosa.
  • Templo de Abu Simbel. El interior no es tan extraordinario como otros, pero la entrada, con las cuatro estatuas gigantes vigilando el Nilo, es una imagen difícil de olvidar.
  • Espectáculo de danzas sufíes. En la Wikala de Al-Ghouri, en El Cairo islámico, el grupo de danzas sufíes Al-Tannoura ofrece todas las semanas un espectáculo gratuito de música y bailes autóctonos, de excelente calidad. Los músicos y los bailarines (entre los cuales hay uno que gira sin parar -un giro derviche- durante media hora) disfrutan y hacen disfrutar.
  • Compra de especias en El Cairo. Los aromas y los colores de las especias dan ganas de traérselas todas. Eso habría sido imposible si las hubiéramos comprado a precio turístico, pero gracias a las bondades de un par de sudanesas (que se ocuparon de elegirnos los mejores sabores y de regatear el precio en árabe) pudimos traernos unos cuantos polvos mágicos.
  • Noche en el Desierto Blanco. Pasar la noche en el medio de la nada, rodeados de inmensas y extrañas formaciones rocosas, es una de las mejores experiencias que vivimos. Llegamos allá después de una larga excursión, nos sentamos alrededor del fuego, cenamos una riquísima sopa con un poco de pollo a las brasas y, una vez apagada la fogata, el desierto quedó increíblemente iluminado por la luna llena. Nos dormimos mirando el cielo, en nuestra primera noche fresca, y nos despertamos justo a tiempo para ver salir el sol.
  • Amanecer en el monte Sinaí. Comenzamos el ascenso alrededor de las 3 de la madrugada. Después de casi tres horas de intensa subida llegamos a la cima. No sólo es impresionante la vista desde allí, sino que resulta harto interesante ver las reacciones de la gente al llegar a la cumbre de esta montaña sagrada. Desde africanos tomados de la mano y llorando a los gritos, hasta japoneses rezando en grupo, leyendo las oraciones de sus iPhones.
  • Buceo en Dahab. El Mar Rojo es uno de los mejores lugares del mundo para sumergirse. Es inevitable quedarse con ganas de más.

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