Trekking, de Los Andes al Pacífico

Lago Vidal Gormáz

Lago Vidal Gormáz

Del aeropuerto de Bariloche tomamos el colectivo hasta el centro y, después de rebotar en un par de hostels que no tenían camas disponibles, nos alojamos en el hotel Miranieve, ubicado en un edificio que indudablemente había pasado hacía rato sus épocas de esplendor. La habitación tenía una interesante vista al Nahuel Huapí, pero el lugar no dejaba de ser algo triste. En definitiva, sólo era por una noche. El dueño, un tipo con cara de pocos amigos, nos tomó los datos, nos advirtió que nos cobraría un adicional si queríamos dejar nuestras mochilas en el depósito al día siguiente, se quejó durante un rato por tener que seguir trabajando a su edad en lugar de cobrar una jugosa jubilación, y se presentó cuando salía del cuarto: “Mi nombre es Juan, y mi apellido… lo vieron, ¿no? Está en la entrada del hotel”. Dos segundos más tarde, volvió a ingresar a la habitación y él mismo develó el misterio: “Simunovic. Soy croata.”

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Recorrimos la ciudad durante la tarde. Esquivamos vendedores de chocolate, nos aprovisionamos en el supermercado y nos tiramos un rato en el pasto a mirar el Nahuel Huapi, frente al Centro Cívico, con sus Sambernardos listos para la foto y su monumento a Roca lleno de pintadas rojas y verdes (las primeras recuerdan la condición de genocida del homenajeado; las segundas representan hojitas de una planta que desconozco).

Bariloche sigue siendo una linda ciudad. Pero no vinimos para estar en una ciudad.

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Tomamos el micro en dirección a El Bolsón y nos bajamos a mitad de camino, en General Villegas. Ahí nos encontramos con Pit Braun y el resto del grupo. Parecían buena gente, pero uno nunca sabe. Cargamos las mochilas y nos acomodamos (es un decir) en una vieja F100. En la caja, con el equipaje, íbamos nosotros tres junto a Lautaro, un chico de Lobos, y Alfredo y Mabel, una pareja de triperos de La Plata. Adelante, al lado del conductor, iban un poco más cómodos Pedro e Irina.

Después de unos 40 kilómetros de ripio llegamos a un camping a orillas del Río Manso. Armamos nuestra carpa y bajamos a la playita, donde pudimos empezar a apreciar algo de la belleza natural que habíamos ido a buscar. Al rato empezó a oscurecer, así que a las corridas llegamos a darnos una ducha (lujo que no volveríamos a tener en el resto del viaje) antes de enfilar para el quincho, donde cenamos escuchando la lluvia, que golpeaba fuerte sobre el techo de chapa.

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A la mañana siguiente otra camioneta nos llevó hasta el paso fronterizo Río Manso, donde un gendarme, entre bostezos, gestionó nuestra salida. Con las papeletas selladas, caminamos unos cientos de metros hasta El León (tal el nombre del paso del lado chileno), donde un carabinero que también se estaba desperezando nos gestionó la entrada al país vecino. Marcelo, un paisano de por ahí (que en ese momento todavía nos parecía buen pibe) nos alquiló un par de caballos “pilcheros” que cargaron seis de nuestras ocho mochilas. Las otras dos las fuimos llevando nosotros en turnos rotativos, lo cual resultó un buen entrenamiento para los días siguientes, en los que deberíamos hacernos cargo nosotros solitos de nuestro equipaje. A partir de ese momento, abandonamos todo vestigio de civilización y comenzamos la caminata, bordeando el Manso. Durante gran parte del trayecto nos acompañó la lluvia, que de a ratos se transformaba en una garúa finita y de a ratos en chaparrón, y que poco a poco fue embarrando la cancha. El camino fue duro, pero las vistas que teníamos ameritaban el esfuerzo.

En vista de que el clima no resultaba del todo amigable, Marcelo nos ofreció (¿gentilmente?) las llaves de un refugio, para que no tuviéramos que armar campamento.

Llegamos allá después de unas seis horas en las que casi no nos cruzamos con nadie más que un par de pobladores. El lugar, cercano a la confluencia de los ríos Torrentoso y Manso, se veía totalmente solitario en el medio de una pradera. No ofrecía ningún lujo, pero ciertamente las comodidades que teníamos ahí eran muchas más que las que hubiéramos tenido en las carpas: paredes, techo y suelo de madera, un ambiente más con una cocina económica y una mesa con bancos, un baño inhabilitado (“baño malo”, rezaba un cartel en la puerta) y ventanas hacia los cuatro lados, con vistas espectaculares. Nuestra ropa contaba con un alto grado de humedad, así que encendimos unos cuantos leños en la cocina, alrededor de la cual improvisamos un tendedero artesanal, y colgamos ahí todo tipo de vestimentas y calzados, aromatizando de paso todo el ambiente.

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Pensábamos pasar ahí una sola noche y retomar la caminata por la mañana, pero el clima no mejoró ni un poquito y, después de un rato de deliberaciones, decidimos esperar hasta el día siguiente para continuar. Pasamos unas cuantas horas metidos en el refugio, comiendo, leyendo, filosofando o jugando a los dados. Cada tanto, cuando la lluvia amainaba por unos minutos, aprovechábamos para tomar aire afuera o, al menos, para una rápida visita a los bosques sanitarios.

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La pradera en la que estábamos no tenía más construcciones que el refugio. Cuenta Marcelo que un par de veces al año se celebran ahí carreras cortas de caballos. Corren de a dos en una recta de unos trescientos metros, y se van eliminando. Los pobladores llegan desde lejos con sus animales, se improvisa un bar en el refugio y los tipos se compran unos tragos ahí, mientras hacen sus apuestas. Poca plata, nunca más de un par de pesos. Si se apostara más fuerte, dice Marcelo, más de uno le pondría un freno a su caballo a cambio de algún estímulo. Él corrió el año pasado, y no le fue bien. Pero peor le fue al que perdió la final. Parece ser que el paisano, mal perdedor y entrado en copas, se metió al refugio montado en su caballo subcampeón, armó un tole tole ahí adentro, y no había cristo que lo convenciera de abandonar el recinto. Recuerda Marcelo que después de un rato largo tuvieron que llamar a los carabineros, que vinieron a sacar al desacatado, se lo llevaron por un rato al bosque y le dieron una “aconsejada”. El tipo entró en razones, se comenta.

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Después de dos noches decidimos abandonar el refugio. Pasamos por la casa de Marcelo a saldar deudas, las cuales resultaron bastante más abultadas de lo que había acordado previamente nuestro guía espiritual. El buen Pit dijo recordar que el arreglo había sido distinto. Ese es problema tuyo, retrucó Marcelo secamente. Como Pit ya superó su etapa de punk ultraviolento y ahora se inclina más bien por el pacifismo budista, no ofreció mayor resistencia y pagó lo que se le pedía, mientras el otro inescrupuloso se retiraba ofendido. Acto seguido, la madre del bribón apareció para cobrarnos el hospedaje en el refugio. Pit adujo que en ningún refugio se cobraba a los viajeros. No te creo ni llorando, respondió ella. Fieles a nuestra filosofía mochilera de paz y amor, dejamos el billete solicitado y reemprendimos la caminata.

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A partir de este tramo, nos olvidamos de los caballos pilcheros y cada uno cargó con su mochila. En esa zona la comodidad cotiza muy alto y, en definitiva, un mochilero sin mochila es como un vegetariano que come pescado. La lluvia de los días anteriores había embarrado mucho más el sendero, y cada paso que dábamos dejaba una huella más profunda que la anterior. Después de unas cinco horas de caminata por bosques y praderas, llegamos al extremo sur del lago Vidal Gormáz.

Debo admitir que Pit no había exagerado cuando nos intentó convencer de hacer el trekking. Si el refugio del Torrentoso ya estaba en una pradera hermosa, este lugar era sencillamente un paraíso terrenal. El paisaje de ahí resultaba bastante similar al que podíamos ver en los dibujitos de Heidi. Praderas extensísimas, un lago cristalino desde el que fluía un pequeño arroyo, una casa de madera rodeada por algunos corrales con unas cuantas ovejas, algunas vacas pastando por ahí, y unos pocos perros mezclados entre caballos, pavos y gallinas. Ahí, en el medio de la nada, viven los Soto. Y a unos cien metros de la casa, sobre una pequeña loma cerca de la orilla del lago, acampamos nosotros.

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Una vez que hubimos armado campamento, subimos a la casa de los Soto. Además de Don Pancho y Amelia, estaban ahí dos de sus hijos, que vivían en Puerto Mont pero habían ido de visita por unos días. Nos acomodamos todos alrededor de la cocina económica, y empezó a circular el mate, acompañado de esas tortas fritas que dan ganas de comer hasta que se acaben. Gas no hay, así que ahí todo se calienta en la cocina económica, a leña. Luz tampoco, pero un motor a nafta permite tener un poquito de electricidad un par de horas al día. Eso es suficiente para escuchar la radio por un rato y, cuando hay invitados, prender una lamparita tenue en el comedor. Pero más común es cenar a la luz de las velas.

Tampoco hay teléfono, ni señal de celular. Un handy les permite comunicarse con otras casas a pocos kilómetros y, si funciona bien la cadena, pueden enviar o recibir mensajes incluso hasta los puestos de frontera. Es cierto que esto no ocurre instantáneamente, pero los Soto no parecen tener apuro.

Agua sí hay, de sobra. Las canillas están siempre abiertas, el agua circulando para evitar la excesiva presión en las cañerías, porque al lado de la casa el arroyo sigue corriendo por más que uno cierre la canilla, entonces las cañerías son simplemente un desvío del arroyo, y al arroyo vuelve el agua que pasa por la casa.

Las paredes de la cocina y el comedor –los únicos ambientes que conocimos– presentan una decoración variada: muchas fotos familiares, otras de militares chilenos, otras de ambos (un sobrino de los Soto, camarero, que tuvo el dudoso honor de servir en una cena de camaradería, aparece sosteniendo una bandeja por detrás de Pinochet y Balza), banderas, medallas, almanaques de gomería, una foto ilustrada de Pancho y Amelia en sus años mozos, alguna virgencita, una ristra de ajos. Y por la ventana, la imponente vista del lago.

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Don Francisco Soto, o Panchito, si hay confianza, tiene noventa y cuatro años. Vive en esa casa desde hace casi sesenta, cuando volvió a su Chile natal desde Comodoro Rivadavia y se compró este campito de algo más de cien hectáreas. En ese entonces, la finca la cuidaba un casero cuya hija adolescente, Amelia, llamó poderosamente la atención de Don Soto. El buen hombre ocupó su flamante morada y además desposó a la muchacha que hoy, a sus setenta y cinco años, lo sigue acompañando.

A primera vista Don Pancho aparenta unos cuantos años menos de los que tiene. Se mueve sin dificultad, cosecha lo que necesita de la huerta que tiene a unos metros de la casa, corre a traer una silla si detecta que alguno de sus huéspedes está parado, controla cada movimiento de su mujer y sus hijos, está siempre atento a que todo esté en orden. A pesar del paso del tiempo, mantiene intacto su patriarcado.

Otra característica notable de este buen hombre es su tendencia a repetir historias. Don Pancho es simpático y verborrágico, pero además está gagá. Cuenta varias veces al día cada uno de sus recuerdos, casi sin variar una palabra. “Yo estudié mecánica con dos ingenieros europeos”, afirma orgulloso. Y cuando dice la palabra “europeos” agita su dedo índice y levanta la voz. “Uno alemán y uno suizo –aclara–. Soy dibujante mecánico internacional”, y con esta última palabra vuelve a revolear su dedo índice. “Puedo dibujar un plano como cualquier ingeniero”. Y repite: “Como cualquier ingeniero”. Acto seguido se levanta, camina rápidamente a su habitación y vuelve con un plano dibujado por él en 1942. Ese plano es su tesoro. Está hecho con estilógrafo sobre un papel ya amarillento, prolijo, sin una línea fuera de lugar. Y cada vez que nos cuenta este pasaje de su vida, Panchito trae de su cuarto la prueba material. Si no es el plano, es una escuadrita de hierro que tuvo que limar a mano para que los ingenieros europeos le den el título. “Un ángulo recto perfecto, todo hecho a mano –recuerda–. ¡Qué estrictos eran, qué exigencia!”.

Pero entre todos los recuerdos que nos trae de su baúl, el que sale más veces a escena es su vieja cámara de fotos Agfa. Una reliquia de la década del ’40. “¿Ya le mostré mi cámara?”, le pregunta, una vez más, a alguno de nosotros. “No”, mentimos. Y entonces se para, corre a buscarla, la abre, la manipula, la exhibe orgulloso. “Tecnología alemana –dice–. Lo más moderno en ese momento”.

Don Soto tuvo también su costado artístico, parece. “Yo soy profesor de bailes sociales”, afirma, mientras Amelia sigue entregando mates, con cara de haber escuchado este cuento hasta el hartazgo, pero sin interrumpir jamás. Y él sigue: “Hice el curso por correspondencia. Soy profesor de tango, de foxtrot, de ranchera… Es linda la ranchera”. Le preguntamos si baila con su esposa, si nos puede regalar alguna exhibición. “Nooo, ella no tiene vocación, no aprendió y nunca va a aprender. Para bailar bien, hay que soñar bailando, hay que ponerle interés al estudio”. Amelia se ríe en voz baja y confiesa: “Antes que bailar conmigo prefiere bailar con la escoba”.

Y el otro sigue contando hazañas del pasado. Tampoco al deporte le hizo asco. “Cuando yo vivía en Comodoro me gustaba mucho jugar al fútbol. Me levantaba bien temprano todos los días, antes de ir a trabajar, y a las cinco de la mañana ya estaba entrenando. Corría alrededor de una canchita que había ahí, pero nadie me acompañaba. Yo hacía ejercicios solo”. Según nos cuenta, en sus años mozos fue realmente habilidoso: “Yo pateaba desde el córner, la pelota hacía un efecto y entraba en el ángulo. Yo era especialista –y al decir esta palabra también eleva la voz y agita el dedo índice– en goles olímpicos”.

El invitado al que le toque en suerte sentarse junto a Panchito, será el interlocutor preferido. Por eso vamos rotando las posiciones. El hombre puede estar en silencio un rato largo, pero súbitamente se inclina hacia el que tiene al lado y le pregunta bajito, por enésima vez: “Usté es de Buenos Aires, ¿no?”. Y ante la respuesta afirmativa, vuelve a contar: “Yo conozco todo Buenos Aires, ¡todo! Estuve por allá hace sesenta años, y me tomé el tranvía desde Chacarita hasta la casa de Perón. Ahí me dibujé un plano de la ciudad, para no perderme”. Recuerda que también estuvo por el zoológico porteño, pero no todo fue color de rosa: “Me asustó un poco la jirafa”.

Don Pancho ya no oye bien. Si uno no le habla a los gritos, él se inclina, gira levemente la cabeza, se señala una oreja y explica: “Soy algo pesado de oídos. Dicen que es por los años… tengo noventa y dos abriles”. Amelia escucha y corrige: “Noventa y cuatro, papá”. Él piensa un par de segundos y ahí recuerda: “Ahhh, noventa y cuatro”.

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Los Soto tienen diez hijos. Ocho hombres, dos mujeres. Casi todos con estudios, cuenta Don Pancho orgulloso. Algunos los visitan seguido, todos los veranos, y se quedan unos cuantos días con ellos. Otros no se dejan ver hace muchos años. Los Soto tienen además varios nietos, pero no saben exactamente cuántos, y no los conocen a todos.

Sin embargo, se los ve muy felices con la vida que eligieron, aislados del resto del mundo. Para alimentarse, no necesitan mucho más que lo que tienen ahí. La vaca les da lo necesario para cualquier lácteo. El queso casero y la manteca que nos preparó Amelia estaban para chuparse los dedos. Ni hablar de la leche recién ordeñada, o de las truchas pescadas en el lago, o de la pobre oveja que durante la tarde se paseaba por la pradera y a la noche estaba en una cacerola, en un guiso lleno de papas y zanahorias recién cosechadas en la huerta.

Algunas cosas tienen que comprar, por supuesto. Harina, café, fideos, alguna que otra lata. Todo esto se lo traen de vez en cuando, a caballo. Unas cinco horas de cabalgata son necesarias para llegar hasta la frontera, al camino más cercano al que puede acceder un vehículo.

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Este lugar es un paraíso, pero un paraíso estival. Cuando hace frío la cosa se pone bastante dura para Don Francisco y Doña Amelia, así que apenas arranca el otoño, se mudan a su casita en Cochamó para pasar ahí los meses más frescos. Esta rutina se repite desde hace tres años, porque hasta los noventa el hombre pasaba ahí los años enteros y toleraba el frío tan bien como aceptaba la oscuridad de la noche. Ahora, como los Soto ya son prácticamente ciudadanos ilustres de la zona, los carabineros los trasladan en helicóptero dos veces al año. Salvo alguna que otra vez, que les han fallado, y ahí no les quedó otra que recorrer el camino a caballo.

“Espero que este año vengan –dice Panchito–, porque a mi edad tantas horas de cabalgata me cansan un poco”.

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En rigor de verdad, los Soto no son los únicos habitantes de la zona. Son los dueños del campo, pero en una casita que está a unos cientos de metros de la de ellos, vive La Vecina, Doña Luisa. Ella fue hace unos años la esposa del hermano de Amelia, hasta que, dicen las malas lenguas, lo mató de un disgusto y se ganó por herencia el derecho a permanecer allá. Amelia no la quiere demasiado. Sólo dos mujeres en más de cien hectáreas, y ya alcanza para un culebrón.

Cuenta nuestro guía Pit que en algún viaje anterior, un amigo suyo pasó a tomar unos mates por lo de Luisa y ésta, que ya andaba transitando su viudez hacía rato, le dijo sin pelos en la lengua: “Estoy buscando un hombre que me case”. Aparentemente el muchacho huyó más rápido que ligero así que el episodio no pasó a mayores, pero poco tiempo después Luisa consiguió su objetivo: fue “casada” por uno de los hijos de los Soto, a la sazón su sobrino, y a quien había cuidado de niño. Amelia todavía no logró digerir el mal trago. Ahora su vecina es, además de ex cuñada, su nuera.

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En nuestra última tarde ahí, y ante la insistencia de Doña Luisa, pasamos a merendar por su casa. Mientras nos pasábamos los mates y las porciones de bizcochuelo, ella nos contaba sobre las comodidades de su hogar, por si en un próximo viaje se nos daba por probar otro hospedaje. Toda la situación era bastante similar a esos desayunos en los que intentan venderle a uno un tiempo compartido. Cuando se hubo terminado la torta y ya no tuvimos tema de conversación, intercambiamos algunas falsas promesas y emprendimos el camino de regreso.

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En nuestra última cena faltó Panchito. El hombre se había acostado a descansar y a Amelia le daba pena despertarlo, así que arrancamos sin él. Pero hete aquí que en determinado momento el susodicho se apersonó en el comedor, harto enojado con su mujer. Le recriminaba no haberlo despertado para el desayuno. Después de unos minutos, Amelia logró hacerle entender que no estaba por amanecer, sino que estaba anocheciendo, y que la escena que estaba teniendo lugar no correspondía a un desayuno sino a una cena. Entonces Panchito se tranquilizó, se tomó una sopita y se volvió a la cama.

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A la mañana siguiente levantamos campamento. El clima era ideal, a pesar del pronóstico de tormenta que había anticipado Marcelo (si yo fuera mal pensado, diría que lo hizo para que le alquilemos sus caballos; y lo soy). Nos despedimos de los Soto, le prometimos a Don Pancho que intentaríamos conseguir un rollo para su vieja Agfa, y continuamos nuestro camino. Pero con un soldado caído. Aparentemente las rodillas de Bruno no estaban diseñadas para este tipo de senderos, así que también a él le dijimos hasta luego. Nuestro amigo se volvió a caballo por donde habíamos venido, acompañado de la vecina Luisa. Cuando nos volvimos a encontrar con él, unos días más tarde, juró que la señora sólo había sido su guía, y que no habían intimado en ningún momento.

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Por su parte, Molar se encargó de custodiar las mochilas durante el cruce en lancha del lago Vidal. No es que fuéramos a caminar livianos todo el día, pero las primeras tres o cuatro horas se hicieron más llevaderas. Durante ese lapso fuimos bordeando el lago hacia el norte, disfrutando de unas vistas maravillosas y de un camino relativamente sencillo. Así y todo, el exceso de barro que había en el suelo liquidó la suela de una de mis botas, las cuales debieron ser jubiladas un par de horas más tarde, cuando nos encontramos con nuestros petates. Almorzamos tirados en el pasto, nos despedimos del lago, cargamos nuevamente las mochilas y comenzamos a subir por uno de los tramos más duros del sendero. Después de cinco horas de caminata a través de frondosos bosques, de vadear ríos y de atravesar varios “túneles de la muerte” en los que nos embarrarnos hasta el caracú, llegamos agotados al punto más alto de nuestro recorrido: una pequeña laguna perdida a mil metros sobre el nivel del mar. En la orilla, sobre una diminuta playa paradisíaca, montamos nuestras carpas.

Armamos nuestro primer fogón agreste y nos deleitamos con una exquisita cena que incluyó una trucha ahumada pescada en lo de los Soto.

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El camino hacia El Arco es mayormente en bajada, así que no resultó tan duro como el día anterior, aunque el barro –cuándo no– fue un obstáculo bastante molesto en este trayecto. De todas formas, teníamos el dato de que un grupo de boy-scouts se aproximaba, desde el otro extremo del camino, al mismo refugio al que queríamos llegar nosotros, así que apuramos el paso, tratamos de parar poco, y llegamos, exhaustos pero primeros.

Pocos minutos más tarde llegó el susodicho grupo, mucho más numeroso, ruidoso, y felizmente más lento que el nuestro, por lo que tuvieron que acampar a unos cientos de metros de ahí. Nosotros sólo tuvimos que compartir el refugio con tres chilenos de Las Condes, que estudiaban turismo “para explotar mucho más la Patagonia” y se quejaban de que los bolivianos les exigían la devolución de un pedazo de mar, siendo que eso “pasó hace harto tiempo”.

El refugio era similar al del Torrentoso –aquel en el que habíamos pasado las primeras noches–, pero sin cocina y sin “baño malo”. En realidad, no era más que cuatro paredes y un techo, con un desnivel en el centro en el que se podía hacer fogones. Nuevamente, el fuego sirvió tanto para cocinar nuestra cena como para secar nuestra ropa húmeda.

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Apenas diez minutos después de salir del refugio hicimos el primer vadeo del día, justo al lado de El Arco, una formación rocosa bastante particular que se generó a través de los siglos por una cascada que fue erosionando la piedra hasta formar un agujero y dejar un puente natural de granito.

Con el correr de los días nuestro cansancio fue en aumento y, al mismo tiempo, aprendimos a disfrutar más la caminata y a tener menos apuro por llegar. La prueba de esto fue que tardamos siete horas para un trayecto que pensábamos hacer en cinco. Cada parada se extendió un rato largo y nos tomamos un tiempo más que prudencial para disfrutar el paisaje del valle del río Cochamó.

Finalmente llegamos a La Junta, una zona rodeada de paredes gigantes de granito. Y cuando digo gigantes, hablo de paredes de mil metros de altura. A este lugar le dicen el Yosemite sudamericano, y es un paraíso para los escaladores. Entre todas estas paredes hay un camping organizado, muy lindo, donde armamos nuestras carpas por última vez. Resultaba algo chocante encontrarnos de nuevo rodeados de gente, después de una semana completamente alejados de la civilización. Sin embargo el lugar es maravilloso, ideal para cerrar un trekking, y una transición perfecta antes de volver a la ciudad.

Disfrutamos ahí nuestra última cena, hicimos un fogón de despedida, nos pusimos a filosofar un rato y nos dijimos algunas cosas lindas, como para irnos con la autoestima bien alta.

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Por la mañana levantamos campamento y empezamos a caminar ligerito. Molar y yo adelante, algo más apurados que el resto, porque debíamos llegar a la ruta antes de que pasara el único micro del día hacia Puerto Mont, para salir desde ahí a la mañana siguiente en otro micro a Bariloche, para desde ahí tomar el avión a Buenos Aires. Y si perdíamos ese avión las consecuencias no iban a ser nada gratas, así que nosotros dos pusimos el turbo, y en unas cuatro horas de caminata llegamos hasta un camino de ripio. Desde ahí teníamos ocho kilómetros más hasta la ruta de asfalto (donde está la parada del micro), pero una pareja de chilenos piadosos se ofreció a acercarnos en su camioneta. Cuando se dieron cuenta de que estábamos embarrados hasta las rodillas, ya era tarde para que se arrepintieran. Prometimos ensuciar lo menos posible, nos despedimos de nuestros bastones de caña y, después de varios días, volvimos a andar sobre ruedas.

Entre el apuro y el aventón, llegamos a la ruta demasiado temprano. A eso se sumó el retraso del micro, por lo que finalmente estuvimos unas tres horas al costado del camino. Aprovechamos el rato para tirar a la basura parte de nuestra ropa, que había quedado irrecuperable después de tanto barro. Acto seguido, sacamos el mazo de cartas y nos dedicamos a esperar.

Después de un rato largo llegó el resto del grupo. Venían a dedo, así que bajaron dos minutos para despedirse y siguieron rumbo a Cochamó. Un poco más tarde llegó nuestro micro. El viaje se hizo harto largo, básicamente por dos motivos: el primero fue que varios tramos de la ruta estaban en obras y eso generó un embotellamiento cortazariano; el segundo fue que en el asiento de atrás del mío había un niño que no paraba de asomarse para golpearme en la cabeza (amparado en la inacción de su madre que, tras mi respetuosa solicitud de intervención, le espetó a su pequeño demonio: “no molestes al señor, que parece ser un poquito delicado”).

A pesar de los pesares, la hermosa vista del lago Llanquihue, con el volcán Osorno al fondo, amenizó un poco el trayecto. Ya anocheciendo llegamos a Puerto Varas (por recomendación de otros viajeros chilenos, descartamos el pernocte en Puerto Mont), nos alojamos en un hostel y salimos a cenar. El salmón que comimos entró en el top ten de pescados de toda mi vida, de modo que la vuelta a la ciudad fue un poco menos dura.

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Madrugamos bastante en nuestro último día y partimos en micro rumbo a Bariloche. En la estación nos encontramos con Bruno, al que no veíamos desde nuestra estancia en lo de los Soto. Hicimos un extenso intercambio de aventuras, y de ahí mismo partimos al aeropuerto. Tomamos el avión de regreso a Buenos Aires, con la promesa de siempre: volver a la tierra.

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